por Ernest Graves
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Ernest Graves. Fanzines, performance, vídeo, tattoo… El do it yourself y el juego como base en un cuestionamiento constante.
por Ernest Graves
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Ernest Graves. Fanzines, performance, vídeo, tattoo… El do it yourself y el juego como base en un cuestionamiento constante.

Cordelia Rizzo
A la familia de Imelda Virgen,
asesinada brutalmente hace 2 años por el hombre que presumía amarla
El desafortunado texto de Alejandro Sánchez sobre el feminicida Javier Méndez publicado en Emeequis el 23 de septiembre pasado, es muy apto para establecer una vigente conversación sobre ética periodística. Llega oportunamente pues hay un fenómeno de victimización importante en el México del presente. Demuestra, más que un impasse del autor, a qué niveles está enquistada la misoginia más tradicional y tolerada.
Para quienes no conocen el texto se titula: “El joven que tocaba el piano (y descuartizó a su novia)”. El resultado de lo que argumentan editores y autor fue una serie de malas decisiones sobre el texto y no tener la versión de la familia de la víctima, Sandra Camacho, da como resultado una apología del prejuicio misógino y del crimen.
El estilo de la crónica recuerda las máximas nietzscheanas y schopenhauerianas sobre las mujeres. La falsa mística o factor insidioso que incita a la agresión. Soy lectora de Nietzsche y Schopenhauer está en el trasfondo de mucho de lo que me gusta leer. Pero debe uno ser capaz de distinguir el pensamiento relevante, de los prejuicios de su tiempo y la manera en la que inclusive experiencias negativas con mujeres colorearon su filosofía.
Como feminista de toda la vida no ando esperando encontrarme en el camino con mentes masculinas iluminadas al por mayor (aunque lo deseo y me da gusto cuando así es). Pero sí espero que medios que han arriesgado el pellejo y concentran mentes y plumas diestras dentro de su staff y colaboradores como Emeequis pudieran no caer en el prejuicio más básico de “ella lo provocó”. Catalina Ruiz-Nava lo llamó un ‘feminicidio de libro’, un caso típico de una muerte violenta provocada por un hombre a una mujer.
Tal vez ignoren, o desestimen, que si ahora se puede juzgar al chico como feminicida, inclusive como asesino, es porque detrás hay años de lucha –de mujeres y de algunos hombres- para lograr que las agresiones a mujeres fueran sancionadas por la ley. Vidas de lucha. A estos logros constantemente los amenazan grupos de poder que no reconocen, o minimizan la importancia, de garantizar derechos a las mujeres.
Cuando una como mujer sabe de esto, o lo intuye, y lee un texto como el de Sánchez siente que le han raspado una capa de su piel y que no tiene derecho a llorar.
Narrar para vivir, vivir para narrar
Susan J. Brison escribió un conmovedor libro que relata su experiencia como sobreviviente de una violación, Postrimerías: la violencia y la reconstrucción del Yo. Su agresor la dejó de golpear y la abandonó porque creyó que la había matado. En el libro cuenta su recuperación (física y emocional) y experiencia como víctima tanto en Francia como en el norte de Estados Unidos, de donde es originaria.
Brison, siendo filósofa, se detiene valientemente a explicar por qué es tan infrecuente la identificación con una víctima cuando leemos novelas o historias de no ficción. Es importante para ella a nivel personal, pero nos ofrece desde lo personal una razón por la cual periodistas como Sánchez y sus editores sucumben ante la fascinación por el asesino: la incapacidad de aceptarse a una misma como débil, mortal, susceptible de ser ultrajada. En esto coincide con una tesis de Martha Nussbaum en su libro Hiding from Humanity: rechazamos a personas con discapacidad por la incapacidad de vernos frágiles en lo más íntimo de nuestra corporeidad. Los ideales de fortaleza y suficiencia humana que se consagran en las leyes y principios morales de tradiciones legales y normativas como la nuestra obstruyen un proceso tan humano y necesario como el de aceptar las contingencias latentes de la vida.
Siendo fuerte, sagaz y hombre, se puede devenir víctima en un instante, ¿acaso el gremio periodístico en México no está en un proceso de reconocimiento de su propia vulnerabilidad?
El ataque que sufrió Brison sucedió a principios de los 90’s en el sur de Francia, el juicio que terminó por condenar a su atacante fue justo y ella confió en el aparato de justicia (a diferencia del grueso de los procesos mexicanos). Algo destaca de su narración, y es que dado que no conocía a su atacante y éste la asaltó en la calle sorpresivamente, la defensa trató de argumentar que el agresor no estaba en sus cabales cuando la atacó.
Brison es experta en temas legales y de derechos humanos. Su texto también conforma una indagatoria sobre la importancia de la narrativa a la hora de contar historias de trauma, y su poder curativo. Entonces mientras ella trata de narrar para sanarse, reflexiona en su relato constantemente sobre los hechos y cómo fueron contados por la parte acusadora y la defensa en el juicio.
En el sistema legal estadounidense, que implica juicios orales y la construcción de argumentación jurídica a partir de una teoría del caso, la manera en la que se narran los hechos es crucial. México está en una transición hacia un sistema de juicios orales y una reformulación de la argumentación jurídica. Por ende los temas narratológicos deberán adquirir importancia (esta es otra historia). Esto viene a colación porque si no sabemos narrar, podemos condenarnos (o condenar) en la esfera pública o en un tribunal.
Para Oscar Wilde en De profundis, el juicio en el tribunal tiene un significado íntimo, es el juicio por la vida de uno. Este texto lo escribió mientras purgaba una condena de trabajos forzados por el delito de ser homosexual (sodomita). Quien lo condenó fue el padre de su amante en turno, con el afán de vengarse de su hijo.
Cuando alguien está siendo juzgado, como el protagonista de la crónica de Alejandro Sánchez, y cuando se es una víctima en el espacio público, como Sandra Camacho y su familia, se expone a una afectación profunda a partir de los mensajes de la prensa.
Aprendizajes
El habitus del periodista está en constante revisión por personas preocupadas por la trascendencia de las coberturas de hechos noticiosos. Del lado de las víctimas sé por primera mano que encuentran muchas decepciones en los informadores. Estas suceden principalmente cuando un periodista tergiversa la historia en perjuicio de un testimonio que a la víctima le cuesta trabajo contar.
La mayoría de las personas que son víctimas (en el sentido legal del término) no eran personas públicas previas al hecho victimizante, o al menos no en el sentido que lo son ahora. Quien publica sus historias sí es persona pública en su dimensión como escritora o escritor. Cuando la cobertura noticiosa refuerza un estigma social a las víctimas (eran personas susceptibles de ser criminales, ser agredidas, envueltas en negocios riesgosos) en vez de cuestionarlo o subvertirlo, afecta directamente un proceso de duelo, de exigencia de derechos y de búsqueda de resarcir con los recursos disponibles vidas rotas.
El otro lado es una buena cobertura: meticulosa, respetuosa de las personas que ofrecen testimonios para que otros trabajen para recibir remuneración por sus productos, anima la lucha y fortalece el vínculo entre las fuentes y las y los periodistas. No significa tomar partido, ni perder ‘objetividad’, sólo reconocer la dimensión de lo que estamos estudiando o informando. Eso sería indicador de que hemos recorrido bien el terreno que narramos, y actuamos acorde con el significado y peso que nosotros reconocemos que tiene. A mi juicio, produce mejores narraciones, con marcas en la memoria que nos hacen volver al texto, recordarlo y reconocer a quien lo narra.
Conclusión
Quise aportar algo más allá de lo que otras y otros han dicho sobre este escándalo de medios. María Teresa Priego y Catalina Ruiz-Nava han hecho un trabajo espléndido. La mayoría de las críticas al texto han sido pertinentes. Sin embargo, al igual que otros amigos periodistas, creo que la crítica al texto es una ocasión para reflexionar sobre el entorno que permite que un prejuicio de género tan normalizado domine un texto.
Que se publiquen notas y coberturas que abonan a normalizar la violencia, sobre todo la feminicida, es desafortunadamente norma. Esperaríamos más de Emeequis y de Sánchez que está en la terna de este año para el premio de la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano.
Hannah Arendt expresó, tras su cobertura del juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén para la New Yorker, que escribía para entender. Fue duramente criticada por juzgar a Eichmann como un personaje ordinario y revelar así signo perturbador de los malhechores. Querer entender al Otro implica hurgar en nosotros mismos. Empatizar con estos personajes problemáticos es la norma en esto de trabajar con testimonios.
Dejar que se cuele el prejuicio por partida doble, escritor y editor, en un espacio de no ficción solo es posible si de entrada no se notó que era un prejuicio.
En principio investigamos porque tenemos dudas. A veces no nos alcanza la fecha límite para aclararlas. La máxima socrática dignifica el hecho de expresar lo que no se sabe, o no se cubrió en el tiempo disponible. La habilidad narrativa nos permite decir eso sin exponernos o parecer flojos. Nuestro quehacer como informadores y analistas de la realidad nos pide ser exigentes, pero no saber todo, ni ser moralmente perfectos. Pero resolver boquetes de información y de reflexión con un prejuicio sí es problemático.
Mucho de lo que sabemos y pensamos está implícito ya sea porque se expresa de formas extrañas (para nosotros) o porque nos movemos en un ámbito en el que es como una segunda piel. Pero si escribimos, si nos hemos identificado como personas que cuestionan las representaciones ordinarias de la realidad (periodistas, académicos, escritores), tendríamos que tener cercanía con nuestros prejuicios. Si no vamos a transformarlos, sí tener clarísimo cuando se apersonan en un texto que sí es público. Si no, creo que es justo admitir que somos voceros de la versión oficialista de los hechos, también eso es un trabajo.
P.D. Alejandro Sánchez ha publicado ya una disculpa pública que reproduzco íntegra. La hace desde su muro de Facebook. No la discutiré en este espacio.
A la familia Camacho y a los lectores que se hayan sentido ofendidos por la publicación de un texto mío sobre el asesinato de Sandra Camacho:
Ofrezco una disculpa por el texto de mi autoría publicado en la revista Emeequis.El día que leí sobre la captura de Javier Méndez como responsable del asesinato de Sandra, pensé en contarle a la sociedad cómo ese joven se había convertido en homicida, cómo alguien capaz de asesinar puede llevar una vida aparentemente normal.
Aposté por un ángulo distinto para abordar el fenómeno de la violencia contra las mujeres. Quise entender la manera en que Javier ve al mundo, para encontrar una posible explicación sobre el crimen en contra de Sandra, pero nunca para justificarlo ni exculparlo de su responsabilidad. Javier debe pagar por lo que hizo.
Yo no soy juez ni ministerio público, sólo soy un reportero que, en este caso, cometió un error: Lo que escribí es lo que piensa él y cómo él recuerda los hechos. Las expresiones acerca de Sandra no son mías ni tampoco una interpretación. Es lo que el homicida contó a los investigadores y declaró en el expediente judicial y a los especialistas que hicieron su perfil sicológico. No son mis palabras ni las avalo. No justifico ni juzgo a Javier. Reconozco mi error. Debí haber dejado claro que fueron las palabras de Javier. El texto no es una apología al feminicidio. No insinúo que la vida de Sandra debió terminar así. Enmendaré las equivocaciones. Sandra no merece quedar en el olvido de ningún sector de la sociedad.
Cometí otro error: no hice explícito que buscamos a la familia y le pedimos hablar, pero no deseó hacerlo. Respetamos esa decisión, pero al no decirlo en el texto generé la impresión de que despreciamos la vida de Sandra. No es así. El texto tenía el propósito adicional de mostrar cómo es que se puede cometer un crimen tan irracional.
Finalmente, a la familia de Sandra deseo expresar de manera especial mi total empatía y mis disculpas.
Respetuosamente: Alejandro Sánchez
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Cordelia Rizzo (DF 1982). Escritora y académica. Investiga temas relacionados con los derechos humanos y el simbolismo que da sentido y peso a hitos vitales como la mortalidad y otros tipos de procesos y transiciones. Escribe poesía. Actualmente investiga cómo se construye la memoria histórica en el fenómeno de bordado por la paz en México. Colabora con la plataforma de paz Nuestra Aparente Rendición y con Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Nuevo León, así como de la revista de periodismo narrativo Spleen! Journal. Ha sido profesora universitaria y capacitadora en temas de derechos humanos y es aficionada a la danza clásica desde que tiene uso de razón.
por Citlally Villarejo
¿Por qué asociamos lo gordo con lo malo y lo feo?
¿Por qué los bailarines no pueden pesar cien kilos?
Tengo 23 años, peso 99 kilogramos, y mido 1.59 metros. Según la nutrióloga que visité a petición de mi madre debería pesar 53, mientras que según la tabla de peso coreana debería pesar 43 kilogramos. Estoy – y estaba-, aún lejos de dicho peso.
¿Debería sentirme avergonzada y ocultar mi cuerpo? ¿Debería de ser una “gordita simpática”? ¿Ser “linda, tierna” y todas esas actitudes que el patriarcado exige maximizar en alguien que pesa más de lo que una revista de modas pide? No, esos adjetivos no califican conmigo. Me considero una persona transgresora, mi no-orientación sexual (asexualidad), mi no-orientación romántica (a-rómantica), y mi capacidad, contradictoria, de sentirme atraída estética e intelectualmente por personas de todos los sexos, géneros y preferencias (panfectiva)… y transgresora del cuerpo, porque siempre he sido obesa según la calificación del sector salud. A partir de mis ocho años se presentó en mi vida mi eterna amiga: la distimia. La comida se volvió mi medicamento, pero la gordofobia me hundió más en ella y me llevó a otros consuelos.
¿Debería de dejar ir a fiestas? ¿Debería de dejar de besarme con todxs en una fiesta solo porque es divertido haber besado a múltiples personas, aunque no sienta atracción en ningún nivel por ellas? ¿Debería ser recatada porque soy gorda? Sencillamente los kilogramos que marquen la báscula no importan; cuando la gente descubre que mi gastritis se la debo a mis periodos de bulimia y anorexia que viví desde los nueve años hasta los veinte, se cagan de la risa ¿cómo una obesa pudo ser anoréxica por tanto tiempo? Bueno, esto iba y venía: pasé de pesar 96 kilogramos a pesar 81 en menos de un mes, de 81 a 74 en una semana, bien, estaba tan jodida que me desmayaba todo el día…¡Basta! Las palabras de los demás hieren cuando se busca aprobación, pero, ¿por qué habría de aprobarme alguien más que no fuera yo? Siempre he sido muy consciente de que somos nosotros quienes formamos nuestra propia felicidad… Así que, mandé al carajo todo.
Estuve en una compañía de teatro toda mi infancia y jamás me alejé del arte, continué en la literatura; además de trabajar en radio, ser vlogger, decidí que era hora de hacer algo que también me apasionaba: ¡bailar!
En ese momento, mi universidad impartía cursos de danza árabe. Debo admitir que iban chicas esperando tornear un abdomen y tenerlo como se lo exigen las carnívoras ideas machistas, pero cuando conocieron a la maestra desistieron. Y así, entraban y salían una tras otra, me quedé por aprender, pero hubo un momento donde decidieron que no me vería bien con un top decorado, y una falda transparente…
Al demonio con todo ¡seguiré bailando! Un accidente me llevó a sustituir la terapia física por la danza contemporánea, con un mentor –porque no solo fue un maestro- sorprendido por mi capacidad elástica, mis 108 kilogramos –con los que comencé a bailar-, podía hacer piruetas, moverme con toda gracilidad ¿quién dijo que tenía que estar en los huesos para crear arte con mis piernas? ¿quién dijo que tenía que pesar menos para poder girar sobre mí misma, tirarme al piso, levantarme y seguir saltando? Tuve un público sorprendido, al igual que otros bailarines, maestros, maestras, que no vieron una limitante en mi peso, es más, ni siquiera les importó, me impulsaron a continuar en algo que hoy se ha vuelto parte de mí.
“Te tocó bailar con la más gorda”. Pues sí, bailar con la más gorda es sabrosear más, porque no hay huesos que se te entierren, soy como una nube en el viento, formando, haciendo a todos imaginar, soy el color, llenado toooodooo, con mi tamaño penetro en todos lados, mis movimientos pueden ser amplios, soy como una montaña, cuando me muevo ¡todo tiembla! Y tiembla con toda mi belleza desbordante.

Por Lucía Gabriela Vindas Vargas
Me explicaron que no debo destacar,
que entre menos carne y huesos mejor,
me atacan con la más engañosa realidad
aquella que dice compra, gasta, derrocha,
pero gorda jamás deberás ser.
Me cohíben ser lo que soy,
solo un cuerpo de mujer,
un cuerpo que ya no quiere transitar por las rutas trazadas
y que danza cuando dicen calma
un cuerpo que se atestó del mundo estereotipado,
y que reclama ser consentido y apreciado,
no inmolado, mutilado, ni segregado;
Un cuerpo que desea ser lo que es.
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Lucía Gabriela Vindas Vargas Oriunda de Costa Rica, Secretaria de Profesión, Poetiza y fotógrafa amateur por afición
, escribe poesía desde los 12 años, desde el año 2001 a la fecha ha participado en diversas actividades culturales a nivel nacional y recientemente ganó el I Certamen de Literatura «Palabras Jóvenes Alajuelenses».
Participó del taller de Escritura Creativa de la página CulturaCR.net con quienes tiene en proyecto su primer poemario. Sus poesías han llegado a leerse en países como Argentina y España.

¿Por qué hacer un número de Hysteria centrado en los cuerpos gordos?
Porque no basta con destruir el género si no dinamitamos también las normas corporales, junto con todos los discursos y los dispositivos que nos controlan y que construyen nuestros cuerpos como espacios de exclusión y de vergüenza, que pretenden robarnos del placer y la alegría.
El discurso gordofóbico está bien enraizado en nuestra sociedad por contubernio de los mass media, la industria de la dieta y el discurso de salud, que han contribuido a la patologización y la exclusión social de las personas gordas.
Es por esto que nos propusimos hablar del cuerpo gordo como un espacio de placer, de deseo y de resistencia política, desde el cual es necesario articular espacios de representación, comunidad y respeto, todo esto desde una mirada feminista, porque pensamos que es un posicionamiento de feminismo revolucionario el amar nuestros cuerpos y exigir un alto a las representaciones nocivas que se ciernen sobre ellos.
En este número usted, querido público, encontrará referentes teóricos y artísticos que abordan el cuerpo gordo desde la lucha contra el estigma, los procesos personales y colectivos de descolonización de nuestros cuerpos de carnes abundantes.
Nos cagamos en los estereotipos y asociaciones negativas que se nos han adjudicado, y con lxs que se nos ordena desaparecer o resistir burlas y vejaciones: somos gordxs, somos muchxs, estamos rabiosxs y no nos vamos a callar.
Hablar del cuerpo gordx no es solo hablar de kilos y carnes, porque detrás del discurso normativo de la figura esbelta y de los estándares de belleza, se encuentra un dispositivo muy eficaz de construcción del autodesprecio, muy ligado al racismo, al clasismo y la exclusión.
¡Alto a las miradas censoras y al autodesprecio, regocijémonos en el placer de la abundancia de carnes indomables! ¡CARNITAS!
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Editora invitada para el #9 «¡Carnitas!»:
Alejandra Rodríguez a.k.a. La Bala Rodríguez (La Paz, BCS, 1986), La Bala, es una performer activista gorda mexicana que centra su producción en el registro fotográfico y audiovisual de sus intervenciones tanto en espacio público como en centros de arte y las difunde a través de las redes sociales Facebook y Tumbrl como una forma de retar a la censura de los sistemas de vigilancia y autovigilancia que estas mismas redes suponen, así como producir contra-ofensivas visuales de las representaciones corporales/sexuales/étnico-raciales normativas. (perfil escrito por Sayak Valencia para e-misférica)
https://www.tumblr.com/blog/labalaregistros
Facebook: La Bala Rodríguez
“Gorda hijueputa”, “¿no cabe?”, “a ver si adelgaza”, “está como una vaca”,
“pero se toma la sopita” y tras del hecho…lesbiana.
Partimos de que todas las personas tienen una relación con la gordura, la nuestra, por el hecho de ser gordas, en la cotidianidad está relacionada con violencias verbales, simbólicas e incluso en algunos casos físicas. Estas imágenes buscan explorar, a grandes rasgos, los sentires de cuatro gordas lesbianas que resignifican el cuerpo a través del ejercicio de desnudarse. Convocar nuestros cuerpos al ejercicio de posar sin ropa ante una cámara no fue sencillo. La educación que hemos tenido a lo largo de nuestra vida nos ha enseñado que los cuerpos de las mujeres gordas no se admiran, no se tocan, no se muestran y no se desean. Para algunas de nosotras quitarnos la ropa era una experiencia totalmente nueva, otras tenemos procesos corporales donde exponernos al lente no resulta tan conflictivo, pero aun así, cada experiencia implica nuevos retos, sana viejos dolores y brinda nuevas herramientas para tejer la relación con el propio cuerpo.
Encontrar cómplices en nuestro entorno cercano para hablar de los dolores experimentados a largo de nuestra vida por habitar un cuerpo gordo es infinitamente liberador para resistir a dichas violencias y transformar el contexto cercano en el que nos encontramos constantemente. Como gordas, nos levantamos ante los ataques, la invisible realidad de las mujeres gordas lesbianas y la naturalización de las violencias hacia nuestros cuerpos bien alimentados a partir de prácticas como la risa y la empatía, que nos permiten resignificar lo vivido y exorcizar las agresiones que han oprimido nuestros cuerpos. Estar desnudas, bailar, posar, disfrutar nuestros cuerpos alimenta nuestra postura: gorda no significa no follar, gorda no significa no ser saludable, gorda no significa no ser amada, gorda no significa no ser deseada.
Gordas, lesbianas, latinoamericanas resistimos, luchamos, conspiramos.
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FICHA TÉCNICA:
Lugar: Casa de la Gran Vagina, uno de nuestros espacios de reunión, su nombre se debe al Mural de la Vagina, mural realizado por la artista Laura Rodriguez Agudelo.
Fotografxs:
Nicolás Almeida y Ángela Quiceno
por Enrique Landgrave aka Dr. Dodo
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Enrique Landgrave (México, 1979) Pintor y Fotógrafo mexicano cuyo trabajo se destaca por una constante experimentación y observación. Combinando diversas técnicas y estilos; en pintura y fotografía. Con el propósito de conquistar potencias, afectos; el color y de la luz. Es un artista que siempre está al acecho, en búsqueda de nuevas técnicas y formas de adentrarnos en su mundo. Cursó la licenciatura en historia del arte en México y artes visuales en Nueva York.
Link:
Por Lechedevirgen Trimegisto
Santo Miguelito o Miguel Peréz, es un artista de San Pedro Cholula, Puebla, quien ha dedicado su obra a la reflexión social desde su propio cuerpo. Se trata de exploraciones en torno a la carga monumental, nunca mejor dicho, de tener un cuerpo distinto y defenderlo de la normalización, las dietas y la aceptación de un corpus social obsesionado con las básculas y las cintas métricas. Miguel ha convivido con la palabra –gordo- en un día a día que cansa y enloquece. En sus series fotográficas como Sufrí lo que sufren muchas, Corpóreo o I’m Wating For You encarna el fenotipo de lo enorme en toda su vulnerabilidad expuesta: aparece cubierto por chocolate líquido sobre un fondo blanco, mostrando su cuerpo en tonos cobre que recuerdan las esculturas de barro fresco o los elefantes blancos bañados en su propia sangre tras el saqueo del mármol. Imágenes violentas y comestibles al mismo tiempo que incitan al espectador a un acto de canibalismo visual, en contra-respuesta a los numerosos anuncios en el mass media de cuerpos esbeltos o bien tonificados.
Aparece también en una serie de retratos donde su rostro permanece estoico mientras su cabello convulsiona en estilismos de peluquería avantgard, desde las clásicas coletas de colegiala, hasta el corte punk de la chica banda de la que te enamoras por sus pelos parados como un penacho. Logra encarar a quien le mira desde la indefinición genérica de lo ambiguo, el mismo cuerpo gordo posando en distintos paisajes de señalamiento. En resumen, la obra de Santo Miguelito cuestiona a través de los medios visuales y corporales los estándares preconcebidos de la belleza y los ideales canónicos del cuerpo, mostrando aquella fragilidad que se encuentra hasta en las construcciones más anchas y gruesas de nuestros tiempos.
Puedes ver más de su obra aquí: http://miguelperezart.blogspot.mx/
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Sobre el autor:
LECHEDEVIRGEN TRIMEGISTO (Querétaro, México 1991) Pornoalquimista & Criptozoologo de Género.
performans cuir extremo / escatología y abyección / posporno y pornoterror/ artivismo disidente / magia y política
https://www.facebook.com/
http://lechedevirgen.com/
acciones por La Bala Rodríguez y Raúl Morales
fotografía por Pablo Hernández