Amamos el trabajo de Jovan Israel por que muestra un matiz poco visto en la iconografía BDSM- gay: el de lo kinky y sexualmente explícito combinado con una estética dulcemente pop, algo así como un Hello Kitty conoce el cuarto obscuro.
imagen por Bruja Prieta imagen por Bruja Prieta
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Mi nombre es Jovan Israel, nací un 10 de mayo de 1991 en un convento de monjas en el Distrito Federal, estudio la licenciatura en comunicación y cultura por parte de la UACM Centro Histórico, he trabajado para el INJUVE DF, dentro del Seminario Juvenil de sexualidad: Derechos sexuales y reproductivos, en el foro Jóvenes Igualmente Diferentes exponiendo mi trabajo como ilustrador en el Centro Cultural España, también he realizado cómics informativos sobre la prevención del consumo de drogas, la violencia de género y familiar y las enfermedades de transmisión sexual en los jóvenes. Tengo un colectivo llamado “Les femmes Project”, donde ilustradoras mexicanas exponen y ponen a la venta su trabajo, participé en el libro Morrissey y los atormentados, el primer libro editado por la Revista Marvin. Estuve dentro de la clínica «Ilustración&Moda» impartida por Prince Láuder y Jovan Israel en el marco de la primera edición de «Convergencias Moda&Arte” en CASA VECINA; en el Primer Encuentro Universitario de Arte, Feminismo y Género en la UACM: Imaginarios y representaciones estéticas de género realizado por el Centro de Estudios Interdisciplinarios de Género-UACM.
El cuerpo catalogado socialmente como hombre, ¿no es erótico? ¿O es que la trata erótica es una trata sobre la carne? La forma bella, dictaminada: esto sí, esto no.
Somos carne, trozos, partes y miembros colgantes. Estamos envueltos, empaquetados y etiquetados así, todo en orden y bien numerado. Nada ni nadie se escapa, todo es de aquí o de allí. Todo ES.
El error como parte de adiestramiento «esto sí, esto no; esto bien, esto mal.
¿Conoces a Lia García (La Novia Sirena) y sus performances afectivas de la novia, la quinceañera, o la sirena? Espero que sí, y si no, ahora es el momento de poner atención.
Aunque su gama de performances es muy grande, y cada uno tiene muchas implicaciones, diría yo que su trabajo en general, o al menos lo que conozco, se ubica en los cruces del género, el sexo, las afectividades, la resistencia trans*, la mexicanidad, los rituales, lo decolonial, y lo colectivo. En este artículo, no se deshizo de sude sus miradas hacia de su cuerpoen distintos escenarios Pe la C nos concentraremos en la serie de acciones del proyecto Voz en Construcción, en el cual Lia, aparece con una hermosa cola de sirena en distintos escenarios públicos y comparte su voz profunda con todxs nosotrxs.
Les aconsejo que busquen más información sobre ella y su obra artística ya que resulta un referente muy importante para el arte feminist. En estas líneas, solo puedo hablar de algunas partes de esa serie, pero en realidad hay muchísimos aspectos e implicaciones que abordar en otro momento. Algo que tienen en común sus performances es la riqueza analítica que proveen. Mucho de lo que leerás aquí tiene que ver con una conversación abierta que tuve con ella a través de los meses que hemos tejido una relación, yo, y otras personas, y que todavía no termina. Tal vez también podemos considerar este texto en construcción.
fotografía por Griselda Jiménez
Las sirenas han aparecido en muchos lugares, especialmente en productos culturales, y a mí me parece que tienen tener que ver con ideas de la transgresión, aunque siempre surgen de maneras distintas. Muchas veces muestran algún peligro a la normalidad (piensa en las sirenas de la Odisea, que seducen a los marineros – quienes muchas veces van llevando comercio – a su muerte a través de su canto prohibido) y formas de creatividad. Son figuras muy posibilitadoras. Hasta ahora, el proyecto de Lia, la sirena, consiste en 4 performances, todas de este año y alguna(s) por venir. En la primera titulada Enciclopedia que sucedió en la facultad de ciencias de la UNAM, Lia se colocó en el suelo de esta escuela con su cola de sirena, con una cartulina científica sobre ella como si fuera parte de una exposición en un museo o la entrada a una enciclopedia, o sea, en lugares de construcción de conocimiento. La cartulina de información logró desafiar ideas de la objetividad y la verdad única y coherente de la ciencia. Ella, Pedía a la gente que pasaba por los asfaltos, la mayoría formándose en las ciencias y para nada en las artes, que la dibujaran en un lienzo blanco de papel en forma de escama.
Como mujer trans, fue un momento en que la colaboración entre ella y las personas que participaron – aún si fuera sólo a través de una mirada – hiciera más claro cómo las percepciones de las personas literalmente se metieron en su cuerpo: pedía que la gente usara alfileres para conectar sus dibujos a su cola. Al final, ya las imágenes y las palabras casi cubrieron por completo la parte inferior de su cuerpo. Además, puso su corporalidad trans en el enfoque de una mirada artística, que parece como una insistencia de Néstor Perlongher: “No queremos que nos toleren…queremos que nos deseen.” Lia, en esta performance Se posiciona como un sujeto, que aunque recibe la mirada, pone el marco para su interacción y enseña afectivamente a las personas a crear los nuevos efectos de sus miradas. En esta pieza, no se deshizo de su voz, como la(s) Sirenita(s) de Disney y Hans Christian Andersen que intercambiaron su voz para obtener piernas. Aunque su cuerpo está en construcción (cabe mencionar que todos los cuerpos se están construyendo día a día, ya sean trans o no) Lia me ha compartido que el sonido profundo y grave de su voz es lo que la coloca en la frontera entre el peligro y la visibilización política en los espacios públicos. Ella ha notado, como yo, que muchas veces la gente no nos identifica con el género con que nos asignaron al nacer hasta el momento que nuestra voz entra en la interacción social. Lia utiliza su voz y el sonido fugado de manera estratégica en sus piezas, que nos lleva a analizar su siguiente obra que se desprende del mismo proyecto.
fotografía de archivo de «El Palomar»
En esta performance, en Barcelona, Lia empezó en un edificio de departamentos en la planta baja, sin voz, en total silencio. Apareció en el primer piso y esperaba atenta a los vecinos que entraban. Estando en ese país como migrante mexicana puede resultar una dificultad para muchas personas, ya que la gente en algunas regiones de occidente tiende a evitar contacto a través de los ojos, las palabras, la convivencia, y los afectos . En estos edificios, es hasta arriba dónde la gente pobre – según los parámetros de allá – pueda rentar cuartos porque eran los cuartos de servicio, estas estructuras son más pequeñas y menos accesibles (no hay elevador). En su traje de sirena, la cola la impedía caminar, entonces, no podía llegar hasta arriba por su cuenta. Iba rastreándose de puerta en puerta, tocándolas, y comunicando a la gente que las abría que necesitaba llegar hasta el último piso, sin que hiciera uso de su voz, solamente su cuerpo y los sutiles movimientos del mismo. Muchas de estas personas que abrían la puerta se dispusieron a ayudarla, aún si solamente para un tramo del trayecto, a veces cargándola en colectividad, o jalándola de manera dual. Mientras iban subiendo, la gente se emocionaba más, queriendo saber qué pasaría llegando al objetivo. Este trabajo en conjunto para ayudar a una extraña, que no pertenecíaal lugar configuró otra relación a la migrante mexicana e interrumpió en la cotidianidad del racismo europeo y colonialista. Lia explicó que el acto de cargar también tiene que ver con la carga de los estereotipos, sobre la mujer trans, la migrante, la vida personal, etc. Finalmente llegaron a la meta, y Lia habló. Recitó poemas y cantó canciones de su infancia, recuperó su voz. Algunas personas se sorprendieron mucho por la contradicción entre el cuerpo y la voz, y hasta una persona se asqueó, dándose cuenta que colaboraron con una mujer trans, migrante. Fue a través del trabajo colectivo y el romper esquemas de desigualdad, al menos para ese momento, que pudo recuperar su voz, su urgencia de hablar, y que otras personas la escucharon. Pareció que en ese momento una subalterna de Spivak, ¡sí que pudo hablar! Y pudieron celebrar sus alianzas y afectos recién hechos en la terraza del edificio, en conjunto, con sus diferencias, pero también con los afectos de haber luchado en conjunto para lo que ella marcó. Además, como acto político final, las personas untaron hormonas en gel a su cuerpo, haciéndose partícipes en su construcción de cuerpo y transición. Esto fue una forma de solidaridad colectiva en la que entraron solamente después del trabajo de subirla ahí. Ella es la que provocó estas alianzas como en toda su obra artística.
La siguiente pieza, que analizaremos en otro momento sucedió en el metro de la Ciudad de México. Un lugar que a mí me interesa mucho. El metro también tiene que ver con lo de arriba (afuera) y abajo (la tierra), y al menos aquí en México, con cuestiones socioeconómicas. También, es un lugar normalizante. Antes, acá en el metro, Lia me había comentado que cuando usa vagones de mujeres, no hay ningún problema, pero si suena su celular, en el momento que contesta, por su voz, empieza sentir una hostilidad de las personas a su alrededor. Además es un lugar con mucha cercanía física pero muy poca convivencia de los afectos. Así que la presencia de un cuerpo claramente extraño y en construcción – la sirena – en el metro podría ser una interrupción con mucha potencia.
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Valerie Leibold: Ser que tiene muchos intereses variados y conectados. Agradece todas las interacciones que ha tenido con otros seres, porque lx han llevado a ser quien es ahora.
En los últimos años se está estudiando y abordando de forma interdisciplinar el fenómeno escolar del bullying lgtbfóbico, denominándosele comúnmente bullying homofóbico. Estamos ante una agresión patriarcal múltiple que invisibiliza, cosifica y violenta en el ámbito escolar a las identidades de género no cisexuales (transexuales, transgéneros y travestis) y a las orientaciones afectivo-sexuales no heterosexuales (gays, lesbianas, bisexuales y pansexuales). Bullying LGTBfóbico se muestra como un término paraguas que -a priori- trata de aglutinar de forma interseccional todas las agresiones cisexistas, heterosexistas y monosexistas que sufre el estudiantado. Es en los centros educativos donde, con mucha más virulencia, azota la dictadura de la las expectativas, los roles y los estereotipos; contexto legitimado por una pedagogía esencialista que percibe al estudiantado como no-sexual, no-afectivo y no-expresivo. Obviamente, cuando se habla de LGTBfobia, hay que tener presente la doble vertiente que existe en esta compleja matriz patriarcal que abordamos: por un lado tenemos las violencias en el campo de las identidades de género y, por otro lado, las violencias en el campo de las orientaciones sexuales. Se conocen más las segundas violencias que las primeras, ¿por qué? Es muy sencillo: la sociedad es cisexista y, estructuralmente, niega las realidades de las personas trans* y los cuerpos/expresiones diversas. Muchas veces se conocen más las vivencias y realidades de la gayfobia que las peculiaridades de la transfobia (especificidad del bullying transfóbico). Esto no es azaroso, el binarismo cisexista permea hasta cómo se previene el bullying y tiende a invisibilizar los cuerpos que nunca nombra y siempre estigmatiza.
En una sociedad masculinista/masculinizada -y por tanto androcéntrica también en el activismo LGTBIQ- no es de extrañar que las violencias que sufren las mujeres lesbianas, bisexuales y trans* aún estén poco abordadas desde las agendas activistas; los patriarcalismos aún condicionan mucho la forma de abordar el bullying LGTBfóbico, buen ejemplo de ello es que las violencias patriarcales que sufren las mujeres LTBI aún no están en el centro del debate de forma interseccional.
Vemos pues que no se trata sólo, aunque también, de enunciar y hablar del bullying LGBTfóbico sin más. Hay que tener presente el gaycentrismo que binariza nuestro discuros y nos lleva a invisibilizar -de forma consciente o no- el resto de violencias patriarcales que padece el estudiantado LGTBIQ. Sería insensato hablar de acoso escolar y no centrarse en las transfobias -que suele pasar por cierto-. Esto sería una práctica binarista que no se hace asumiendo plenamente la diversidad corporal, estética y expresiva de los cuerpos y sujetos que habitan nuestras aulas y patios. No podemos caer en ópticas transfóbicas que no visibilicen el cisexismo estructural que sostiene la pedagogía patriarcal.
No todo es homofobia y discriminación por motivo de orientación afectivo-sexual.
Debemos alejarnos de ópticas homocentristas. Un ejemplo de abordaje cisexista, carente de una óptica transfeminista, sería el hecho de afirmar que la plumofobia (discriminación de expresiones estético-expresivas) está enmarcada dentro del campo de la homofobia; un sesgo gaycéntrico que tiende a percibir la discriminación de las expresiones y estéticas desde una perspectiva canónica homocentrada. Se cae en este caso en una lógica transfóbica que emplea la discriminación de las expresiones/estéticas para ponerlas al servicio de la agenda de los deseos.
En vez de abordar la plumofobia desde la complejidad que muestra el cisexismo, se habla de bullying homofóbico, negándose así la diferenciación entre el ámbito del deseo afectivo-sexual y la identidad sexo-genérica. Esta maniobra gaycéntrica hace aguas, ya que gran parte de l*s niñ*s que sufren plumofobia no son homosexuales o bisexuales. Entonces, ¿por qué seguir empeñad*s en explicar desde posicionamientos del deseo afectivo-sexual las implicaciones de las violencias cisexistas que atraviesan los cuerpos de nuestr*s estudiantes? Es una pirueta compleja, homocéntrica y cisexista. En realidad, se niegan los discursos de los cuerpos y las violencias que los atravesan para legitimar cierta manera de prevenir el acoso LGTBfóbico. No se puede erradicar el bullying LGTBfóbico desde una óptica gay articulada en torno a las vivencias y especificidades que experimentan los niños y chicos jóvenes gays, blancos, urbanos y de clase media. El estudiantado LGTBIQ es diverso y, por tanto, diversas deberán ser las estrategias socioeducativas emancipatorias.
Pedagog*s, activistas no-binaristas y educador*s implicad*s debemos empaparnos de una coeducación transformadora que emancipe a los individuos, de una pedagogía queer que tenga presente la diversidad como una matriz interseccional repleta de posibilidades, realidades y vivencias. Entender, por tanto, los cuerpos y sus agenciamientos desde las complejidades que los articulan, y tener bien presente el transfeminismo y un necesario proceso deconstructitivsta en nuestros discursos, praxis y acciones sociopedagógicas. Esta coeducación emancipatoria se rearticulará desde la diversidad de los cuerpos, las estéticas y expresiones; desde lo complejo y poliédrico; desde la autocrítica y la interdisciplinariedad.
Asumamos entonces las múltiples dimensionalidades y puntos de fuga del bullying LGTBfóbico. Siempre desde una agenda transfeminista y emancipatoria; desde los intersticios, los entrecruzamientos, las posibilidades, las diásporas, los prismas liberadores y constructivistas, escenarios democráticos que nos permitirán abordar integralmente todas las violencias patriarcales que se (entre)cruzan en la realidad escolar. La pedagogía queer puede arrojar mucha luz en esta tarea de reubicar y de(re)construir. Un proceso poliédrico que, sin duda alguna, es tan complejo como ambicioso.
«Habrá de un lado la comunidad de sanos y del otro la de los enfermos”.
-TIQQUN
No son pocas las veces que, al pararme en la puerta de entrada de la clínica psiquiátrica, escucho los gritos que desde dentro se producen… ¿cómo no gritar los horrores del manicomio?, ¿cómo no gritarlos a cada momento que se pasa ahí aún y en contra de la pretendida estabilidad que procura ofrecer esa y todas las instituciones de “salud mental”? Trabajo como voluntaria con lxs usuarixs en una de estas clínicas y el otro día, en la misma puerta que atravieso una o dos veces por semana me encontré con un pequeño rayón, casi imperceptible a pesar de la blanca pintura que cubre dicha puerta, escrito con tinta azul y formas temblorosas en sus letras pero con el mensaje bien firme: encontré la frase que ha dado nombre a este escrito “Putos Locos” Sólo así, sin más a su alrededor que permitiese identificar razones de tal posicionamiento y rápidamente me di cuenta que ese mensaje único y aislado en realidad tenía muy poco de aislamiento.
El letrero que los vecinos del lugar plasmaron en la puerta deja entrever la identificación comunal de la locura con figuras disidentes como los y las putxs, lo cual denota un proceso social de aceptación/rechazo en función del acoplamiento a las regulaciones, enmiendas y contratos. Pero no son sólo lxs locxs y no son sólo lxs putxs, cualquier forma del cuerpo o la mente que implique un punto de fuga debe ser -y será- condenado. “El orden de los Estados no tolera ya el desorden de los corazones”, expresó Foucault[1] (1964) Y para que se justifique la desaparición social de lxs locxs tras muros, rejas y puertas con candado se requiere entonces la intervención y codificación psíquica de éstos desórdenes, validando primero la clasificación como enfermedad y segundo, la peligrosidad de dicha condición.
Sí, los espacios hablan, en esta ocasión una puerta. Es particularmente llamativo ese acto, el no atreverse a entrar para expresarlo, el escribirlo justo en el limbo entre el lugarpara el sano -el afuera- y el lugar para el enfermo. Y sí, lo primero que experimenté cuando me topé de frente con aquél pequeño pero efectivo letrerito fue furia –furia que no desparece pero reconduzco–, y en un arranque no reflexivo lo primero que escapó de mi boca fue un “¡puto el sistema psiquiátrico!”; sólo para después darme cuenta que nombrarles putxs a ellos, era un elogio que no merecían, que para ser nombrado como putx uno se lo tiene que ganar a base de fuerza disidente.
Cruzar ese límite, no una puerta física (aunque en este caso sí) es abandonarse a toda posibilidad de razón moderna, esa razón intolerante a la diferencia. Entrar a un manicomio significa entrar a un mundo de sin-razón. No, no me mal entiendan, no estoy hablando de la sin-razón de la locura, sino de los modos organizativos imperantes y dominantes que allí operan. Al principio de este escrito me permití retomar una cita de la publicación francesa Tiquun que ahora quiero completar:
«Habrá de un lado la comunidad de “sanos” y del otro la de los “enfermos”. Prestando atención al Nietzsche más dudoso, la primera huirá de la segunda como de la peste. La vida de los sanos estará constelada por los plazos de un ineludible calendario de prevención, pero los sanos serán los sumisos, los pacientes eternos que llevarán una vida de enfermos para no serlo. Los enfermos, por su parte, serán “los que lo habrán querido”.»
Porque existe un espacio para cuerdos y uno para no-cuerdos[2], espacios de segregación fundamentados por la siempre imperante lógica separatista y clasificatoria de la ciencia. Hace no mucho leí un artículo[3] de esos que gustan nombrarse a sí mismos como científicos en donde declaraban haber encontrado el gen que explicaría la locura, curiosamente el lugar de encuentro es un espacio que en biología se denomina locus. Comencé a indagar al respecto y lo primero que me pregunté es ¿Qué es un gen? Pues bien, sin ánimos de proclamarme como experta en biología y mucho menos en etimología, me topé con que en griego, gen tiene que ver con generación y como verbo con devenir. En latín se encuentran algunas acepciones que apuntan hacia engendrar o nacer. Sí, todas ellas apuntan a un algo común y que deseo puntualizar bien. Si ellxs dicen haber encontrado el gen de la locura, entonces bien, engendremos disidencia, devengamos putxs y locxs, o en su combinatoria, nazcamos putos locos. Atravesemos esa puerta, dejemos a la locura ser locura, y que de este lado de la reja o de aquél, da igual, entendamos que el derecho a la diferencia se defiende, se lucha y se conquista.
[1] “Historia de la Locura en la época clásica. Vol. I”
[2] Recomiendo ampliamente revisar al respecto la experiencia de los años setenta de David Rosenhan, mejor conocida como “estar sano en lugares insanos”
– pintada vista en la puerta del wc de un bar punk –
La anormalidad está tan de moda que casi que se ha vuelto normal ser anormal. Esta es una de las cosas más terribles que pueden suceder en una sociedad: cuando la disidencia es una estética, una farsa, una pose inserta en las lógicas habituales del capitalismo. Lxs anormales de toda la vida, como yo, estamos muy molestxs con esta mierda. Y hay que pararla antes de que sea demasiado tarde. La anormalidad es nuestro fuerte, ese lugar que hemos construido durante siglos para sobrevivir a las imposiciones de la mayoría, ese hogar del que tanto nos ha costado sentirnos finalmente orgullosxs. Y ahora una panda de impostorxs, de caballitos de Troya, nos lo quieren destruir desde dentro.
Otra de las cosas fatídicas que vienen sucediendo desde hace tiempo es que lxs monstruxs quieren de pronto ser normales, de hecho luchan por ser normales. El ejemplo más claro se da en el “movimiento” LGTB. Salir a la calle a manifestarse por el matrimonio igualitario, a pedir por favor al Estado que les dejen tener hijos, casa, carro, hipoteca, romanticismos variados, es asqueroso. Gentes que hace apenas 100 años hubieran sido condenadas a muerte por ese mismo Estado, ahora, auspiciadas bajo la pendejada de la “democracia” se dedican a mendigar lo que consideran que son “derechos legítimos”. ¿Dónde está su orgullo anormal? ¿Dónde la celebración de existir siendo como unx en realidad es en lugar de hacerlo queriendo parecerse a lo otro porque lo otro es aceptado y conlleva privilegios?
Yo ni soy normal ni quiero serlo. Nunca he querido serlo. Me ha valido vergas siempre lo que una panda (mayoritaria con creces) de descerebrados pensara que yo debía ser. Sí, desde mi privilegio de haber crecido con otrxs dos anormales reivindico mi identidad desviada porque en un mundo donde todo está tan cagado a todos los niveles, querer ser normal y estar adaptadx es una forma de acordar con toda la mierda que nos sucede.
Desde ahí me enuncio como lo que soy, una orgullosa monstrua únicamente interesada en relaciones con otrxs monstruxs. Esto puede sonar excluyente, de hecho lo es. Pero no tengo ni he tenido nunca ganas de alianzas con personas cuyo conformismo colabora a diario con la devastación de lo anormal, no me interesan sus hipotéticas luchas, no me interesan sus hipotéticas opresiones. Llamadme burguesa o feminazi o lo que queráis, pero siempre me ha parecido que, en el lugar que cohabitamos, cosas como por ejemplo la violencia machista son normales, los asesinatos son normales, la constante censura y castigo de toda disidencia es normal. Porque en un mundo tan profundamente podrido que pasen estas desgracias, estas abominaciones, es perfectamente lógico, se trata de enfermedades endémicas del sistema. ¿Cómo no va a golpear un hombre a una mujer, violarla, destazarla, humillarla, si desde que nació se le ha enseñado, educacional y culturalmente, que la mujer le pertenece? ¿Cómo no se van a matar las personas entre sí todo lo que les ha rodeado desde que tienen uso de razón es violencia y más violencia?
Nosotrxs lxs monstrxs somos errores ilegítimos e imprevistos del sistema, y hasta que no nos pongamos en pie de guerra con nuestra anormalidad por bandera, absolutamente nada cambiará. De hecho es muy posible que nadie nos tenga en cuenta ni se nos una si lo hacemos porque renunciar a los privilegios que la normalidad otorga no es sencillo, sólo cuando se trata de una necesidad de supervivencia emocional renunciamos a ellos, cuando no nos queda más remedio. Esto es triste. Ser anormal, no por decisión sino por obligación.
Lo único que podemos hacer quizás es cultivar el orgullo y, desde nuestro pequeño fuerte, tratar de combatir las cuestiones que nos afectan de forma directa y que ponen en riesgo nuestra existencia. Porque el problema con las personas que se plantan la anormalidad sobre los hombros como si fuera un traje es que su traje es mucho más ligero que el nuestro porque no carga con las opresiones.
Un ejemplo: para mí una persona que lleva una cresta no es nunca garantía de que será alguien aliado, podría ser un niñato clase media alta que se siente excitado con actos de rebeldía que no comprende porque no responden a su propia experiencia de vida, un fan de la estética de la disidencia que si algún día tiene un problema derivado de la misma, su papá vendrá con el varo para la fianza y sus influencias con las altas esferas para librarlo de todo mal.
La estética, la imagen externa que nos diferencia del rebaño y que nos hace ser anormales a los ojos de lxs demás, está siendo replicada por personas que son perfectamente normales en todos los sentidos: heterosexuales, gente que jamás ha sufrido una agresión, fresas, etc. ¿Hay un pedigrí anormal? Desde mi punto de vista sí y tenemos que dejar que nuestra intuición (mucho más desarrollada que la de la bandada de zombies) nos diga con quiénes podemos o no aliarnos.
Lo que hace que una persona despierte mi empatía es cualquier mínimo rasgo de inadaptación al sistema. Si voy por la calle en general todas las personas que me cruzo se me antojan zombies, mi cerebro ha aprendido a desarrollar filtros para ni siquiera verlas, no obstante, cualquier rasgo de anormalidad (a veces no es nada físico, es una mirada, un gesto) despierta mi interés, activa de nuevo mi mirada. Es lo que yo vendría a llamar la desesperada y constante búsqueda de aliadxs. Supongo que las personas normales nunca sienten esa desesperación. Ser heterosexual en un lugar donde en tu estrecha masa gris sólo hay heterosexuales, ser un hombre o una mujer así tal cual el sistema los ha diseñado, ser a la base normal, significa también estar rodeadx por una inmensa mayoría que es tu aliada, al menos en lo básico: acordar con el patriarcado, consciente o inconscientemente.
Pero nosotrxs, monstruxs, no vivimos nuestra vida así, nuestra disidencia no pasa por querer ser iguales a lxs demás, no pasa por querer la paz, ni la tolerancia, ni la aceptación. Pasa por querer la absoluta destrucción de todo aquello considerado normal, a modo de venganza transmilenaria, en el más puro sentido de la palabra Caos.
Porque fuimos lxs golpeadxs en la escuela que no quisieron o no pudieron cambiar para detener la tortura, porque cada vez que salimos a la calle las agresiones se suceden en mayor o menor grado de intensidad sin descanso, porque fuimos las personas que nuestra familia de sangre trató de silenciar, ocultar y domesticar, porque somos lxs que tuvieron que construirse un lugar en el mundo a base de batallas cotidianas, porque el rechazo es nuestro pan de cada día, porque hasta dentro de lo que consideramos nuestras luchas (anarquismo y feminismo) somos lxs parias y lxs incorrectxs.
Queridxs anormales, luchemos contra las intrusiones, nuestro mundo no les pertenece!
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Diana J. Torres: eyaculadora precoz, terrorista lúbrica, tocapelotas pro, poeta de bragueta, prostituta fracasada //añada lo que le dé la gana//
Desde el 5 de noviembre hasta el 8 del mismo mes se llevó a cabo el Festival Internacional de Performance EXTRA FEM!, con la curaduría a cargo de Pancho López. Fueron tres días dónde se hizo gala de la gran variedad de propuestas que hay en torno al performance hecho por mujeres. Hysteria! Estuvo presente en algunas de las performances y conferencias del viernes 7 y el sábado 8.
La conferencia a cargo de Mónica Mayer fue una amena plática acerca de “Archiva: obras maestras del arte feminista en México” proyecto en el que Mayer ha compilado las obras más significativas del arte feminista mexicano, desde los años 60 hasta la fecha. Un día antes Lorena Orozco impartió la conferencia: “Mujeres/cuerpo, espacio y tiempo. Intervenciones y acciones” también en el Museo de la mujer.
El viernes Nayla Altamirano, Nadia Granados (La Fulminante), Doris Steinbichler, Clara Macías, Odette Fajardo (La jaula de oro) y Claudia Cabrera presentaron performances individuales que trataban lo femenino desde la percepción social de lo que debería ser.
El sábado ocho se presentaron en conjunto lxs participantes del taller de Rocío Boliver La Congelada de Uva; “Pensar para dejar de pensar y accionar”. Apenas entrabas al anexo del museo el ambiente se sentía diferente, quizá caótico y a la vez libre.
También hubo un conversatorio titulado “Pornoterrorismo: Herramientas de lucha feminisa radical” que se llevó a cabo el sábado en el que participaron Diana J. Torres “La Pornoterrorista y Nadia Granados “La Fulminate” quienes nos mostraron un poco de su obra y nos platicaron sobre su proceso creativo y las motivaciones que tienen para hacer éste tipo de obra y Julia Antivilo que habló de las manifestaciones del pornoterrorismo en el «Coño sur» éste conversatorio fue moderado por la mismisima editora de Hysteria! Liz Misterio…YA TU SABE
"You promised me poems" C-Print, inyección de tinta sobre papel de algodón (11 x 14 in) 2014
"Sin título" C-Print, inyección de tinta sobre papel de algodón (11 x 14 in) 2014
"Sin título" MC-Print, inyección de tinta sobre papel de algodón (11 x 14 in) 2014
"Bad Dreams" MC-Print, inyección de tinta sobre papel de algodón (11 x 14 in) 2014
"Demon lover" MC-Print, inyección de tinta sobre papel de algodón (11 x 14 in) 2014
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Enrique Landgrave (24 de febrero 1979, México D.F) Pintor y Fotógrafo mexicano Su trabajo se destaca por una constante experimentación y observación, combinando diversas técnicas y estilos en pintura y fotografía con el propósito de conquistar potencias, afectos el color y la luz. Es un artista que siempre está al acecho, en búsqueda de nuevas técnicas y formas de adentrarnos en su mundo. Cursó la licenciatura en Historia del Arte en México y Artes Visuales en Nueva York.