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La peor vejez

Foto--Josefina-MartosWEb

Por Josefina Martos Peregrín

Humedad en las paredes. Se expanden, se multiplican unas manchitas cenicientas, como ejércitos de piojos acampados en torno a cada leve montículo de moho verdoso. La habitación entera simula una clepsidra: una gotera lenta y constante marca los minutos, el polvillo fino de la pintura cae poco a poco.

Ha aprendido a prescindir del espacio y la luz de su casa inmensa, de salones y baños, de biblioteca, compañía… Salvo de las dos criadas que entran rápido a recoger la bacinilla, a arreglar la cama, traerle la comida… Calladas y exactas.

En esa habitación vive, en esa habitación recibe visitas, ve películas, aunque nadie entra ni hay pantalla ninguna; hace ya tiempo que lo descubrió: no existe gran diferencia entre contemplar la pared que se desmenuza y ver la televisión; es más, la pared ofrece la ventaja del silencio. Porque a fuerza de mirar obsesivamente, ha descubierto que es ella quien vive ahí, en esa superficie a la que asoman sucesivas capas de pintura, una geografía de recuerdos superpuestos, océanos con islas, continentes bruscamente mutilados. Memorias de lo verde, de lo azul, de alguna mañana amarilla.

No añora a nadie, vive tranquila sin historias ajenas, ha utilizado el último de sus libros para fabricar barquitos de papel que navegan en el barreño donde vierte la gotera.

Atrás quedaron las visitas, tan pesadas, “No te encierres. Huele mal. Abre las ventanas. Pareces una vieja. Arréglate. Arregla la casa”, “¡Anda que…! ¡Cuando arreglen el mundo, que da asco!”, les contestaba antes de echarlos. Demasiado sabe que no hay pintura capaz de remozar las paredes de su vida, de disimular las filtraciones que corroen los cimientos y aflojan los deseos. Ni tampoco arreglo para el mundo, ni alivio para quienes lo padecen, basta cualquier noticiero para comprobarlo. Felizmente, se libró de las noticias; todavía recuerda cuánto esfuerzo le costó “quitarse de la tele”, más que quitarse del tabaco, que ya es decir, pero se alegró igual. Ahora ve programas muy interesantes en la pared, sobre todo, en esa opuesta a la puerta. Desfilan majestuosas sus obsesiones y sus miedos y se dice que, si supiera pintar, dejaría chiquitas las pinturas negras de Goya.

Como películas mudas desfilan los recuerdos. Lástima, suspira, no haber vivido más con la gente, no haber corrido por las calles, no haber amado como una insensata, ahora tendría más que recordar. Pero se resigna, se concentra y mira, se distrae con el tapiz de figuras que actúan en escenas sin paisaje y sin palabras. Verdad que nunca salen de la pared, no cobran volumen, los colores no brillan, pero ella los prefiere así, grises, planos y mudos; obedientes al mando del televisor, que ha conservado y sigue usando, porque funciona a la perfección. Adora su teatro de sombras, los sucesos de su vida recompuestos como siempre los deseó, a los que se suman las visitas de antepasados que, de otro modo, si saliera de casa, nunca habría llegado a conocer. Sólo le molestan sus padres que, con creciente frecuencia, juntos o por separado, la miran con tristeza y la invitan a seguirles, “¡Cómo si la pared tuviera alguna entrada”, protesta ella. “¿Qué se creen, que voy a hacer la gilipollez del Harry Potter ese, lanzarme de cabeza contra el muro?”. Fue la última película que vio en una sala de cine y no se le olvida. Además, ellos, ¿precisamente ellos se lo piden? ¡Ellos que le inculcaron prudencia, miedo, desconfianza a todo! ¡Al mar, a las alturas, a los perros, a la selva, a los hombres!

La “tía rica”, la llaman en la familia, temerosos de que transcurran décadas antes de heredar. La “vieja”, dicen las criadas, aunque por carnets y papeles saben que no lo es.

Y, sin embargo, lo es, aunque no han sido los años sino el rechazo a la vida y el desamor al mundo los que han arrojado a la gran ensimismada a la ratonera de la peor vejez: la anticipada.

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Piel

Por Sandra Petrovich

Piel

pliegue surco

ríos

caverna   montaña   fruto

contracción

distendida suave

fina

frágil

No puedo detenerme en la contemplación de la lenta transformación de mi cuerpo. La apariencia física a los 68 años no es algo que me asuste. Los dolores en cambio indican otros deterioros más internos , menos visibles que la piel. Preocupan porque dificultan los desplazamientos y la danza ya no me invita tan asiduamente. Saltar, correr, se vuelven micro acciones del cuerpo, puntuales. A veces imagino que aún es posible una danza suave, lenta sensual, como la caricia de una brisa, entre árboles o al borde del mar. Disfruto mucho mirando videos de danza contemporánea; aprecio la danza butoh en particular. Es el tiempo de permitirme descansos placenteros, como los que experimento en la hamaca en verano, balanceándome sin culpa. Volverme cada vez más lenta me permite degustar más intensamente de las cosas bellas, imperceptibles casi que cuando andamos de prisa, propulsadas por la desbordante energía de nuestros jóvenes cuerpos.

Sí, el cuerpo, mi cuerpo lo asumo; no me produce tristeza, gozo de todo lo que es aún posible de disfrutar y hacer con él. Pienso mucho en algunos maestros de Yoga, que enseñan a cuidar el cuerpo, en lo que comemos y como lo tratamos a lo largo de nuestras vidas.

El jazmín en flor tiene un aroma intenso, su flor es de un blanco muy puro, pero se desvanece en poco tiempo. A pesar de ello guardamos en nuestra memoria su perfume y su belleza es aún más conmovedora cuando sus pétalos comienzan a tomar un color té hasta quedar completamente marrones. Muchas veces me he preguntado si las flores sienten dolor cuando se van marchitando, ¿cómo ven ellas nuestros cuerpos?

Piel

cáscara

nervio

manto

pétalo del alma

paisaje

piel escritos de la existencia

mapa de nuestras intinerancias

Puedo mirar con envidia los vientres de jóvenes mujeres, pero también admiro las monumentales mamás africanas, como diosas, ondulando sus cuerpos en el andar.

Envejecer, llegar al fin de un ciclo de vida

envejecer

enlentecer nuestros pasos

volvernos suaves deseosos de afectos

Entrar en el desapego para trascender

 

Nota: El texto es autoreferencial sobre cómo vivo en mi cuerpo y mi mente la etapa de la vejez. Las fotografías son instantáneas que me permiten ver más en detalle los pliegues de la piel; todos los acontecimientos de nuestras existencias están impresos en ella. En cierto momento pinté mis labios y me cubrí de flores. Me sentí chamana y lo gocé mucho.

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SandraSandra Petrovich. Artista plástica y visual, poeta, activista, nace y vive en Uruguay. Desarrolló una intensa actividad artística y cultural en Bélgica. Participa de múltiples exposiciones individuales y colectivas . Su creación se expande en colaboraciones con otros artistas, participando en proyectos colaborativos, siendo los más destacados : Eyeseverywhere//ojosportodoslados , la colaboración con Sishima Kamikija/Minako y 2 tintas 4 manos con la artista Anahid Hagobian.

www.sandrapetrovich.com.uy / artenmovimiento2009@gmail.com

 

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Sue Williams

‘Juventud, ¡me vas a escuchar! – Ya sé que tienes la tendencia a irte sin decir nada – y yo, por mi parte, no te dejaré partir tan fácilmente y me aferraré a ti como una muerte sombría’.

‘Youth, listen to me! – I know you have a tendency to leave without saying anything – I for one won’t let you get away with it so easily and I’ll be hanging on to you like grim death’.

‘Según las encuestas, los especímenes humanos que somos no experimentaremos orgasmos en los últimos años, sino que comenzaremos a escribir blogs, a cuidar el jardín y a cocinar – ¿quién dijo?’

‘According to surveys we mature specimens of humanity won’t be experiencing orgasms in later years and we will need to start blogging, gardening or cooking – who said?!’

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Sue-WilliamsSue Williams (Nomorepink/Nomásrosa), nace en Cornwall pero vive en Gales, donde ha desarrollado su carrera. Con un reconocible cuerpo de obra y un historial de exposiciones en los 5 continentes, el trabajo de Sue es de un dibujo crudo, poderoso, desafiante y cargado que habla sobre la sexualización de la sociedad occidental, el feminismo, el género y la cultura de un mundo complejo y frágil.

nomorepink.com

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La belleza y el cuerpo que envejece. Acerca de Suzy Lake

Suzy Lake, Belleza a una distancia prudente /Cantando,#1-China (2001-2002/2017); Derechos: Suzy Lake; cortesía de la artista y Georgia Scherman Projects.

Por Yan Zhou [curadora]

                  Suzy Lake nació el año 1947 en Detroit, Michigan, USA. En 1968 emigra a Canadá a causa de la situación socio-política en Los Estados Unidos de los años 60.

Una de las primeras artistas en Canadá en adoptar tanto el performance como el video y la foto para explorar las políticas de género, el cuerpo y la identidad que ha influenciado generaciones de artistas y de público.

Lake aborda la relación entre las fuerxas sociales y la representación para revelar sus constreuctos culturales .“Ella comenzó a explorar la naturaleza de lo femenino y la identidad antes que Cindy Sherman se pusiera una peluca o dientes falsos (Kustanczy, 2015).” Sus comentarios políticos y sociales son a la vez poderosos y sutiles.

susy
Susy Lake

En el mundo hiperreal de las sociedades contemporáneas descrito por Jean Baudrillard, la gente vive con y en imágenes, espectáculos y signos que son más reales que la realidad. El sujeto contemporáneo existe en una esquizofrenia, fragmentado y perdido. Adictos al éxtasis de la comunicación, los sujetos en están demasiado próximos a la información e imágenes instantáneas en un mundo transparente y sobreexpuesto. Unx “se convierte en pantalla pura, en una superficie de absorción y re-absorción pura de las influyentes redes” (Kellner, 2007).

En la actualidad las redes sociales son tan predominantes que se han convertido en una parte importante de nuestras vidas. En este mundo la representación de las mujeres está dominada por la nueva tendencia a la apariencia construida individual y colectivamente a través de filtros y del encanto de los “likes” característicamente jóvenes, suaves y brillantes. Los verdaderos seres detrás de estas imágenes presentadas y representadas, y sus diferencias como individuas, se borran. No hay resistencia alguna ante esta hiper realidad, ni halo, ni aura.

Lake ha investigado cuestiones sobre la vejez, la belleza y los efectos de la moda y la cultura pop en las mujeres. Sus autorretratos son una postura de discreta resistencia ante la destrucción de la persona, desafiando la imagen fabricada por esta sociedad hiper realista. En estos retratos, Lake ocupa un espacio donde la vida se posiciona sólidamente con su total experiencia y canta decidida la riqueza y plenitud de la belleza saturada de vida.

Belleza a una distancia prudente /Cantando es un enorme tríptico que muestra acercamientos de la boca de Susy Lake mientras canta. La boca abierta, los labios rojos, las arrugas y el vello que la rodea desafía a quien la observa: “ ¿te atreves a mirarme sin sentirte abrumadx por la verdad, la belleza y la edad?”

Su obra reciente toma cada vez más un aire de serenidad, “un empoderamiento callado”, según sus propias palabras, en el que celebra el envejecimiento, la madurez y la experiencia. Esta obra da una voz a la resistencia.

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yanokZhou Yan ( Xi’an, China). Es curadora independiente, escritora sobre arte y literatura, traductora de poesía del inglés y el mandarín. Vive en Toronto, Canadá.

 

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Aging Pride

Por Inari Virmakoski

Ocean-Woman.  Inari Virmakoski. Foto: Anita Hillestadt
Ocean-Woman. Inari Virmakoski. Foto: Anita Hillestadt

OCEAN WOMAN

Soy parte de la naturaleza y el agua es el elemento que me interesa. El océano conecta todos los continentes del mundo. En esta foto estoy conectada con mi elemento favorite, el agua, en el Océano Ártico. La foto es de Anita Hillestadt.

 

 

Fotografía: Elizabeth Ross
Fotografía: Elizabeth Ross

 

Inari Virmakoski. Finlandia. He trabajado como artista del performance alrededor del mundo, en África, Asia, Europa, USA, South America, Rusia y Mexico durante los últimos 23 años.

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El abandonado


La modelo Daphne Selfe en un diseño de Jean Paul Gautier
La modelo Daphne Selfe en un diseño de Jean Paul Gautier

Por AuraSabina

“Los voluntarios misioneros del pubis y el brassiere,
peregrinos de princesas sin castillo”
Anidando liendres, E. Bunbury

A Mariana no le conocí novio, amante o mano astuta que quisiera propasarse. El esposo quizá habría muerto o estaba a cientos de kilómetros de nuestro hogar. Me volví un adicto al calor y sudor de ella. Nunca encontré a los chicos que conmigo viajaron, mas cualquier indicio de soledad se curaba cuando Mariana volvía a utilizarme.

La acompañaba a sus comidas con las amigas, al teatro con su hijo o a andar en bicicleta. Leía poesía cuando se sentía sola; no se percataba que yo le hacía compañía. Mientras a los chicos blancos los usaba un día, a mí me requería hasta tres a la semana. Y por eso me buscó: yo era magnético y delicado a la vez: piel satinada, bien hechecito, joven y, por supuesto, negro. Dispuesto a enamorar sin enamorarme. Muchas mujeres, diariamente, me habían acariciado; algunas me pegaban a sus senos y me permitían sentir su cuerpo, aunque fuese sobre las ropas. Pieles firmes; otras más, flácidas; el chiste es que me encantaban, aunque quizá resultaba muy pretencioso y las chicas no llenaban mis requerimientos.

—Está genial, pero necesito un treinta y seis. Éste es muy grande.

Era la frase más escuchada. A la vez que me envidiaban, herían mi ego al despreciarme y llevarse al compañero de menor expectativa. Vi desaparecer a casi todos los que habíamos viajado desde el centro hasta aquí en la misma camioneta, mismo lote, pero el añejo era yo. Si en dos meses no me elegían, me trasladarían.

Era afecta al escote; esto me permitía, ocasionalmente, asomarme por encima de sus blusas para contemplar el panorama que le agradaba. Éramos uno solo; yo resaltaba y enmarcaba su belleza. Sus cabellos rizados y teñidos cada semana caían sobre mí. Solo yo sabía de las canas rebeldes que relucían, de las cremas que usaba antes de dormir y las proteínas que después del desayuno consumía. Señora mía, fruta madura de fragancia exquisita, qué dichoso siervo fui.

Todo comenzó una tarde de jueves, cuando llegó Mariana a recorrer absolutamente todas las texturas de mis compañeros. Nada la satisfacía, ni siquiera la de aquel cortesanillo de encaje, tan afortunado. La expresión altiva de ella, su voz ronca y el arrebato con que nos tocó, me conmovió. Me miró con simpatía, como se mira a los viejos amigos, y al acariciarme me dieron cosquillas. Me tomó con el más grande desenfado; pagó y me llevó, envuelto en papel china con el logo de la tienda.

Ya en su habitación, pude verla desnuda. Me dejó tirado sobre la cama mientras ella se duchaba. Su cuerpo ciertamente no tenía la lozanía de una adolescente: la zona abdominal tenía grasa acumulada, había ciertos pliegues en sus brazos que revelaban su edad; los senos pendían como gotas casi derramadas; me pareció hermosa. Después de secarse y untarse un bálsamo de leche y miel, me tomó con delicadeza y sonrió. Su aroma era sutil, y su voz se volvía dulce; incluso se atrevió a tararear una canción. Me apretó contra su cuerpo y entonces me estremecí. A medida que abrochaba mis ganchillos y adentraba sus senos en mis cavidades, comprendí la dicha de trabajar sosteniendo dos fragmentos sebosos y suavísimos de cuerpo femenino. Anonadado por la sensación de comunión con aquel cuerpo, hasta entonces, desconocido. Pronto se cubrió el pubis con un complemento de encaje, del que sentí celos porque el sí se impregnaba de su real esencia y yo sólo de su perfume.

Estábamos de viaje breve en Tepoztlan, en una cabaña rústica. Se había ido la luz y al poco rato la noche cayó irrevocablemente. Mariana se desprendió de mí, se puso el camisón y se introdujo en las cobijas; tan grande era su cansancio que me dejó tirado sobre la madera. Al amanecer se levantó excitada al contemplar el majestuoso paisaje verde con caminos y colores brillantes y, sin bañarse, acomodó su maleta y salió prácticamente corriendo; me dejó arrinconado, perdido y sin su calor. Imaginé que volvería o que reclamaría mi presencia. Nada. Después de varios días hicieron limpieza en ese lugar; me metieron a una bolsa negra de plástico. Aún estoy en ella y he caído en diversos contenedores de basura. El olor es insoportable. Perros y ratas a menudo rollen mi nueva habitación. Qué corta es la felicidad y que largo el olvido como diría un poema de Neruda que cada noche leía.

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aurachicaAura Sabina. Poeta y periodista de a pie. Nació en el telúrico 85, bajo el signo del cangrejo. Jura que la Luna es su doble astral.  Estudió Ciencias de la Comunicación y se dizque especializó en Literatura Mexicana del Siglo XX.  Activista autónoma, indignada. Tiene complejo de fotógrafa, doctora corazón y antropófaga. No, no, quise decir, antropóloga.  Cree que los sueños son tan importantes como lo que se supone tangible. Como nunca puede estar quieta, escribe para varias revistas entre las que se encuentra Mujeresnet.

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Estrías, barrigas y pelos. Divina trinidad

Estrías, barrigas y pelos. Divina trinidad  Acrílico sobre papel/ Augusto Metztli
Estrías, barrigas y pelos. Divina trinidad
Acrílico sobre papel/ Augusto Metztli

Por Augusto Meztli

Una de mis tías usa guantes cuando conduce su coche. Le pregunté el motivo, y me contó que lo hacía para que no se le mancharan las manos por el sol. Entonces, le pregunté por qué no quería que se le mancharan sus manos, y me respondió que no le gustaban. Entonces yo le dije que a mí me gusta todo aquello que queda en el cuerpo como vestigio del paso del tiempo. Cuestión de gustos.

Le conté que las estrías me resultan fascinantes, o que me gustan las barrigas redondas, las que caen y parecen una “U” enorme. También me gustan las barrigas que se intuyen, o las que no existen. Me gustan las barrigas sin aspiraciones. Me gustan los cuerpos que registran el paso del tiempo, me gustan los cuerpos donde puedes hacer estudios geológicos. Los que tienen pelo porque en su sabia geografía debe de tener ahí un bosque espeso. Me gusta lo que es, en el tiempo que le toca ser. También me gusta lo contrario pero con conciencia plena del dueño o dueña del cuerpo, no por mandato frívolo de terceros.

Me gustan las señoras en la playa que hacen topless y se pasean por la arena como seres maravillosas, redondas, arrugadas, con estrías, peludas, con sus tetas cediendo a la gravedad. Varadas como sirenas dignísimas. Me gustan las mujeres y los hombres flotando en el agua como islas con geografías particulares, a la merced del tiempo, registrando los acontecimientos del paso de los años, sin complejos, sin dejarse modificar por la tala y minería de las grandes empresas depiladoras, dietéticas o textiles.

No me gustan las operaciones bikinis, ni el exterminio masivo de los pelos.

Me gustan los cuerpos que brillan en su propio esplendor, flotando como islas por descubrir.

fotoaugustoAugusto Metztli.Pintor e ilustrador mexicano que vive en Galicia. Cree que una ilustración “es” por todo lo demás que no ves en ella.

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Ilustración/augustometztli

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Boreal/Ilustramos la actualidad

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Preludios y fugas a la elasticidad del género

Por Alfonso J. Venegas

La realidad es una construcción que pertenece al mundo físico y se aleja de la fantasía. Hace unos años, por ejemplo, se consideraba una realidad que sólo existieran dos géneros: Hombre y mujer. Los cuales se mostraban en su juventud y plenitud, censurando los demás tipos de cuerpos existentes. Más allá de ellos, todo lo que no pertenecía a esta categorización binaria, blanca y hegemónica se consideraba anormal, era como una enfermedad que debía censurarse porque se salía de toda regla moral, alejándose de la función reproductiva que se nos asignó como especie. Poco a poco desde la academia, el arte, el activismo, las ciencias exactas y las sociales, de la mano de planes de política pública en varias ciudades del mundo, se ha permitido por medio de acciones pedagógicas que se compruebe una elasticidad en este binarismo. Al igual que un elástico cuando se extiende, la sexualidad y el género no solo poseen dos extremos: estos convergen en tantos como personas hay en el mundo y el afán de categorizar la diversidad sexual y de género, consiste esencialmente en demostrar ciertas verdades que en el pasado se podían deducir, pero nadie las nombraba. Ahora que ya hay algunas siglas (LGBTIQ+), se evidencia la existencia de una diversidad sexual. El artista Alfonso J. Venegas, con su obra: “Fugas a la elasticidad del género” realiza una serie de ejercicios estéticos para manifestar esta categorización de lo gris en el sexo y el género porque considera que cada extremo es un lado del caucho que se estira y, tanto en la sexualidad como en el género no hay héroes ni villanos. Solo hay una búsqueda de la identidad.

Venegas se aleja de la artificialidad de la pose haciendo que cada modelo que participó interviniera su propio cuerpo y el espacio íntimo establecido por el artista, con el fin de mostrar lo que para ellos es dignificable de sí mismos y que a su vez, se aleja de la normatividad expresada en los medios de comunicación mainstream. Para ello, los modelos utilizaron maquillaje, reorganizaron la habitación en donde se realizaron las fotografías y escogieron cada uno, una hora distinta del día y un esquema de iluminación específicos para realizar sus imágenes y registrar una pequeña entrevista. Así quedaron las fotografías de Gabriela y Germán. Gabriela, pansexual queer, es mujer de casi 50 años, no le gustan los patrones patriarcales de la belleza femenina y protesta contra eso. Ella manifiesta características masculinas tanto físicas como comportamentales sin necesidad de inscribirse dentro de una identidad:

“Ser Queer es ser yo. No ser pública, social y políticamente hombre o mujer, sino ser yo. […] Cuando se reivindica lo privado es una actitud contestataria, es una rebeldía total para que no haya más intrusión en la vida íntima. El género me importa un culo, este existe o no existe, si a uno se le da la gana de que sea binario pues bien pueda, si a otro le parece otra cosa que piense lo que quiera. ¿A mí qué me importa? Eso es privado, es personal”. Gabriela García de La Torre.

Germán, es un hombre gay, abogado LGBT, pionero en derechos humanos en Bogotá, ronda los 60 años, activista reconocido y también opina que la igualdad es compromiso de todos. Apoya causas locales como el matrimonio igualitario, fue el primer abogado en apoyar la trieja como modelo de familia ante la corte y es modelo a seguir en el medio del activismo colombiano.

«Son más de 1.400 tutelas en forma directa, de ellas el 98 por ciento ganadas», afirma. Otras tantas (más de 20.000, dice), asesoradas. Cuando comenzó, su oficina llevaba casos de manera gratuita, ahora, se cobra una tarifa económica, hay descuentos para enfermos que vienen de una organización de pacientes, pero si es un caso de VIH, se le pide que haga un trabajo, así sea organizando el archivo en la oficina. German Humberto Rincón Perfetti, El hombre de las tutelas. Diario El Tiempo, 20 de noviembre de 2009
Venegas en esta serie establece que las clasificaciones de género son exógenas: Se basan en lo que “los demás creen” de una persona. (Parece lesbiana, Parece gay, Es una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre, etc.). Y tienden además a hacerse binarias, debido al reduccionismo, la ignorancia y al prejuicio interpuesto por dogmas religiosos, políticos y morales. Por lo tanto, se piensa también que las personas que tienen este tipo de identidades están enfermas y se debe censurar su existencia. La búsqueda de la individualidad se convierte en una cacería de brujas. En el caso de Gabriela y German, este binarismo se diluye debido a que no tienen prejuicios y su mente está abierta al deseo y búsqueda de identidad. Ellos han sido víctimas directa o indirectamente de discriminación por prejuicios hacia su identidad sexual o de género ya que quedan en grises y, por ser tan ambiguos, se salen de la imitación. De esta manera, las personas que no los entienden, los convierten en indeseables y, después de ser perseguidos y aniquilados, se transforman en chivos expiatorios, acorde con la teoría mimética de René Girard.

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foto-autorAlfonso J. Venegas (Bogotá, Colombia- 1988). Explora a través del sonido, la fotografía y el performance la transgresión del soma al reconstruir la concepción de igualdad para evidenciar el conflicto humano frente a ella y su posición frente a la sociedad. Gusta de romper las máscaras utilizadas para ocultar lo que para su entorno se considera “anormal” utilizando como temática la sexualidad, el crimen de odio y la doble moral, explorando la mnemofobia característica de su país de origen y su temporalidad.

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Unsex me here

por Adriana González Mateos

*Imagen: Shakespeares-women

~Primera de dos partes~

Quiero pararme en medio del escenario bañada en sangre. Que trace caminos en mi piel, que me dibuje surcos y signos. Quiero sentir su olor ferroso. Sí, sangre de verdad, no sólo un efecto destinado al público. Por lo menos el día del estreno: claro que me importa la crueldad hacia los animales.
Todo lo demás se va a ir definiendo en torno a esa imagen. Primero pensé en la calidad estética de Erzebeth, en tantas posibilidades visuales que distan de estar agotadas: con unas cuatro o cinco actrices de apoyo puedo mostrar contrastes muy provocativos. Está a punto de cumplir cincuenta años; su belleza, que durante tantas décadas dominó cualquier situación, empieza a eclipsarse. A medida que deja de menstruar, se obsesiona con la sangre de las adolescentes. El contraste entre su cuerpo ataviado y la desnudez de ellas: los bordados, las joyas, los encajes, todo eso que la hace cada vez más elaborada, más esculpida, más oculta. Tiene miedo de la luz: por eso todo sucede en un sótano, en un útero.
Su séquito de hechiceras: las podría convertir en guardianas de un mundo que aún resistía al cristianismo. Pero a pesar de la perfección de algunas escenas, Erzebeth no me basta. Se aferra a los conjuros y a los talismanes y se sumerge en la sangre porque no quiere ver algo que debería ser más evidente a cada minuto de la obra: se parece menos a las prisioneras y más a las brujas. Su historia sólo puede ser el relato de un fracaso, y yo no quiero eso. No quiero poner en escena esa historia que invoca cirujanos plásticos y bótox. No quiero que su risa suene amarga.
Podría hacer una Erzebeth cómica y punto, pensé durante algunos días, sin acabar de convencerme. Y de repente se me apareció (sí, saltó frente a mí mientras hablaba por teléfono con Roberto y dibujaba garabatos para distraerme) un personaje mucho más interesante, quizá una nieta, una biznieta de Erzebeth pero nutrida por aires irreverentes. Sin esa seriedad de lápida.
Lady Macbeth. Un rápido paseo por YouTube me dejó fascinada por sus manos tintas en sangre, por los goterones en la cara, por la variedad de guantes y trajes rojos usados por las actrices. Los cineastas se han esmerado en variantes inapreciables: Lady Macbeth a la luz del crepúsculo, iluminada por los rayos del amanecer, bebiendo líquidos redundantes en copas de cristal. No le pide nada a Erzebeth y además se mueve. Habla.
Corrí al espejo a maquillarme, a ponerme y quitarme chales, zapatos y collares, en una euforia de hallazgo. Recité pasajes, frases. Saqué del librero mis Obras completas, casi temiendo que se evaporaran mis intuiciones y esas palabras pertenecieran a otra obra. Pero ahí estaban, condensando mi espectáculo: Unsex me here.
Leí y releí la obra, subrayé, consulté un poco de crítica, discutí con Roberto. Hay un enigma en Macbeth, decidimos después de estudiarlo varios días. Algo falta en esa obra.
Sí: el texto sobreviviente parece ser una especie de guión para alguien que trabajaba en la puesta en escena. Y aun así. Es un texto incompleto.
Me pareció evidente la respuesta. Volví a llamar a Roberto, hicimos una cita. Era urgente empezar a aterrizar aspectos concretos del trabajo.
Durante siglos hemos leído una versión censurada, le dije mirando el menú, dejándolo ordenar el vino. Es el resultado de tachones y adiciones hechos por William a un texto de su hermana, la malograda Judith. Mi puesta en escena incluirá escenas para narrar esa historia: cómo Judith se ahorcó y Will apenas pudo salvar sus papeles, que lo sacaron de una crisis. Tenía deudas, un estreno inminente en la corte y muy pocas ideas. El embarazo de su hermana, su relación con un dramaturgo rival en cuyo último estreno le parecieron evidentes la mano, la voz de ella, las peleas, el suicidio: todo en esas semanas parecía calculado para hundirlo. Y de repente, después de vender los pocos cachivaches de ella que valían un céntimo, se encontró con esas páginas, la letra impetuosa y un poco despeinada, las tachaduras, uno que otro dibujo apresurado: The Tragedy of Lady Macbeth.
Apenas el día anterior la había enterrado en la encrucijada. Tal vez eso le permitió reconocer la fuerza, la poesía, la originalidad que siempre le había disputado. Estaba loca, cómo negarlo si esas ideas acabaron por matarla. Pero ahora ya no lo perseguían sus reclamos y pudo verlo por primera vez: su hermana había sido un genio.
No era de los que se dejan anular por la culpa. Judith estaba muerta y no había manera de deshacer los últimos meses, ni toda una vida de peleas. Pero tenía en sus manos la solución de sus problemas inmediatos. Siguió leyendo, ya con su grupo de actores en mente, con las fechas. Iba en la tercera página cuando se levantó por una pluma y un frasco de tinta. Si él y su hermana hubieran sido capaces de descubrir antes la posibilidad de trabajar juntos.
Roberto me escuchaba con atención. Fruncía el ceño, a veces hacía preguntas, quizá suprimía críticas. Confío mucho en él, aunque no siempre estamos de acuerdo. Nos conocimos hace muchísimos años, cuando protagonizamos una comedia romántica bastante regularcita; nos reuníamos a repasar los diálogos y a criticar al autor. En una de esas, Roberto se lanzó a decir uno de los textos de Romeo y Julieta; no se imaginaba que le iba a contestar con exactitud. Por supuesto caímos en la tentación de creer que ningún actor anterior a nosotros había sentido de manera tan genuina esos personajes. Ensayábamos en su casa, leyendo las escenas entre las sábanas, desayunando aprisa, interrumpiéndonos para improvisar, pero nos separamos mucho antes de planear ningún suicidio. Desde entonces hemos vuelto a colaborar muchas veces, cada uno ha tenido varias parejas y divorcios, hemos pasado por muchas etapas de nuestros respectivos trabajos y procesos creativos. Alguna vez me ha parecido muy desgastante trabajar con él, sobrellevar sus críticas y sus arranques de mal humor, pero desde hace mucho me acostumbré a contarle mis proyectos. Anoche fue el oyente ideal. Sabe respaldarme, sugerirme posibilidades, protegerme si empiezo a divagar. A veces hablamos de Shakespeare y es bueno saber cuánto cariño hay en las acotaciones de esos diálogos.
Le conté los pensamientos de Will mientras compartíamos la ensalada. La tragedia de su hermana era irrepresentable; había que quitarle, ponerle, adaptarle. Judith por ejemplo dejaba pasar un detalle que le daría relevancia política, pues se deshacía muy pronto de Banquo, como si no se percatara de la leyenda que lo convertía en ancestro del rey actual. Así había sido siempre: desdeñaba cálculos indispensables. Escribió de un jalón la escena de los descendientes de Banquo reflejándose en espejos infinitos y se sintió feliz. De alguna manera, su hermanita vivía en el calor con que su mano acariciaba las páginas. La recordó muy niña, cuando ninguno de los dos sabía escribir y corrían por los campos cercanos a Stratford o se refugiaban de la lluvia y jugaban a disfrazarse.
Ese papel lo va a hacer una actriz imperfectamente travestida, aunque al principio nadie en el público se dé cuenta. Will va a hacer pausas en su escritura para acariciarse los cabellos, para ajustarse un corpiño apenas disfrazado bajo la camisola. En algún momento se va a quitar el bigote para sentirse más a gusto. Sólo así podrá acometer los pasajes de las brujas, ellas sí barbudas. Su pluma se va a detener un instante sobre el papel mientras contiene la respiración y las ve ocupar el escenario, a la vez encarnación de las entrañas de la tierra y hechas de aire, de fuego.
Esos pasajes nunca han sido completamente descifrados por la crítica. Se dice que Will copió hechizos verdaderos, robados a las curanderas que Judith buscó para abortar. Tal vez lo engañaron haciendo pasar versos sin sentido por palabras de poder, o viceversa. Quizá leemos consejas incalculablemente antiguas, tal vez encontramos la escritura de Judith sin ninguna alteración. Las oigo magnificadas por el maquillaje, por los efectos de luz. Pero no puedo dejar de anotarlo: tal vez ahí es donde Will fue más severo y sacrificó páginas enteras que su juicio de experimentado dramaturgo no hubiera dejado llegar al público en ese tiempo atravesado por tensiones religiosas. Ritos, profecías, toda una trama sumergida.
Su versión conserva huellas elocuentes, como los restos de una ciudad usados en edificios posteriores, todavía tartamudeando en un lenguaje que ya no entendemos pero no deja de invitarnos a descifrarlo. Las brujas están ahí con su idioma de adivinanzas, pero se quedan a medias. Ahí se articulaba un mundo paralelo, mucho más poderoso que el de las luchas dinásticas entre Macbeth y los sucesores de Duncan, una esfera que los predice y los manipula pero cuyas razones están excluidas del escenario. En la versión de Will sobreviven los intentos de Macbeth por interrogar a esos poderes desdeñosos, que en cambio escuchan los ruegos de su esposa.

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Adriana González Mateos da clases en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Ha recibido varios premios por su trabajo literario:Foto-4 ha publicado traducciones de poesía, cuentos, crónicas, artículos académicos, ensayos y las novelas El lenguaje de las orquídeas (Tusquets 2007) y Otra máscara de Esperanza (Océano 2014).

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La tercera pregunta

¿Qué sigue? - por Sue Williams
¿Qué sigue? – por Sue Williams

Por Araceli Zúñiga Vázquez

La vejez femenina. La considero una de las mejores etapas de nuestra vida. Corría el año de 2004, era el Congreso de Semiótica y Cultura de Masas, en Monterrey. Le correspondía dar su conferencia a una mujer de cierta edad, con esto quiero decir más de 70 años… ¿cuántos más? Pues no lo sé, entre 70 y 80. Esposa y compañera de un filósofo alemán muy prestigiado cuyo nombre no recuerdo. Ella iba en representación de este hombre y de ella misma, filósofa también, por supuesto. La traducción sería al inglés y al español, pues ella únicamente hablaba alemán. Subió, pues, al estrado con un manojo grueso de hojas. Se notaba algo rígida y nerviosa: estaba en otro país, con personas diferentes que hablábamos otros idiomas y el tema de la charla era muy complejo. Lo comprendimos. Estaba muy lejos de casa. Por fin se hizo un silencio precursor para escucharla. Ella se acomodó mejor, carraspeó un poco y, en un movimiento involuntario, salieron todas las hojas volando, liberadas como palomas blancas por todo el recinto. Imposible recuperarlas en el orden establecido. La situación se tornó incómoda pues la conferencia estaba, por lógica, arruinada. Ella se levantó, hizo un breve movimiento de cabeza como despedida y se retiró a su habitación del hotel. ¿Qué hacer? Me llamaron de inmediato para subir a su habitación y ver cómo estaba. La encontré sentada en la cama, sin zapatos, los cuales señalaba de manera obsesiva. Balbuceaba. Yo solicité de urgencia la presencia del médico del hotel. Ella no estaba bien. Traté de acercarme y abrazarla pero no me lo permitió. Lo único que quería eran sus zapatos. Llegó el doctor y, en inglés, le pregunto tres cosas: su nombre, país donde se encontraba y su edad. Ella respondió, pero al llegar a la tercera pregunta, con énfasis dijo: 35 años. Regresó a Alemania de inmediato, con una acompañante, y no supe más de ella. ¿En qué momento, me pregunto, yo responderé a esa tercera pregunta? No lo sé, pero cuando llegue, espero comportarme con decoro, con mis 35 años de vida, asumidos con dignidad.

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AraceliZAraceli Zúñiga Vázquez. Investigadora/Guionista de radio y televisión educativa y cultural. Escritora. Poeta visual. Apasionada de la escatología y del boxeo, mismo que practica con un instructor que la califica como una fajadora. Editada varias veces por la UNAM y la SOGEM. Prepara un libro sobre Poesía Visual y otras insolencias.

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