Un testimonio desde la zona roja de Monterrey

transbarrio

Por Denise Alamillo

Sandra es una mujer transexual, guapa, con una imagen muy cuidada, extrovertida. Se dedica al trabajo sexual y a cortar el cabello. Cuando habla de sus sueños, suaviza su tono de voz y sonríe, pero cuando se refiere al futuro, se le cortan las palabras y refleja incertidumbre. Colabora en una asociación civil pro diversidad sexual, en la que gusta de repartir condones y generar convivencia entre la comunidad transexual del norte del país.

P.- ¿Cómo ha sido tu vida en Monterrey?

R.-Me salí de casa de mis padres a los ocho años de edad, huyendo de otra golpiza de mi padre que decía que me iba a matar por joto. Empecé a trabajar a esa edad vendiendo periódicos y limpiando parabrisas. A los 13 años trabajaba de lavaplatos pero me despidieron, me dijeron: “eres demasiado joto, rúmbale a la verga” y en todos los sitios en que intenté trabajar después, fue lo mismo. A esa edad comencé a hacer trabajo sexual. Me di cuenta que para mí no hay oportunidades laborales más que de costurera, peluquera, hechicera, y trabajadora sexual. Costurera no se me da, así que aprendí a cortar el pelo para sobrevivir y combinarlo con el trabajo sexual. El corte de cabello es el plus que ofrezco a los clientes, pues hay mucha competencia.

P.- ¿Cómo es para ti dedicarte al trabajo sexual?

R.-El trabajo sexual es sufrimiento, aguantar en ocasiones clientes borrachos, apestosos, necios, que creen que por dinero harás todo lo que quieren; unos te golpean, otros te roban, es un trabajo muy riesgoso, me expongo con cada cliente, desde una infección hasta mi vida. Un día en mi vida es levantarme, bañarme y ponerme guapísima. El inicio de mi labor consiste en verme bien, estar limpia y tener un cuerpazo. Las trabajadoras sexuales somos un pedazo de carne que tiene que lucir lo mejor posible. No sabe la gente lo pesado que es este trabajo, creen que somos unas degeneradas, golfas, de “vida fácil”, no saben que de simple no tiene nada, ni todo lo que hay detrás de mi vida.

P.- ¿En dónde trabajas?

R.-En mi casa, corto cabello y atiendo clientes, me anuncio por páginas de internet, antes era sólo por el periódico pero con internet ha bajado mucho la clientela: allí el sexo es gratis, muchas chicas lo hacen sin costo. Yo quisiera también hacerlo gratis, cuando y con quien quiera, pero no puedo, es mi carga.

Trabajo también voluntariamente en una asociación civil, salgo a repartir condones entre compañeras que se dedican a lo mismo que yo y aprovecho para darles información, sobre todo del trato con los clientes, las posiciones que no se deben practicar por seguridad, para no exponernos más.

P.- ¿Cómo es tu vida en las calles de Monterrey, siendo transexual?

R.-Soy indocumentada, aquí nací y como neolonesa no tengo ningún derecho, violan mis derechos humanos pues lo que dice mi acta de nacimiento es diferente a lo que aparento. No llevamos vida normal, no hay inclusión laboral, nos prohíben la entrada a baños públicos en todos los lugares. Es por eso que nosotras nos aislamos, para no pasar esas vergüenzas, inclusive con nuestras propias familias, que piensan que somos gays. Terminamos alejadas de la sociedad, luego de que te cierran muchas puertas una y otra vez.

P.- ¿Qué tan larga es la vida de las personas transexuales?

R.-No conozco a nadie de más de 55 años; la mayoría de mi generación hemos vivido una vida de excesos, drogas e inyecciones, aceites y polímeros. Yo estuve a punto de morir dos veces porque me inyecté aceite comestible. No vivimos más de 50 años porque somos una bomba de tiempo por todo lo que nos hemos inyectado y traemos en el cuerpo, se nos tapan las venas, tenemos mala circulación. Y si no, pues mueres asesinada, de depresión por portar VIH o cometes suicidio, no se muere por vejez.

P.- ¿Por qué tratan de esa manera su propio cuerpo?

R.-La sociedad me exigía tener el cuerpo de una Barbie que no existe. Las mismas compañeras refuerzan la idea del cuerpo que se debe tener y los clientes más, si no tienes chichis y un buen culo, no te ocupan. Terminamos deformes por cirugías clandestinas mal practicadas, muchas se han quedado ciegas, otras tienen muerte inmediata después de los polímeros. Nos inyectamos entre nosotras, el polímero es el más fuerte porque es frío, previo a él te automedicas con unas ampolletas para que no se congelen los pulmones. Lo venden en el mercado negro, vas al Distrito Federal a un hotel por el Zócalo, pides jugo y te dicen: “ay… nombre mana, ahorita te lo consigo, lo tengo al 2×1 ¿cuántos vas a querer?” Llegamos a este punto porque muchos doctores no nos quieren operar, son muy transfóbicos. Tenemos un cirujano que está sensibilizado, por desgracia sólo tienen acceso a él las que más dinero han podido conseguir en la vida.

P.- ¿Has pensado en tramitar papelería oficial con cambio de género?

R.-En mi credencial de elector los obligué a que me tomaran la foto así de niña, amenazando con denunciarlos en Derechos Humanos. Yo no puedo gastarme los 50 mil pesos que cuestan los trámites legales, más las citas con los peritos, psicólogos y endocrinólogos que son necesarios; todo esto es en DF y no lo puedes hacer en poco tiempo, son diligencias que pueden tardar años y mucho dinero. Considero que es injusto que sea tan inaccesible el trámite, no les cabe en la cabeza que somos mujeres, aunque tenemos genitales masculinos, yo también pago impuestos como cualquier persona, pero el gobierno piensa que vivo de aplausos, no hay políticas públicas para nosotras.

P.- ¿Hay diferencias entre lo que tú viviste en las calles de Monterrey y lo que viven las nuevas generaciones?

R.-Principalmente la policía ha cambiado mucho, ya el acoso es menos, si te ven en la calle a altas horas de la noche se acercan a preguntar “¿Cómo estás?”, o si necesitas algo. Ya son mucho menos los que te piden lana o sexo oral.Eso sí, cuando no lo haces te llevan a la cárcel, argumentan que te estabas prostituyendo, drogando, robando, miles de excusas, siempre va a ser su palabra contra la de una transexual. La frecuencia de estos incidentes es mucho menor, antes era diario. Otro cambio es, por ejemplo, con las chicas transgénero, ellas ahora tienen más posibilidad, como no están moldeadas del cuerpo, encuentran trabajos en los que les dicen que se vistan del sexo que su credencial indica. Aunque tienen que aguantar que les hablen con un nombre que no quieren e ir al baño que les imponen en referencia a su sexo biológico, lo mismo pasa con las que están estudiando carreras universitarias, pero por lo menos ya tienen acceso.

P.- ¿Cómo sería tu ciudad ideal?

R.-Hasta se me puso chinita la piel. Sería tener mi identidad legal, tener una credencial que me reconozca como mujer, un empleo en donde pueda trabajar en un Seven, alguna zapatería, vendiendo comida en un mercado. Tener mi seguro social, poder tramitar un crédito para una casa. Me asusta pensar en dónde voy a terminar. ¿En la calle?, ¿En algún albergue? si pudiera pensar en un futuro, me gustaría que las transexuales lográramos tener un terreno y una vivienda común en la que podamos cuidarnos entre nosotras y morir con dignidad; la mayoría terminamos en la fosa común, la familia por vergüenza no nos reconoce. Principalmente, me gustaría trabajar como cualquier otra persona, no me gusta el trabajo sexual, pero tengo que hacerlo.

Publicado originalmente en Barrio Antiguo.

barrio

Scroll To Top