Las bocas de las serpientes y el abismo

Ilustración Alex Xavier Aceves Bernal

Ilustración Alex Xavier Aceves Bernal

Por César Cortés Vega 

1.- En los labios de una de las bocas abiertas de la ciudad, escribo esto. No se trata de una plaza, en el sentido estricto, aunque se le parezca un poco. Quizá justo porque se encuentra al lado de un espacio que sí lo es: tantas veces negado y redimido, el centro de un territorio que perdemos poco a poco, sin que sepamos muy bien qué hacer frente a ello. Y justo a su lado, donde me encuentro, las ruinas desactivadas de una cultura que parece sernos ya ajena. Yo, habitando la orilla de las fauces, de su despliegue. Y, mi voluntad de observador dice mucho acerca de esa incapacidad que nos limita frente a ambos espacios. Porque, ¿esta displicencia en las orillas del desastre, no es horror y a la vez deseo ante la incongruencia sacrificial? Alrededor del tragadero de un animal observamos las calamidades del pasado y del futuro. Nos indignamos frente a sus consecuencias, y sin embargo continuamos observando como si no nos afectara del todo, como si aquel llamado no fuera para nosotros. Sin embargo, hay un deseo parcialmente cumplido cuando advertimos la calamidad en el cuerpo de alguien más en el presente. De ahí nuestra verdadera preocupación.

    La plaza es el espacio sociopolítico en el que se señala la conjura contra los cuerpos, su extremo en términos de representación. Por eso, en el centro de ella se induce siempre el recuerdo del origen: un grupo de hombres que lleva el lábaro patrio, para volverlo a erguir todos los días. Marcialmente y sin amor, obligados por sus condiciones de precariedad, revivifican el mito puntualmente. Y luego todo lo demás; pistas de hielo para que el pueblo se divierta; espectáculos basura de cantantes oligofrénicos y una constante cancelación de los deseos subjetivos en una homogenización de la cultura. Las banderas vaciadas de sentido, hondeando. Una plaza es una amenaza reservada para los momentos ejemplares de la ejecución. Ahí es repetido el símbolo de la guerra clausurada, lugar en el que se administra la muerte para ser vista por los observadores, que reservan su derecho vital a mantenerse ajenos a la confrontación. Por supuesto, la plaza se ha des-plazado hacia otros espacios. La televisión se encarga, como ningún otro medio, de su sublimación. El escenario donde se encuentra el actor o cantante; su historia de esfuerzo; su desarrollo para llegar a ocupar el centro; los televidentes que lo avalan; los jueces y los aplausos, etc. Todo tiene también detrás la disputa clausurada por medio de las ingenuas disposiciones de una “paz” mantenida en la relación consanguínea entre ingenuidad y evolucionismo tautológico. Y el deseo, ahí, también cancelado. Lapidado, además, pues en América muchas plazas sepultan otras.

     Se dice que las fauces son el principio colorido del deseo, y a la vez del terror. En la no-plaza ocurre, de manera silenciosa, lo contrario. Si uno se concentra lo suficiente, lo verá. Se trata de un impulso frente al abismo que no es explicable en términos de racionalidad consecuente. Por ejemplo, yo ahora observo desde el balcón de un café, el espacio vacío de este hueco entre los edificios, dentro del cual hay ruinas prehispánicas; una ciudad sagrada entera que ha sido saqueada y que frente a nosotros parece ser tan sólo un museo. Sin embargo, a nuestro alrededor todo indica que aquellos vestigios aún tienen una fuerza atractiva, algo que nos incita a la pérdida de la paciencia. Y habrá muchas explicaciones distintas para ello. A mí se me antoja hablar de una que he leído hace tiempo en un breve relato de Edgar Allan Poe, llamado El demonio de la perversidad, en el que el autor señala lo inexplicable, la prima mobilia de ciertos impulsos irracionales:

     Estamos al borde de un precipicio. Miramos el abismo, sentimos malestar y vértigo. Nuestro primer impulso es retroceder ante el peligro. Inexplicablemente, nos quedamos. En lenta graduación, nuestro malestar y nuestro vértigo se confunden en una nube de sentimientos inefables

     Aquello que es innombrable ocurre en una frontera que divide las cosas simples de su complejidad. Una energía emitida por el deseo de preservación hace de lo conocido, territorio ambiguo. No hay significados radicales sino en el equilibrio que nos incita a atenernos a lo habitual. Sin embargo, hay un móvil que no es dictado por la razón –aunque el concepto “razón” sea apenas un eufemismo para ordenar los cabos sueltos de un caos no reconocido a cabalidad–. Según las normas morales de un orden que se afana en ella, a este móvil oscuro se le puede llamar perversión. Posiblemente también; deseo de ser engullido, pero también arrojo.

 2.- Hay una extraña entrada en el Diccionario de los Símbolos de Chevalier y Gheerbrant que me veo obligado a comunicar acá, por generosas razones:

     La palabra gola (latín gula) lo resume admirablemente: a la vez agresiva y ávida, macho y hembra, ya que muerde y engulle, la gola simboliza por su doble valencia la libido no diferenciada; por esta razón aparece a menudo en los sueños infantiles. Conocida es la universal atracción que sienten los niños al color rojo.

     No más referencias, porque se sugiere que se habla de algún tipo particular de serpiente, y luego el texto le deja a uno en el vacío. En francés el plural de gueule que significa garganta, es gueules que designa al color rojo. Según el Diccionario Crítico Etimológico de Joan Corominas, todo deriva de la costumbre por emplear pedazos de piel de la garganta de la marta para decorar el cuello de los mantos. Es posible que de ahí se derive la voz que denomina el adorno colocado alrededor de pescuezos de mujeres y hombres en el siglo XVI, y que luego nombraría el pedazo de la armadura que servía para proteger la garganta de los guerreros. Sin embargo, las palabras de Chevalier intrigan. ¿No son esos los principales alicientes para continuar una búsqueda cada vez más definida? Se dice que la palabra remite a la coloración de las fauces de un animal al engullir a su presa. Y es probable así que, en los confines de dicha ambigüedad, el terror se presente como invitación en los términos de una negatividad seductora.

     Gules es el nombre que se le da al color rojo en heráldica. Sin embargo, la referencia de Chevalier probablemente sea tomada del escudo de los Visconti, en el que se muestra una serpiente engullendo a un niño. Muchas leyendas alrededor del origen de dicho símbolo: una de ellas es que la serpiente representa protección.

    No me siento en la obligación de decir que esto es mero encantamiento de relaciones. Lo diré de cualquier manera: seducción especulativa que la escritura desarrolla, como una especie de hipnosis frente al posible lector. Y digo esto porque reviso algunas imágenes encontradas en el Templo Mayor, la boca abierta a la que me refiero, la no-plaza que me incita a la curiosidad. La entrada del templo de Ehécatl, que en sí mismo es una serpiente enrollada, es la representación de sus fauces. Ehécatl, entidad del viento, cambia los designios de los guerreros, ayuda a los entes de la lluvia, es el aliento de los seres vivos… Y basta de forzar relaciones.

    Dos espacios intuitivos, en todo caso. La clausura del ánimo en la plaza fundada, y el vértigo frente al abismo en las fauces de la no-plaza. Ante ello nos debatimos. Habrá que decir una última cosa. Para la cultura mexica, el ser engullido por una serpiente simbolizaba un estadio superior de conciencia. Una condición guerrera.

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