Remedios de las ancestras para sanar la tristeza

Mitzi A. Castellanos

La ciencia eliminó sistemáticamente los nombres y saberes de nuestras ancestras. Cuatro generaciones después, la tradición oral de mi comunidad me susurró amorosamente el nombre de mi tatarabuela. Y desde entonces,  hablar de ella ha resultado para mí un ejercicio muy interesante de resistencia. Nombrarla y compartir un poco de su vida como curandera y partera así como de sus saberes se ha convertido en un acto político potente.

La historia de esta mujer que ayudó durante el parto a varias pobladoras  y que sanó a muchas personas con dolencias por medio de tés y hierbas a principios del siglo XX en un pueblo que se ubicaba en la periferia de la Ciudad se desvaneció. Solo quedan algunas referencias. Pero nunca olvidaré sus enseñanzas transmitidas oralmente sobre las flores y la capacidad que tienen de darnos alegría y llevarse nuestras tristezas, y también las del mar y el río.

Con el paso del tiempo se han ido perdiendo esas otras formas de sanación que no son legitimadas por la medicina occidental. Así que un día, durante la adolescencia  llegó a mis oídos la historia de la señora Isabel Aquino y también algunos de sus remedios para combatir las tristezas. Sin embargo, fue hasta que cumplí veintitantos años que resinifiqué todos aquellos relatos y me interesé por rescatarlos. Y no solo yo, mi hermana también, por lo que verbalizar y practicar sus remedios para el susto y la melancolía nos han ayudado a sanar colectivamente.

Cuándo éramos pequeñas nuestrxs abuelxs nos curaban del susto y la tristeza. Los métodos eran variados y consistía en  escupirnos o soplarnos con mezcal o agua en la espalda para aliviarnos del espanto. Dicho procedimiento es bastante común en Oaxaca, ellxs decían que de esta manera el alma regresaba a nuestros cuerpxs.

Por otra parte, para sanar de la tristeza había varias formas, todas relacionadas con el río y las flores. Por lo que recoger flores en el campo y después entregarlas al río como ofrenda y como un acto simbólico de desprendimiento de emociones se volvió un ritual bastante recurrente en mi círculo familiar. El agua se llevaba nuestros miedos y dolencias. Soltabas todo ahí, llorabas, pero regresabas feliz porque en las flores que habías aventado al río se habían ido tus pesares.

Otra manera de reencontrarte contigo mismx era ir a cortar azucenas al monte. Y es que, aunque parezca una actividad muy sencilla, el solo acto de ir a caminar por el cerro,  buscar y seleccionar las azucenas se convierte en un encuentro amoroso de arropamiento con nosotrxs mismxs. Es un obsequio que te das. Teníamos que esperar la temporada en que florecían para ir por ellas. Había que caminar, mirar el paisaje e ir con la abuela, la tía, la hermana. Buscarlas y después de cortarlas cuidadosamente las colocábamos en un pequeño florero. Era nuestras flores, nos llenaban de aromas bonito la casa y también el corazón.

Mitzi A. Castellanos

Historiadora del arte, feminista y lesbiana. Vive en San Agustín de las Juntas, comunidad donde es originaria su familia. Sus investigaciones se centran en el estudio de las corporalidades disidentes, censuradas y no aptas para el consumo heteropatriarcal. Se interesó en recuperar y escribir sobre la sanación después de tener un breve encuentro con Lorena Cabnal en la III Feria Internacional del Libro de Estudios de las Mujeres, Feminismos y Descolonización.

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