La mariquita más linda está muerta

La mariquita más linda está muerta

por Alex Xavier Aceves Bernal

por Alex Xavier Aceves Bernal

Paco Robledo

Era la mariquita más linda que nunca había conocido, y digo esto porque yo nunca había conocido a ningún marica. Este era uno muy flacucho y largo, llegué a escuchar que le decían La Flauta, Lo primero que me gustó fue su sonrisa, a pesar de que tenía los dientes frontales amarillos, por ese detalle también le decían La Minita, seguramente por el color del oro. Esto nunca se lo confesé a nadie, debes tomarlo en cuenta y guardar el secreto. Sabes que si mi papá se entera, me mata. Mejor escucha lo que te voy a contar, y ojalá se te olvide pronto. Va a ser rápido, tengo que llevar las tortillas para que mamá haga la comida. Enchiladas, mis favoritas. Ah, y que no se te olvide, por favor, porque con lo borracha que eres, en peligro y andes diciendo todo en la cantina, porque si andas de hocicona y papá se entera, nos va a chingar.

     Recuerdo todo como si me acabara de pasar. En especial esa vez que se me voló el balón para el patio de su casa, el mismísimo día que le conocí. Ya sé que te preguntas que por qué andaba yo jugando con una pelota, que tanto me caen gordas. Es que mi papá ya no soportaba verme limpiando la casa ni ayudándole a mi mamá a hacer la comida, niñerías decía él. Fue su culpa por llevar ese día un balón. Si, obviamente éramos vecinos, hasta ese momento yo no lo sabía. Dejé de cortar los rábanos para salir con la bola de aire al patio. Comencé a patearla contra la pared, una, y otra, y otra vez. Siempre con más fuerza. La verdad es que me figuraba la cabeza de papá, y le daba con la punta del zapato para que zumbara más fuerte contra el muro. Era como si ese viejo cabrón estuviera chillando.                                                                                                                                         El muro de su patio es el mismo que el del mío. Me di cuenta cuando de una patada mandé el balón al patio de la otra casa. No dije a dónde iba, papá me regañaría, solamente pedí permiso de ir a la tienda. Rodeé la cuadra. Como te digo, en ese entonces no sabía nada de La Flauta; la mariquita más linda que he conocido. Te fijas que entre más hablo de ella, me pongo feliz y los ojos me titilan, es que me acuerdo de muchas cosas, la mayoría siempre ocurrían en su casa.

    A mí no me gustaban los hombres, en serio. Pero algo había en La Flauta que no lo resistí. Mi papá se dio cuenta, no la vez que fui por el balón. Ese día toqué a su puerta, no me esperaba más que alguien saliera para entregarme el balón, eso era a lo más que aspiraba mi mente. Toqué insistente un par de veces, hasta que se escuchó que se corría el cerrojo. Despuesito apareció él, con sus pupilentes azules, su cabello corto pero lleno de rayos güeros. Llevaba una playera del Tigres, apretadita hasta la cintura, de un hombro le salía un tatuaje, que hasta mucho después, cuando ya nos desnudábamos, descubrí que era la cola de un pájaro. Él me vio y actuó como si nada, yo no podía, algo tenía su ser que me daba comezón en la panza y hasta ganas de ir a cagar me dieron. Lo juro y no exagero, o ¿a ti qué se te figura cuando entras a esas cantinas cucarachientas en las que te quedas dormidota?, no me digas que tú si muy fina, porque de seguro ni el calzón te has cambiado en meses, además ni te quitas el bigote. Ni me mires con esos ojos, puta.

    Mi papá se dio cuenta de que volaba el balón muy seguido y me tardaba mucho en volver con él. Ese día no lo esperábamos, pero fue a esa casa, tocó y preguntó por mí. Cuando tocaron a la puerta yo estaba lamiéndole el ombligo a La Flauta mientras él me acariciaba las orejas e ignoramos por un rato el escándalo con la puerta. Hasta que decidió ir a abrir por la insistencia de los golpes en la puerta. Mi papá sospechó inmediatamente. Me imagino, cuando lo descubrió en bóxeres, unos apretaditos, como utilizaba las playeras. Papá entró a la casa dándole de puñetazos al pobre, vieras visto, parecía trapo, y sangre por todos lados, como si hubieran tirado un bote de pintura carmesí. Yo todavía no sabía que estaba pasando, hasta que vi a mi papá en la puerta de la habitación, con los ojos inyectados en cólera. Me agarró de los pelos y me sacó como si fuera un trapeador. Me iba pateando las costillas, ahí sí, nomas acordarme me da dolor. Ya en la casa pues nada más tuve que aguantar que me gritara y todos los castigos, aunque mejor hubiera sido quedarme huérfano. Desde entonces dejé de ver a La Flauta, en realidad mi amor por él duró un mes, lo que duré volando el balón. Después de que mi papá nos encontró y con lo violento que es, no me iba a arriesgar a lo Romeo y Julieta. Ni madres.

    ¿Ya ves que mi papá es poli?, pues empezó a hacer rondines y donde le viera le arrimaba sus chingas. Hasta que un día La Flauta me habló llorando y suplicaba que detuviera a mi papá y le dijera que ya no nos veíamos, que no anduviera mamando. No podía hacerlo, decirle eso a mi padre significaba tenerlo en mi contra.

     — ¿Entonces tú papá fue el que lo mató y aventó al arroyo anoche?

     — Sí, pero a nadie le digas, si no a ti también te carga la chingada.

 

Paco Robledo es Oriundo de Saltillo, Coahuila y parido en el noventa. A los cinco años por correr a orinar a un baldío se cayó y le cosieron la frente. No recuerda como fue la primaria. A los dieciséis se hizo encargado de un carrusel de feria pueblerina, a los dieciocho consiguió ingresar a la preparatoria. Después de leer mucho y escribir un poco menos ingresó a la carrera de letras Españolas. Ha coeditado y colaborado en la Gazeta del Saltillo y en baños los públicos. Recientemente participó en las revistas literarias Clarimonda, Punkroutin, Letrasexplicitas y aportando critica en Samizdat y el blog Letras del Norte.

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