¡Marica! o de lo fácil que es perder un amigo

por Alex Xavier Aceves Bernal

por Alex Xavier Aceves Bernal

por Juan Machin

A los amigos, como a los dientes,

los vamos perdiendo con los años,

no siempre sin dolor.

Santiago Ramón y Cajal

Juan tenía muchos conocidos, pero pocos amigos. Entre sus amigos, ninguno tan cercano como Enrique: lo conocía desde el Jardín de niños y compartía todo con él. Juan había comprobado el proverbio bíblico que afirmaba que “un amigo fiel es escudo poderoso… no hay precio para él”, porque Enrique le había salvado en más de una ocasión de ser golpeado por algún bravucón mayor que él. Habían estudiado juntos en la primaria, la secundaria e incluso la preparatoria, no sólo hacían la tarea juntos sino que, en los exámenes, Juan copiaba frecuentemente las respuestas de Enrique. Iban con sus respectivas novias a las fiestas y se alternaban en el uso de la Combi de Enrique para hacerles el amor. Pili, la novia de Juan, a diferencia de otras mujeres, no se encelaba de Enrique, al contrario le tenía mucho cariño. Enrique no tuvo la misma suerte y Juliana, su novia, era en extremo celosa y no soportaba que fueran a todos lados y todo el tiempo con Pili y Juan. Finalmente, Juliana cortó a Enrique justo antes de ir a una cena en casa de Pili.

 

Pili y Juan, esa noche, se esmeraron en consolar a Enrique y hacerle sentir cómodo. Al cabo de unas horas, habían consumido la cena y algunas botellas de vino tinto, Pili platicaba muy animada sobre las relaciones abiertas y lo estúpido que eran los celos, cuando, tocando la pierna de Enrique, inocentemente rozó su entrepierna y se asombró del tamaño del miembro de Enrique. Él se rio y comentó: “Pili, te equivocaste de pene”. Juan bromeó que, al igual que en la noche todos los gatos son pardos, nadie en la obscuridad podría distinguir entre dos penes. Pili, exaltada, afirmó con total convicción que ella sí sería capaz de identificar los genitales de Juan tan sólo de tocarlos con una mano o incluso con la lengua. Juan la retó a jugar su versión para adultos de la “Gallina ciega”, y quitándole la mascada rosa que cubría su cuello, le vendó los ojos, pidió que sacara la lengua y le hizo una seña a Enrique para que se acercara. Con la punta del índice, Enrique y Juan se alternaron, preguntándole a Pili de quién era el dedo que había tocado su lengua. A veces acertaba y a veces no.

Entonces, Pili les dijo que no era lo mismo un dedo que una verga… “yo no dije que sabría distinguir un dedo”, expresó de manera contundente. Enrique le dio la razón e inmediatamente se bajó el pantalón, Juan miró sorprendido la tremenda erección de su amigo y antes de que pudiera reaccionar ya estaba la lengua de Pili recorriendo gentilmente el miembro de Enrique. Juan sacó el suyo y lo acercó a la boca de Pili. Pili lo lamió generosamente, pero parecía dudar, así que pidió probar nuevamente el primero. “Es difícil sólo con la lengua”, dijo Pili, y dejó de lamer para comenzar a chupar animada y alternadamente, primero la verga de Enrique y después la de Juan. Cuando Enrique estaba casi a punto de venirse, Pili reconoció que no podía distinguirlas, Juan le quitó la venda, y, poniéndosela, dijo: “ahora me toca a mí…”. Estupefacto, Enrique se subió de un tirón los pantalones, salió corriendo y, por más que Juan le gritó “¡No seas marica! ¡Regresa! ¡Marica!”, Enrique corrió y corrió y no dejó de correr, y no volvieron a verle más…

Esa noche, Juan perdió a su mejor amigo. Nunca se imaginó que fuera tan fácil perder un amigo… pero todavía quedaban, al menos, Fernando, Ricardo, Ernesto, Nicolás…

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