La muerte de los putos: Vidas indeseables, Muertes deseadas y Duelo in(con)cluso

 

por Alex Xavier Aceves Bernal

por Alex Xavier Aceves Bernal

por Alberto Alejandro Medina Jiménez

“Cadáveres sobre cadáveres tejen nuestra historia en punto cruz lacre. Un cordón de costras borda el estandarte de raso revenido en aureolas de humo que desordenaron las letras. Separando en estratificaciones de clase a locas, maricas y travestis de los acomodados gays en su pequeño arribismo traidor.” Pedro Lemebel. Loco afán.

Esta historia a la que refiere Lemebel es la de aquellas que devenimos minorías sexuales, que aún con un falo entre las piernas fuimos exiliadas de la categoría de Hombre. Nuestra historia es un texto que se hilvana alrededor de ausencias y de olvidos. En su ombligo, la muerte. Trazos que conducen a historias terroríficas del SIDA, de suicidios y de crímenes pasionales sin justicia. Minorías sexuales pero no de género ni de clase, en apariencia. Cuerpos femeninos que se desclasifican del de biomujer. Cuerpos infecundos incapaces de reproducir mano de obra. Cuerpos lumpen, improductivos, errantes, dados a la prostitución, al vicio y a la enfermedad. Es ante esta historia que lo gay aparece como promesa liberadora. Así, estas minorías encontrarán en el mercado y sus símbolos la posibilidad de ocupar un lugar en el sistema mundo. Cuerpos, ahora, consumistas.

    Si bien este horizonte igualitario fue ensombrecido por el fantasma del sida en Latinoamérica, es en esta misma enfermedad, y en México de manera específica, que lo gay se irá filtrando en la agenda política a través de la constitución de un colectivo arcoiris. Ante la urgencia, y al tomar la lucha contra la pandemia como estandarte, estos colectivos lograrán negociar con el Estado estrategias preventivas y de tratamiento; a la par de un reconocimiento de la identidad gay como forma de organización social (centrada en la ubicación y acción de un grupo epidemiológicamente importante). Sería erróneo reducir la agenda gay a la lucha contra el sida, sin considerar la compleja trama cultural que se fue instalando desde la academia hasta los mass media o, por ejemplo, en la ciudad de México, la importancia de la geografía urbana y la clandestinidad de la vida nocturna. Sin embargo, esta historia positiva que se ha ido trazando, y que parece concretizarse hoy con el matrimonio igualitario y el reconocimiento de la identidad jurídica para personas trans, no ha podido eludir la huella de la muerte: ese vacío que ha representado el sida.

    Hablo de vacío y no de ausencia, ya que para ausentarse es necesaria una presencia que se esfume; siendo que, ante la aparición del sida, los muertos aparecen como números, como vidas seriadas desposeídas de un nombre y una historia. Esto no implica que aquellos fallecidos por la epidemia no tuvieran tales características humanas, sino que en esa Historia jamás estuvieron presentes. Por esto fue que el Estado tardó tanto en responder a la demanda de salud, incluso a nivel internacional, ya que la muerte de los putos era, o un castigo divino, o un evento natural. Por esto es que lo gay aparece como el acto de retomar un lugar negado, de apropiarse de un nombre y de una historia dentro de la Historia; pero ya no sólo como un reclamo de hacer escuchar la voz, sino como una apremiante necesidad para permanecer con vida. Entonces es preciso preguntarnos ¿Cuál ha sido el precio de esta normalización? Aplaudo de pie el esfuerzo de activistas durante esta época difícil, ya que de algún modo las personas jóvenes que discutimos libremente temas como éste, somos deudoras de ello. Sin embargo esta es una invitación a replantear nuestras estrategias políticas, de repensar el lugar ético y político que ocupamos como colectivo, retomando en este caso un tema de suma urgencia en el México de hoy (y no solamente aquí): la muerte y el luto.

    ¿Cómo hacer luto, cómo procesar una pérdida de algo que nunca estuvo presente? Si bien para las personas cercanas de los muertos por sida, estos representaron una pérdida real y manifiesta, a nivel comunitario muchas de estas muertes permanecieron ocultas. Retomo entonces la cuestión planteada por Judith Butler sobre la pérdida, el duelo y la comunidad[1], es decir ¿Cómo pensar la pérdida como un factor común, como pensar ese dolor, esa rabia, como aliciente de un proyecto político? Más que como un argumento en contra de tal autora, para discutir su idea es necesario señalar que el concepto Freudiano de duelo que utiliza Judith proviene de una visión muy psiquiatrizada[2]. Aunque ella misma lo avisora, considero, no lo lleva a sus últimas consecuencias. Tal como ella lo señala, el duelo no “se supera” como la concepción más popular nos dice, más bien se trata de aceptar la pérdida. La melancolía podría entenderse como la negación del duelo y no como la imposibilidad de superarlo ¿Ese vacío en la historia de los putos, que representa el sida, no podría implicar un estado melancólico? ¿No podría ser el orgullo y la fiesta incesante, una forma de ocultar el duelo, así como lo gay oculta otro tipo de dolor, otro tipo de marginación como las de género, raza y clase? Ya no sólo el sida, sino la muerte desposeída de duelo ¿Podría ocupar un lugar traumático dentro de la historia de las minorías? Según Freud el trauma reprimido se manifiesta incesantemente, aún enterrado el muerto permanece y re-muerde, en lo que llamó pulsión de muerte.

    En el caso del sida es manifiesto mediante investigaciones sociales y psicológicas que, a pesar que hoy los fármacos impiden la reproducción del virus y permiten retomar la salud después de un cuadro sidático, el imaginario de muerte perdura, a veces con tal fuerza que ocasiona un estado de shock frente a un diagnóstico positivo. Pero la muerte también sigue apareciendo de manera real: los fallecimientos por afecciones relacionadas al sida siguen ocurriendo pese al avance tecnocientífico. Las respuestas, aunque a veces efectivas, son siempre individualizadas. El duelo se debe resolver de manera clínica. La constitución de grupos, pensados para tal finalidad, continúan constituyendo un tipo de aislamiento de quienes tienen el virus con respecto al resto de la comunidad. Esto no responde a un deseo de exclusividad o de elitismo, sino de marginación. La llamada muerte social que ha acompañado al virus por más de 30 años, también hoy aparece como un riesgo latente. El estigma y la discriminación intentan relegar a los sujetos con el virus del lugar simbólico que ocupa “una vida digna de ser vivida”.

    Y es que al sida no es la única forma de muerte presente entre los putos, quienes hemos estado sujetos a la violencia aún antes del cáncer rosa. A la violencia física a la que estamos expuestos cotidianamente (asesinatos, golpes o tortura) le precede esa violencia simbólica, ese destierro no sólo de las categorías sexogenéricas binarias, sino también de una existencia real y plena; lo que permite pensar a nuestros cuerpos, no sólo como imprescindibles, sino como indeseables. El sida sólo concretizó el terror que ya existía ante nosotros, a quienes ya se nos veía como un riesgo en potencia para la sociedad cuyo soporte es una moral patriarcal basada en la familia. El suicidio entre los nuestros es sólo una forma en que el poder ha logrado implantar ese deseo de muerte hasta el punto de cesar nuestro deseo por la vida. ¿De qué modo la muerte se inscribe sobre nuestra piel? ¿Cuántas muertes no lloradas, vidas invisibles, sufrimientos silenciados, nos constituyen como seres históricos?

    Esto no implica que debamos vivir en un sufrimiento persistente, sino más bien de vivir ese duelo y retomar el dolor para establecer una lucha contra la muerte. Pero ese duelo no puede llevarse de manera individual o restringida. El duelo debe ser comunitario. Siendo que el duelo no sólo es la pérdida del otro, es la pérdida de sí mismo. Es renunciar a lo que de nosotros mismos el otro se lleva, y también aceptar lo que del otro se queda en el sí mismo. El duelo es tan conflictivo porque rompe el espejo del yo y revela que nuestros vínculos con los otros nos constituyen no sólo relacionalmente, sino ontológicamente. Sin los otros no somos nada. Nuestras vidas y nuestras muertes son siempre en comunidad, y no sólo en un sentido representativo y psicológico, ya que políticamente nuestra vida está expuesta a la muerte, o no, en relación a los otros.

    Una lucha contra la muerte, entonces, necesitaría repensar esas categorías que nos escinden como seres comunitarios. Las minorías sexuales debemos repensarnos desde esta posición y retomar el dolor para convertirlo en lucha. Al mismo tiempo que repensarnos en relación a otras formas de marginación, que incluso reproducimos. Quizá para un gay de clase media (o incluso de clase baja) sea poco o nada relevante la muerte de una transexual que murió asesinada por su cliente; o de un jornalero indígena, que no se identifica como gay, y que murió de sida por falta de atención médica. Estas muertes pueden ser producidas por el mismo sistema que defienden algunos gays y su lucha puede ser carente de una ética y compromiso con los otros, encerrándose cada vez más en su propio mundo idealizado de promesas ofrecidas por el capitalismo.

    No se trata entonces de decir nuestros muertos como si fueran propiedad de alguien, como si fueran Otros los que mueren; siendo que en realidad somos nosotros mismos los que morimos; no son nuestras muertas o muertos, son nuestras muertes. Ese es el carácter comunitario del duelo como proyecto político. La muerte importa porque nuestras vidas importan.

    No sólo se trata de las minorías sexuales, sino de cualquiera que deviene minoría por su raza, género, clase, enfermedad, condición física, etc. Y no es para menos, siendo que en América Latina y en específico en México vivimos bajo un régimen de explotación neocolonial, sumergidos en un gobierno de muerte e impunidad. Por esto es importante para los putos construirnos espacios de vida y exigir justicia para que nuestras muertes tengan un significado; pero también el apoyar otras formas de lucha que pugnan por la vida, puesto que todos estamos expuestos a la violencia y a la muerte, debemos construir alianzas con otros movimientos antifascistas.

    En México las desapariciones a causa del narcogobierno se han convertido en un tema central debido a que son una forma imperante en el país, una forma de aniquilación de nuestro sistema social. Son, además, una especie de postergación del duelo, una forma de ausencia total del cuerpo que impide llorarle. Pero la vida, aún en estas condiciones, insiste, y la lucha surge del dolor y la pérdida. El caso de Ayotzinapa le puso rostro a las miles de desapariciones y muertes causadas por este sistema necrófilo. No debemos caer en el error de impugnar ¿Por qué ellos son dignos de una empatía y tantas otras minorías no? Estas también son nuestras desapariciones, también son nuestras muertes, su herida está en nuestros corazones; y el sistema de violencia al que los putos estamos sometidos es el mismo que resuena en las palabras “querían ponerse con hombrecitos, pues ahora, éntrenle”[3]. De muchos modos su lucha es la misma que la nuestra.

    Para nosotros los putos, los indeseables, llegó el momento de fundar nuevas formas de vínculos e interacción entre nosotros y con otros colectivos. De resistir la privatización de los vacíos y las ausencias, y mantenerlas abiertas y colectivas (como proponía Hocquenghem respecto a la analidad). De luchar por la vida y la libertad, propia y de los demás; y entonces, no sólo permanecer unidos por el dolor, sino también por el deseo.

“Tal vez lo único que decir como pretensión escritural desde un cuerpo políticamente no inaugurado en nuestro continente sea el balbuceo de signos y cicatrices comunes. Quizás el zapato de cristal perdido esté fermentando en la vastedad de este campo en ruinas, de estrellas y martillos semienterrados en el cuero indoamericano. Quizás este deseo político pueda zigzaguear rasante estos escampados.” Pedro Lemebel. Loco afán.

[1] Butler, Judith Vida precaria: el poder del duelo y la violencia. Buenos Aires: Paidós, 2006.

[2] Uno de los mayores críticos de la concepción de duelo en Freud proviene del mismo psicoanálisis: Jean Allouch. Veáse: “Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca” México. Edelp. S.A. 1998.

[3] Palabras de un grupo de militares a un grupo de normalistas.

 Alberto Alejandro Medina Jiménez: Psicólogo social, maestrante y activista.

https://www.facebook.com/untal.alejandro.5

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