Evolución del signo en el choco-culo

Evolución del signo en el choco-culo

Por César Cortés Vega

La sicalipsis —que en el forzamiento de su evolución no es sino el agravio a las reglas de la moral y las buenas costumbres— nunca fue tan inútil, tan dulcemente desabrida. Y es que un estímulo radical ya no resulta suficiente para liberar nuestra renovada confianza en la salvación por medio del cumplimiento del deseo. Ejemplos sobran y cualquier pretexto, entre más banal, mejor. Acá hablaré de uno de entre muchos otros; intuyendo a medias la liberación de los apetitos en modelos variopintos, con el ansia que la iteración de las imágenes brinda para documentar algo que ya no es nuevo, pero que simula serlo.

Luego no quiero ser más la confianza en la comprensión, sin darle un poco de lustre a la imagen: pliegues que rematan en una raja estrecha; una estrella con arrugadas radiaciones que llama y a la vez desdice; el espacio de geografía carnal para la expulsión y a la vez para la introducción; el lugar más recóndito y sin embargo, insoslayable. La nueva vagina universal, diría quizá algún publicista perverso. Y ahora de chocolate: la empresa de origen inglés los oferta en internet, y la noticia ya ha corrido como viento fugaz. El “Edible anus”, literalmente: “ano comestible”.

 Ejemplo perfecto. Es decir, un dulce así no podría ser sino uno de los nuevos remates de la religión occidental del mercado. Inviolable en su estructura, pero apetitoso en los términos de sabor y asepsia para la calidad total exigida por los nuevos cánones lucrativos. ¿Qué libertino contemporáneo se resistiría a adecuar su lengua a aquellos pliegues de cacao y azúcar? ¿Quién a paladear la evolución material en la reproducción especular del signo? Si el llamado beso negro hacía referencia a lo desconocido, a lo arrinconado en el extremo de olores y sabores, a la ambigüedad de su utilización en las delicias expandidas de la carne, hoy se trata de una devolución edulcorada por el mercado global que desactiva los alcances de su penetración.

Pero hay que recordarlo; si el fetiche es fantasmal en tanto se separa de su productor, como señala Marx, la mercancía es acá la materia corporal del trabajador aislado de su uso efectivo. Porque, cabe también preguntar: ¿de quién es el culo original, que en su reproducción algunos devorarán extasiados? El sitio de internet de la empresa brinda una misteriosa pista; no se trata de un prototipo artificial, sino de la copia exacta de un ano verdadero:

(…) estas piezas de suculento chocolate se han elaborado a partir de la deliciosa parte posterior de nuestro impresionante modelo de culos.

edible_anus_1

 Es decir, un asalariado cuyo uso de su herramienta de trabajo consiste en la reproducción de la apertura de su tracto digestivo. Nada raro que su trabajo precarizado se oculte a los ojos del consumidor potencial, pues el ano-ojo de la fabricación de objetos útiles se universaliza para la superación de las barreras de la producción y el canibalismo light de la parte corporal de un otro supuesto; un reconocimiento parcial que ocurre tan sólo por lujuria estándar:

(…) Estamos convencidos de que nuestra gama de anos pueden disolver límites raciales, de género, clase y orientación sexual.

¡Haberlo sabido antes!… Este optimismo desfachatado es una chistosada mercadológica, claro, pero a la vez una declaración de principios. Pensemos en que si la evolución del ano fue un hito trascendental en el desarrollo de los animales multicelulares, hoy resulta ser algo muy valioso para las quimeras de pueblerinos pudores, que parecieran haber descubierto apenas la liberación de las costumbres. Si se trata de un tema que cobra relevancia gracias a su óptimo funcionamiento multitarea –chocolates o concursos de disparo de pedos o la sublimación de las sensaciones por medio de lámparas de diseño o llaveritos fosforescentes– es quizá debido a que dicho signo, al contrario de haberse agotado, seguirá dando de sí.

No es extraño que, en el ejemplo que nos ocupa, ya se hayan ampliado los alcances del merchandising en el sitio de internet de Edible anus. El mismo modelo empleado para hacer las golosinas, ahora se oferta en plata, como si se tratara de una joya a codiciar. Claro, nada nuevo para quienes conozcan las colecciones del Sex Museum, por ejemplo, aunque yo no recuerde específicamente ningún ano de marfil como collar secreto del siglo XIX expuesto en sus vitrinas.

edible_anus_4

 A pesar de su carácter de fetiche contemporáneo, su reciente inflación en términos de significación, lo separa de los meros términos kischt desde los que mucha producción de objetos en masa han sido pensados, para colocarlo en un espacio que apenas comienza a dar de qué hablar como sobrevaloración de las sensaciones como productos. O, mejor dicho, una mezcla trans-sensacional del gusto para crear nuevas mercancías. Una sublimación reciente de esto que digo es este ano de chocolate como un bien de consumo universal, que al prometer los dividendos suficientes, podría ser emulado por otras empresas. Y si este punto ciego de acá tiene futuro, no hay que dudar de las capacidades de la intricada red de relaciones del mercado global para hacerlo reproductible al infinito. Incluso reificado por nuevos aparatos culturales, que lo convirtieran en una nueva inteligencia no contemplada aún. Un ano que sabe a chocolate, entonces, desdice parcialmente su doblez en el anilingus; el binomio lengua-culo con el cual se separó de su función principal ligada del resto del cuerpo para ser pensado como dulce apetitoso y, por tanto, perder también así su carácter perverso. Este reciente hit del porno internacional puede muy bien ser la señal que estábamos esperando, una especie de memento que nos advierta de las interesantes posibilidades que nos depara el futuro. Y se me ocurre incluso una campechana idea acerca del posthumanismo, que no puedo dejar de comunicar acá.

Probablemente los pensadores de esta tendencia tan en boga hayan descuidado una rama de análisis posible; no únicamente habría que concentrarse en la ampliación de las habilidades corporales y conceptuales mediante la implementación de prótesis que expandan las capacidades humanas, sino también en la fragmentación del cuerpo y sus órganos en entidades independientes. Si el filósofo Robert Pepperell dice que el posthumanismo admite que los seres humanos tenemos una capacidad finita para entender y controlar a la naturaleza, pero que a la vez ésta no puede ser delimitada, es posible pensar también en la falta de límite de los órganos, no ya como propiedad extrínseca, sino literal. Quiero decir; podría concebirse un posthumanismo que no atendiera ni siquiera lo humano en los términos de su sistematicidad orgánica: un posthumanismo negativo que en lugar de alimentar la ilusión evolutiva, generara las condiciones para que una disociación fantasmal, llevada cada vez más al extremo en los aparatos de resignificación comercial, cobrara vida, mostrara sus contradicciones como caricaturas ominosas de nuestra estupidez supina. Estómagos parlantes reales, importados de las pesadillas televisivas, que recomienden un medicamento para luego morir; un ojo con piernas y brazos que lo único capaz de desear sea el sol en una playa de Ibiza sobre su ya cegada existencia; un pene con bigotes que dispare esperma estéril de colores; un ano de cartílagos del tamaño de un niño que declare el triunfo de los orgasmos anales sobre los vaginales. Cosas simples, como la naturaleza de muchos deseos.

Incluso el Edible anus puede ser el signo inaugural de una capacidad lingual suficiente, que le permitiera alcanzar capacidades lingüísticas verídicas a la altura de nuestros mejores personajes de comedia. Un ano parlante que, convirtiera la lengua que lo lame en el exterior, en capacidad vocal interna. Un ano boca con lengua que aprendiera a acariciarse poéticamente desde sus entrañas, murmurando palabras sublimes. Dúctil, inestable ser en el nombre de quien lo nombra, arrancado de su función primera para entregarse a las posibilidades independizadas del sentido.

Y entonces se podría también prever un espacio de combate y crítica radical que, más allá del cinismo de estas palabras, presentara su extrapolación partiendo de la misma retórica imaginativa. El ano-golosina sabor a culo real. ¿Por qué no, si la lengua de los amantes del beso negro pudiera ser suficientemente respetada? La jerga de esa desviación apocalíptica pudiera devolver entonces las palabras robadas a la identidad de la perversión. Vuelvo a hacer la pregunta: ¿qué verdadero libertino contemporáneo se resistiría a adecuar su lengua a aquellos pliegues de excremento y fibra vital? ¿Quién a paladear la evolución material en la devolución perversa del signo?

edible_anus_2

*imágenes de http://edibleanus.com

Los comentarios están cerrados.

Scroll To Top