Ejercicios de manipulación

Ilustración por Ollinca Torres. Dos puños cerrados, de frente sobre un fondo morado, en los dedos llevan la palabra Poderosa pintada de rojo. Unas líneas alrededor enfatizan la imagen.

Por Israel Nicasio

Apagué la computadora y caminé hacia la sala. Daniela estaba sentada justo en centro el sillón principal. La podía ver desde el pasillo; traía la misma ropa del día anterior. El cabello a medio arreglar le enmarcaba la cara afilada. Pensé en la posibilidad de fingir no haberle escuchado, pero ella volteó cuando yo planeaba huir de regreso a la recámara. Mi escondite no fue suficiente; la luz del sol casi mataba las sombras donde intentaba no ser visto. Continué con el trayecto hasta quedar frente a ella. Me siguió mirando y de inmediato entendí: debía tomar asiento. Era momento de platicar.

<< ¿Ya viste a los nuevos vecinos? >> Me pregunta con atención. <<No. ¿Cómo son?>> Respondo. <<Iguales a todos; solo hay una pequeña diferencia: uno de ellos no quiere estar aquí. Llevan viviendo acá más de un mes, pero evitan todo contacto con casi todos los inquilinos del edificio. Quizá les desagradan>>. Termina por decir mientras intenta, con dificultad, acomodarse sobre el sillón. Su cuerpo delgado y pequeño siempre me ha parecido débil, aunque, en realidad, es más fuerte que yo; a veces tengo que ayudarle a realizar algunas maniobras, pero eso pasa en pocas ocasiones. Es autosuficiente.

A toda costa evito la conversación central. Le hablo sobre las nuevas piezas de la galería. Solo mira dentro de mis ojos, más dentro cada vez. Todo lo dicho es aburrido; lo es porque resulta evasivo y ella lo sabe. Me dice que necesitamos hablar. Intento esconderme con la mirada en cada uno de los muros; me pierdo en el que le ha servido de lienzo por años.

<< ¿Te apetece algo de comer? Ya tengo hambre y tú no has probado bocado desde la mañana>>, le digo mientras me pongo de pie y me dirijo a la cocina. Solo asiente con la cabeza. Ella se acerca a la ventana con el chillido que produce su silla al avanzar sobre el piso de madera. A veces ya no lo notamos; nos hemos acostumbrado a ello. Probablemente intenta aprender de memoria lo que pasa por ahí. Nunca se le escapa un solo detalle. Su mirada lo sabe todo. << ¿Me ayudarás o vas a quedarte esperando?>> Intento preguntar sin parecer agresivo, pero solo me responde que tomará una siesta. Cierra los ojos y me doy cuenta que intentó, sin lograrlo, ser amable.

Minutos más tarde despierta. Veo sus intentos por incorporarse. Me mira; quiere hablar. Lo dice dulcemente. Le advierto de la comida que recién he puesto sobre la estufa. No parece importarle. En realidad nada le importa, su mirada y el tono de voz me lo hacen saber.

<<Ya no te quiero. Ya no quiero estar contigo. No sé cómo hacer de esta afirmación algo menos rudo. Pero he decidido irme mañana mismo>>. Puedo adivinar, por su tono de voz y la profundidad de su mirada, lo verdadero de esos comentarios. Daniela habla con tanta seguridad que no puedo creerlo. <<Hace mucho he pensado en decirlo; llevo más de un mes buscando la manera de hacerlo, pero no encontraba un modo adecuado. Tenía miedo. También estaba enojada y cuando me di cuenta de que ya no quería estar acá, todo fue más fácil. Espero lo entiendas. Me llevaré la ropa y durante la semana, posiblemente, venga alguien por el resto de cosas>> dice antes de alguna de mis creativas interrupciones.

Pienso en lo complejo de su comentario. No quiero que se vaya. Probablemente me he portado como un imbécil, pero no creo haberlo hecho tanto como para terminar esta relación así. << ¿Estás segura de lo que dices?>> Le pregunto intentando parecer incrédulo; muy en el fondo comprendo sus comentarios. <<Es decir, mírate; mira todo esto. Es nuestra casa. ¿A dónde te vas a ir? Me necesitas…>>. Quiero hacerla dudar, pero no lo logro. Algo en su semblante bloquea todo esfuerzo por destruir su decisión.

<<No sé qué haré. Tampoco sé bien si a donde voy sea el mejor lugar para vivir de ahora en adelante, pero sí es uno mejor que a tu lado; no tengo dudas>>. Daniela habla sin tropiezos. Es como si hubiera ensayado cada uno de los comentarios durante días. Me ha desarmado. ¿Dónde puede estar mejor? Conmigo lo tiene todo; su vida está resuelta. <<Ágata pasará por mí; es la nueva vecina. Tiene un auto grande donde puedo poner mis cosas>>. La miro intentado burlarme de sus comentarios. Hablo sobre lo difícil de la vida. Le hago saber de todas las complicaciones posibles al no tener el apoyo de alguien como yo. Intento, desesperadamente, hacerla desistir. ¿Qué le han metido en la cabeza para haberle dado tanta fuerza? Ella se escapa y no la podré detener.

<< ¿Te has enamorado de alguien más?>> Lo pregunto con la intención de hacerla sentir mal. Llorar puede ser un recurso útil ahora. Ella me mira. Me hago pequeño; aprieto los dientes y logro llegar al llanto. <<Ágata tiene algo que ver acá? ¿Es ella de quien te has enamorado? ¿Te la cogiste? ¿Ahora te gustan las mujeres? >> Espero hacerla sentir culpable.

Daniela ya no entiende de culpas. Es como si hubiera encontrado una cura para todos mis comentarios. Me mira y a pesar de mi llanto no se quiebra. No me deja doblegarla como en otras ocasiones. Le digo que ya sabía de sus encuentros; también comento que hace tiempo sabía de su gusto por las mujeres. Pero lo hago solo por decir algo para hacerla cambiar de opinión.

Ella me observa con un gesto de impaciencia novedoso; se aleja de la ventana. Empuja las ruedas enormes de la silla con tanta facilidad, que entiendo su decisión. Solo guarda silencio y cuando parece haber llegado al límite del fastidio, responde. << Entonces ya lo sabías. Si es así, no es necesario dar explicaciones. Me hiciste pensar que esta silla y tú eran lo único para mí>> Habla con más fuerza cada vez. << Siempre has procurado hacerme sentir querida, pero con los límites suficientes para no hacerme sentir importante o fuerte y ¿Sabes? Eso es más terrible que haberme rechazado. Ágata es hermosa. Mírala. Solo basta con verla una vez para poder decirlo. Ya me la cogí, ¿tan obvio fue? Ella se deshace por mi felicidad; cada caricia es una nueva forma de disfrutar; ella se esfuerza por hacerme sentir ¡Mario, tú solo piensas en tu pene! ¡Siempre has sido un egoísta!>>.

Solo intentaba hacerla retroceder, conducirla al punto del arrepentimiento. Pero me ha dicho la verdad. Me encargué de construirle un mundo perfecto y la volví una habitante adecuada para la pequeñez de la realidad que le podía ofrecer. Miro de un lado a otro. El silencio recorre el departamento desde la última recámara hasta la puerta principal. Daniela tiene la costumbre de pintar una y otra vez sobre una pared que escogió para expresarse; incluso le puso nombre: El muro del dolor. Lo llamó así porque dijo necesitar un lugar para comunicar lo que sentía sin hablar. Durante mucho tiempo se pintó sobre su silla de ruedas; ahora se ha pintado en pleno vuelo, como las aves. Pienso en todo lo plasmado ahí; entiendo que ella no me necesita.

Israel Nicasio. Licenciado en Filosofía por la Universidad La Salle. Tesista de la Maestría en Historia por la UNAM. Profesor en la Licenciatura en Enseñanza de Lenguas, en el área de Lengua y cultura, de la Universidad Autónoma de Tlaxcala, Campus Calpulalpan.

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