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Unhung Heroes de Lazlo Pearlman

Por: Liz Misterio

 

Lazlo Pearlman ( E.U.A.) creador, performer, director, conferencista y maestro; que desde su obra, su cuerpo y su vida desafía las convenciones culturales de lo que es el género y cómo se construye. Su trabajo se centra en su experiencia transexual de mujer a hombre así como las maneras en que la sociedad marca y decodifica el cuerpo.

Lazlo muy amablemente nos contestó algunas preguntas que nos ayudarán a comprender mejor su obra.

Hysteria: ¿Qué es la masculinidad?

Lazlo: En realidad, no tengo ni idea. Queremos separar la hombría de la masculinidad para que las personas que no son hombres cisgénero[1] puedan reclamar la masculinidad para sí mismos. Estoy de acuerdo y apoyo a esto, por supuesto. Pero ¿qué es la masculinidad? ¿Un conjunto de comportamientos, de estilos,  de ropa? NO es ser fuerte o no llorar. NO es ser el que compone el coche en lugar de la persona que prepara la comida.  De eso puedo estar seguro. Cada persona que se identifica como masculina puede decidir lo que es para él mismo.

H: ¿Cómo se construye?

L: Yo estoy con Judith Butler, el género es performativo. En el momento en que el bebé sale del vientre de su madre y el médico o la partera dice  es un niño, todo el peso de la historia de la hombría y la masculinidad recae sobre ese niño. Todo lo que alguna vez, ha, fue depositado en esa palabra ahora se deposita en ese bebé.  Se sigue de ahí, las culturas la refuerzan, la reiteran, añaden a los marcadores de la misma, de generación en generación, momento a momento.

H. —¿Cómo podría ser  el hombre perfecto?

L. —En nuestras culturas, creo que el hombre perfecto sería aquel que fuera capaz de rechazar todo su privilegio masculino y requisitos machistas y simplemente ser una persona viviendo con humildad en este mundo.

 

Unhung Heroes (2002) es un cortometraje cómico en el que se parodia a un grupo de chicos transgénero que conspiran para obtener el dinero que necesitan para hacerse un transplante de pene.

Unhung Heroes from Lazlo Pearlman on Vimeo.

 

Puedes ver mas de su trabajo en: http://www.lazlopearlman.com

 


[1] Alineamiento entre identidad de género, sexo biológico y comportamiento acorde al género biológico.

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Drag King, retratos de identidades

 

 

por Marisol Maza

¿Qué características debe tener el hombre perfecto? ¿Son estas características físicas o están dadas por una forma de actuar?

     Estas preguntas han sido uno de los ejes temáticos en el trabajo fotográfico de una artista que ha planteado su obra en la exploración del cuerpo y el género. Paola Adriana García Ruíz (Ciudad de México, 1987) estudió Artes Visuales en la Escuela Nacional de Artes Plásticas y durante 2008 al 2011 realizó el proyecto “Identidades reconstruidas: un collage genérico”, proyecto artístico con la comunidad transgénero de la ciudad de México.

     En una de sus series realizó retratos a la agrupación Original Drag King México. Según su propia definición, un drag king en ODKM es toda aquella persona que sin importar el género físico, mental, identidad de género o preferencia sexual, se dedica a realizar performances, shows, etcétera; para exagerar, burlarse o ridiculizar el estereotipo del rol masculino.

En su serie “Lo abstracto y lo concreto”, Paola busca contraponer los discursos establecidos con relación a los transgénero con la percepción y las vivencias de ellos.

Para esto realizó una serie fotográfica en la cual complacía sus sueños de ser retratados como ellos quisieran, poniendo de lado todos aquellos prejuicios de cómo deben verse sino cómo quieren verse ellos.

Indicadores de sexo, apropiaciones de genero” (2009) es una pieza en video en la que muestran acciones y actitudes que socialmente funcionan como indicadores sexuales.

Visita su página:

http://paolavisual.wordpress.com/

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Dieter Brandau

[divider]Dice el refrán “El hombre es como el oso, entre más vello más hermoso” y en la obra de Dieter Brandau lo comprobamos, con sus dibujos de varoniles figuras en oníricos entornos.

[box type=»shadow» ] Dieter Brandau (Chile)
Puedes ver más de su trabajo en:
http://elwueonquedibuja.tumblr.com/
http://dieterbrandau.propulso.cl/

[/box]

 

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Cetuss

“Me estimula la construcción de redes utópicas, cuando la virtualidad se convierte en realidad, surgen nuevos símbolos, una monstruosidad potencial, ciencia y el universo. Mi aproximación artística se alimenta de estudios científicos y en un estudio de campo en diversos dominios sociales y culturales.”

[box type=»shadow» ]Cetuss (Génova, Suiza) también conocido como Petter Viasselfebb y Baptiste Lefevre. Es editor de la revista en línea www.make8elieve.com[/box]

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Ilustración: Alex Xavier Aceves Bernal

Al sonoro rugir del tacón

Ilustración: Alex Xavier Aceves Bernal
Ilustración: Alex Xavier Aceves Bernal

por Karla Tamayo

Hubo un tiempo en que los hombres eran hombres y las mujercitas se quedaban en la casa, atendiéndolos, como lo que son: mujercitas, dice resoplando mi tío Juan. Yo nomás lo miro haciendo como que la virgen me habla, porque si llegara a saber un solo detalle de mi vida, ¡jo!, quién sabe lo que pasaría. Lo dice encendiendo un Alitas, tocándose los huevos y mirando despectivamente y con un poquito de lujuria a Lola, mi hermanita, que en vez de estar haciendo la comida hoy que es domingo, está recostada en el sofá leyendo a Mariano Azuela, para su trabajo de la Novela de la Revolución. Yo nomás me quedo callado, ¿qué puedo decir?

Mamá sale de la cocina con los platos, lo mira con cierta conmiseración y le dice:

Ay, Juanito, esos tiempos ya pasaron. Lola, dile a tu tío que el libro que tienes en las manos es el único sitio donde pasan esas cosas.

Lola solo sonríe, yo sigo poniendo la mesa.

No, Gloria. Tú sabes que lo hombre se hace, no te vaya a salir mampito alguno de tus hijos por andar con esos piensos.

Mamá me mira y suelta una  risotada enérgica.

¿De qué te ríes, Yoya? ¿A poco este es mampo?refiriéndose a mí de nuevo, con su cara de guarro. Tuve ganas de mentarle la madre, pero resulta que su madre es mi abue.

        —¡Ya está la cena! -grita mamá, y todos nos apresuramos a sentarnos alrededor de la mesa. 

¿No iba a venir Fernando? pregunta el tío.

Viene en un rato, Juan.Come.

El tío Juan orquestó las conversaciones que fueron de los recuerdos, que no son suyos, de la revolución mexicana a la manera adecuada en la que un ranchero debe ayudar al toro a preñar una vaca. Como puede intuirse, los temas revolucionarios tocaron a Lola y los de la vaca a mí. Me dio un asco… que varias veces estuve a punto de vomitar sobre la mesa.

         A las 8:30, casi cuando terminábamos de cenar, se escucharon unas risas fuertes, claras, limpias, que provenían de la escalera.

Es Ferrushle dije a mamá, quedito.

Juan, ¿quieres postre? Fer dijo que prepararía uno de fresas. Te gustan las fresas, ¿no?

De pronto se oyó que metían la llave en el cerrojo, luego la hicieron girar y por fin se abrió la puerta:

¡Hola, familia! dijo Fer.

Mi tío, que intentaba raspar el fondo del plato que había quedado lleno de queso dorado, alzó estrepitosamente la mirada. Conforme iba subiéndola por el cuerpo de mi hermano (que estaba lo bastante atractivo, fuerte y acicalado para levantar miradas, miembros, envidias, no sé), iba proporcionalmente abriendo la boca. Fer sonreía con ese gesto casi angelical que lo caracteriza. Todos celebramos su llegada.

¡Tío Juanito!dijo.

Y todos nos quedamos callados, incluso Ernest, que se había quedado en el pórtico y tenía, como siempre, tanto que contarnos sobre cualquier cosa por irrelevante que esta fuera. Se escucharon como balazos los tacones de Fer que atravesaron el salón hasta llegar frente al tío Juan, que para entonces estaba pálido, con la mandíbula desencajada: tac, tac, tac, tac, tac, tac, le dio un beso en la mejilla y le dijo algo al oído que no alcanzamos a oír; sin embargo, todos sonreímos un poco medio escondiéndolo, otro medio expectantes. El tío Juan se puso rojo, luego verde, luego otra vez blanco, se le hincharon las venas de la frente, como cuando hay mucho sol o se pelea con la tía Vero. Se levantó, lo miró a los ojos. Metió la mano en el saco y se oyeron los rugidos de nuevo: tres nuevos taconazos. Solo que esta vez los produjo un revólver.

México, D. F., mayo 19 de 2013

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Jardinero y poeta

por Salcon

 Mi papá era jardinero y poeta. Desde muy temprano hablaba con todas ellas, las acariciaba con sus melodías, las entretenía con sus palabras, las enamoraba con su bella y serena presencia.

Mi papá era un buen jardinero que traía a la lluvia con sus hechizos, al sol con su canto, al cielo estrellado con su amor de padre.

Mi papá era un buen poeta de cuyas frases nacían rosas, violetas, flores de jacaranda, magallis, nardos, pétalos multicolores, lilas, hortensias, geranios, orquídeas, mastuerzos, magnolias, madreselvas, hiedras y girasoles.

También era amigo del viento, los árboles y los gatos, de los perros aulladores, de las ratas de pradera, de las orugas, de los mosquitos, de las lombrices, de las golondrinas o de las arañitas de los troncos y de las catarinas.

Él intercambiaba pensamientos con las lagartijas, los chapulines o las mariposas. Su risa contagiosa provocaba la algarabía de las aves, a las cuales llamaba hijas.

Mi papá era jardinero y poeta que con sus manos daba forma al más hermoso y acogedor de los jardines, y con sus labios les contaba a todos ahí lo que había vivido y viajado. Amaba el mar y a sus cristales millonarios.

Mi papá era jardinero y poeta mientras soñaba. Cuando despertó un día se convirtió en riachuelo que se fue por debajo de la tierra y de las inmensas piedras.

—–(05 Junio 2008)

14:17 horas

Magalli Salazar, 2013
Salcon, 2013

 

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Hotel Pop Life


por Reilita

¿Cómo sería mi hombre perfecto?

Mi hombre perfecto sería aquel que después de una larga noche de trabajo, en vez de ir a casa a descansar, tuviera ánimos de estar dentro de mí, empeñado en hacerme llegar a las estrellas

Iríamos a un hotel diseñado para el cogimiento puro, como un parque de diversiones XXX, con Mundo acuático (Jacuzzi y regadera), Villita SM-Bondage (La esquina del sacrificio y estructura de tubos con asiento acolchonado) y la Tierra de las posiciones (La enorme cama, la silla giratoria y el sillón tantra). Seis horas: $600.00

Para lavarnos la noche de trabajo, mi hombre perfecto me invitaría a la primera atracción del Mundo Acuático: La Ducha, con espacio suficiente para tener una fiesta grupal, regadera de lluvia que mojaría nuestros cuerpos que se enjabonarían uno al otro, resbalando las manos, resbalando mis senos desde su pecho hasta su espléndido sexo, rodeándonos los brazos del otro, subiendo y bajando, divertidos. Yo me daría la vuelta y tendría la grata sorpresa de ver que hay un tubo para sostenerse. Él y sus manos, la espuma, mi cuerpo en absoluta disposición a sus recorridos, a sus caricias que reconocen mis volúmenes, mis valles, la búsqueda en mis muslos, el remolino de sus brazos. Yo, electrizada, húmeda en caliente, y por primera ocasión entra. Claro. Contundente. Fuerte. Y se queda quieto dentro, en espera de que pase la sorpresa y
cuando yo volviera a tomar aire, él empujaría de nuevo, esperaría otro instante, disfrutando la estrechez inicial, se hundiría. Empujaría, empujaría abriendo, desgarrando como a mí me gusta. Mis ojos temblarían, mis piernas temblarían…

Mi hombre perfecto entendería de cadencia y de ritmo y en la comodidad del agua caliente del jacuzzi, podría yo flotar cara arriba. Él hincado, abriría mis piernas, mi vagina cerrándose por el agua, haría la penetración más ardua, apretada. Él podría dirigir el columpiar de mi cuerpo flotando, la espuma resbalando en nuestra piel. Fuera, dentro. Fuera. Dentro, acariciando mi cuerpo resbaloso sin peso…y en ese flotar y casi llegar nos mantendríamos por largo tiempo… Después, boca abajo, aferrados a la orilla, con fuerza, demasiada fuerza, cuando el dolor deja de serlo, seguiría entrando enorme, enorme en mí, yo aguantando, apenas gritando, gimiendo escaso, perdiendo la cordura y sus palabras resbalando en mis oídos, sintiendo la gloria, la electricidad en mis piernas, llegaría tan intenso que sentiría el líquido caliente que las paredes de mi cueva exudan.

Para jugar en la Villita SM-Bondage, mi hombre perfecto sabría de intensidad, entendería el dominio sin violencia, jalaría el cabello de mi nuca y me atraparía con su cuerpo contra la esquina acolchonada para encontrar maneras de divertirnos aunque la llamada esquina del sacrificio esté incompleta y la barra para agarrarse levantando los brazos no estuviera, él mantendría mis brazos en alto sosteniendo mis muñecas con una de sus manos mientras con la otra me recorrería lentamente, apretando, pellizcando desde mis rodillas, presionando, llenando sus dedos con mi piel y mi carne, subiendo, metiendo su mano en el hueco entre mis muslos, rozando la humedad de esos pliegues, y seguiría subiendo, con mis brazos en alto, mis senos a su disposición, los frotaría y acercaría su boca, rozando con su barba, sus labios, acariciando, su lengua probando, saboreando, su boca succionando, los besos…al cuello…mi oreja…su lengua…su mano, sus dedos jugando en mis pliegues…acariciando, entrando, haciéndome esperar, queriendo que suplique…

En la estructura tubular con asiento acolchonado a los pies de La cama de la tierra de las posiciones, mi hombre perfecto me sentaría y yo podría sostenerme de los tubos y echar mi cabeza hacia atrás mientras él levantaría mis piernas, sobando su carne, viajando su extensión, abriéndolas. La altura es ideal, con la punta de su verga juguetearía en mis pliegues, induciendo al deseo, a la urgencia, desquiciándome con su sadismo para que le suplicara: Mételo, mételo ya. Me penetraría despacio sin prisas, sin fuerza, desquiciando mis ansias y lo vería a los ojos, ya no diría nada. Extendería mi lengua, ofreciéndola en silencio y él se abalanzaría para aprisionarme en sus labios, apresurando la entrada, la fuerza creciendo: Yo me soltaría de su boca y estirando hacia atrás mi cuello, dejaría mis senos otra vez para él, para que los besara y los mordiera y los lamiera, mientras empuja y casi me caería y mejor nos detendríamos para poder voltearme y agacharme sobre el asiento acolchonado, quedando en una de mis posiciones predilectas, él diría: “empinadita, mi vida, mmm”. Y a darle gusto, bien agarrada de los tubos, gritando sin control, casi cayendo de frente pero no, seguir y seguir hasta que diga: “me voy a venir”…pasarán unos minutos más de fuerza intensa, ritmo rápido, estridente y explotará dentro de mí, el líquido que imagino dorado me cubrirá y lo apretaré, manteniendo presionada su verga dentro de mí, como alas de mariposa, provocándole un intenso y casi doloroso placer. Apretar y soltar y lo iré sacando, apretando y él solo gemirá: ¡aaahhh!, hasta exprimirlo fuera y caería sobre mí cansado, riendo, gimiendo…

Mi hombre perfecto sabría que debe excederse con el lubricante para jugar a penetrar la estrella. Bañaría sus dedos, empezaría con uno, entrando y saliendo, buscando, girando, dilatando, dos dedos…fffuuu……Él vertiría más del líquido suave y espeso sobre el condón que aprieta la furiosa verga. Empujaría, poco a poco, así, con la punta hacia abajo, con suavidad, penetrando. Esperaría, paciente. Poco a poco. Milímetro a milímetro. Me haría gritar: “¡Dioses!, está muy grande”. Alcanzaría mi clítoris, ese botoncito, lo sobaría, lo frotaría hasta provocar en mí la euforia de empujar mis nalgas hacia él. Y él no dejaría de pasear entre mis pliegues y el botoncito, ese condenado botoncito que cuando él toca, pierdo. Y me haría sacudirme y sorprenderme de tener tal bestialidad en mi culito y ver con triunfo que no duele y que es un buen camino para tocar el cielo. Y entre mis movimientos, él estaría perplejo, con cierta cautela para no excederse, yo lo incitaría diciéndole: “Vamos, dale. Ahora puedo. Dale duro, que sí aguanto. Fuerte, tan fuerte como quieras…no quites tu mano de ahí”…y él respondería embistiendo al intenso golpear de mis caderas hacia atrás, flotaríamos juntos, delirando, sorprendidos, jadeantes en una larga laguna de placer.

Mi hombre perfecto sabría usar su lengua para dejar su rastro húmedo ardiendo en mi piel, en mis rincones. Sabría usar su rodilla para presionar entre mis piernas, empujando… Él tendido sobre su costado me llevaría suavemente a montarme en su cadera, me acomodaría sobre el hueso de su pelvis y poco a poco aquello se convertiría en un auténtico potro mecánico, yo, con la espalda erguida, él sostendría mis caderas, impulsando mi vaivén. Sabría decirme tales obscenidades que yo sólo querría azotar mi vagina contra su costado, frotando desesperada mi sexo hirviente contra él, hasta sentir la tensión, la euforia, el grito entrecortado, el abandono de fuerzas, el éxtasis, montada en mi toro mecánico personal…

En el sillón tantra no hace falta imaginación, hace falta conocimiento y si no estuviera en su lugar el catálogo de posiciones, mi hombre perfecto de la era digital, podría en su teléfono entrar a Internet y buscar así, tal cual, “sillón tantra” y encontraría un sin fin de posiciones. Pasaríamos largo rato probando, disfrutando de las tantas formas de tenerlo dentro, arriba, de espaldas, tendida hacia atrás, hacia adelante y él por todos lados, llenándome, gozándome, quitándome el aliento, derritiéndome en sus manos, volteando, chupando, probando, sentada, de pie, piernas al aire, él profundo, se mueve, se detiene, le gusta desesperarme… Mi hombre perfecto la tendría tal cual la delicia que llevo trece años comiéndome.

Mi hombre perfecto tampoco sabría para qué diantres es la silla giratoria…bueno, ni falta que nos haría.

Un pequeño detalle casi sin importancia, mi hombre realmente perfecto, llevaría por nombre Eduardo. Tal vez le cambie el nombre a este que tengo al lado para volver a empezar.

Hotel Pop Life

Revolución No.737, Colonia Mixcoac, D.F.

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Hombres cabales. Entrevista con Martín de la Cruz López Moya.

por Ivelin Meza

El estudio de las masculinidades en México es todavía un tema por demás ausente en la información cotidiana sobre género. En el Distrito Federal, por ejemplo, las políticas que promueven el respeto y la igualdad devienen, las más de las veces, en parches que fomentan la victimización y criminalización que dicen mejorar la convivencia social, pero perpetúan las divisiones. De ahí la importancia del trabajo de Martín de la Cruz López Moya, a quien busqué cuando supe la existencia de su libro “Hacerse hombres cabales: masculinidad entre tojolabales”.

Un intercambio de correos valió para que aceptara ser entrevistado vía internet, ya que reside en Chiapas. Sencillo y de voz agradable, tuvimos una charla breve y amena.

Esta investigación comenzó alrededor de 1997 a raíz de un programa de salud reproductiva tema en esos momentos de moda en la región tojolabal1. En este programa me percaté que el tener hijos era un acontecimiento de gran relevancia para las comunidades. A pesar ello, se me hizo peculiar que cuando había dificultades en la concepción, todo el conocimiento médico local se vertía hacia la tarea de restablecer la fecundidad de la mujer, asumiendo el problema como propio de ella y obviando la posibilidad de infertilidad en el varón. Pero, además, otra particularidad dentro de este contexto era el precio de los nacimientos: cuando nacía un niño, el coste de la partera era más elevado que cuando nacía una niña”.

En el contexto en que trabajó Martín de la Cruz -las comunidades de Las Cañadas, Las Margaritas y Comitán, en Chiapas-, el hombre cabal es definido por las representaciones de su cuerpo y pensamiento. Por un lado, el cuerpo debe estar completo y pleno en sus funciones: tener una dinámica heterosexual, ser capaz de procrear y ser consecuente en las prácticas de vida cotidiana, como el matrimonio: “Es una prescripción, un acuerdo social que un hombre debe casarse (buscar a la mujer, cortejarle y hacerla su esposa), lo cual no difiere en mucho en otros contextos culturales, urbanos y en otras sociedades”.

Por otro lado, su pensamiento debe ser cabal: “representar a su familia, mediar ante la sociedad (desde el médico y las autoridades hasta el cura, por lo cual tiene que hablar fluidamente español) y tener la capacidad de mando, pues es la autoridad”.

No obstante, hace énfasis en que ese hombre cabal, siempre está en construcción:“Nunca está determinado y por eso es preciso especificar que mi estudio sobre las masculinidades se construyó a partir del registro etnográfico y observación de campos de interacción, para evitar reproducirlo como estereotipo de las comunidades campesinas o tojolabales. Lo conveniente es mostrar que en ese campo de relaciones analizadas se construye un modelo de representación dominante de masculinidad porque es la que da contenido y forma a las relaciones cotidianas, pero no debe verse como la única. Hay marcos más amplios que delimitan la hombría o virilidad, inscritos en los propios ámbitos religiosos, en los medios de comunicación, la escuela, la iglesia, el trabajo, en los cuales negocian y se inscriben modelos dominantes de masculinidad más generales”.

Es precisamente por eso que el maestro Martín de la Cruz hace énfasis en la necesidad de que su trabajo sea visto desde el orden antropológico, ya que no busca decir verdades sino “aproximarse a un fenómeno, es interpretativo y de carácter etnográfico”. Pero además ve la masculinidad como un proceso relacional que se construye con el trato cotidiano, multidimensional ya que varios campos convergen para construir sus modelos, como el religioso, el económico, laboral, las relaciones de pareja, etcétera, histórico pues cambia de sociedad en sociedad, de generación en generación, de lugar en lugar, incluso en la trayectoria de vida de las personas, y situacional, pues se activan maneras de relacionarse de acuerdo a los contextos en que se encuentran.

En este sentido, la especificidad de la definición tojolabal, es meramente una forma de ubicar su investigación:“No hablo de indígenas sino de tojolabales pues los indígenas no son un todo homogéneo, tienen distintas calidades y modos de vida, diferentes costumbres, incluso dependiendo de sus inclinaciones religiosas o políticas. Los estudios de género deben hacerse respetando las particularidades para, por ejemplo, crear políticas públicas congruentes con las diversidades y contextos sin pretender definir un estereotipo dentro de la comunidad.

Es necesario ponderar la diversidad humana, superar la categoría del hombre o indígena o mujer, ya que es una expectativa social y exigencia incluso de las propias mujeres, quienes participan de las formas de dominación masculina. En las comunidades mismas, las suegras, abuelas, parteras tienen más jerarquía, asumen relaciones de poder que se construyen por exigencias sociales.

Hay un imaginario colectivo que construye modelos de representación de los cuales todos participamos, aunque las mujeres sean las más vulneradas. Por ejemplo, en cuanto a los tojolabales, hay situaciones que ponen en prueba al hombre cabal. El jokwanel (rapto) exige al hombre robarse a la mujer violentamente para hacerla su esposa. Sin embargo, muchas de las veces es un rapto negociado, simulado, a veces porque las formas tradicionales católicas de contraer matrimonio son lentas y costosas, o no hay forma de pagar una dote, por lo cual se actúa el acontecimiento. En este proceso, las mujeres cercanas pueden colaborar al rapto (amigas, hermanas, la madre), ya que es una imposición social de la comunidad aunque pueda resultar en algo precario y vergonzoso para el hombre si, por ejemplo, la mujer es más fuerte que él y se defiende”.

Y habla sobre la importancia de las masculinidades: “El tema de las masculinidades es relevante porque hay que tomar en cuenta que el género es una construcción cultural, independientemente de si se es hombre o mujer. Es un campo de conocimiento que se tiene que trabajar porque se da mucho por sentado, tanto desde el punto de vista de la investigación social, como del sentido común en las relaciones cotidianas. Muchas veces se consideran las diferencias como si fueran asuntos naturales, lo cual invisibiliza modos de vida en los cuales puede haber mucha violencia tanto para hombres como para mujeres.

Hace falta ver a las personas como personas, ponderar la condición humana, independientemente de que sean indígenas, hombre o mujeres, lo cual nos ayudaría a romper con estereotipos. No es lo mismo ver a alguien como indígena/mujer, que como persona, como seres humanos que sufren, gozan, ríen.

El ejemplo del libro sirve para cuestionar estas maneras dominantes que existen en cualquier contexto porque esto del hombre cabal se puede traspolar a otros lugares, no tanto con ese adjetivo pero sí como modelos dominantes del ser hombre. Existe una gran necesidad de trabajar en estos campos desde una posición menos desideologizada, por ejemplo, como dice Chandra Mohanti, el feminismo occidental ha querido ver a las mujeres del tercer mundo como un grupo homogéneo, cerrado y sin historia. Si nosotros seguimos con este esquema, solamente reproducimos un mismo discurso y creamos unos estereotipos de victimización.

Me parece que el estudio de las masculinidades debe desarrollarse tomando en cuenta la diversidad de las personas, concretamente, porque es bien fácil dirigir políticas desde esquemas muy generalizantes. Hay que analizar y ver que tanto la categoría de hombre como el de mujer siempre van a estar en proceso y que van a haber muchas maneras de ser. Hay que dejar de clasificarnos simplemente como hombres y mujeres pues es como reducirnos a esos grandes grupos e ignorar que cada persona es muy particular”.

Casi al terminar la charla, Martín de la Cruz me reitera la necesidad de que su trabajo se vea ajeno a los estereotipos con que a veces nos acercamos a los hablantes de lenguas indígenas, inclusive por la forma metodológica de su elaboración “replicable a cualquier sociedad”. Aclarado lo anterior, pregunto si tiene algún otro proyecto en puerta relacionado con los estudios de género.

Sí varios, aunque últimamente he tenido otros temas de trabajo. He migrado de las masculinidades a la antropología de la música, por lo que he estado viendo la conexión entre masculinidad, música y sexualidad: cómo se construye la subjetividad masculina y la sexualidad a partir de ciertos gustos musicales”.

Así que, mientras espero su próxima investigación, les recomiendo que lean la reseña de su libro, publicada aquí mismo.

1Etnia que habita en la zona centro oriental del estado Chiapas, México

[box type=»shadow» align=»aligncenter» ]Martín de la Cruz López Moya es sociólogo y maestro en antropología social por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, con estudios de doctorado en el área de Comunicación y Política de la Universidad Autónoma Metropolitana.
Desde el año dos mil se desempeña como investigador y profesor de posgrado en el Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (CESMECA-UNICACH). Participa en el cuerpo académico “Sociedad y Cultura en Fronteras” en la Línea de Investigación “Globalización y Culturas Urbanas”. Cuenta con el reconocimiento como Investigador Científico Nivel II por el Sistema Estatal de Investigadores en Chiapas.
Entre sus publicaciones destaca el libro: “Hacerse hombres cabales. Masculinidad entre tojolabales”, editado por el CIESAS y la UNICACH y varios artículos y capítulos de libro donde aborda, desde una perspectiva antropológica, las expresiones de la música popular en Chiapas; publicados en revistas y libros arbitrados, de manera individual o en coautoría. Actualmente coordina el proyecto de investigación colectivo “Consumo Cultural e Imaginarios Urbanos en el Sur de México y Centroamérica”.
Contacto: martindelacruzl@yahoo.com.mx [/box]

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Oscar Mondragón, 2013

Sin pelos no hay paraíso

por Oscar Mondragón

—Me encanta que seas tan varonil, el vello de tu pecho… me gusta que no te lo recortas; ése es un hombre. —Me lo dijo mientras seguíamos acostados mirando el techo. Era ese momento de reflexión que a veces le sigue a una buena sesión de sexo; ¿En serio? ¿Así es un hombre? Me lo pregunté realmente, como muchas otras cosas que me he preguntado acerca de ser hombre, no es que antes no hubiera pensado al respecto, es más bien que escucharlo de su boca le daba un peso distinto.

Efectivamente soy un hombre peludo, lo he sido desde hace ya bastante tiempo. El vello de mis antebrazos ha estado ahí desde la primaria, una capa abundante de un vello muy delgado pero siempre obscuro; es a la familia de mi madre a quien parece que debo este rasgo, específicamente mi abuelo ostentaba unos antebrazos que durante mucho tiempo consideré los más velludos del mundo.

Justo durante la primaria y una década después mi impresión era que los hombres peludos eran más bien una rareza y hasta pensaba que enfrentaría rechazo por ser como soy. Recuerdo muy bien que dos señales definitivas fueron darme cuenta que ningún Ken y nadie en Salvados por la campana, Beverly Hills 90210 o Dawson’s Creek tenía vello en el pecho, por lo menos ninguno de los personajes principales. Al crecer y estrenar mi mirada en el mundo del porno descubrí con pesar la misma circunstancia, ahí incluso era peor ¡Estos tipos no tenían pelo ni en las bolas!

El vello de mi pecho, referenciado en las primeras líneas, comenzó a aparecer a los dieciséis años en la forma de una segunda aureola rodeando mis pezones y creciendo hacia el centro hasta cubrirlo finalmente alrededor de los veintiuno.

He aprendido a apreciarlo a través de los años y he pasado incluso a sentirme orgulloso de mi peluda anatomía, vino entonces otro momento de duda y cuestionamiento, ya que la imagen mainstream de lo masculino se ha visto interferida desde hace algunos años por personajes tan diversos como Ari Telch, el peludo galán de la telenovela Mirada de mujer y la figura del metrosexual años después. Así, puedo ver que ahora conviven varias imágenes de cómo luce un hombre de verdad, según un par de amigos esto ha llegado al extremo de transformarse en una velludocracia que privilegia nuevamente a los hombres velludos. Creo que esto tiene que ver más con que las barbas se han puesto de moda a últimas fechas.

El más preciado elemento piloso para mí siempre ha sido la barba. La barba representa un triunfo, es la culminación del paso por las edades y el símbolo de madurez por excelencia, sin embargo, hay otros aspectos más obscuros de ese fetiche con las barbas.

Desde la adolescencia el signo inconfundible del intelectual, el disidente, hippie o comunista, doctorante o crítico de arte, filósofo o activista, da lo mismo; el punto es que me dejé hundir en una mentira tan profunda que aún ahora me la creo: los hombres barbados son más interesantes. ¡Y vaya que se me ha decepcionado!

Pero qué hay de quienes no tienen, ni tendrán barba o vello corporal? Más de un amigo me ha hecho notar la polaridad de la situación, además de lo contundente del mandato de esa nueva velludocracia y he podido hacerme una opinión más clara respecto a la oposición peludos/lampiños.

Disfruto mucho ser peludo, pero me causa mucho conflicto que esa siga pareciendo una señal inegable de la masculinidad del macho alfa, sobre todo después de las confusiones y los cuestionamientos a los que me ha llevado mi encuentro con el feminismo. Es justo a través del feminismo que he logrado nombrar muchas de mis incomodidades en el ser hombre tradicional y la mayor parte tiene que ver con las imposiciones y las normas inflexibles. Para mí ser peludo es cómodo en cuanto a una característica propia sin que eso me obligue a ser necesariamente un hombre de verdad y el ser lampiño me parece muy bien en tanto que no sea el mandato de cierto modelo de lo masculino, lo atractivo o incluso lo limpio y me imagino que la percepción de por lo menos varios amigos coincide en este punto.

Nadie está obligado a ser de tal o cual forma para confirmar lo que se espera de su género (en caso de identificarse dentro de alguna de las acartonadas cajas de hombre o mujer) y yo seguiré sintiéndome a gusto con mi recubrimiento mientras no se me exija jugar ese papel que considero tan obsoleto: el del macho bigotón.

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