Abrir publicación

Los chicos no lloran, tienen que pelear. Sobre mi encuentro de vida con la colectiva la Lleca, homenaje

Por Lia García (La Novia Sirena)

 

El beso prohibido

Aquella noche
en la playa
los relámpagos
fueron fotografías
tomadas desde lejos
desde otro mundo,
desde otro tiempo.
Para dejar huella
y que nunca jamás
se olvide
toda la tormenta
que puede provocar
un solo beso,
un solo abrazo.

Anaís Abreu D’ Argence

 

La Lleca abre una puerta a muchos mundos posibles para quienes pertenecemos a ella. Desde hace más de 10 años Lorena Méndez y Fernando Fuentes, artistas feministas mexicanas, fundadoras de la Lleca, han hecho que los afectos y la sensibilización corporal radical se apropien del sistema penitenciario mexicano y de la vida misma de quienes hemos conformado esta colectiva de disidencia feminista, anarquista y con una propuesta contundente que ha permitido que aún en el encierro exista la libertad absoluta que se reflexiona y se construye de una manera completamente potente y política: la colectividad.

Lorena Méndez y Fernando Fuentes han trabajado desde una propuesta radical de performance y pedagogía en casi todas las cárceles de la Ciudad de México y en algunas de otros países de Latinoamérica. Creo que su metodología, para quienes hemos tenido la oportunidad de colaborar y pertenecer a este espacio afectivo ha sido una desobediencia feminista a las normas sociales que construyen los muros grises y desolados de las cárceles, ya que ellas con todo y su cuerpo que contiene el alma y el espíritu han permitido que suceda lo imposible: construir desde el amor en la cárcel (como llamó Quetzal Belmont el trabajo de la Lleca) disponible en:

http://www.bancomundial.org/es/news/feature/2017/01/05/construir-desde-el-amor-en-la-carcel

Mi primer acercamiento con la Lleca sucedió en el año de 2010, cuando me encontraba realizando mi servicio social en el Centro Femenil de Reinserción Social Tepepan. En aquel entonces, me encontraba formándome como pedagoga y por ende, estaba en el área educativa del centro. Básicamente me dedicaba a aplicar pruebas psicométricas a las internas que estaban recién llegadas al reclusorio para poder ubicarlas en algún nivel escolar de los que ofrecía el centro: desde primaria, hasta licenciatura. Otra parte importante de este diagnóstico consistía en presentarle a las internas los talleres de sensibilización y actividades diversas que ofrecía el Centro Educativo para que decidieran si querían ser partícipes de alguno y contribuir a su proceso de reinserción.

Recuerdo que en el reclusorio que todas llamábamos Tepepan, existía el área pedagógica, que era donde se realizaba este diagnóstico integral y por otro lado se encontraba el Centro Escolar que era donde estaban los salones para llevar a cabo las actividades educativas (formales y no formales), también, en ese pasillo se encontraba el área cultural que propiciaba el arte como medio de liberación por medio de los talleres que ofrecía. Recuerdo con mucho amor y ternura a una interna que casi todos los días se aparecía en los pasillos de esta área a la que yo pertenecía: Marcela.

A Marcela, que todos llamábamos Marcelita, le encantaba cocinar, de hecho, uno de sus trabajos dentro del centro era pertenecer al equipo de la cocina que hace día con día la comida para alimentar a las internas que así lo deseen, misma que llaman el rancho. Marcelita era una chica de cabellos chinos, con ojos grandes y una sonrisa que siempre nos daba la bienvenida a quienes nos cruzábamos por su camino, participaba en múltiples actividades culturales y escénicas y se encontraba estudiando la primaria. Ella, con todo y esa energía tan afectiva y llena de amor fue quien me presentó a la Lleca, no fue casualidad que una mujer con ese tinte afectivo por la vida me permitiera cruzarme con quien ahora es una de mis amigas más admiradas, amadas y con quién comparto mi vida cotidiana: Lorena Méndez.

Una tarde cualquiera, de esas en que me quedaba en el reclusorio para adelantar horas de mi servicio social me encontré con Marcelita en los pasillos, ella con esa sonrisa que dibujo en mi mente y me transporta a ella, me dijo con una particular alegría: ¡Hoy es el día, voy a hablar de lo deliciosos que están mis chiles rellenos! Yo le pregunté ¿Hiciste chiles rellenos? Y ella me dijo: Sí, en la Lleca. Cuando respondió aquella afirmación mi interés por saber a qué se estaba refiriendo comenzó a aparecer en forma de más y más preguntas y finalmente con sus respuestas me condujo a la presentación que iban a tener como final de un periodo de trabajo con la Lleca y que hoy se encuentra documentado en uno de los archivos de la colectiva,

Mujer, deber, poder y placer, es aquel espacio escénico que propusieron las internas del centro femenil en compañía de la colectiva y que en palabras de Lorena y Fernando fue:

“Una propuesta de deseducación corporal que abordó la temática de la invención de la sujeto mujer y del cuerpo femenino en nuestra sociedad. Nos planteábamos la identificación de patrones y el análisis de cómo se gestan, mientras que íbamos generando formas de resistencia a estos desde la exploración y auto-observación de las participantes. Con reflexiones y ejercicios corporales abrimos un espacio para conocer más sobre quienes somos y que deseamos ofrecer y ofrecernos” (2009, La Lleca, 200 reos dijeron).

La propuesta que montaron en el auditorio de la cárcel de Tepepan y que fue producida y protagonizada por las compañeras excede la normatividad del encierro y permite que las internas salgan por medio de su voz y la memoria de ese espacio confinado y que violenta las relaciones afectivas entre las personas. ¿Cómo era posible que Marcelita saboreara sus chiles rellenos en compañía de sus otras compañeras? Pues sí, en la Lleca lo imposible se hace posible por medio de la performance que es esa posibilidad de fuga, creación colectiva y pedagogía donde el cuerpo con todo y sus vulnerabilidades, deseos y temores es el protagonista de la acción que detonan las artistas fundadoras y sus colaboradoras que en cada encuentro proponen nuevas formas de aproximación con las personas que están resistiendo el encierro.

No importa si uno es interno y el otro externo. En la Lleca, todos somos iguales y el trabajo tiene el objetivo principal de hacer que nuestras historias se crucen y que juntxs salgamos de todos los encierros que la sociedad construye en nuestras mentes y nuestros cuerpos. Esta colectiva permite que la piel se extienda cuando nos tocamos y respondemos al sistema carcelario que tensiona todo acontecer humano desdibujándolo y fundando nuevas fronteras entre los cuerpos. La Lleca, al igual que las personas encerradas, es un espacio de resistencia, rebelde ante los aparatos ideológicos del estado de Althusser que moldean una forma reducida y limitada de ser humanos.

Marcelita pudo hacer posible su sueño de saborear sus chiles rellenos, Ardían pudo salir del encierro por medio de aquellas interesantes y pedagógicas performances que Lorena y Fernando han propiciado desde el año 2004; 200 reos dijeron, Matrimonio colectivo, 365 días de performance, Juego de niños, La Novia, Una rota para muchos descocidos y cumpleaños colectivo entre otras, han sido esas otras realidades que hoy son posibles y que nos invitan a pensar de otro modo la cárcel, la educación, la masculinidad y sobre todo la vida misma.

Después de haberme encontrado con la Lleca por medio de una mujer como Marcelita, pude tener mi primer contacto directo con Lorena y Fernando en un seminario llamado Pedagogías en espiral que sucedió en el año de 2011 en el MUAC y que coordinaron Marisa Belausteguigoitia, Rian Lozano y Helena López. Sin duda alguna la intervención de la Lleca en este recinto me permitió percatarme que la transgresión no solo sucede en el espacio carcelario, se fuga a los museos, a las calles y a las escuelas y en verdad, es efectivo porque te sana el alma.

La Lleca llevo a cabo una sesión de trabajo en la cual nos contaron sobre sus intereses, metodologías y retos frente al sistema penitenciario mexicano realizando este tipo de trabajo que en palabras de Lorena, es incómodo y muy difícil de entender para el personal que conforma la burocracia carcelaria y que contiene a las personas: custodixs. Esa sesión pudimos ver los videos de algunas de las performances mencionadas anteriormente y realizamos una performance colectiva en la cual Lorena y Fernando nos invitaron a ponernos de pie, tomarnos de las manos y realizar el saludo con el cuerpo.

Tocamos nuestros cuerpos entre las participantes, y hacíamos que cada parte se saludara con la otra: mano con mano, pie con pie, nariz con nariz, oreja con oreja, cachete con cachete y hasta pompi con pompi. Ellxs nos compartieron que esta era la manera de comenzar a hacer Lleca en las cárceles, poniendo el cuerpo por delante de cualquier regla. Posteriormente, a modo de sorpresa y sin preguntar, nos vendaron los ojos a cada una de las participantes y nos pidieron que camináramos así, con la venda puesta sobre los ojos; se trataba de sentir el espacio con el cuerpo, y a las otras personas también, dialogar con nuestros miedos y prejuicios y dejarnos sentir con la piel.

De pronto, nos pidieron que nos detuviéramos y que nos acostáramos en el piso del aula que nos contenía. Una vez ahí, tendidos los cuerpos en el suelo, como cualquier día de sesión dentro de la cárcel, Lorena y Fernando, se aproximaron a nuestros cuerpos cada vez más para decirnos en secreto, una historia que contaba la vida de personas que estaban resistiendo el encierro, terminaban esta acción con un abrazo profundo y eso nos permitía contactar con esa persona que ellxs trajeron al espacio con su voz y su cuerpo.

La manera tan potente que tiene la Lleca de transgredir los espacios no solo carcelarios, por medio de la performance radical esta enraizada por una política feminista que han explorado a lo largo de los años de la mano de grandes autoras feministas como Megan Boler, Francessca Gargallo, Helen Cixous o Bell Hooks, esto ha delineado una ética de los afectos y los cuidados para poder entender el trabajo de la Lleca que interesantemente ha excedido el espacio central de trabajo de la colectiva y  se ha expandido a la cotidianidad de un mundo que posibilitan Lorena y Fernando.

Con esto me refiero a que la acción afectiva esta presente siempre; ya sea en la cárcel o fuera de ella. Actualmente Lorena Méndez es profesora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y es muy interesante como ella ha trasladado el trabajo político de la Lleca a las aulas de la universidad. Lorena vuelve a resistir en la academia y propone una nueva forma de trabajar desde el cuerpo que dinamita las relaciones  maestro-alumno, enseñante-aprendiz, adulto-joven. Esta nueva forma permite tensionar las relaciones de poder que se dan en las instituciones y volver a fugarse cuando el cuerpo aparece.

Por otro lado Fernando Fuentes, continua trabajando con el tema de la masculinidad desde una propuesta corporal que vuelve a tomar la performance como posibilidad de transformación social que tensiona los cuerpos y la manera que tienen los hombres de comunicarse entre sí, Fuentes, con su propuesta, invita a los hombres con quienes trabaja a relacionarse de maneras más afectivas y a hacer conciencia del papel que han tenido los hombres en el mundo que violenta e invisibiliza a las mujeres.

Hacer Lleca, como dicen ellxs, es afectarnos también entre las amigas. Lorena y Fernando son amigas muy amadas con quienes he compartido momentos muy especiales y fuertes en la vida. Poco a poco después de aquel seminario nos fuimos conociendo, sintiendo y construyendo, nos enamoramos y finalmente resistimos juntas. Una de mis experiencias mas satisfactorias al pertenecer a la colectiva ha sido el poder cuestionarme a mi misma, conocer mis límites, temores, deseos y objetivos. Ahora puedo acercarme a la cárcel de otro modo y darme cuenta que ahí también existe la libertad y que es necesario desobedecer en ciertos contextos donde el cuerpo esta olvidado, desdibujado y es objeto de burla.

La Lleca fue mi primer contacto también con el tema de la masculinidad, pues en aquel entonces, asumiéndome como homosexual, Lorena me enseñó a dejar mis miedos atrás y a relacionarme con hombres heterosexuales de un modo afectivo: contándoles sobre mi historia personas y proponiendo metodologías corporales para hablar de este tema que es tan complejo en un mundo androcéntrico. Poco a poco pude desarrollar algunas performances con los hombres que pertenecían a la colectiva y que ya se encontraban sensibilizados al tema. Una vez en el reclusorio norte me acosté con Johnatan en el piso, nos tomamos de la mano y Lorena nos adhirió al suelo con cinta adhesiva mientras declamábamos un poema de denuncia a la masculinidad hegemónica en la cárcel que invisibiliza a los cuerpos feminizados. Esta es otra forma de exceder el imaginario del arte contemporáneo, pues el trabajo de la Lleca cuestiona la performance, los límites del arte como intocable e incluso la formación del artista que muchas veces, deja del lado el cuerpo como punto central de la creación y la propuesta de intervención.

Cada uno de los performances de la colectiva e incluso las acciones personales de Lorena que también ocurren en la cárcel, nos invitan a des-centralizar la performance y a acercarnos a una propuesta feminista de acción que tiene que ver con la escucha activa y la posibilidad de intervenir la masculinidad desde el afecto, la seducción y la vulnerabilidad. La artista nos cuenta que es a partir del trabajo con su propia feminidad que se acerca a los hombre y permite que su mirada patriarcal hacia el cuerpo femenino cambie y se acomode a nuevas formas de relacionarse.

La amistad que he podido construir con Lorena y Fernando es también un producto del trabajo que proponen, pues todo el tiempo están construyendo otras realidades y formas de comunicación entre las personas, eso es lo más interesante de la Lleca, que entra y sale de la cárcel para cuestionar, reflexionar y construir la colectividad afectiva. En un mundo inundado de violencia, estos espacios son necesarios y quizás son el camino para la sanación. Actualmente, con Lorena, Elisa, Vania, Valentine, blanca y Mónica hacemos Lleca en el reclusorio norte con un grupo maravilloso de mujeres trans* que resisten al encierro, mientras que Vania, Brenda e Iván, acuden con las compañeras de Santa Martha Acatitla. Para mí es un verdadero honor hacer un homenaje a la colectiva la Lleca, donde me he formado y he aprendido que el amor SI es una política de transformación.

Lo afectivo es lo efectivo y aquí se hace posible. Larga vida a la Lleca.

Les recomiendo leer información muy contundente y potente sobre el trabajo de la Lleca en la siguiente lista que he realizado para este artículo además de ver el video que se presenta en el mismo, disponibles en la web:

-Cómo hacemos lo que hacemos. La Lleca. Proyecto fonca

-El arte acción, la palabra y el afecto se apropian de la cárcel; la Lleca

Por Elia Espinosa.

-Arte activista/Arte Político. Reflexiones en torno al trabajo del colectivo la Lleca con adolescentes varones en situación de reclusión.

Por Cynthia Pech.

-Apuntes de una performancera en acción. Por Lorena Méndez Barrios.

-200 reos dijeron. Por la Lleca, proyecto fonca.

-Construir desde el amor en la cárcel. Por World Bank Group, Quetzal Belmont

-REC del preso en resistencia. Por la Lleca, proyecto Fonca.

-Manual de afectos, cuerpo y educación feminista. Por la Lleca, proyecto coinversiones fonca.

-De la Lleca al PUEG: Un recorrido a través de la prisión y la academia. Por Briseida Alicia Echaury Olmos para Pedagogías en espiral.

-Bitácora del 24 de Junio de 2010. Por Lorena Méndez para Arte y políticas de identidad vol. 3.

*Fotógrafa: Constanza Moctezuma. Archivos la Lleca.

[divider]

Lia García. Nació en el año de 1989. Es originaria del sur de la Ciudad de México donde actualmente reside. Es defensora de los derechos humanos de las personas trans* y aprendiza feminista.

Estudió Pedagogía y Artes Visuales en la Universidad Nacional Autónoma de México realizando la investigación Puede besar a la novia: la experiencia del cuerpo trans* como una pedagogía afectiva en la cual trabajó los cruces entre la pedagogía radical, el feminismo de los afectos y los cuidados así como los estudios de performance.

Abrir publicación

Un perro sin correa

Eldi Dundee FetBoy No 1. (Bound) 2011
Eldi Dundee
FetBoy No 1. (Bound) 2011

Anjesen / Luis Humberto Molinar Márquez

Un hombre de mediana edad entra a su casa en las afueras de la ciudad. Entre cientos de casas aún vacías, la suya no tiene en realidad ninguna pecularidad. Es una morada de interés social pequeñísima, con un espacio grande que es habitación y sala de estar y un baño diminuto y nada más. Ha sido un día de trabajo muy duro y lo único que el hombre quiere es tirarse en su colchón a ver la serie de televisión que ha conseguido en DVD el día anterior. Apenas cruzando el umbral oprime el botón del apagador pero la habitación sigue a oscuras. Decide tirarse así, en la negritud de un cuarto que refleja la negritud de su vida. El control remoto de la tele debe estar tirado por ahí, entre el tazón de las palomitas vacío y una sábana echa bola que huele a sudor de semanas.

    Se quita las botas, se desabrocha el pantalón y lo deja caer a sus pies. Dando un paso se sale de él y se sale de su día. Se quita los calcetines con la mano, se desenfunda la playera y la bota hacia el rincón más alejado de la puerta del baño, para no tropezar con ella cuando tenga que ir a orinar. En la intimidad de su desnudez, se deja caer de espaldas.

El golpe tan fuerte que se lleva en la espalda y el latigazo de su cabeza contra el suelo hacen que vea estrellas como si un hada se hubiera colado en el cuarto oscuro. Se soba la cabeza un minuto y luego agita sus miembros como los niños que dibujan angelitos en la nieve: el colchón no está en su lugar.

Como tampoco encuentra el control remoto, decide pararse a encender la televisión para ver qué es lo que sucede. El televisor tarda unos segundos en encender, el volumen es tan bajo que el murmullo de los grillos que pueblan el pasto crecido afuera de la casa parece ensordecedor. La habitación se ilumina en débiles tonos azules que suben y bajan de intensidad y entonces, entre sombras danzantes, comprueba que el colchón no está por ningún lado. El suelo alfombrado y los muros están desnudos como él, excepto por la ropa que se ha quitado al llegar, la pantalla de televisión y algo oscuro que está tirado cerca del contacto del muro que solía hacer las veces de cabecera. El hombre se acerca a ese objeto lentamente, se coloca en cuclillas y con la poca luz de la pantalla analiza el objeto. Es un cinturón o una correa. La sigue con las manos y descubre una cadena de metal unida a ella por una argolla. No hay duda, se trata de una correa. Una correa de perro.

La puerta del baño está abierta pero las cortinas siguen cerradas y no corre el viento. Quien haya estado adentro se marchó con su colchón y dejó atrás la correa y la cadena. Eso, o la persona que entró sigue adentro con él.

Al pensarlo se le eriza el pelo, entonces nota que una arista de la habitación es más oscura que las demás y comprende que en efecto no está a solas.

¿Quién es?, ¿quién está ahí?

Soy Enrique, tu vecino. La voz es grave, segura, tranquila.

¿Enrique?

Enrique, tu vecino de la casa de enfrente. Me mudé hace un par de días.

Sí, sí. Te vi limpiando tu casa. ¿Se puede saber qué haces aquí adentro? ¿Dónde está mi colchón? ¿Es que también piensas limpiar mi casa y dejarme el puro vacío?

¿El vacío? Ese ya lo tienes. Por eso he venido. Te traje un regalo.

El hombre titubea. Sabe que el vecino bien podría tener un arma. Quizá sean las únicas personas en un par de cuadras a la redonda, así que decide mantener la calma y averiguar de qué se trata todo eso.

¿Te gustó tu regalo? Espero no haber errado la talla.

Mi… ¿La correa?

Sí. Tu cuello se escocerá un poco los primeros días, pero veré que descanses y que la ventilación sea suficiente para evitar heridas e infecciones.

    El hombre está totalmente desconcertado. Está solo, desnudo en el fondo de su habitación con un hombre extraño que bloquea la única salida; un hombre que posiblemente esté armado y que lo tiene arrinconado en un área de diez metros cuadrados de un área casi despoblada. Sin saber qué hacer y sin fuerzas para luchar, decide esperar el tiempo que sea necesario para idear un plan coherente. El vecino le explica que lo ha vigilado incluso antes de mudarse al fraccionamiento. Con una tranquilidad hasta cierto punto contagiosa le dice que sabe que su padre ha muerto recientemente y que ahora la libertad le viene demasiado grande.

Todos los perros de casa necesitan la correa cerca. Te vi cabizbajo y supe en seguida que eras uno de esos perros sin amo que no pueden andar paseando por ahí sin una guía, con todo ese peso encima y sin alguien que te cuide, sin disciplina, solo. Así que te compré una correa para sacarte a pasear y habituarte a todo esto. He decidido adoptarte. A partir de esta noche tú eres mi perro y yo tu amo. Me tomé la molestia de llevar el colchón a la casa de enfrente, para que no estorbe ni se ensucie demasiado durante el entrenamiento. Después me mudaré aquí contigo y verás que cambiará tu semblante. En sus treinta y tantos años de vida el hombre jamás ha sido especialemnte asertivo, así que acepta las condiciones esperando encontrar en algún momento el modo de escapar o de buscar ayuda.

Pasan las semanas, pero el hombre se habitúa tanto a su nueva vida, a los cuidados de Enrique, a su voz maravillosamente calmante, a las tardes tranquilas escuchando jazz y sintiendo una mano acariciando su cabeza, que poco a poco la idea del escape empieza a parecerle una tontería. Además las croquetas no saben nada mal y el cabello ha dejado de caérsele. Enrique es un buen amo y le da la disciplina que necesita, además le proporciona comida y agua, lo saca a pasear todos los días e incluso lo deja perseguir el chorro de la manguera los sábados cuando riega el césped. A pesar de que no es un perro de jauría, los perros de los nuevos vecinos le tienen mucho respeto. Enrique dice que en poco tiempo podría ser un buen alfa. En efecto, su semblante ha cambiado: es un perro sano, feliz y seguro.

    Cierta noche le es imposible dormir. Se asoma cada cinco o diez minutos por la ventana del frente. Las luces de los autos de los vecinos dan la vuelta en la esquina y pasan de largo para estacionarse frente a sus casas, pero esa noche Enrique no llega a casa. Él se promete que no llorará, que será valiente y fuerte. Ha oído a los otros perros aullar a veces, pero se dice que él no, que será un buen perro para que Enrique esté orgulloso de él cuando regrese. Dos noches más tarde ya no puede soportar más la espera y decide escapar por la ventana del baño en busca de su amo. Su olfato es bueno pero ha pasado mucho tiempo bajo techo. Salvo por algunas confusiones al principio, en lo que se habitúa a los aromas nocturnos, logra seguir el rastro de Enrique fuera del laberinto de casas y se dirige con firmeza hacia la gran ciudad.

    Tres días han transcurrido en su andar. Casi sin aliento, con las tripas pegadas al costillar, llega a un terreno bardeado al otro lado de la ciudad. Amanece, la brisa baña su rostro y los pájaros le dan la bienvenida con su escándalo de trinos y aleteos. La reja de entrada aún tiene el candado puesto, pero atravesar entre los barrotes es cosa fácil estando tan flaco. Adentro todo huele a tierra y flores, el aire es fresco y los árboles enormes. El aroma de Enrique ha cambiado en los últimos días, pero sigue siendo suficientemente fuerte. En un punto específico del vasto campo el aroma es más intenso y escapa entre los terrones frescos que cubren la tumba donde ha sido sepultado Enrique. Como buen perro, se echa junto a la tumba de su amo, suspira profundamente y con los ojos cerrados se dispone a esperar su propia muerte.

Abrir publicación

Economía del deseo I

Por Sibilademente
Técnica: Plata sobre gelatina
Año: 2000

Abrir publicación

Drag King, retratos de identidades

 

 

por Marisol Maza

¿Qué características debe tener el hombre perfecto? ¿Son estas características físicas o están dadas por una forma de actuar?

     Estas preguntas han sido uno de los ejes temáticos en el trabajo fotográfico de una artista que ha planteado su obra en la exploración del cuerpo y el género. Paola Adriana García Ruíz (Ciudad de México, 1987) estudió Artes Visuales en la Escuela Nacional de Artes Plásticas y durante 2008 al 2011 realizó el proyecto “Identidades reconstruidas: un collage genérico”, proyecto artístico con la comunidad transgénero de la ciudad de México.

     En una de sus series realizó retratos a la agrupación Original Drag King México. Según su propia definición, un drag king en ODKM es toda aquella persona que sin importar el género físico, mental, identidad de género o preferencia sexual, se dedica a realizar performances, shows, etcétera; para exagerar, burlarse o ridiculizar el estereotipo del rol masculino.

En su serie “Lo abstracto y lo concreto”, Paola busca contraponer los discursos establecidos con relación a los transgénero con la percepción y las vivencias de ellos.

Para esto realizó una serie fotográfica en la cual complacía sus sueños de ser retratados como ellos quisieran, poniendo de lado todos aquellos prejuicios de cómo deben verse sino cómo quieren verse ellos.

Indicadores de sexo, apropiaciones de genero” (2009) es una pieza en video en la que muestran acciones y actitudes que socialmente funcionan como indicadores sexuales.

Visita su página:

http://paolavisual.wordpress.com/

Abrir publicación

Dieter Brandau

[divider]Dice el refrán “El hombre es como el oso, entre más vello más hermoso” y en la obra de Dieter Brandau lo comprobamos, con sus dibujos de varoniles figuras en oníricos entornos.

[box type=»shadow» ] Dieter Brandau (Chile)
Puedes ver más de su trabajo en:
http://elwueonquedibuja.tumblr.com/
http://dieterbrandau.propulso.cl/

[/box]

 

Abrir publicación

Cetuss

“Me estimula la construcción de redes utópicas, cuando la virtualidad se convierte en realidad, surgen nuevos símbolos, una monstruosidad potencial, ciencia y el universo. Mi aproximación artística se alimenta de estudios científicos y en un estudio de campo en diversos dominios sociales y culturales.”

[box type=»shadow» ]Cetuss (Génova, Suiza) también conocido como Petter Viasselfebb y Baptiste Lefevre. Es editor de la revista en línea www.make8elieve.com[/box]

Abrir publicación
Ilustración: Alex Xavier Aceves Bernal

Al sonoro rugir del tacón

Ilustración: Alex Xavier Aceves Bernal
Ilustración: Alex Xavier Aceves Bernal

por Karla Tamayo

Hubo un tiempo en que los hombres eran hombres y las mujercitas se quedaban en la casa, atendiéndolos, como lo que son: mujercitas, dice resoplando mi tío Juan. Yo nomás lo miro haciendo como que la virgen me habla, porque si llegara a saber un solo detalle de mi vida, ¡jo!, quién sabe lo que pasaría. Lo dice encendiendo un Alitas, tocándose los huevos y mirando despectivamente y con un poquito de lujuria a Lola, mi hermanita, que en vez de estar haciendo la comida hoy que es domingo, está recostada en el sofá leyendo a Mariano Azuela, para su trabajo de la Novela de la Revolución. Yo nomás me quedo callado, ¿qué puedo decir?

Mamá sale de la cocina con los platos, lo mira con cierta conmiseración y le dice:

Ay, Juanito, esos tiempos ya pasaron. Lola, dile a tu tío que el libro que tienes en las manos es el único sitio donde pasan esas cosas.

Lola solo sonríe, yo sigo poniendo la mesa.

No, Gloria. Tú sabes que lo hombre se hace, no te vaya a salir mampito alguno de tus hijos por andar con esos piensos.

Mamá me mira y suelta una  risotada enérgica.

¿De qué te ríes, Yoya? ¿A poco este es mampo?refiriéndose a mí de nuevo, con su cara de guarro. Tuve ganas de mentarle la madre, pero resulta que su madre es mi abue.

        —¡Ya está la cena! -grita mamá, y todos nos apresuramos a sentarnos alrededor de la mesa. 

¿No iba a venir Fernando? pregunta el tío.

Viene en un rato, Juan.Come.

El tío Juan orquestó las conversaciones que fueron de los recuerdos, que no son suyos, de la revolución mexicana a la manera adecuada en la que un ranchero debe ayudar al toro a preñar una vaca. Como puede intuirse, los temas revolucionarios tocaron a Lola y los de la vaca a mí. Me dio un asco… que varias veces estuve a punto de vomitar sobre la mesa.

         A las 8:30, casi cuando terminábamos de cenar, se escucharon unas risas fuertes, claras, limpias, que provenían de la escalera.

Es Ferrushle dije a mamá, quedito.

Juan, ¿quieres postre? Fer dijo que prepararía uno de fresas. Te gustan las fresas, ¿no?

De pronto se oyó que metían la llave en el cerrojo, luego la hicieron girar y por fin se abrió la puerta:

¡Hola, familia! dijo Fer.

Mi tío, que intentaba raspar el fondo del plato que había quedado lleno de queso dorado, alzó estrepitosamente la mirada. Conforme iba subiéndola por el cuerpo de mi hermano (que estaba lo bastante atractivo, fuerte y acicalado para levantar miradas, miembros, envidias, no sé), iba proporcionalmente abriendo la boca. Fer sonreía con ese gesto casi angelical que lo caracteriza. Todos celebramos su llegada.

¡Tío Juanito!dijo.

Y todos nos quedamos callados, incluso Ernest, que se había quedado en el pórtico y tenía, como siempre, tanto que contarnos sobre cualquier cosa por irrelevante que esta fuera. Se escucharon como balazos los tacones de Fer que atravesaron el salón hasta llegar frente al tío Juan, que para entonces estaba pálido, con la mandíbula desencajada: tac, tac, tac, tac, tac, tac, le dio un beso en la mejilla y le dijo algo al oído que no alcanzamos a oír; sin embargo, todos sonreímos un poco medio escondiéndolo, otro medio expectantes. El tío Juan se puso rojo, luego verde, luego otra vez blanco, se le hincharon las venas de la frente, como cuando hay mucho sol o se pelea con la tía Vero. Se levantó, lo miró a los ojos. Metió la mano en el saco y se oyeron los rugidos de nuevo: tres nuevos taconazos. Solo que esta vez los produjo un revólver.

México, D. F., mayo 19 de 2013

Abrir publicación

Reencuentro

por Ardiente Scarlett

pruebareenc00

Me llamó después de años de no saber de él. Platicamos poco pero me dijo que necesitaba verme. Acordamos que pasaría a recogerme a las ocho de la noche. Estaba nerviosa, después de tanto tiempo tenía que verme guapísima. Decido ponerme la falda tableada que tanto le gustaba y hace que mis piernas se vieran largas y torneadas, una blusa blanca entallada con mi bra favorito, (el que se abrocha por delante). Botas y cabello suelto, atuendo perfecto para verme radiante. Espero que él piense lo mismo.

Ocho en punto y suena el timbre. ¡Oh Dios mío, ya llegó!, abro la puerta y ahí está él, su sonrisa es tan sexy como la recordaba. Me saluda con un beso en la comisura de mis labios y cuando me abraza me susurra al oído:

Estás más hermosa de lo que recordaba. Después me mira de pies a cabeza.

Y veo que aún te acuerdas que esa es mi falda favorita. Los colores se me suben al rostro y solo logro decir, gracias.

¿Nos vamos? —Me dice señalando una motocicleta estacionada. Yo pienso; no es cierto, ¿Cómo voy a subirme con la falda? Él sonríe.

Vendí el auto, ahora este es mi vehículo. No te preocupes por la falda, yo sé cómo viajar y que vayas cómoda. Él se sube y después me pide que lo haga, ya arriba me pongo el casco y me abrazo a su torso. Su olor es delicioso y sentirlo tan cerca hace que me empiece a dar más calor del que ya hace.

Llegamos al estacionamiento y quedamos justo entre una camioneta y la pared. Cuando bajo de la moto y me quito el casco mi cabello está un poco revuelto; me ayuda a acomodarlo. Nuestras miradas se cruzan y estamos tan cerca que puedo oler su aliento, me mira fijamente y me dice:

De verdad nunca has dejado de gustarme. Me toma por la cintura y empieza a besarme, cuando menos lo espero coloca una de sus manos en mi rostro y va bajando lentamente por mi cuello hasta llegar a mis senos que para ese momento están tan erectos que siento que pueden verse a través de mi blusa la cual empieza a desabotonar. Su otra mano baja por mi trasero y explora por debajo de la falda.

No sabes cuantas ganas tengo de hacerte mía en este momento, murmura.

¿Se te antoja? Le pregunto mordiéndome el labio.

No hagas eso, no voy a poder controlarme.

¿Hacer qué? —Sé perfectamente que mis labios lo provocan. Pongo mi mano en su entrepierna y puedo sentir que me desea. Solo contesto:

¡Hazlo, nada te detiene!

Con un movimiento rápido me pone en cuatro sobre la moto, sube mi falda y de un tirón me quita la tanga, empieza a masajearme las nalgas mientras yo me mojo. Lo nota y usa su lengua para probar mis fluidos, empieza a chupar suavemente mientras escucho sus gemidos haciendo coro con los míos. Me toma por los hombros y me voltea, quedamos de frente y empieza a besarme. Puedo sentir mi sabor en sus labios.

Llevo mi mano a su pantalón y lo desabotono, bajo el cierre y meto la mano para sentirlo. Ya está grueso y firme, creo que está listo para penetrarme. Lo saco y me inclino frente a él, de reojo busco su rostro pero sólo puedo ver su barbilla y escuchar unos gemidos ahogados que salen de su boca. Empiezo a tocarlo con mi lengua, vaya que está excitado, trato de meter todo lo que cabe en mi boca y empiezo a chuparlo lo mejor que puedo, mientras que con una mano juego con sus testículos, con la otra desabrocho mi bra. Mis senos ahora están libres y empiezo a masturbarlo con ellos. Tener su miembro entre mis senos lo excita mucho. Él observa lo que hago mientras mete uno de sus dedos a mi boca. Me toma del cuello y me levanta, me da un beso tan apasionado que su lengua me invade por completo mientras sus manos juguetean con mis senos y mi sexo.

¿Estás lista para sentirme? Apenas puedo contestarle que sí, su dedo en mi vagina no me permite pensar más. Me acomoda encima de la moto y empieza a abrir mis piernas, de una embestida me penetra muy profundo, lo siento y solo debo pensar que este es uno de los momentos más excitantes de mi vida. Sus movimientos me dejan sin aliento, sus manos no paran de explorar mis pechos y mi clítoris y yo no puedo hacer más que gemir y sentir como se mueve dentro de mí. Llega mi orgasmo como un estallido múltiple, estoy extasiada y no tengo otra forma de demostrárselo más que de esta manera, mi postura en la moto no me permite hacer movimientos. Él siente mis fluidos y saca su miembro al mismo tiempo que pregunta:

¿Qué te ha parecido nena? Me incorporo con su ayuda.

No hemos terminado. — Le digo mientras le planto un beso y muerdo sus labios, bajo lentamente por su torso, no sé en qué momento se desabrochó la camisa, y llego hasta ese miembro que hace unos momentos me hizo estallar de placer, empiezo a chuparlo mientras lo masajeo con mis manos, juego con mi lengua en sus testículos y solo siento como agarra mi cabello con fuerza, aguantando sus ganas de gritar y guiándome sobre el ritmo que debo seguir para darle placer. Le empiezo a hacer una de mis mejores mamadas.

Ya casi me vengo, —Me dice. Saco su pene de mi boca y su semen se derrama sobre mis senos.

Baja la mirada y me observa mientras le limpio la cabeza con la lengua. Cuando termino me levanta me muerde los senos, con sus manos sobre ellos me dice:

No sé cómo he podido dejarte ir, necesito más de ti.

Y yo de ti.

Me limpia dulcemente y empieza a arreglarme el bra y la blusa, yo lo arreglo a él. Me doy cuenta que sigo sin mi tanga y cuando intento pedírsela solo contesta:

Esto me pertenece nena, tiene tu aroma y quiero conservarlo. Da un beso a mi nariz.

Te llevo a tu casa.

Nos subimos a la moto y cuando llegamos a mi puerta volvió a meter su mano en mi entrepierna mientras me da mi beso de despedida.

Cómo me hacías falta nena,murmura y suspira. Nuestras frentes están pegada una a la otra.

Quiero verte otra vez.

Yo también bombón, ¡me encantas! Le contesto dulcemente colgada de su cuello

Me besa nuevamente, sube a su moto y lo veo desaparecer.

Suena el celular y es un mensaje suyo… «Eres una Diosa nena, gracias por cumplir mi fantasía, quiero ver que más puedes ofrecer a este mortal. Ojalá me hagas un descuentito la próxima vez». Sonrío esperando vuelva a llamar.

Abrir publicación

Jardinero y poeta

por Salcon

 Mi papá era jardinero y poeta. Desde muy temprano hablaba con todas ellas, las acariciaba con sus melodías, las entretenía con sus palabras, las enamoraba con su bella y serena presencia.

Mi papá era un buen jardinero que traía a la lluvia con sus hechizos, al sol con su canto, al cielo estrellado con su amor de padre.

Mi papá era un buen poeta de cuyas frases nacían rosas, violetas, flores de jacaranda, magallis, nardos, pétalos multicolores, lilas, hortensias, geranios, orquídeas, mastuerzos, magnolias, madreselvas, hiedras y girasoles.

También era amigo del viento, los árboles y los gatos, de los perros aulladores, de las ratas de pradera, de las orugas, de los mosquitos, de las lombrices, de las golondrinas o de las arañitas de los troncos y de las catarinas.

Él intercambiaba pensamientos con las lagartijas, los chapulines o las mariposas. Su risa contagiosa provocaba la algarabía de las aves, a las cuales llamaba hijas.

Mi papá era jardinero y poeta que con sus manos daba forma al más hermoso y acogedor de los jardines, y con sus labios les contaba a todos ahí lo que había vivido y viajado. Amaba el mar y a sus cristales millonarios.

Mi papá era jardinero y poeta mientras soñaba. Cuando despertó un día se convirtió en riachuelo que se fue por debajo de la tierra y de las inmensas piedras.

—–(05 Junio 2008)

14:17 horas

Magalli Salazar, 2013
Salcon, 2013

 

Abrir publicación

Hotel Pop Life


por Reilita

¿Cómo sería mi hombre perfecto?

Mi hombre perfecto sería aquel que después de una larga noche de trabajo, en vez de ir a casa a descansar, tuviera ánimos de estar dentro de mí, empeñado en hacerme llegar a las estrellas

Iríamos a un hotel diseñado para el cogimiento puro, como un parque de diversiones XXX, con Mundo acuático (Jacuzzi y regadera), Villita SM-Bondage (La esquina del sacrificio y estructura de tubos con asiento acolchonado) y la Tierra de las posiciones (La enorme cama, la silla giratoria y el sillón tantra). Seis horas: $600.00

Para lavarnos la noche de trabajo, mi hombre perfecto me invitaría a la primera atracción del Mundo Acuático: La Ducha, con espacio suficiente para tener una fiesta grupal, regadera de lluvia que mojaría nuestros cuerpos que se enjabonarían uno al otro, resbalando las manos, resbalando mis senos desde su pecho hasta su espléndido sexo, rodeándonos los brazos del otro, subiendo y bajando, divertidos. Yo me daría la vuelta y tendría la grata sorpresa de ver que hay un tubo para sostenerse. Él y sus manos, la espuma, mi cuerpo en absoluta disposición a sus recorridos, a sus caricias que reconocen mis volúmenes, mis valles, la búsqueda en mis muslos, el remolino de sus brazos. Yo, electrizada, húmeda en caliente, y por primera ocasión entra. Claro. Contundente. Fuerte. Y se queda quieto dentro, en espera de que pase la sorpresa y
cuando yo volviera a tomar aire, él empujaría de nuevo, esperaría otro instante, disfrutando la estrechez inicial, se hundiría. Empujaría, empujaría abriendo, desgarrando como a mí me gusta. Mis ojos temblarían, mis piernas temblarían…

Mi hombre perfecto entendería de cadencia y de ritmo y en la comodidad del agua caliente del jacuzzi, podría yo flotar cara arriba. Él hincado, abriría mis piernas, mi vagina cerrándose por el agua, haría la penetración más ardua, apretada. Él podría dirigir el columpiar de mi cuerpo flotando, la espuma resbalando en nuestra piel. Fuera, dentro. Fuera. Dentro, acariciando mi cuerpo resbaloso sin peso…y en ese flotar y casi llegar nos mantendríamos por largo tiempo… Después, boca abajo, aferrados a la orilla, con fuerza, demasiada fuerza, cuando el dolor deja de serlo, seguiría entrando enorme, enorme en mí, yo aguantando, apenas gritando, gimiendo escaso, perdiendo la cordura y sus palabras resbalando en mis oídos, sintiendo la gloria, la electricidad en mis piernas, llegaría tan intenso que sentiría el líquido caliente que las paredes de mi cueva exudan.

Para jugar en la Villita SM-Bondage, mi hombre perfecto sabría de intensidad, entendería el dominio sin violencia, jalaría el cabello de mi nuca y me atraparía con su cuerpo contra la esquina acolchonada para encontrar maneras de divertirnos aunque la llamada esquina del sacrificio esté incompleta y la barra para agarrarse levantando los brazos no estuviera, él mantendría mis brazos en alto sosteniendo mis muñecas con una de sus manos mientras con la otra me recorrería lentamente, apretando, pellizcando desde mis rodillas, presionando, llenando sus dedos con mi piel y mi carne, subiendo, metiendo su mano en el hueco entre mis muslos, rozando la humedad de esos pliegues, y seguiría subiendo, con mis brazos en alto, mis senos a su disposición, los frotaría y acercaría su boca, rozando con su barba, sus labios, acariciando, su lengua probando, saboreando, su boca succionando, los besos…al cuello…mi oreja…su lengua…su mano, sus dedos jugando en mis pliegues…acariciando, entrando, haciéndome esperar, queriendo que suplique…

En la estructura tubular con asiento acolchonado a los pies de La cama de la tierra de las posiciones, mi hombre perfecto me sentaría y yo podría sostenerme de los tubos y echar mi cabeza hacia atrás mientras él levantaría mis piernas, sobando su carne, viajando su extensión, abriéndolas. La altura es ideal, con la punta de su verga juguetearía en mis pliegues, induciendo al deseo, a la urgencia, desquiciándome con su sadismo para que le suplicara: Mételo, mételo ya. Me penetraría despacio sin prisas, sin fuerza, desquiciando mis ansias y lo vería a los ojos, ya no diría nada. Extendería mi lengua, ofreciéndola en silencio y él se abalanzaría para aprisionarme en sus labios, apresurando la entrada, la fuerza creciendo: Yo me soltaría de su boca y estirando hacia atrás mi cuello, dejaría mis senos otra vez para él, para que los besara y los mordiera y los lamiera, mientras empuja y casi me caería y mejor nos detendríamos para poder voltearme y agacharme sobre el asiento acolchonado, quedando en una de mis posiciones predilectas, él diría: “empinadita, mi vida, mmm”. Y a darle gusto, bien agarrada de los tubos, gritando sin control, casi cayendo de frente pero no, seguir y seguir hasta que diga: “me voy a venir”…pasarán unos minutos más de fuerza intensa, ritmo rápido, estridente y explotará dentro de mí, el líquido que imagino dorado me cubrirá y lo apretaré, manteniendo presionada su verga dentro de mí, como alas de mariposa, provocándole un intenso y casi doloroso placer. Apretar y soltar y lo iré sacando, apretando y él solo gemirá: ¡aaahhh!, hasta exprimirlo fuera y caería sobre mí cansado, riendo, gimiendo…

Mi hombre perfecto sabría que debe excederse con el lubricante para jugar a penetrar la estrella. Bañaría sus dedos, empezaría con uno, entrando y saliendo, buscando, girando, dilatando, dos dedos…fffuuu……Él vertiría más del líquido suave y espeso sobre el condón que aprieta la furiosa verga. Empujaría, poco a poco, así, con la punta hacia abajo, con suavidad, penetrando. Esperaría, paciente. Poco a poco. Milímetro a milímetro. Me haría gritar: “¡Dioses!, está muy grande”. Alcanzaría mi clítoris, ese botoncito, lo sobaría, lo frotaría hasta provocar en mí la euforia de empujar mis nalgas hacia él. Y él no dejaría de pasear entre mis pliegues y el botoncito, ese condenado botoncito que cuando él toca, pierdo. Y me haría sacudirme y sorprenderme de tener tal bestialidad en mi culito y ver con triunfo que no duele y que es un buen camino para tocar el cielo. Y entre mis movimientos, él estaría perplejo, con cierta cautela para no excederse, yo lo incitaría diciéndole: “Vamos, dale. Ahora puedo. Dale duro, que sí aguanto. Fuerte, tan fuerte como quieras…no quites tu mano de ahí”…y él respondería embistiendo al intenso golpear de mis caderas hacia atrás, flotaríamos juntos, delirando, sorprendidos, jadeantes en una larga laguna de placer.

Mi hombre perfecto sabría usar su lengua para dejar su rastro húmedo ardiendo en mi piel, en mis rincones. Sabría usar su rodilla para presionar entre mis piernas, empujando… Él tendido sobre su costado me llevaría suavemente a montarme en su cadera, me acomodaría sobre el hueso de su pelvis y poco a poco aquello se convertiría en un auténtico potro mecánico, yo, con la espalda erguida, él sostendría mis caderas, impulsando mi vaivén. Sabría decirme tales obscenidades que yo sólo querría azotar mi vagina contra su costado, frotando desesperada mi sexo hirviente contra él, hasta sentir la tensión, la euforia, el grito entrecortado, el abandono de fuerzas, el éxtasis, montada en mi toro mecánico personal…

En el sillón tantra no hace falta imaginación, hace falta conocimiento y si no estuviera en su lugar el catálogo de posiciones, mi hombre perfecto de la era digital, podría en su teléfono entrar a Internet y buscar así, tal cual, “sillón tantra” y encontraría un sin fin de posiciones. Pasaríamos largo rato probando, disfrutando de las tantas formas de tenerlo dentro, arriba, de espaldas, tendida hacia atrás, hacia adelante y él por todos lados, llenándome, gozándome, quitándome el aliento, derritiéndome en sus manos, volteando, chupando, probando, sentada, de pie, piernas al aire, él profundo, se mueve, se detiene, le gusta desesperarme… Mi hombre perfecto la tendría tal cual la delicia que llevo trece años comiéndome.

Mi hombre perfecto tampoco sabría para qué diantres es la silla giratoria…bueno, ni falta que nos haría.

Un pequeño detalle casi sin importancia, mi hombre realmente perfecto, llevaría por nombre Eduardo. Tal vez le cambie el nombre a este que tengo al lado para volver a empezar.

Hotel Pop Life

Revolución No.737, Colonia Mixcoac, D.F.

Navegación de entradas

1 2 3 112 113 114 115 116 117 118
Volver arriba