Tetsuo, the iron Man

portadaTetsuo

Por Amado Cabrales

El dilema humano de la total sujeción del ser a las prótesis tecnológicas que suponían la extensión de su facultades sensibles y potencias físicas, no podía ser narrado de mejor manera que por un japonés. Shinya Tsukamoto, ciudadano de un país y, sobre todo, de una ciudad -Tokio-, en total sincretismo entre tradición y tecnología, es el artífice de esta pesadilla tecnológica.

Tetsuo, the iroman (1988) es un filme de horror y de venganza que, a partir de la fragmentación de la narrativa a lo largo de la película y con movimientos rápidos de cámara, nos sumerge en un filme que bien pudo ser un VHS encontrado entre escombros de cables y silicio.

El ritmo de Tetsuo es sumamente acelerado; en sus 67 minutos los cortes de cámara son innumerables, las secuencias de stop motion y los efectos especiales llenos de sangre y cables son magníficos, mas caen en lo artesanal bajo los estándares actuales. No obstante, su vigencia temática y su valor como obra experimental son innegables.

Su estética es la de un video casero con estática. Lo que pareciera la superposición de otras escenas, son las pesadillas del Salary man que se va transformando en un ser mitad metal mitad carne, tras ser infectado en el metro por una mujer con un brazo deforme lleno de cables y pus. Lo que en apariencia es en primera instancia incidental, en realidad es la venganza de The Metal Fetishist, tras ser atropellado por el Salary man, quien trató con descuido su lacerado cuerpo.

El miedo que crea al Frankenstein de metal de Tetsuo es el fundado a partir de la imposibilidad de controlar aquello que nos fascina y seduce, aquello que en lugar de causar bienestar nos domina y transforma irreversiblemente: la maquinización de la cultura y la dominación de lo tecnológico en todos los aspectos de la vida humana. Este monstruo tecnológico surge en una etapa muy temprana de la era tecnológica, pero como toda ficción visionaria, adelanta lo que puede llegar a ser el terror del dominio tecnológico.

Un sueño. Sumisión fálica, tecnológica demoniaca y seductora a manos de la pareja del salary man, la cual lo sodomiza con un tubo flexible, cuestión que se invierte al despertar, pues entre las nuevas partes tecnologías del salary se encuentra una especie de taladro de punta afilada, justo en su pelvis: un pene de metal asesino. Pasaje por demás ambiguo en la historia si no fuese porque al final (así es, spoiler incluido) salary vence a Fetishist con su pene-taladro, justo antes de ser absorbido por el metal, lo que deriva en una fusión de los contrarios y una escena un tanto homoerótica en donde hacen las paces.

Esto aventura a pensar que el verdadero miedo radica no en el domino de la vida física de los seres humanos, sino en la transformación y sujeción de las relaciones afectivas por medio del metal. “Convirtamos con nuestro amor, todo el mundo en metal” pregona el ente de dos cabezas. Esto, entra en la visión ciberpunk del futuro, en la que la tecnología, en lugar de mejorar a la humanidad la degrada (pensemos en Videodrome (1983), Existenz (1999) de Cronenberg, incluso en Crash (1996), del mismo director y en Nirvana, de Gabriele Salvatores. Todas películas deliciosas que problematizan este conflicto.

Para entender tal panorama, debemos volver en el tiempo y pensar en la creación del primer elemento mecánico y tecnológico semejante a nuestros sentidos y con el cual la comunicación como es ahora sería incomprensible: el ojo máquina que es la cámara y por consecuencia y evolución de la misma, el cine, espacio de nuestra imaginación. Ahora pensemos en todas las formas de extensión virtual de nuestras relaciones y sensibilidades y nos encontramos en la posibilidad de entender tal miedo y dominio. Bienvenidos a los albores del ciborg, cabe en cada uno tener control o ser parte de la pesadilla.

 

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