Reflexiones sobre el (auto) cuidado. Mujeres y otrxs

Ilustración: Lily Cursed

por Carolina Belén González

 Las mujeres hemos tenido históricamente una relación ambivalente con el concepto del cuidado. Por un lado, se nos ha atribuido una especie de instinto natural que nos vuelve  idóneas para ejercer esta acción simplemente por nuestra condición de mujer, aunque también, paradójicamente, se nos ha delegado al cuidado de otrxs (en el pasado y actualmente se nos continúan negando derechos, en diferentes etapas históricas se nos ha prohibido la administración de bienes materiales, se confina el rol femenino a la preservación del grupo familiar, etc.) bajo distintos tipos de premisas: ser el sexo débil, no ser lo suficientemente inteligentes, tener una falta de rigor y determinación, padecer lo que yo llamaría “la inconclusividad de la mujer”, es decir, su aparente carencia de integridad, entre otras tantas. Cualquier persona que se aproxime a la historia con una mirada atenta y crítica podrá percibir esta ruta llena de sucesos duales y contradictorios que nos han colocado en el confuso lugar en el que nos encontramos hoy día.

Ahondando un poco más en la idea sugeridaquisiera plantear entonces dos posibles connotaciones del término cuidado y el estrecho vínculo de éste con la identidad de las mujeres. En primer lugar, podríamos hablar de su acepción “negativa”, la cual se caracteriza por manifestar el cuidado hacia una persona mediante la regulación/control de su existencia, es decir, cuando alguien más se ocupa o decide por otra persona priorizando su propio criterio sobre lo que considera el bienestar del otrx. En segunda instancia, entenderíamos al cuidado desde una perspectiva “positiva” o al menos socialmente compartida, cuando se relaciona con volcar nuestro interés, empeño y dedicación a procurar el bien a aquello/a que conforma el objeto de nuestra atención. Si bien en ambas acepciones la finalidad primordial es velar o garantizar un bien sobre lx otrx, considero que lo más importante para reflexionares a quién se dirige esa acción y, por qué y por quién se asume ese acto. No obstante, antes de continuar, cabe aclarar porqué la primera connotación de cuidado es planteada en términos negativos. Lo es, desde mi punto de vista, en la medida en que se anula o suprime el deseo o la voluntad de la persona a quién se dirige ese cuidado. Sin embargo, en lo que respecta a la segunda significación, su positividad no es inherente a la esencia del término puesto que también implica una anulación mucho más peligrosa, que es la de unx mismx. Será realmente “positiva”, auténtica y provechosa cuando el ejercicio del cuidar con todo lo que esto conlleva, sea bien (re)dirigido.

Entramos entonces a la cuestión central del tema: las mujeres y el cuidado. Si tenemos presente lo anteriormente comentado se detonan varios interrogantes por indagar en estos temas:¿A quién dirigimos el cuidado? ¿Cómo, por qué y por quién lo hacemos? ¿Para qué? ¿Es un instinto natural o, en su lugar, una responsabilidad impuesta? ¿Será el cuidado una conducta que nos reafirma y dignifica en la condición de nuestro género? ¿Cómo reapropiarnos de esta acción de manera tal que se oriente a desarrollar situaciones favorables para nosotras mismas y, por qué no –pensándolo ambiciosamente– también para nuestro entorno?

Nos encontramos justo en un momento que amerita pensar estas cuestiones con la conciencia plena en el acto simultáneo de deconstruirnos y reinventar quienes somos y, quiénes podemos y queremos ser. Muchas mujeres, desde la infancia, hemos sido instruidas para ser o comportarnos de forma adecuada, hecho que implícitamente nos anula ciertas libertades y estimula la idea de que debemos de ocuparnos de otrxs. Siempre hay alguien más: los padres, las madres, lxs abuelxs, lxs hijxs, lxs tíxs, lxs hermanxs, lxs novixs, lxs esposxs, lxs amigxs, nuestro rol es operar como mediadoras armoniosas portando el estandarte del bienestar ajeno. A veces nuestra acción parece devenir de forma instintiva, nata,  natural como producto del cuidado de connotación “positiva” que hemos mencionado anteriormente; sin embargo, en otros tantos escenarios de análisis posibles, en realidad, nuestra conducta obra por asimilación del concepto de cuidado “negativo”, puesto que se  ha regulado y adoctrinado tanto nuestra identidad, que debemos hacer un gran esfuerzo para discernir entre la esencia de nuestro impulso y aquello aprehendido que funciona en nuestra conciencia a modo de garantía, promesa o “camino correcto” que nos conducirá como mujeres a una verdadera realización. Sin llevar el asunto más lejos, sería entonces pertinente hacernos esta pregunta ¿y nosotras qué?

El hecho de que, como mujeres, cuidemos y nos ocupemos de otrxs implica, en muchas ocasiones, pequeñas micro renuncias a nuestra propia yo. Las relaciones y vínculos que establecemos con nuestro entorno nos sitúan en un rol de procuradoras de un bienestar socioafectivo – muchas veces a un nivel muy elemental. Este papel de procuradoras que sostengo representamos y llevamos a cabo (sin un previo cuestionamiento razonablemente necesario) no engendra ningún tipo de capacidad de autonomía que fomente una construcción de una identidad íntegra para la mujer. No hay tiempo para un “por y para mí” que nazca desde la entraña del deseo debido a que constantemente estamos retirando la mirada de nosotras mismas para ceder en nuestras conquistas diarias y guiar o acompañar las de otrxs.

Estas reflexiones no debieran interpretarse como un llamado al egocentrismo o, al narcisismo, y mucho menos al ensimismamiento. Pero sí es una invitación a repensarnos desde el autocuidado, el cual implica la acción y movilización, en primera instancia, desde el interior de cada una de nosotras. Persiguiendo el horizonte de ser lo suficientemente capaces para redirigir esa energía que solemos volcar en otrxs, a la ocupación de nuestro propio ser. Considero que esa sería una sensata noción del cuidadoen la que no se ejerce la práctica por obligación, por conducta incorporada ni tampoco por instinto. En su lugar, lo hago porque así lo decido, porque lo razono y asumo que lo quiero tanto conmigo misma como para con otras personas ¿Quién mejor que una para atreverse a experimentar, a prueba y error, sobre qué es lo mejor para mi propia yo? En este marco lleno de posibilidades, puedo, asumir primero el simplemente ser por y para mí y, luego de hacer ese difícil ejercicio que implica aceptar mi existencia, emprender un compromiso consciente –cuando así lo sienta- de custodiar y coexistir con el cuidado que pueda brindar a otrxs.

Carolina Belén González. (Buenos Aires, 1990) Licenciada en Arte y comunicación digitales por la Universidad Autónoma Metropolitana. Ha exhibido sus proyectos artísticos dentro del marco de exposiciones colectivas de arte digital en México y muestras virtuales internacionales. Colabora como asistente de investigación en proyectos académicos que abarcan los campos interdisciplinarios entre arte, filosofía, género y tecnología.

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