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DEBÍ LEER EL MANUAL

imagen por Liz Misterio

por Víctor M. Campos

Lo perfecto es inhumano:

Fernando Pessoa

Volviste en esa caja de cartón rígido cuan larga como un ataúd. Te levantarías apenas estuvieras cargado y debidamente configurado. Parte del dinero se había ido en ti, en esa caja, en la hazaña de traer de vuelta. Hacerlo no sólo supondría recuperarte sino también recuperarme. Ser otra vez ese hombre felizmente desesperanzado que solía ser antes que saltarás desde el acantilado. Los bots te dejaron en la puerta, tomaron el registro biométrico de mi rostro y alzaron el vuelo. 

Habías vuelto.

Ahora tendría mi oportunidad de vivir esa pesadilla de la que tanto hablaban en las series de televisión: la tecnología, por más avanzada que se creyera, no mejoraría al ser humano. Ni qué decir de sustituirlo. Para afrontarla yo tenía un as bajo la manga: ni tú eras muy humano antes ni yo me identificaba con tal o cual definición de lo que supondría serlo. Si te quería de vuelta era para recuperar tu oscuro sentido del humor, esa risa despiadada y cruel, tu absoluta falta de respeto por ti y por los demás. Si tú volvías nos reiríamos juntos de esta nueva hazaña. Al levantar la tapa y reencontrarme con tu sonrisa fúnebre supe que podríamos hacerlo. Te acerqué a la toma de corriente y te conecté a internet.  Los que criticaban este gadget decían que era el colmo que a finales del siglo XXI siguiera siendo muy engorroso configurarlo como todo nuevo equipo. Debo reconocer que en eso sí tenían razón. Pero supongo que el hecho de que no todo fuera perfecto era el eslabón que mantenía nuestro vínculo con lo que quedara de humano en nosotros. ¿Y qué más humano que las patadas de frustración que te di por no poder prenderte a la primera?

Ahí estaba yo tratando de configurarte a imagen y semejanza de tu versión anterior. Elegir el timbre de voz, dar con el color y los matices de tus ojos, encontrar ese olor a café y sal tan característicamente tuyo, me tomó mucho más tiempo del que esperaba. Lo otro, tu software, se suponía que estaba ahí tal cuál tú eras y sólo había que permitirle al procesador que arrancara para comprobar que, en efecto, tú seguías siendo tú. Por supuesto que solicité algunas mejoras: una batería de más larga duración para tu buen humor y una memoria con nuevos recuerdos y mayor capacidad. Me fastidiaba que lo olvidaras todo por más que esa fuera tu estrategia para no afligirte por el daño que le habías causado a otros en el pasado. Si alguna vez salto, decías en la intimidad, será por eso. No creí que estuvieras hablando en serio. Tú nunca lo hacías. Cuando me dieron la noticia creí que era otra broma tuya. Te la mamaste.

Para evitar que eso se repitiera había intervenido tus recuerdos. No pensé que descargarte unos nuevos haría de ti ese alguien tan distinto para el que no estaba preparado. Debí leer el manual. ¡Pinches chinos! Debí comprar al nuevo tú con las marcas de confianza. Total: si ya había gastado una buena parte del dinero que habíamos estafado juntos, ¿Qué tanto podría afectarme gastar un poco más? Pendejo de mí, también. ¿Pero quién iba a saber que la tecnología cumpliría una sola de sus promesas? 

Todo empezó cuando me di cuenta, al tercer día que por fin te dio la gana prender, que algo andaba mal. Una vez que te expliqué la hazaña te sentaste a meditar por un largo rato. Esa risotada que esperaba en tu rostro afloró en forma de sonrisa dubitativa. Habíamos vencido a tu muerte y a ti te generaba más incertidumbre que otra cosa. No sé. Sin embargo, estaba feliz por tenerte de vuelta y supuse que tarde o temprano volveríamos a ser los de antes. Pero cuando te vi hablando con el vecino y riéndote con sus chistes anodinos, eso sí ya no me gustó. ¿Qué diablos estaba pasando? Solíamos reírnos de los tipos como él. No con ellos. Sus convicciones firmes y sus ridículas certezas; las camisas bien planchadas y los hábitos edificantes hacían que nos carcajeáramos hasta llorar. ¿Qué diablos estaba pasándote? No te había traído de vuelta para que te rieras con el vecino. Tus actualizaciones estaban tomando un curso muy distinto al que yo esperaba. La tecnología estaba yendo demasiado lejos con aquello de convertir al ser humano en una mejor especie. ¿Una mejor especie basados en qué? No mamen. Supe que tenía que hacer algo cuando aceptaste su invitación para ir a un taller de cocina vegana. No me quedó la menor duda cuando dejaste el alcohol y empezaron a salir de paseo en su tándem por las tardes. Si no tenía cuidado terminaríamos abrazándonos con las fieras en un edén multiétnico, libre de gluten y de energías fósiles. Seríamos la nueva portada en alguno de esos panfletos que regalan los Testigos de Jehová. ¡Qué horror! No había más tiempo que perder. Llamé directo a las oficinas del fabricante en Shanghái y les gritoneé en todos los idiomas que traía mi pulsera-traductor. Así hasta que se comprometieron a mandar un bot, a la mayor brevedad,  para revisar el funcionamiento de tu sistema operativo.  

Tú sabes lo que pasó después. 

Cuando llegué los encontré a los tres, muy felices y contentos, alrededor de sendas tazas de té con leche vegetal. ¿Té? ¿Puto té con leche y ni un chorrito de alcohol? No pude más. Puse la mesa patas arriba; el antecomedor, la cocina entera, todo lo hice volar por los aires. Quería romperte la cabeza con una silla. A ti, a ese patético vecino por el que me estabas cambiando y al maldito bot chino que se suponía que había venido a arreglarte. No pude más y me solté a llorar de desesperación. Entre los tres me abrazaron y me brindaron un consuelo de otra especie. 

¿Quién iba a saber que la tecnología cumpliría una sola de sus promesas? Debí leer el manual. Debí hacerlo pero en su lugar, cuando al fin logré desahogarme, llamé a Shanghái y me disculpé por todas las majaderías que había dicho sobre los chinos antes.

Víctor M. Campos El autor se formó en el Taller Levreriano de Escritura Creativa, dirigido por Carmen Simón, en su capítulo Querétaro. Es licenciado en tal cosa con maestría en aquella otra. Cuentista publicado por el Fondo Editorial de Querétaro y por una docena de revistas tales como Monolito, Bitácora de Vuelos, Página Salmón, etc. Nació en la CDMX en el 76.

https://www.instagram.com/wokexican/

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