De tal Verdecencia

entreficheras

Ese Chamuko

Ahí están, solas o en grupo. ¡Nel! las que andan solas son más prendidas.

Apenas vas a checar tarjetón, ella apenas viene del baile. Sus tacones sucios en mano, de mirada y perfume tabaco, pies descalzos que siguieron el mal-compás de rucos fiesteros que pagan más cara la pieza, sólo por acariciar una piel de primavera: “de a 20 la pieza, las tamalonas de allá cobran 10”. Divorciados, sancheros, arrepentidos de decir “Si, hasta que la vida nos separe”. Se tatúan a la santísima flaca, sombra que las cuida, las manitas con rosario y las virgencitas se quedan en casa. Sus grandes arracadas saben muchos secretos. Todos quieren volver a los 15; ella escapó de ahí. Ha vivido todos-todos los años, pero (la diferencia) bien vividotes. Corta edad que por densidad daría clases a vuestra católica abuela.

Tan viva, su presencia nos vuelve obsoletas máquinas enajenadas en un disque vivir. Tarde, de regreso a casa; sigue ahí. Tarde empieza la vida y yo voy de bajón. Mientras estabas de fingidas buenas tardes ella estaba de “una pa’la cruda y otra pa’dormir”. Después del ritual ángelface y labios radioactivos, no importa como visten, siempre son de color rojo, rojomadrugada, rojosangre, rojodesmadre, rojopisto, rojonosé, rojobaile, rojohumo, rojotraitelasotras, rojocalle, rojomevaleverga… y yo tan sueña bonito.

Mis aplicaciones recién descargadas parecen barajitas de otaku chaquetero frente a sus risas cagaleras, y tienen razón para reírse. Si alguien las ve mal o les molesta su reggaeton en altavoz, es por pura muy decente envidia verdosa.

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