De la TRANSgresión a los nuevos escenarios sexuales

por Pablo Caraballo

   I.

Si consideramos que Conchita Wurst es la primera mujer con barba que gana un Eurovisión, no habría de sorprenderse por el hecho de que su triunfo haya generado tal revuelo en redes sociales y medios de comunicación. Mucha gente se apresuró a explicar que “realmente” no se trataba de una mujer sino de un hombre (Thomas Neuwirth) y que Conchita era solo un “personaje” de este último. Se insistía así en encontrar y aclarar la etiqueta con la que se habría de marcar al sujeto. Se repasaban hipótesis y respuestas (un tanto asqueadas algunas) para evitar que quedase espacio para la duda. En suma, los discursos parecían decirnos lo mismo: vivimos en un mundo binario y dicotomizado donde los géneros son dos y son excluyentes, todo lo demás es cháchara, payaseria y ficción.

Las etiquetas que enmarcan nuestras subjetividades son artificios que se hacen a través de la ritualizada puesta en escena de lo que debemos ser y de lo que, en última instancia, se nos impone como ser genuino. Siendo así, la construcción de la identidad (Butler dixit) engendra un cuerpo acorde con los límites sociales y físicos de su condición y el cuerpo a su vez, inscribe en su materialidad la identidad proyectada. No importa si es un “personaje” creado por Thomas Neuwirth para el arte, de cualquier manera Conchita descubre una vez más la artificiosidad del sistema sexo-genérico y los mecanismos de contención del orden sobre el que se sostiene.

II.

Ya en 1987, Jean Baudrillard afirmaba la actualidad de la transexualidad como “destino artificial” del ser humano. Con ello el autor no se refería solamente a la transformación anatómica del sujeto sexuado, sino al desordenamiento simbólico que pasa por la indiferencia sexual y desemboca en la prótesis como destino del cuerpo (Baudrillard, 2000). En ese sentido, la transexualidad implica el juego de indiferenciación (la mujer barbada) pero trasciende la abyección propiamente simbólica para enlazarse con un marco de entendimiento en el que es posible una sexualidad protésica. Por esa vía, pasamos de la intervención simiúrgica y quirúrgica a la reconstrucción del acto sexual y a la transformación de los tradicionales esquemas de sentidos en torno a la sexualidad.

El énfasis que hace el autor en el carácter simbólico de la inversión, parece aterrizar así en la física del placer implicado en el empleo de juguetes, aparatos tecnológicos y prótesis en tanto artefactos sexuales. Poco importa la genitalidad del sujeto (por biología o intervención) o la selección de indumentarias y maquillajes a partir de los cuales las fronteras construidas son deshechas, la sexualidad pasa a convertirse en objeto de construcción en el acto de hacer intervenir los medios artificiales en los que se centra el placer mismo. El empleo indistinto de estos artefactos tiene el potencial de desordenar la sana perpetuación de una relación dual que, con variaciones poco significativas, se ha basado clásicamente en la “unión” entre un cuerpo pasivo y otro activo.

III.

Pero, según nos dice Baudrillard (2000), el transexual no le basta saberse (por “dentro”) el género que asume ser. Requiere, para completar el proceso, del cambio visible a través de la renuncia de signos y símbolos que lo identifican con la identidad que repudia para sí. La conversión “interior” solo puede estar completa con la inversión de los símbolos que le fueron impuestos: más allá de la identificación con uno de los opuestos disponibles, tiende a romper de ese modo con el marco simbólicamente binario que los genera. Por lo tanto, el triunfo en la sociedad occidental de la transexualidad no supone exclusivamente la asunción del desordenamiento simbólico de los cánones femeninos y masculinos, sino que traduce una prolongada insistencia en la forma por encima del contenido.

Así, si se impone la performance como base del entrecruzamiento de género, la transexualidad aparece como la búsqueda de una identidad constituida a partir de la forma que (re)presenta. En consecuencia, si la actuación (como hombre o como mujer) determina la reproducción del ser (hombre o mujer) en tanto esencias naturalizadas, la inversión (o la disolución) simbólica debería desencadenar el proceso contrario; a saber, la desnaturalización de identidades dadas de antemano. Es este el sentido que, podemos interpretar, subyace en la pospornografía. El discurso pospornográfico no supone exclusivamente una renovación del sujeto de enunciación (hacer pornografía de lesbianas, gais, trans, etc.), sino una transposición de una performatividad otra y abyecta que dé cabida a otra realidad así construida. Lo que importa es el proceso de producción, en tanto producto mismo de la acción (De Lauretis, 1991).

Del mismo modo que la pornografía tradicional ni la crea ni la refleja, sino que re-produce la (hetero)sexualidad hegemónica, la pospornografía comporta una pretensión instituyente de la realidad a través de otras formas de accionar la sexualidad: “Partiendo de la base que toda construcción se visibiliza a modo de representación y que actúa a la vez sobre la vida material de las personas, es posible destruir los modelos que ha implantado dicha representación” (Egaña, 2009). La ficción del sexo pospornográfico pone en cuestión el carácter real cotidiano de la sexualidad presentada en la pornografía hegemónica (Díaz Fuentes, 2012), tal como la mujer barbada al poner en evidencia la “falsedad” del género que supuestamente es, desnaturaliza el régimen sexual normativo (y pone a chillar a sus guardianes).

IV.

Podríamos decir, siguiendo a Rodríguez Serrano (2013), que el éxito de la pornografía en general se explica por la necesidad del fingimiento. En tanto la verdad de los cuerpos resulta insuficiente sin la “pantalla de la fantasía” que impide que se caiga en la repetición mecánica de lo real, “la pornografía funciona como la Máquina Generadora de Fantasías por antonomasia en las sociedades del malestar” (p.45). Así, el discurso pornográfico nos liberaría de la “carga de emocionalidad obligatoria” que implica el sexo (Ídem, p.47) y, con ello, nos permite trascender los límites de lo real. La apología a la pornografía de Rodríguez Serrano (2013) lo lleva a colocarla finalmente, en el centro de la (post)moderna construcción de la conciencia individualista y de “sujetos autónomos en torno al goce” (p.50). La sexualidad encapsulada reafirma así su carácter subjetivo e individualizante.

   En este contexto, Internet aparece no solo como un instrumento de “cacería” útil para materializar la ubicua oportunidad de acceder al encuentro con los cuerpos del otro (léase Gaydar.co.uk, Manhunt.net, etc.), sino como artefacto que genera formas nuevas de relacionarse con lo sexual, en la intersección de experiencias inéditas y posibilidades nuevas de (auto)representación. Antes de Internet, la pornografía difícilmente habría siquiera pretendido suplantar la presencia in situ del cuerpo ajeno. Como se ve en el corto de Adam Baran, “Jackpot” (2012), hasta hace poco el arcaísmo de las revistas porno apelaban mucho más a la imaginación masturbatoria que a una experiencia sexual distinta. Hoy, sin embargo, se abren escenarios donde cada vez parecen menos risibles situaciones como las que se presentan en la película “Her” (Jonze, 2013), donde la virtualidad no es simplemente una extensión (separada) de lo real, sino una intermediación hacia otras experiencias en un mismo plano de realidad.

   El otrora onanista era un enfermo más por la condición compulsiva de su práctica que por una forma distinta de relacionarse con su cuerpo y con la sexualidad genital. En cambio, la “adicción al porno” –cuya existencia va proporcionalmente ligada a la velocidad de nuestros dispositivos de conexión a Internet– yo no está definido por una suerte de compulsión física sino por una nueva forma de relacionamiento potencialmente transgresora de la sagrada cópula humana. Es esa escandalosa transgresión la que lleva a Jon Martello en “Don Jon” (Gordon-Levitt, 2013) a ocultar (y reprimir) el inigualable placer que le produce sumergirse en imágenes que, en última instancia, lo convocan a alejarse del contacto con los cuerpos del otro.

   La improductividad del sexo inorgánico (y en particular, del sexo pornográfico) es la afrenta a la (hetero)sexualidad canónica pues –dice Egaña (2009)– “no es funcional a la procreación, se trata de un sexo que como objetivo tiene el placer y el gasto puro”. En esos términos, Internet aparece como el artefacto (trans)sexual por excelencia, en el sentido que se desprende de los planteamientos de Baudrillard (2000). No se trata ya de la indeterminación simbólica de los necesariamente opuestos “necesarios” para la consumación del placer sexual, sino la subversión de esta necesariamente humana materialidad complementaria. Internet así, reafirmando el predominio de la forma por encima del contenido, nos convoca a hacernos en medio de relaciones ajenas a lo estrictamente humano. La performance de otra sexualidad (ajena ahora a intencionalidades políticas) empuja la construcción de nuevas subjetividades.

V.

Internet ha generado en nosotros una honda sensación de libertad y autonomía, propiciando nuevas formas de encontrarnos con nosotros y con los otros a través de escenarios absolutamente otros que “reflejan y contradicen los lugares físicos donde estamos emplazados” (Sanabria, 2011, p.24). Sin pretender dimensionar las consecuencias reales del fenómeno, creemos que las formas en las que nos relacionamos con lo real-sexual ha sido (o están siendo) modificadas y con ellas, a través del placer mismo, nuestra (idea de la) sexualidad y las posibilidades que entraña. Como dijimos, estos procesos no son exclusivamente la expresión de un compromiso político con el cuestionamiento del dispositivo sexual hegemónico, sino el resultado de la irrupción de otras realidades y otros artefactos que provocan la activa reconstrucción de las subjetividades por parte del propio usuario-consumidor. De modo que sus consecuencias no son (ni serán) univocas y es difícil saber los rumbos a los que nos llevarán estas transformaciones y qué tan profundas lleguen a ser, más aun si consideramos el carácter esencialmente formal de las bases en las que se funda.

Referencias:

Baudrillard, Jean. (2000). Pantalla total. Barcelona: Anagrama.

De Lauretis, Teresa. (1991). Tecnologías del género. Ramos Escandón, Carmen (comp.). El género en perspectiva. De la dominación universal a la representación múltiple. Xochimilco: UAM.

Díaz Fuentes, Jorge. (2012). La ficción del posporno. A partir del documental “mi sexualidad es una creación artística” de Lucía Egaña Rojas [documento en línea] Disponible: http://www.bibliotecafragmentada.org/wp-content/uploads/2012/12/DIAZ_Jorge_La-ficcion-del-posporno.pdf

Egaña, Lucia. (2009). La pornografía como tecnología de género. Del porno convencional al post-porno. Apuntes freestyle. La Fuga [en línea] Disponible en: http://www.lafuga.cl/la-pornografia-como-tecnologia-de-genero/273

Rodríguez Serrano, Aarón. (2013). Apología de la pornografía en la sociedad del malestar. Revista de humanidades y ciencias sociales, núm. 12, pp. 37-54. Disponible en: http://elgeniomaligno.eu/pdf/materia_3_malestar_apologiadelapornografia_arodriguezs.pdf

Sanabria, Fabián. (2011). Querer – creer – vislumbrar lo virtual hoy. Autor. Vínculos virtuales. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

Pablo A. Caraballo Correa (Venezuela). Licenciado en Sociología (2010). Profesor universitario e investigador independiente en temas vinculados a los estudios culturales, de género y de disidencia sexual. Creador y coordinador del proyecto editorial Gente rara: http://raragenterara.blogspot.com/

 

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