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imagen por Jair Arias

Un relato de Jose Ángel Conde

La playa seguía agonizando en la línea de muerte de la Costa de los Esclavos. Su arena rebozaba mi cuerpo desnudo para situarlo en el filo de la pubertad y abrir sus poros a la pérdida de la inocencia. Giraba como larva impulsada por los brazos totémicos de mis padres, mis músculos superponiéndose concéntricos y rosados sobre mi oscura melanina. Me volví un tegumento que brillaba, un reclamo sexual. Un tornado de arena nos envolvía y ocultaba de los ocelos humanos. Con el ritual nos diferenciábamos como una estirpe híbrida, fruto de una partenogénesis ancestral desconocida al implacable y perenne hostigamiento del hombre blanco. Sus factorías y su tecnología habían sido las causantes de la muerte de las abejas, extendiendo un moho cenagoso que cicatrizaba y calcinaba la epidermis de nuestra Madre, lo que los occidentales llamaban “país”, justo antes de disparar sus fálicas armas. Los muertos de nuestros hermanos eran bubones sobre su vida, pulsión que permanecería indestructible por mucho que la socavaran. Por eso ahora, en la atmósfera intoxicada por el olor a putrefacción y con el alma llena de sed y saliva seca, nos disponíamos a provocar en ella las vibraciones orgásmicas que la reanimarían, tras entrechocar las pelvis de nuestras almas y desgarrar su momentáneo letargo astral.

Nuestros cromosomas iniciaron la danza lubricada por su singular genética. Las ampollas del frotamiento cubrieron mi piel en una magia simpática que invoca a los aguijones por venir, miles de púas saliendo erectas como pezones ansiosos. Soy el veneno acumulado, recogido tras la corriente rubia y eléctrica de pelo que corre por mi espalda hasta desembocar en mi coxis. Bajo mi calor yace desplegado el felino cuerpo de mi madre, incitando con sus humores la armadura vertebral del gigante patriarca, un coloso que suda jalea. Su miembro se despliega hacia el cielo, negro y erizado de estambres metálicos que emiten descargas de conjunción hacia los portales melifluos de su amante. Las embestidas son como un frotar de alas de piel y propagan el zumbido primigenio por todas las tribus arcaicas conocido, espasmos de esporas blancas y evanescentes envolviendo el coito de la supervivencia. Los jadeos ultrasónicos de la poseída salen de sus labios con vapores de colmena que incitan a mi vulva al incesto. Entonces se despliega la trompa entre mis piernas, espiral gelatinosa para canalizar los fluidos desde el crisol de mi himen insectoide, intacto por poco tiempo. Su punta entra en la femenina boca de la médium, plena y húmeda como una babosa, y su garganta atravesada, llena de pasta, escupe el orgasmo selvático del hombre hacia mis más profundos interiores. El placer extrae ahora el rugido de la triada, ondas emitidas para cortar el presente. La arena abraza el cadáver extasiado del padre. En el otro extremo me elevo los centímetros necesarios sobre el suelo, destilando sobre ella las gotas de la creación. Su cuerpo por fin se contrae hacia dentro, acartonado por la corrosión de sus vísceras. Dos caballeros zánganos salen apremiantes de su pezón izquierdo y son el preludio del huracán animal. Las abejas negras establecen por fin su regreso a miles, como una lanza arrojada por su vagina primero, como el simún que sustituye a su extinguido aliento después, poco antes de que el enjambre renovado resquebraje su cáscara de cera, catapultados hacia el cielo desde el inframundo del vientre femenino. Las nubes de África responden a su imparable vuelo con un trueno.

Los camiones de los traficantes entran en la playa con sus lamentos artificiales. Pronto rodean mi desnudez y mi nobleza aguarda a la violación en grupo y la ejecución. Pero su furia no les deja escuchar las promesas de estampida que lanza el continente. Un lenguaje que sí entienden los tejidos que calientan mi interior y por eso se abrazan con fuerza al aguijón al que sirven de vaina, licuando un néctar caliente hacia el pilar de lo que soy, atravesándome de naturaleza.

Jose Ángel Conde Madrid (España), 1976. Desarrolla una labor literaria tanto en prosa como en poesía plasmada en antologías («Gritos sucios» (Vernacci), Editorial Cthulhu) y revistas (Groenlandia, The Wax, MiNatura, Círculo de Lovecraft), también con artículos y críticas (Caosfera, Serial Killer Magazine). Es autor de los poemarios digitales «Feto oscuro» (Groenlandia) y «Fiebres galantes» (Shiboleth), así como de la novelas «Hela» (Triskel Ediciones) y «Pleamar» (El Barco Ebrio). También escribe el blog literario «Negromancia».

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