Bésame, bésame mucho

Dibujo: Daniela Ruíz Goyzueta

Dibujo: Daniela Ruíz Goyzueta

Por Karla Tamayo

 Emiliana tenía ojos grandes, labios delgados, manos escuálidas, suaves, y unas piernas que edificaban el deseo en cualquiera que las tuviera de frente. Bebía un trago del wisky doble que le había invitado Roberto, su cliente más asiduo. El mismo que la miraba desde la mesa cerca de la pista.

Azul, la bailarina, sin desvestir su cuerpo se movía exageradamente como en torpes espirales descendentes, brillantes, entre sudor que centellaba. Era guapísima, pero no se comparaba con Emiliana. Y él sabía perfectamente que verla relucir sobre la pista era sólo un entremés, suponía nada más el inicio de lo que más tarde iba a tener: aquello que exactamente lo llevaría con religiosidad a La casa de los milagros.

Quiso llamarse Rubí, como eran llamadas comúnmente las putas. Bebía tranquila, miraba hacia un sólo sitio, fuera de escena, desconectada. Era presa de alguna pulsión muy ajena al cabaret. Como si se condujera automáticamente, casi sin sentir.

Roberto la invitó a bailar para comenzar el cotidiano ritual hasta finalmente concluir en una falsa felicidad, cuatro horas, con un depósito bancario previo a la cuenta de ella por tres mil quinientos cincuenta pesos.

Bailaron Perfume de Gardenias. A él le gustaba el danzón y ella cumplía con la parte del contrato con la mejor de las sonrisas. Terminaron juntos, como era de esperarse y como debía ser, en el departamento de Roberto.

Cuando fueron las cuatro de la mañana, Emiliana se levantó de la cama, se bañó, se vistió, y con el último de los tragos del wisky  ya caliente, y un rictus indefinible, se despidió de él.

Salió y llegó al edificio de la tercera poniente. Subió las escaleras. Abrió la puerta y se sentó en el sillón. Encendió el reproductor de música y puso play. Inmediatamente comenzó a sonar Bésame mucho, en una versión muy antigua:

Bésame… —Salió de la habitación, Valentina.

—bésame mucho… —aún semidormida,

como si fuera esta noche, ­—se sentó a su lado,

la última vez, bésame, —le dijo canturreando.

Emiliana le tomó la cara con ambas manos, y le dio el beso más dulce, más hondo, como si fuera esa, la última vez.

Bésame… bésame mucho, que tengo miedo a perderte, perderte después…

—¿Muchos pacientes? ―Preguntó Valentina entredormida.

―No tantos. ―Contestó Emiliana. Luego, en silencio, aquella la abrazó por la espalda y en breve se quedaron profundamente dormidas.

Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 25 de febrero de 2010

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