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Apostillas sobre carroña, prostitución y moralismo

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Por César Cortés Vega

Quiero echar a perder acá un poema de Baudelaire:

Una carroña [Poema de Charles Baudelaire] [Dirá el purista que aunque hoy se pueda más fácilmente que antaño, él preferiría que esto no se hiciera con esta soltura, con este descaro / Yo llegué a imaginarlo por una referencia de Philippe Sollers / No hay que olvidar que fue el poderoso Sindicato de Vampiros el que antaño mandó a la picota algunos poemas de Las Flores del mal por antentar contra las buenas costumbres y la religión/ Anotaciones al margen; siempre me gustó la palabra apostillas / Muy parecida a costillas: escribir sobre las costillas de algo].

Recuerda lo que vimos, alma mía,

esa mañana de verano tan dulce: [Las anotaciones para la costumbre del bien pensar letrado son poco menos que indignas / Algo que debería guardarse en la intimidad de la corrección / Aunque llevar más lejos esta conclusión, quizá podría revelar que lo inacabado apenas es contrario a aquello que se ha finalizado / No sólo como la culminación de un proceso, sino como un esfuerzo de decantación que se mantiene por imitación]

 

a la vuelta de un sendero una carroña infame [¿La amará en verdad? Se preguntará el lector, que quizá no intentaría adelantar la conclusión por ingenuidad, sino desde la malicia / Las pasiones crecen ahí donde se les contradice / Rappelez-vous l’objet que nous vîmes, mon âme / La perversión del lector está siendo convocada / Si Baulelaire dice algo así, es porque se hace deudor de una conclusión reveladora / Estamos ante Las flores del mal, no hay que olvidarlo / ¿A quién le habla?]

 

en un lecho sembrado de guijarros, [Las apostillas pretenden aclarar, y esto apenas volverá más oscuro el texto, al banalizarlo en la mirada de lector que se arriesga a colocar sus comentarios / La peor o la mejor manera de leer / Aclarar que no elijo el texto citado por Sollers apegándome a la referencia exacta / Hojeo mi edición de Las flores del mal traducida por Antonio Martínez Sarrión, y no me convence su literalidad / Elijo otra, entonces / Acá, quizá, estamos frente a este apego rayano en lo devocional / La moral y la especificidad del documento]

[“El Konkistador vació el líquido de los dos recipientes sobre el cadáver de Alejandra. El Güero volvió sobre Tania y la tomó por un brazo que giró por la cintura hacia la espalda y llevó la muñeca hacia su nuca. La muchacha gritó y él la guió hasta la chica muerta. La reclinó para acercar las caras de ambas.” —Tomado del reportaje Un viaje a lo profundo de la prostitución: La historia de Nataly, y el hombre que la explotaba, realizado por Humberto Padgett]

 

con las piernas al aire, como una mujer lúbrica, [En una beau matin d’été si doux, le dice a la amada. / ¿Lo recuerdas? / ¿podrá decir también?; con la verga al aire, como un hombre lúbrico, con las nalgas abiertas como un ángel del astillero? / Genet podría:  ¡Oh ven mi cielo rosa, oh mi canasta rubia! / Visita en esta noche a tu condenado a muerte. / Arráncate la carne , mata, trepa, muerde, / ¡Pero ven! Deposita tu mejilla junto a mi redonda cabeza.]

 

ardiente y sudando los venenos [ardientes, sudamos los venenos todos, por eso encontramos la imagen exacta / Gaston Bachelard habla de la imagen poética en ese esforzado libro La poética del espacio, diferenciando al fenomenólogo del crítico literario / Dice: …la creación se produce sobre el hilo tenue de la frase, en la vida efímera de una expresión. Pero esta expresión poética, aún no teniendo una necesidad vital, es de todas maneras una tonificación de la vida.]

 

abría de un modo negligente y cínico [No es a Baudelaire al que le pasa esto, sino entonces al lector que ha comprendido / ¿La voz del poeta es la voz de aquel que se dedica a corregir y corregir un texto? / Alguna vez lo vi en la FIL Guadalajara / Imprecaciones de Lydia Cacho —respetabilísima— al mismísimo García Márquez por su Memorias de mis putas tristes / ¿Cómo es posible que escriba acerca de un hombre mayor que quiere tener sexo con una niña?— imprecaba / A ninguno habrá que culpar, «imagino / Son dos mundos que se tocan / El de una realidad que es filtrada por la rejilla del periodismo / Y el de una sofisticación añejada por siglos como la literatura, que posee licencias no pragmáticas]

 

su vientre lleno de exhalaciones. [Quien ve, es lo mirado / Principio de desidentificación / Y en la falta de comprensión de esto, se cumple la segregación carcelaria a la que la literatura ha estado condenada desde que el concepto se inventó / Un confinamiento que por otro lado, ha resultado favorable / Las infinitas posibilidades de lo otro / Un vientre lleno de exhalaciones / Baudelaire es, sin duda, la carroña y la prostituta con la que seguramente habla, aventuro, nomás]

 

[“Solas, escondidas y despreciadas fallecen violentamente en México 182 trabajadoras sexuales cada mes, 2,184 al año, según el compendio hemerográfico de la asociación nacional Brigada Callejera de Apoyo a la Mujer. / “Se cree que la muerte de una prostituta es de lo más normal, que se lo merecían”, denuncia Jaime Montejo, activista de una de las organizaciones que desde el pasado martes analizan en la Ciudad de México la vía de enfrentar la incursión del narcotráfico en el oficio más viejo del mundo” Prostitutas en México son víctimas del ‘narco’  realizado por Por Gardenia Mendoza Aguilar. La Opinión, Los Ángeles, USA]

 

El sol brillaba sobre esta podredumbre, [Como un cómplice]

como para cocerla en su punto, [Como un cocinero cómplice]

y devolver ciento por uno a la gran Naturaleza [La complicidad tiene, claro, un fin]

todo lo que en su momento había unido; [Cómo un cocinero cómplice al que le valen verga nuestras elucubraciones morales / Luego, si el moralista lo ha replicado con esta imagen, probablemente se trate de uno sofisticado, que no puede sino entrever los motivos de su contradicción / Que no por ello renuncia a su argumentación moralista / Una dulce mañana de verano no es el contexto para una cosa así, pues nuestro apaciguamiento metafísico hecho de una didáctica que ha creado categorías formales para el entendimiento de las cosas, no lo confirma / Y sin embargo…]

y el cielo miraba el espléndido esqueleto [Aquello, lo invisible, escapa del registro a menos que se presente así de radical / No en una nota de diario / No —todavía— en una recreación de realidad aumentada que apenas complementa los medios superficiales incapaces de guardar lo que la imagen subjetiva tiene de inaprensible / Jan Hendrik van den Berg, citado por el mismo Bachelard, dice que las cosas nos “hablan”, como…]

como flor que se abre. [Debo resultar ya odioso / pero, probablemente este texto no es especialmente recordado / Pocos de los que habrán llegado hasta acá acaso lo leyeron / Me defiendo / Este es un lugar solitario / No huele bien]

Tan fuerte era el hedor que tú, en la hierba

creíste desmayarte. [Los moralistas del texto denegarán mis imágenes frente a estas otras / Ese, en todo caso, es mi problema con Bachelard; una jerarquíe de las imágenes / La historiografía europea habrá documentado los beneficios de esa estratificación / Baudelaire es Baudelaire / Además en esta velocidad de las interpretaciones, mis asaltos son partículas fugaces que ¿qué querrían agregar a lo ya mil veces sobado? / Nos desmayamos por violencias así de sutiles / No quiero saber qué haríamos frente a la contundencia del vertedero de cuerpos como el que describe el poeta / #balebergalabida]

[“El problema es que hasta hace siete años no morían con cuernos de chivo (AK47) ni había tantas decapitadas, desmembradas… ahora es con más saña», agrega.” —Tomado del reportaje Un viaje a lo profundo de la prostitución: La historia de Nataly, y el hombre que la explotaba, realizado por Humberto Padgett]

Zumbaban las moscas sobre este vientre pútrido [Al rededor de la literatura —en un sentido amplio— los lectores revolotean también / Ávidos de representaciones que reivindicar / El centro de ello son las luchas en defensa del tipo de imágenes para decir el mundo / Luchas sobre cuáles serán las que prevalecerán / Si aquellas que intenten disfrazar la contundencia de los hechos / O aquellas que tratan de describirla a detalle / Las que imaginan dulces mañanas de verano, sin esperar la complicidad de la versión de la naturaleza a la que esté adscrito quien mira]

del cual salían negros batallones [El mal, escrito en una combinación de alejandrinos y octasílabos, sugiere este forzamiento / Control de lo que se le dice a la amada / ¿Recuerdas? / ¿Aquellas moscas?]

de larvas que manaban como un líquido espeso [De Bataille: Las moscas permanecen, iguales a sí mismas, como las olas del mar. Esto, aparentemente, es forzado; un biólogo separa esta determinada mosca del enjambre, basta para ello un toque de pincel. Pero ella separa para él, no para las moscas. Para separarse de las otras, sería necesaria a la «mosca «la fuerza monstruosa del entendimiento y entonces ella se nombraría, haciendo lo que el entendimiento hace con el lenguaje, que funda la separación de los elementos y al fundarla se funda sobre ella, en el interior de un mundo formado por entidades separadas y nombradas. Pero en este juego el animal humano encuentra la muerte: precisamente la muerte humana, la única que espanta, que hiela, pero sólo al hombre absorbido en la conciencia de su desaparición futura, en cuanto ser separado e irremplazable; la única verdadera muerte, que supone la separación y, por el discurso que separa, la conciencia de estar separado.]

por aquellos vivientes andrajos.

 Todo aquello descendía y subía como una ola, [Iguales a sí mismas como las olas del mar /  tempos fugit virgilianos, que el autor coloca en bandeja para su amada —a Jeanne Duval están dedicados los primeros poemas de Las flores del mal como contraposición venida de una oscura tradición que el amor romántico no podría negar del todo, y que es un preámbulo para un moralismo que se acerca al objeto de su deseo]

o se lanzaba chispeante

se hubiera dicho que el cuerpo, hinchado por un aliento vago, [Baudelaire llamaba a Jeanne Duval, La Venus negra / Ambos contrajeron sífilis / Antes de Duval, Baudelaire había conocido a Sarah, una prostituta judía a quien llamaba La Louchette La Bizca / Se dice que fue ella quien le transmitió la enfermedad / Una noche en que estaba con una horrible Judía, como un cadáver tendido junto a otro, pensaba, al lado de aquel cuerpo vendido, en esta triste belleza de la cual mi deseo se priva.]

vivía y se multiplicaba. [Muy probablemente fue Baudelaire quien le transmitió la sífilis a Sarah]

 [“Mujeres y niñas de rostros y nombres anónimos viven y mueren bajo la esclavitud que nunca se abolió y que sigue ahí, a la vista, no en pueblos enterrados bajo las fronteras asfixiantes del sur o del norte, sino a pocas cuadras de la Cámara de Diputados, la Suprema Corte de Justicia de la Nación, el Palacio Nacional o la Catedral Metropolitana.” —Tomado del reportaje Un viaje a lo profundo de la prostitución: La historia de Nataly, y el hombre que la explotaba, realizado por Humberto Padgett]

Y este mundo producía una música extraña [¿Ofrenda exculpatoria de un machismo errante? / Memento Mori que tiene origen en un clasicismo como justificante formal]

como el agua que corre y el viento [Recuerda que puedes morir desde un humanismo que se construye en la adquisición perceptiva de la podredumbre / Una subversión que Baudelaire habría cumplido, con los ojos puestos en la modernidad]

o el grano que un ahechador con movimiento rítmico [Detención en el fracaso de los cuerpos / En la reconstrucción morbosa de la mirada / Un nuevo tipo de estética revela la promesa que el lector presiente / En la mirada moral acerca de aquello que es efectivo en la imagen, justo porque es un deseo que se oculta tras la cara de una belleza que nunca puede completar el placer verdadero]

agita y voltea con su criba.

 

Las formas se borraban y no eran más que un sueño,

un esbozo tardo en aparecer [Es por ello que la invisibilidad se sugiere / Lo que nuestra moral completa en el cuerpo que se desintegra paulatinamente / Si dirijo los ojos de la amada al memento mori, es porque esa política conviene / Porque aquello que no ve, hace que lo visible que respondería a una moral de lo verificable, sea sopesado de otra manera]

en la tela olvidada, y que el artista acaba

sólo de memoria. [Baudelaire dice en el estudio que le dedica a Théophile Gautier / es un privilegio prodigioso del Arte que lo horrible artísticamente expresado deviene belleza / ese es el nuevo tipo de estética que si bien es una recreación inversa, aunque consecuente con aquella visión petrarquista que trasciende el amor pagano para reivindicarlo en una elevación del espíritu / El sostén del nuevo mercado de la carne que hoy es el ideal secreto de todo tiempo libre]

 [“Llegan a dar hasta 50,000 pesos (unos 4,500 dólares) para que ellas acepten la mercancía y la revendan: ‘chochos’ (metanfetaminas), marihuana y cocaína en piedra», revela Sonia, una sexoservidora del Distrito Federal. / Sonia afirma que ella se ha mantenido al margen de ese negocio por sus «principios morales»; en cambio, está enterada de compañeras que aceptaron y después desaparecieron sin dejar rastro.” Tomado de Prostitutas en México son víctimas del ‘narco’  realizado por Por Gardenia Mendoza Aguilar. La Opinión, Los Ángeles, USA]

Detrás de las rocas una perra inquieta

nos miraba con ojos enfadados, [Casi lo puedo imaginar riéndose, advirtiendo que ese es apenas el comienzo de un largo tránsito por la vida descarnada de las formas débiles, de vidas oscurecidas por la segregación y el odio / Una especie de advertencia para escandalizar]

espiando el momento de recuperar en el esqueleto

el trozo que había soltado. [Dice J.-D. Hubert en L´estétique des Fleurs du Mal. Essai sur l´ambiguïté poétique / Encontramos un género de ironía en este poema. La ironía proviene, de una parte, de la comparación entre el animal en descomposición y el amor, y, de otra, de ciertas alusiones religiosas que sirven para describir la carroña. La primera de estas ambigüedades aparece desde el comienzo del poema: Les jambes en l´air…”]

 

Y, sin embargo, tú serás igual que esta basura, [Tú, precisamente tú]

que esta horrible infección, [Que soy yo]

¡estrella de mis ojos, sol de mi naturaleza, [Mis ojos / Mi naturaleza / Aquello que desde mi romanticismo, que quería morir con la prosa de Stendhal, y que Flaubert intenta también matar, y que quiere morir también con mi poesía, sigo atesorando al borde del ridículo / Más acá de lo real que somos incapaces de ver, porque estamos tan interesados en la corrección de las frases / En la estructura de las rimas]

tú, mi ángel y mi pasión! [¡Tú!]

[“–¡Y como te niegues, te parto tu madre! ¡Y como te largues o me denuncies te mato y si no te encuentro, mato a tu familia! ¡Puta, puta! ¡Nadie les cree a las putas, como tú!– rugía El Güero a quien los diablos le poseían la lengua cada 15 minutos. Luego parpadeaba sin control y desbocaba en una golpiza. A migajas, las conversaciones con las otras esclavas de San Pablo le dejaban claro que su padrote, uno de los más connotados en el rumbo, cumplía las amenazas.” —Tomado del reportaje Un viaje a lo profundo de la prostitución: La historia de Nataly, y el hombre que la explotaba, realizado por Humberto Padgett]

 ¡Sí! tal tú serás, oh reina de las gracias, [Aquel que señala, es señalado / Observar en las particularidades esa contradicción / Aquellos beneficios que incluso diera la aparente posición intelectual de quien le explica a la amada las contradicciones del mundo, serán negados de algún modo / Walter Benjamin dirá de Baudelaire que la prostitución para él es es la incitadora de la imaginación en las ciudades / Esto implicará una igualación mercantil del alma, lo que se traduce en la potencia de desigualdad del capitalismo en su concentración patriarcal de la utilidad]

después de los últimos sacramentos,

cuando vayas, bajo la hierba y las fértiles florescencias,

a enmohecer entre las osamentas. [Sin embargo algo es redimido / Aquel cuerpo putrefacto dará pié para hablar de una degradación de los valores en aquella potencia que retoma su naturaleza negada, en tanto regresa, mediante la paulatina invisibilización de la materia, como belleza que sólo puede percibirse si a la vez su transmutación se evidencia]

Entonces, oh belleza mía,

di a los gusanos que te comerán a besos, [Benjamin hace énfasis en la mirada de la puta como la de alguien que observa la ley por debajo, pero a la vez ofreciéndose, tal cual el poeta bohemio, haciéndose pasar por un paseante, oferta las calidad de su mirada a las reglas del capital / Son quienes nos desean, aquellos que a la vez intentarán cumplir el proceso / Una mirada que bien vale la pena redefinir para crear todo un andamiaje de relaciones nuevas / Justo como Baudelaire concibe espacios de relaciones de reciprocidad política con el Estado en las que los creadores sean capaces de sostener su incapacidad para producir bienes materiales de circulación similares a los de la producción industrial de la época que amenaza con cubrirlo todo]

¡que he guardado la forma y la esencia divina [Bourdieu, en Las reglas del arte, observa algo similar al referirse a la equivalencia de posturas que Flaubert y Baudelaire / La autonomía de los campos moderna dependerá de ello / La idea de Secretarías de Estado que estén dedicadas a velar los intereses culturales establecen esta relación de reciprocidad / Casi una confesión / Baudelaire es, en términos muy inmediatos / Muy de anotación improvisada / La prostituta que se observa a sí misma en la degradación / En aquella negación de las aspiraciones a una belleza simple, enfrentada a aquella otra belleza que paulatinamente se vuelve una repulsiva masa informe…]

De mis amores descompuestos!

 [Hacéis que se / avergüence de sus hijos con vuestra conducta (¡que, / por mi parte, yo venero!); vuestra prostitución, ofreciéndose / al primer recién llegado, ejerce la lógica de / los pensadores más profundos, mientras vuestra / exagerada sensibilidad colma la medida de la estupefacción / de la propia mujer. ¿Vuestra naturaleza es / más o menos terrestre que la de vuestros semejantes? / ¿Poseéis acaso un sexto sentido que nos falta? / Cantos de Maldoror. Isodore Ducasse]

 

[divider]

César Cortés Vega (Mx). @cesarcortesvega Algunos de sus libros publicados son Abandona Silicia (novela), espejo-ojepse (noveleta experimental), Periferias y mentiras. Textos sobre arte, banalidad y cultura (ensayo). Poemas suyos han sido publicados en las antologías San Diego Poetry Annual 2013, Paraguas para remediar la soledad, Siete de la poesía, Ecos de la imagen, poesíacero, Región de ruina, entre otras. Ha compilado los libros Textos postautónomos, Citas caníbales y Anti/Pro canibalia. Coordina la publicación Ágora Speed; postliteraturas  y Cinocéfalo (http://agoraspeed.org/). Ha presentado obra visual en México, España, Japón, Irlanda y Dinamarca. Es director editorial de Telecápita. http://cesarcortesvega.com

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Sobre la muerte de la gran y grande Alina Barrera

Ilustración por Alex Xavier Aceves Bernal
Ilustración por Alex Xavier Aceves Bernal

por César Cortés Vega

1.- El encanto de Alina radicaba en un desparpajo de carnes desbordadas y frases inteligentes. Y podría haber llegado a ser muchas cosas, si su visceralidad no la hubiera traicionado una y mil veces. Se trataba de una mujer robusta, que asumía su condición mediante una abundancia contrariada. Así, mostraba sus tetas de la misma manera en las fotos de su perfil público, que en la vida tangible; bailaba borracha pintando violines hacia los cuatro puntos cardinales; pedía a gritos más whisky o más cocaína mientras se reía de alguna cosa que sólo ella entendía. Y en medio de ese desahogo y su comunicabilidad en el vacío pernicioso de nuestras conexiones neuronales, Alina y yo compartíamos ciertas miradas, una manera de entender la melancolía y de pitorrearnos de ella, sin eliminarla del todo. Nunca conocí a nadie que fuera capaz de guardar la tristeza y catalizarla hacia una extraña alegría destructiva, como ella lo hacía. En las celebraciones del caos que toda lírica citadina guarda, y de las que no todos salen bien librados, nos intoxicamos varias veces, atravesando la noche Mexicana hacia los bares más jodidos de la ciudad de la tranza. A veces la veía henchirse mientras hablaba, o al bailar moviendo su gordura como un astro de anillos iridiscentes, intentando ligarse a alguien, hasta que lo conseguía. Luego platicaba sus experiencias sexuales con lujo de detalle, intentando cachondear tu mente con las peores guarradas, lo cual siempre me hacía reír. Poco después, en un tono afable, lloraba sus desventuras, pidiendo consejo. Una energía de intensidad no modulada la invadía; sus obsesiones cíclicas enfilando hacia la locura, mientras su mente ágil encontraba alguna saeta con la cual proponer una queja en contra de algo, en el centro del desencanto, al lado de los rastros contagiosos de la política frustrante a la que estamos acostumbrados en estos lares.

Pero quiero decir antes de continuar que no me encantan los homenajes. Por el hecho de que la mayoría considere a tal o cual personaje trascendental, ya me producen sospecha. Y es que, por más que sea cierto que haya personas que afectan el pensamiento y la acción de una determinada mayoría, algo así desestima el potencial de lo aparentemente inacabado, que no recibe la atención de quienes están ocupados en la iteración de las mismas figuras, las mismas hazañas, o incluso de las mismas necedades. Una cultura evolucionada debería tener algo así como instancias que buscaran lo cierto en lo incierto, preocupadas incluso en revelar lo oscuro de los héroes o también en encontrar las virtudes de la abyección. Ya los inteligentes patafísicos se concentraban en los epifenómenos, que son aquellos que aparecen al lado de los fenómenos reconocidos, sin afectarlos. Y con ello, al clavar los ojos en lo particular rechazando lo general, se mofaban bastante bien de la metafísica que le ha dado cobijo a sus larvas, en el territorio de nuestros fracasos culturales más sonados.

Entonces, bajo la sospecha de que eso que todavía algunos llaman destino es una construcción hecha de casualidades de la más ridícula procedencia, es que a veces concentrarse en aquello que se olvidará, o que pasará desapercibido, puede darnos mejores pistas del lugar ocupado por los vivos –que por cierto está arriba de los espacios que luego servirán para enterrarlos. Porque son esas casualidades a las que, en todo caso, deberíamos rendirles homenaje. Esta es la razón por la que escribo esto, luego de haberme enterado hace poco a través del epitafio complejo que me parece ahora Facebook, de que Alina ha muerto. Por eso este brindis escrito de adiós para/con mi amiga.

2.- Poco antes de que Alina apareciera, yo prácticamente escapaba de todo contacto humano. Se acababa no sé qué año; uno de esos primeros luego de la gran pedota finisecular del 2000, que fueron una especie de cruda de mierda, con fracasos como resultado de endeudamientos emocionales causados por la esperanza de que el nuevo milenio nos había hecho escapar del tono apocalíptico, y que entonces algo muy bueno nos esperaría con los brazos abiertos. A mediados de la década siguiente, todos se habían dado cuenta de semejante idiotez. Así que por esas fechas, decidí huir de las fiestas decembrinas que también prometen, a pequeña escala, algo similar; una natividad de litopedia nonata, también de mierda. Por eso unos días antes de las primeras posadas, tomé una mochila para disponerme a ir a la terminal de Taxqueña y subirme al primer autobús hacia cualquier lado para escapar también de las uvas, el calzón rojo y, sobre todo, de las crudas infernales. Y ya salía hacia allá, cuando vi que junto a la puerta del edificio donde vivía, había pegado un papel amarillo convocando a escritores para acudir a un extraño grupo que emprendería un proyecto colectivo. ¿A quién carajo se le había ocurrido pegarlo ahí, espacio en el que nadie ponía nada nunca? No era un cartel, ni mucho menos. Era un impreso en tinta negra a texto corrido, sin la retórica rimbombante que suelen utilizar las escuelas para escritores con el fin de engatusar a incautos amateurs que se imaginan genios incomprendidos. Parecía algo más ingenuo, y justo por eso, más confiable. Sí era un laboratorio, sí había que pagar, pero parecía algo distinto. Y yo llevaba varios años sin escribir, luego de que me hartara de las grillas y la precariedad de los formatos tradicionales. Pero deseaba regresar a hacerlo, así que decidí apuntar el teléfono y hablar en ese mismo momento, antes de largarme a pasar el año nuevo a San Juan de la Chingada.

Al año siguiente, ya era yo parte del grupo donde conocí a Alina. Y ahí fue donde leí fragmentos de una novela que estaba escribiendo; un conflicto de calle, drogas y vértigo emocional bastante bueno. Lo que me cayó bien de ella, fue que cuando leía en voz alta para el grupo, lo hacía en plan ñero, sin fingir, articulando palabras tipo, panocha y vergota así, sin titubear ni un momento, como si formaran parte de un vocabulario funcional para referirse a cualquier cosa. Vulgar, sería una palabra casi justa para describir una primera sensación al escucharla. Sin embargo, ella no había llegado a ese punto de valemadrismo que espera con sus actos la tribulación en el otro. En todo caso, su vulgaridad era natural e iluminada, lo que dejaba claro que había vivido la calle, y que conocía bien al tipo de gente que describía en sus textos. Había en ella algo pantagruélico, su ser rollizo apuntaba hacia todos lados, una especie de ofrenda surgida quizá del dolor, pero entregándose hacia las infinitas posibilidades del espacio y sus deseos subsecuentes.

Sin embargo, mi hosquedad natural se había incrementado en aquella travesía por ningún lugar del año anterior, así que me seguía sacando ronchas el roce humano, por lo que luego de las sesiones sabatinas, siempre salía de inmediato del lugar de reunión, para irme a caminar por horas con rumbo, de nuevo, hacia donde fuera. Y un día Alina salió tras de mí, y me preguntó que qué pedo conmigo. Güey –me dijo– estás bien raro. ¿Qué haces, a dónde vas, por qué ni te despides de nadie? Le expliqué que estaba medio frito, y que justo por eso me largaba a caminar hasta lograr una especie de embriaguez medio en onda caminata de poder, medio en onda Santiago de Compostela. Sí, estás muy pinche raro –me contestó. Asentí, y no sé por qué la invité luego a venir conmigo. Quizá lo hice con la esperanza de que la conversación se terminara después de que me dijera que no. Pero para mi sorpresa, aceptó. Me encogí de hombros y comencé a caminar entonces. Y así estuvimos horas deambulando y hablando pendejadas, hasta que me contó que ella era la que pegaba los papeles amarillos por toda la ciudad para que la becaran, porque no tenía dinero suficiente para pagar el total del curso.

Uno busca ese tipo de coincidencias para adelantar los resultados de la esperanza, que suele reprobar a la mayoría. Una dádiva que se cuela en nuestra percepción en el momento justo, resulta ser lo que nos salva. Porque gracias a ese papel pegado junto a mi puerta, yo regresé a hacer algo que se ha convertido ahora en una de mis vocaciones. Por eso, ese día decidí que Alina sería mi amiga; la primera que habría conseguido en mucho tiempo.

3.- Decir undeground es no decir nada. Eso es lo mejor, quizá, de algunas palabras de uso ambiguo: que se mantienen alejadas de la referencia inmediata haciendo que las imágenes evocadas por quien las usa, sean muy diversas, e incluso contradictorias. Yo, cuando escucho la palabra, imagino algo así como “el reino de lo inacabado”. Pero también recuerdo aquella frase de aquel colectivo Luther Blissett: en el fresco, soy una de las figuras del fondo. Quizá los momentos libres que la precariedad ciudadana nos brinda quiero decir, los momentos de verdad, en los que la vida se pone en juego, más allá del control ocurren en lo oscuro. Si hay algo convencional ahí, son los residuos sentimentales de la superficie. Lo demás se reinventa. Y digo ahora que esos son los gordos momentos, báquicos por excelencia, en los que el derroche no se controla, en los que todo se excede gracias a que aquellas morales de la superficie deben ahí renegociarse.

Si Alina sufría, era gracias a lo duro que resulta la renuncia a un modelo. Ella lo sabía, y juntos nos reíamos de ello. Porque lo que hacía en lo oscuro, es decir, lo que no cuadraba con el modelo, era su modelo. Y yo sé que eso sí lo disfrutaba, como ninguna de las otras personas que conocí gracias a ella en el territorio underground que habitaba. Porque Alina guardaba historias muy duras que no platicaré acá. Entonces aquella fuerza expansiva, de atasque emocional y de sustancias, habría sido una congregación erótica de muerte imparable. O no. Yo no lo sé. Lo que sé es que aunque la gente la quería, muchos fueron alejándose de ella. Yo mismo, no pude seguir el ritmo que llevaba. Mi doble moral no era igual a la suya. Ahí no coincidíamos, porque yo quería operar desde la ambigüedad en el mundo como estrategia, y ella sabía que no podía. O que no quería.

Uno de los consejos que le di, y que menos atendió, fue que tenía que seguir escribiendo, porque poseía la mirada necesaria y la justa furia para ello. Yo imaginaba toda esa fuerza y esa gula, preparando buenas bacanales ficticias en los territorios de la literatura. Pero quizá eso era justo lo que no podía hacer; sentarse a sopesar mediante un régimen clasificatorio los debidos argumentos. Eso, al fin y al cabo, también tiene su buena dosis de moral auto-regulatoria. Ella, en todo caso, estaba para ser lo que fue; excedente remolineo; gasto de energía en el vértigo de estos tiempos de penumbra; la gran y grande Alina del vehemente amor, que nadie pudo recibir del todo.

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Cinco chaquetas mentales sobre onanismo

Por César Cortés Vega

Intro… 

El orden del pensamiento común da vuelcos con velocidad inusitada. Doy un ejemplo. Para contrariedad de los conservadores escondidos detrás del buenaondismo internacional de hoy, corre un rumor que podría ser trascendental para su existencia, si la lentitud moral no cerrara los ojos de los peones que la sustentan; se dice que la penetración anal ayuda a resolver los problemas de próstata. Si bien una cosa así parece ser publicidad para mandar a tomar por culo a todo el mundo, en cuanto a «natura» se refiere, nos encontraríamos frente a un descubrimiento médico que podría salvar miles de vidas. Se trata, sin duda, de un problema espiritual inagotable, pues obligaría a colocar la discusión en un territorio de confrontación de ideas bien interesante: o se sostiene el mito de que el placer no puede a la vez ser placebo, o se olvidan las inconveniencias respecto a la idea de que la mierda es mala, así como todo lo que tenga que ver con ella, y se decide por darle un buen masaje al órgano interno con algún objeto que por muy fálico que pareciera, tendría ante todo el carácter de un medicamento preventivo. El anterior, como muchos otros, es un clásico dilema de definiciones y usos culturales de los signos. Si es cierto que no podemos ocultarnos siempre tras la ambigüedad detrás de todo lo que nos sustenta, tampoco vamos a creer en las idioteces heredadas, por mucho que hayan sido mantenidas por cientos de generaciones. Al fin y al cabo, ¿no estamos hablando de un orificio y de un fetiche cultural que lo penetra? Un cup cake en la boca de un hermoso y lascivo ser –agreguémosle a la imagen unos tatuajes en las manos, embarrados de crema pastelera azul– puede parecer lo mismo. Una uña con cerilla, el placer del palillo en la encía o lo que se les antoje que tenga que ver con una cosa entrando en otra que deja entrar.

     Así  pues, mantenerse en una ambigüedad suspicaz, siempre será cruel para espíritus definitorios, pero a nosotros nos ahorrará tiempo frente a las ciencias que avanzan a pasos caracólicos.

    Lo que quiero decir en este breve texto a través de cinco ángulos es una idea que si se le piensa con calma, es bien común: más allá de nuestro ánimo moral, el orgasmo sucede. Por eso hay que advertir antes que sostengo que quienes no descreen de su propio pensamiento gracias a que bloquean la sencilla idea de que éste está regulado por una cantidad indeterminable de sucesos micro-históricos que hacen la conciencia de una época, y las proporciones de su emergencia, forman parte de un linaje distinto al mío. Así pues, hoy me rehúso a perder tiempo en convencerlos de manera directa. Una vida no bastaría para modificar los dos milímetros de poder cerebral que han conseguido mediante la necedad y el respeto a su propia genealogía. En todo caso una provocación como esta, tiene su parte clara (la oscura es que si chingas demasiado, no tendrás participación en el circuito de poder que se hace de silencios y complicidades fraudulentas). Si bien la argumentación en un desafío retórico puede llegar a ser pobre, de plática de café y berrinchazos nefastos, lo que establece es un sistema de perspectivas definidas a través de las cuales los campos se negocian por una estrategia emocional que fuerza posiciones. Los energúmenos microcefálicos de Pro-vida y sus arengas furiosas son un ejemplo: en tanto más los provoquemos, más asomarán la cabeza, y más fácil será declarar que siguen ahí, que por mucho que se disfracen de liberales, continúan operando bajo lógicas similares a las de sus predecesores históricos. Y es que hay que tener desconfianza cuando no los vemos, porque no por ello habrán desaparecido, y quién sabe qué necedades estarán planeando así en lo oscuro.

Entonces:

Chaqueta mental 1: Ipanema y Copacabana

Así el origen, una parte de este texto lo escribí de regreso de Brasil.  Y, entonces, específicamente hablo de las playas de Copacabana e Ipanema. Yo había elaborado la idea de que el paraíso estaba en las playas desiertas, cerca de la relación especular que a muchos nos hace pensar en que fuera del «mundanal ruido» se encuentra el espacio que nos salvará de la incongruencia racionalista que nos hace vivir en ciudades cada vez más estúpidas, ofrecidas a las instancias mediocres del capital y sus sabuesos. Sin embargo, las playas de Brasil son distintas y alucinantes, en lo que cabe de conciencia operativa del presente; nunca vi tantos cuerpos hermosos, tantas nalgas y senos presentes en su cotidianidad. Inundado todo de seres humanos, yo sencillamente estaba ahí como un espectador, incluido en su diferencia, o quizá, en su indiferencia latinoamericana. Y frente a todos esos cuerpos, inhibido en mi silencio, la cosa era imaginar, imaginándonos, en una estructura de poder fabulosa que no implementara la sexualidad fincada en un preconcepto de lo que debe ser, sino en una especie de orgía de miradas asumida desde la ambigüedad. La vocación del sexo en potencia. Belleza primigenia; todo comienza en la imaginación, y quien no lo considere así es un poco idiota.

  Hermosos cuerpos masculinos, y no tanto. Un hombre acariciándose la verga mientras veía a un adolescente de pelo brillante. Nunca nada, sino pura especulación. Mujeres de nalgas inconmensurables danzando su estrategia culilínea frente a ti. Quiero decir; toda esa gente contoneando ese cuerpo extraordinario en su diferencia. Una sexualidad incorporada al cotidiano. Por eso, la ambigüedad a la que me refiero arriba es apenas una manera de nombrar lo innominado: ahí el pensamiento conservador no puede hacer nada, porque no entiende. Ya sea en la oscuridad del bosque, o en la luminosidad de la playa, los ritos silenciosos seguirán cumpliéndose, una y otra vez donde la masturbación no se diferencia, porque está presente todo el tiempo en la base de los sentidos, invisible para quien no tiene ojos conceptuales para verla, y plena para quien sin nombrarla, la comprende.

Chaqueta mental 2: las cuentas de vidrio

Una especie de paraíso hereje: ignorantes acerca de las bellezas de una moral hecha de cuentas de vidrio, intercambiamos todo. Sin embargo, ¿qué tienen de malo las cuantas de vidrio que en sí son hermosas, lejanas siempre a la especulación del mercado decadente?: permiten la difusión lumínica del sol, hacen de los colores una experiencia ambigua del presente, nos hermanan con la luz… No así las cuentas de una economía regulada por la carencia promulgada hace siglos por el cristianismo y su experiencia heredada del vacío y la culpa. Cambiar cuentas de vidrio por joyas verdaderas, hace más incautos a quienes ya están dentro de un sistema de intercambio siniestro, y en ese sentido, yo seguiría condenando su engaño. Sin embargo, los sentidos pueden muy bien no ser burlados: ¿han colocado la mirada frente a un prisma de pedrería luego de haberse fumado un porro? Ninguna experiencia se le iguala, porque lo que entendemos ahí es inconmensurable. La luz se fragmenta y señala así espacios coincidentes, una geometría que si midiésemos dejaría de ser azarosa. Y el mapa mental que posibilita, dice complejidades poéticas, dice palabras radicalizadas por las sombras, dice sentido de vida más allá de un utilitarismo cruel y chato.

Chaqueta mental 3: The Presets

El tiempo no existe, babanclas inmemoriosos. Existe, sí, una definición del tiempo que predetermina nuestros movimientos. Yo hoy tengo quince años, pero podría tener menos o más. Hoy tengo diez o treinta. ¿Importa? Sí, para ánimos convencionales. Pero hay que hacer ahora una salvedad: sin mentir, escribo esto en el aire, de regreso a la Ciudad de México. He bebido más wiskys de los que a la aerolínea le convendría. Y qué voy a decir, sino la verdad; escucho a los Presets, un grupo ya viejo, pero que sigue siendo parte de mi relato de vida. Sin embargo, allá de nuestra historia personal, hay algo que  nos mantiene fuera de las estructuras. The Presets, son ahora para mí más que cualquier cosa realizada por la cultura. Pero no soy su fan. Es decir, no puedo recordar ni uno sólo de los álbumes que han grabado, y difícilmente me he aprendido el título de alguna de sus mezclas. Apenas bailo cada que los escucho, incautamente pero recibiendo un cierto tipo de energía que no se consume sino en la consecución de sí misma. Aquello que limpia la presencia, en un preset, concibe un futuro distinto… Un futuro que tiene su propio «futuro»; es decir, una conciencia de sí. Futuro con una estructura in-moral. Se ama a sí mismo, y por ello no conviene a ningún vaticinio. Ese futuro, por ejemplo, extermina la tontería porno: no tiene momento para el placer diferido. Es como una canción así, que por supuesto es producto de la cultura pop, y que sin embargo puede colar a través de los elementos que la propia estructura le brindó un memento radical, sin redención ni ánimo salvador, con una buena dosis de lo que parecerá cinismo, pero que apenas es revisión de los nuevos lugares comunes de la cultura, su rodeo, su pasar de ello por medio del baile y la hinchazón.

Chaqueta mental 4: Phillip José Framer y «La imagen de la bestia»

El detective Childe se viene, literalmente, en el momento menos esperado. Una cosa que me fascinó, pues en el evento narrativo, recordé que Bataille relataba algo parecido en su Historia del ojo; un tipo que se corría a la menor provocación, sin tacto ninguno, sin otro estímulo salvo el de la inconsciencia. Entonces, grandes chorros de semen brotaban en medio de las situaciones menos provocativas. Cuando leí el libro, no antes de una edad infantil que me hacía pensar estas cosas como si estuviera hipnotizado, me pareció que era ese el mayor recurso que ubicaba a la novela como género de ciencia ficción:

Abrió los cajones, con la esperanza de encontrar alguna ropa que ponerse. Antes de que pudiera examinar el primero, se vio estremecido por otro orgasmo epiléptico y eyaculó sobre las ropas colgadas en su interior. Había un lavabo que utilizó para lavarse los genitales, la cara y las manos. Bebió varios vasos de agua y regresó al buró. Había algunas camisetas y unos shorts de gimnasia. Encontró unos que eran casi de su talla y se los puso. Entonces se le ocurrió pensar que pronto tendría otro orgasmo y que no resultaría nada cómodo con los shorts empapados de esperma. Se resignó a dejarse la polla fuera del short, aunque se sentía ridículo. Ridículo que constató al mirarse al espejo. Un caballero andante con una frágil y rechoncha lanza. ¡Valiente caballero andante! ¡Valiente detective! ¡Un detective privado que se había vuelto público!

  Como buen escritor salido de los movimientos underground de los setentas, Framer es uno de los primeros autores que mezclan en sus novelas ciencia ficción, suspense y sexo explícito. En el caso de su personaje Childe, en La imagen de la bestia, el conflicto se evidencia entre la estructura de la ley y el carácter de monje a su servicio que tiene todo detective, y lo pagana que resulta la gratuidad de su orgasmo sobre los cadáveres que investiga.

Chaqueta mental 5: las chaquetas mentales

La idea común en México: chaqueta mental es una de esas estrategias rápidas para inhabilitar los embates reflexivos de alguien que intenta ganar –o recuperar– poder discursivo frente a los otros. Todo depende, también, del lugar en donde se sitúe el que utiliza la frase para desde ahí equilibrar su peso al lado de las acciones y las cosas que alguien más dice sobre ellas.

  Pienso, sin embargo, que el límite entre acción y pensamiento no es definitivo. Que aquella frase latina res non verba (algo así como «el que hace no dice») es poco certera. Eso porque se puede hacer con unas ganas tan estériles que al final se termine no haciendo nada significativo o, también planificar discursos a la vez que se juega a la posibilidad de error en la acción. Un hacer es finalmente una consecución de resultados que además de ser concretos, representan modelos que de no estar sustentados por ideales específicos, no serían útiles ni a nivel teórico, ni a nivel práctico. Las ideas, incluso, son un hacer simbólico, una configuración imaginaria de supuestos. Se hace como se dice y se dice como se hace.

  No es una acción  en el espacio lo que representa una transformación, sino la idea que es capaz de operar a través de ella. Por eso una acción es más la transformación de figuraciones que la realización de una cosa que puedas palpar. Incluso en el trabajo meramente utilitario, lo que está en juego no es la practicidad manifiesta, sino una serie de intercambios que pueden pasar desapercibidos, sí, pero que representan formas meramente ideales de realidad.

  Lo que puede ponerse a discusión es si eso que se imagina sobre un hacer concreto tiene o no sentido, que visto desde cierto ángulo le parezca bueno o no a quien lo contempla. Por eso lo que me parece sustancial no es si se hace o si se dice, sino la posición que ocupa quien, como todo actor que configura realidades a través del discurso activo, afecta el entorno en el que vive. Para decirlo en otras palabras bien comunes: cuáles son los ideales que representa la chaqueta y su sucesivo orgasmo. A quien, o a qué encarna –dado que toda cultura es una entidad dinámica de herencias creativas de distinta procedencia–por medio de su hacer-decir en acto. Qué placeres más allá del tiempo intenta reproducir una y otra vez.

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Las bocas de las serpientes y el abismo

Ilustración Alex Xavier Aceves Bernal
Ilustración Alex Xavier Aceves Bernal

Por César Cortés Vega 

1.- En los labios de una de las bocas abiertas de la ciudad, escribo esto. No se trata de una plaza, en el sentido estricto, aunque se le parezca un poco. Quizá justo porque se encuentra al lado de un espacio que sí lo es: tantas veces negado y redimido, el centro de un territorio que perdemos poco a poco, sin que sepamos muy bien qué hacer frente a ello. Y justo a su lado, donde me encuentro, las ruinas desactivadas de una cultura que parece sernos ya ajena. Yo, habitando la orilla de las fauces, de su despliegue. Y, mi voluntad de observador dice mucho acerca de esa incapacidad que nos limita frente a ambos espacios. Porque, ¿esta displicencia en las orillas del desastre, no es horror y a la vez deseo ante la incongruencia sacrificial? Alrededor del tragadero de un animal observamos las calamidades del pasado y del futuro. Nos indignamos frente a sus consecuencias, y sin embargo continuamos observando como si no nos afectara del todo, como si aquel llamado no fuera para nosotros. Sin embargo, hay un deseo parcialmente cumplido cuando advertimos la calamidad en el cuerpo de alguien más en el presente. De ahí nuestra verdadera preocupación.

    La plaza es el espacio sociopolítico en el que se señala la conjura contra los cuerpos, su extremo en términos de representación. Por eso, en el centro de ella se induce siempre el recuerdo del origen: un grupo de hombres que lleva el lábaro patrio, para volverlo a erguir todos los días. Marcialmente y sin amor, obligados por sus condiciones de precariedad, revivifican el mito puntualmente. Y luego todo lo demás; pistas de hielo para que el pueblo se divierta; espectáculos basura de cantantes oligofrénicos y una constante cancelación de los deseos subjetivos en una homogenización de la cultura. Las banderas vaciadas de sentido, hondeando. Una plaza es una amenaza reservada para los momentos ejemplares de la ejecución. Ahí es repetido el símbolo de la guerra clausurada, lugar en el que se administra la muerte para ser vista por los observadores, que reservan su derecho vital a mantenerse ajenos a la confrontación. Por supuesto, la plaza se ha des-plazado hacia otros espacios. La televisión se encarga, como ningún otro medio, de su sublimación. El escenario donde se encuentra el actor o cantante; su historia de esfuerzo; su desarrollo para llegar a ocupar el centro; los televidentes que lo avalan; los jueces y los aplausos, etc. Todo tiene también detrás la disputa clausurada por medio de las ingenuas disposiciones de una «paz» mantenida en la relación consanguínea entre ingenuidad y evolucionismo tautológico. Y el deseo, ahí, también cancelado. Lapidado, además, pues en América muchas plazas sepultan otras.

     Se dice que las fauces son el principio colorido del deseo, y a la vez del terror. En la no-plaza ocurre, de manera silenciosa, lo contrario. Si uno se concentra lo suficiente, lo verá. Se trata de un impulso frente al abismo que no es explicable en términos de racionalidad consecuente. Por ejemplo, yo ahora observo desde el balcón de un café, el espacio vacío de este hueco entre los edificios, dentro del cual hay ruinas prehispánicas; una ciudad sagrada entera que ha sido saqueada y que frente a nosotros parece ser tan sólo un museo. Sin embargo, a nuestro alrededor todo indica que aquellos vestigios aún tienen una fuerza atractiva, algo que nos incita a la pérdida de la paciencia. Y habrá muchas explicaciones distintas para ello. A mí se me antoja hablar de una que he leído hace tiempo en un breve relato de Edgar Allan Poe, llamado El demonio de la perversidad, en el que el autor señala lo inexplicable, la prima mobilia de ciertos impulsos irracionales:

     Estamos al borde de un precipicio. Miramos el abismo, sentimos malestar y vértigo. Nuestro primer impulso es retroceder ante el peligro. Inexplicablemente, nos quedamos. En lenta graduación, nuestro malestar y nuestro vértigo se confunden en una nube de sentimientos inefables

     Aquello que es innombrable ocurre en una frontera que divide las cosas simples de su complejidad. Una energía emitida por el deseo de preservación hace de lo conocido, territorio ambiguo. No hay significados radicales sino en el equilibrio que nos incita a atenernos a lo habitual. Sin embargo, hay un móvil que no es dictado por la razón –aunque el concepto “razón” sea apenas un eufemismo para ordenar los cabos sueltos de un caos no reconocido a cabalidad–. Según las normas morales de un orden que se afana en ella, a este móvil oscuro se le puede llamar perversión. Posiblemente también; deseo de ser engullido, pero también arrojo.

 2.- Hay una extraña entrada en el Diccionario de los Símbolos de Chevalier y Gheerbrant que me veo obligado a comunicar acá, por generosas razones:

     La palabra gola (latín gula) lo resume admirablemente: a la vez agresiva y ávida, macho y hembra, ya que muerde y engulle, la gola simboliza por su doble valencia la libido no diferenciada; por esta razón aparece a menudo en los sueños infantiles. Conocida es la universal atracción que sienten los niños al color rojo.

     No más referencias, porque se sugiere que se habla de algún tipo particular de serpiente, y luego el texto le deja a uno en el vacío. En francés el plural de gueule que significa garganta, es gueules que designa al color rojo. Según el Diccionario Crítico Etimológico de Joan Corominas, todo deriva de la costumbre por emplear pedazos de piel de la garganta de la marta para decorar el cuello de los mantos. Es posible que de ahí se derive la voz que denomina el adorno colocado alrededor de pescuezos de mujeres y hombres en el siglo XVI, y que luego nombraría el pedazo de la armadura que servía para proteger la garganta de los guerreros. Sin embargo, las palabras de Chevalier intrigan. ¿No son esos los principales alicientes para continuar una búsqueda cada vez más definida? Se dice que la palabra remite a la coloración de las fauces de un animal al engullir a su presa. Y es probable así que, en los confines de dicha ambigüedad, el terror se presente como invitación en los términos de una negatividad seductora.

     Gules es el nombre que se le da al color rojo en heráldica. Sin embargo, la referencia de Chevalier probablemente sea tomada del escudo de los Visconti, en el que se muestra una serpiente engullendo a un niño. Muchas leyendas alrededor del origen de dicho símbolo: una de ellas es que la serpiente representa protección.

    No me siento en la obligación de decir que esto es mero encantamiento de relaciones. Lo diré de cualquier manera: seducción especulativa que la escritura desarrolla, como una especie de hipnosis frente al posible lector. Y digo esto porque reviso algunas imágenes encontradas en el Templo Mayor, la boca abierta a la que me refiero, la no-plaza que me incita a la curiosidad. La entrada del templo de Ehécatl, que en sí mismo es una serpiente enrollada, es la representación de sus fauces. Ehécatl, entidad del viento, cambia los designios de los guerreros, ayuda a los entes de la lluvia, es el aliento de los seres vivos… Y basta de forzar relaciones.

    Dos espacios intuitivos, en todo caso. La clausura del ánimo en la plaza fundada, y el vértigo frente al abismo en las fauces de la no-plaza. Ante ello nos debatimos. Habrá que decir una última cosa. Para la cultura mexica, el ser engullido por una serpiente simbolizaba un estadio superior de conciencia. Una condición guerrera.

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Tiempo original, gasto improductivo

Por César Cortés Vega

La parte primaria

Aunque me resulta imposible recordar cómo terminó todo, ha quedado en mí la impresión de esa imagen que por diez o doce segundos se mantuvo frente a nuestras miradas: manchas de pintura naranja cuyo propósito era el de pasar por sangre. Más de la mitad del público reía, y es que a estas alturas toda imitación de una herida debe pasar por real. El dramatismo en la justa representación, pues lo único que nos puede hacer confiar es un naturalismo de la más fiel crudeza. De lo contrario la desconfianza no hará sino expulsarnos de la ilusión, sobre la que la frialdad sería apenas la señal más vívida. En cualquier lado, en todos, estas imágenes pueden comportar realidad. Hoy, en medio de los restos del éxtasis, no me queda duda; lo que pasó ayer, ese fingimiento confitado fue el principio de algo que, menos parecido a la celebración y más a una especie de verbena iniciática, está excluido de nuestra cultura, acaso oculto por medio de palabras convencionales y de una moral determinista.

Al principio apenas proyectaban imágenes sobre el cuerpo desnudo de alguien. Parecía por eso que ella/él se movía sin voluntad en medio de un fulgor azulado. Eran estampas distintas que cambiaban cada tanto sobre su carne. Los asistentes, en un principio, lo veíamos todo en la pantalla, por lo que el escenario había sido eliminado del auditorio y nadie conocía su ubicación exacta. Era casi una suposición, pues ninguno podía asegurar a esas alturas si la serie de luces y sombras transmitidas ocurrían en tiempo real. En todo caso, si las había, las cámaras estarían colocadas en la parte superior de las cuatro paredes de un cuarto contiguo. Sin embargo, pronto pensé que debajo de ese mazacote de pigmentos debía habitar un cuerpo que sería develado. No idea, sino certeza: convencimiento de que detrás de toda sugerencia fundada en una invención —que en este caso no era sino espesor sin ímpetu sanguíneo real, sino como alegoría— se encuentra siempre una autenticidad indirecta: corporación de sucesos, que se diferencian del puro montaje por la cantidad de sentido que unas partes aportan a las otras. Por eso permanecí quieto, casi sin mover ni un músculo, en medio de la oscuridad. Si toda imagen presenta un exceso —pensé— entonces todo movimiento conforma una apariencia.

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Autor: Dan Witz
Título: Byronesque

Excedente de energía y soberanía de lo sagrado

Georges Bataille, en el libro La parte maldita, aventura una idea acerca de los límites y el derroche. El excedente de la producción tan sólo ocurre cuando ya es imposible crecer, cuando se vuelve innecesario. Sin embargo aquella energía que en un principio fue usada para saciar la carencia, continúa su proceso pues es en la fuerza vital donde se encuentra su origen. Es decir; todo aquello que se sigue reproduciendo, excede los linderos de la necesidad, de su cálculo pertinente para motivos determinados por el desarrollo. La exuberancia no espera, es decir, no se ciñe a proyecto alguno. Es en sí misma lo que excede los límites del crecimiento, lo que no comporta utilidad. En resumen; pura pérdida. Este excedente es una especie de vaciado indispensable; el placer toma el espacio del deber, y tiende a la dilapidación, pues lo que la impulsa es la presión ejercida en el espacio de la necesidad.

Lo sagrado es su estrato más elevado; en el rito no hay mesura, pues de lo que se trata es de templar la potencia de la naturaleza. Todo es dable porque la creación coordinada tiende al crecimiento. Más allá de apaciguar a alguna deidad manifiesta, se trata de una operación de contundencia racional: el gasto improductivo. Entonces la estructura de los códigos que en un principio regulaban la administración de los recursos, se disloca. Y es que ya no sirven, pues de lo que se trata es de derrochar como toda fuerza viva lo hace. Probablemente la fiesta medieval de los locos, no sea muy distinta de los ritos arcaicos de éxtasis. Una «terapia» colectiva es, necesariamente más que eso, pues puede ser leída en el illo tempore, como marco de referencia radical que clausura por instantes cualquier desarrollo. Y por ello toda economía que tienda a la instrumentalización de la razón, incapaz de contemplar que apenas ésta es un orden de los signos acotado, tiende a erradicar el conflicto que propone lo otro, un otro lado de la producción, como exceso llevado al extremo contrario. Así, el trabajo apenas continuaría acá un modelado del progreso, para ser desechado de inmediato en gasto sin sentido.

Si el éxtasis tiene un principio, más allá de los términos descriptivos de cualquier alucinación, es este. La fiesta contemporánea es apenas su tibia remembranza, no porque no contenga toda la potencia necesaria para el desbordamiento, sino porque la muerte está oculta, apenas se vislumbra en las esquinas, en los recovecos narrados en secreto. Estremecimiento que en lugar de ofrecer el espacio propicio para que este exceso vital se reconstituya, atemoriza al pequeño ser escondido detrás de los compromisos adquiridos y su moral de gasto prudente; intercambio parcial; rito contabilizado.

Sin embargo, la frontera se encuentra en todos lados. No implica al ocio como bien de lujo del capitalismo, sino a su contraparte como desorden del sentido, como ofrecimiento del cuerpo; espacio primero de experimentación.

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Autor: Dan Witz

Después de la frontera

Podría pensar en que mi razón comienza a desfallecer, si no pudiera recapacitar sobre esto ahora. Si fuese capaz de dudar acerca de ello. Por eso me aferro; la imagen que me sostenía era la convicción de que mi mirada era tan minuciosa que se acercaba a un origen sin representación. Sin embargo, comienzo a vacilar pues ¿es posible que las palabras no sean, a la vez, movimiento? Mi deber, en todo caso, habría sido parar el flujo de ideas. No obstante su estructura era cada vez más compleja y no pude dejar de contemplarlo sino como un recién nacido espectador. Lo líquido se acerca a lo sólido, masa espesa sobre la impresión de la noche, sobre el cuerpo ciliar de mi ojo, sobre el lóbulo occipital. Cliché. Por eso intenté mantenerme quieto y pensé en colores, más que en formas.

—¿Quién reproduce, entonces, esta vocecilla? —pregunté. Era yo mismo, apenas hace unas horas un hombre sentado en su butaca observando una acción que de seguir así no habría tenido ningún sentido, luego convertido en un objeto que intentaba dejar de respirar, ser ese yo a ser sacrificado, alguien más como nacimiento de la diferencia. La música seguía, la fiesta apenas comenzaba.

Por supuesto, todo acto porta su propia negación; eso es lo que aterroriza al mundo estancado. Lo que parecía fuera de control, encontraba su sitio, justo porque en el fondo todos deseábamos la declaración… Yo soy tú, el alma que me habita. Soy el tiempo original que siempre es el mismo. Los cuerpos danzaban y lo que comenzara con una insinuación creativa, derivó luego en pérdida de la percepción diferenciada. Entonces los nombres se perdieron también, y yo apenas recuerdo, en esta repetición ficcionada del presente, lo que en ese otro presente se manifestara. El origen del signo, la differance que niega los cuerpos y los convierte en materia móvil, oferta que profana los límites de la cosa. Yo mismo era aquello tocándose, el cuerpo desnudo sobre el cual las imágenes desfilaban, la sangre que fluía. Encuentro de un sí mismo en los límites del otro. Todo eso que me negaba. Ninguna memoria se antepone al presente. Todo lo semejante: comunión en el sinsentido del abismo.

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Autor: Dan Witz
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Evolución del signo en el choco-culo

Por César Cortés Vega

La sicalipsis —que en el forzamiento de su evolución no es sino el agravio a las reglas de la moral y las buenas costumbres— nunca fue tan inútil, tan dulcemente desabrida. Y es que un estímulo radical ya no resulta suficiente para liberar nuestra renovada confianza en la salvación por medio del cumplimiento del deseo. Ejemplos sobran y cualquier pretexto, entre más banal, mejor. Acá hablaré de uno de entre muchos otros; intuyendo a medias la liberación de los apetitos en modelos variopintos, con el ansia que la iteración de las imágenes brinda para documentar algo que ya no es nuevo, pero que simula serlo.

Luego no quiero ser más la confianza en la comprensión, sin darle un poco de lustre a la imagen: pliegues que rematan en una raja estrecha; una estrella con arrugadas radiaciones que llama y a la vez desdice; el espacio de geografía carnal para la expulsión y a la vez para la introducción; el lugar más recóndito y sin embargo, insoslayable. La nueva vagina universal, diría quizá algún publicista perverso. Y ahora de chocolate: la empresa de origen inglés los oferta en internet, y la noticia ya ha corrido como viento fugaz. El “Edible anus”, literalmente: “ano comestible”.

 Ejemplo perfecto. Es decir, un dulce así no podría ser sino uno de los nuevos remates de la religión occidental del mercado. Inviolable en su estructura, pero apetitoso en los términos de sabor y asepsia para la calidad total exigida por los nuevos cánones lucrativos. ¿Qué libertino contemporáneo se resistiría a adecuar su lengua a aquellos pliegues de cacao y azúcar? ¿Quién a paladear la evolución material en la reproducción especular del signo? Si el llamado beso negro hacía referencia a lo desconocido, a lo arrinconado en el extremo de olores y sabores, a la ambigüedad de su utilización en las delicias expandidas de la carne, hoy se trata de una devolución edulcorada por el mercado global que desactiva los alcances de su penetración.

Pero hay que recordarlo; si el fetiche es fantasmal en tanto se separa de su productor, como señala Marx, la mercancía es acá la materia corporal del trabajador aislado de su uso efectivo. Porque, cabe también preguntar: ¿de quién es el culo original, que en su reproducción algunos devorarán extasiados? El sitio de internet de la empresa brinda una misteriosa pista; no se trata de un prototipo artificial, sino de la copia exacta de un ano verdadero:

(…) estas piezas de suculento chocolate se han elaborado a partir de la deliciosa parte posterior de nuestro impresionante modelo de culos.

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 Es decir, un asalariado cuyo uso de su herramienta de trabajo consiste en la reproducción de la apertura de su tracto digestivo. Nada raro que su trabajo precarizado se oculte a los ojos del consumidor potencial, pues el ano-ojo de la fabricación de objetos útiles se universaliza para la superación de las barreras de la producción y el canibalismo light de la parte corporal de un otro supuesto; un reconocimiento parcial que ocurre tan sólo por lujuria estándar:

(…) Estamos convencidos de que nuestra gama de anos pueden disolver límites raciales, de género, clase y orientación sexual.

¡Haberlo sabido antes!… Este optimismo desfachatado es una chistosada mercadológica, claro, pero a la vez una declaración de principios. Pensemos en que si la evolución del ano fue un hito trascendental en el desarrollo de los animales multicelulares, hoy resulta ser algo muy valioso para las quimeras de pueblerinos pudores, que parecieran haber descubierto apenas la liberación de las costumbres. Si se trata de un tema que cobra relevancia gracias a su óptimo funcionamiento multitarea –chocolates o concursos de disparo de pedos o la sublimación de las sensaciones por medio de lámparas de diseño o llaveritos fosforescentes– es quizá debido a que dicho signo, al contrario de haberse agotado, seguirá dando de sí.

No es extraño que, en el ejemplo que nos ocupa, ya se hayan ampliado los alcances del merchandising en el sitio de internet de Edible anus. El mismo modelo empleado para hacer las golosinas, ahora se oferta en plata, como si se tratara de una joya a codiciar. Claro, nada nuevo para quienes conozcan las colecciones del Sex Museum, por ejemplo, aunque yo no recuerde específicamente ningún ano de marfil como collar secreto del siglo XIX expuesto en sus vitrinas.

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 A pesar de su carácter de fetiche contemporáneo, su reciente inflación en términos de significación, lo separa de los meros términos kischt desde los que mucha producción de objetos en masa han sido pensados, para colocarlo en un espacio que apenas comienza a dar de qué hablar como sobrevaloración de las sensaciones como productos. O, mejor dicho, una mezcla trans-sensacional del gusto para crear nuevas mercancías. Una sublimación reciente de esto que digo es este ano de chocolate como un bien de consumo universal, que al prometer los dividendos suficientes, podría ser emulado por otras empresas. Y si este punto ciego de acá tiene futuro, no hay que dudar de las capacidades de la intricada red de relaciones del mercado global para hacerlo reproductible al infinito. Incluso reificado por nuevos aparatos culturales, que lo convirtieran en una nueva inteligencia no contemplada aún. Un ano que sabe a chocolate, entonces, desdice parcialmente su doblez en el anilingus; el binomio lengua-culo con el cual se separó de su función principal ligada del resto del cuerpo para ser pensado como dulce apetitoso y, por tanto, perder también así su carácter perverso. Este reciente hit del porno internacional puede muy bien ser la señal que estábamos esperando, una especie de memento que nos advierta de las interesantes posibilidades que nos depara el futuro. Y se me ocurre incluso una campechana idea acerca del posthumanismo, que no puedo dejar de comunicar acá.

Probablemente los pensadores de esta tendencia tan en boga hayan descuidado una rama de análisis posible; no únicamente habría que concentrarse en la ampliación de las habilidades corporales y conceptuales mediante la implementación de prótesis que expandan las capacidades humanas, sino también en la fragmentación del cuerpo y sus órganos en entidades independientes. Si el filósofo Robert Pepperell dice que el posthumanismo admite que los seres humanos tenemos una capacidad finita para entender y controlar a la naturaleza, pero que a la vez ésta no puede ser delimitada, es posible pensar también en la falta de límite de los órganos, no ya como propiedad extrínseca, sino literal. Quiero decir; podría concebirse un posthumanismo que no atendiera ni siquiera lo humano en los términos de su sistematicidad orgánica: un posthumanismo negativo que en lugar de alimentar la ilusión evolutiva, generara las condiciones para que una disociación fantasmal, llevada cada vez más al extremo en los aparatos de resignificación comercial, cobrara vida, mostrara sus contradicciones como caricaturas ominosas de nuestra estupidez supina. Estómagos parlantes reales, importados de las pesadillas televisivas, que recomienden un medicamento para luego morir; un ojo con piernas y brazos que lo único capaz de desear sea el sol en una playa de Ibiza sobre su ya cegada existencia; un pene con bigotes que dispare esperma estéril de colores; un ano de cartílagos del tamaño de un niño que declare el triunfo de los orgasmos anales sobre los vaginales. Cosas simples, como la naturaleza de muchos deseos.

Incluso el Edible anus puede ser el signo inaugural de una capacidad lingual suficiente, que le permitiera alcanzar capacidades lingüísticas verídicas a la altura de nuestros mejores personajes de comedia. Un ano parlante que, convirtiera la lengua que lo lame en el exterior, en capacidad vocal interna. Un ano boca con lengua que aprendiera a acariciarse poéticamente desde sus entrañas, murmurando palabras sublimes. Dúctil, inestable ser en el nombre de quien lo nombra, arrancado de su función primera para entregarse a las posibilidades independizadas del sentido.

Y entonces se podría también prever un espacio de combate y crítica radical que, más allá del cinismo de estas palabras, presentara su extrapolación partiendo de la misma retórica imaginativa. El ano-golosina sabor a culo real. ¿Por qué no, si la lengua de los amantes del beso negro pudiera ser suficientemente respetada? La jerga de esa desviación apocalíptica pudiera devolver entonces las palabras robadas a la identidad de la perversión. Vuelvo a hacer la pregunta: ¿qué verdadero libertino contemporáneo se resistiría a adecuar su lengua a aquellos pliegues de excremento y fibra vital? ¿Quién a paladear la evolución material en la devolución perversa del signo?

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*imágenes de http://edibleanus.com

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