Una abuela del oficio

por Horia Varlan

por Horia Varlan

“En la prostitución, el cuerpo no se vende, se emplea.”

Valérie Tasso

“Yo quería ser doctora. Sólo llegué a tercer año de primaria, tengo 60 años y soy prostituta.

Nací en Guadalajara, mi padre murió cuando yo tenía diez años por lo que tuve que empezar a trabajar a esa edad, soy la menor de cuatro hermanos. Las cosas en la casa fueron muy difíciles, mi hermano mayor era un desobligado, se iba con los amigos, tomaba y luego no le llevaba la raya a mi mamá. Yo me daba cuenta de las cosas y veía a mi madre cómo se angustiaba por no saber qué hacer, así es que empecé a trabajar con una señora haciendo la limpieza para sacar un poco dinero. Al principio fue duro porque extrañaba la escuela. A mí me gustaba mucho estudiar.”—Magos[1] habita en una casa refugio, me recibió en el comedor; ese día le tocó la limpieza y preparar la comida. Aún con el mandil y gorra antiséptica puestos, me preguntó con preocupación qué tipo de preguntas le haría. Se llevó las manos a la cara y rió nerviosa. Me dijo que le daba pena contestar ciertas preguntas, cosas íntimas.

“Como a los quince años comencé a trabajar de mesera en una cantina gracias a que una amiga mía conocía a la dueña; aprendí rápido y me volví la encargada de la barra. Supervisaba a las ficheras. Sabía el teje y maneje del negocio. Yo revisaba y repartía las fichas de las muchachas según lo que se hubieran bebido. Me gustaba ser supervisora, me sentía importante.

Mientras trabajé en la cantina me sobraron ofertas para salir con los clientes, un día no faltó quien insistiera de más y me llegó al precio. Así fue como empecé. No me acuerdo que sentí, pero no fue difícil taba yo bien chiquilla, tenía 16 años.” —Esbozó una sonrisa como evocando su perdida juventud. Mientras platicaba, los dedos regordetes de sus manos buscaron enredarse en el mandil que llevaba puesto, bajó la mirada y la fijó en su blusa blanca como si en ella pudiera ocultarse también. Es robusta, de piel blanca, tiene ojos negros, pequeñitos, uno de ellos lo tiene desviado; perdió la vista de ese ojo cuando en un asalto le encajaron un desarmador en la parte frontal de su cara, justo en el nervio óptico.

“Llegué a la Ciudad de México a los 22 años, pero lo que yo había aprendido allá en mi tierra y en el negocio no era igual que aquí. Todo fue diferente, estaba más maliado el asunto. Para ganarme el lugar donde trabajar me pusieron a peliar con un montón de viejas. Me quisieron echar montón, pero yo les dije que de una por una, sí me aventaba. Así es que pa’ ganarse un lugar había que entrarle a los chingadazos. Así me lo gané. De esa y otras formas me curtí en este ambiente.” —Movió sus manos con insistencia, se tocó la cara del lado donde está su ojo desviado como si hubiera querido ocultarlo y risueña contó las veces que la razia se la llevó; recordarlo le hace gracia, como si le vinieran muy buenas anécdotas que se reserva.

Afuera de la casa justo frente a la ventana del comedor, un grupo ambulante de música norteña comenzó a tocar, se escucharon los primeros acordes y poco a poco el voluptuoso cuerpo de Magos se fue escurriendo dentro de la silla de plástico.

“Pero no siempre he vivido de la prostitución, también un tiempo trabajé con una licenciada. Yo supe de este refugio por una amiga; yo no quería venir porque no tengo acta de nacimiento y pensé que me la pedirían. Luego me enteré que para estar aquí sólo hacía falta no peliar con las compañeras, asistir a las juntas con la directora, participar en los talleres y cooperar con las tareas en la casa. Lo que me ha costado un poco de más trabajo es sobrellevar a mis compañeras, algunas tienen el carácter muy agrio y luego andan agarrándose de las greñas. Yo mejor me aparto y me voy a otro lado. Todas hemos sufrido, pero no entiendo porqué tienen que ser tan amargadas. A pesar de eso me siento bien aquí, ya cumplí los siete meses y pues me quedo por no estar sola. Ya no tengo familia, mis padres y dos de mis hermanos ya murieron. Tengo mis hijos, pero no nos hablamos. Hace años que no sé de ellos. Nunca me casé.” —La música no dejó de oírse al otro lado de la ventana. A lo lejos los ladridos del perro, que adoptaron con el nombre de Cochambres, avisaron que alguien tocó la puerta. Magos volteó a su alrededor, me miró sin expresión y continuó.

“Todavía ejerzo el oficio de sexoservidora. Me salgo cuando no tengo nada que hacer aquí (en el refugio) o cuando me quiero comprar algo o necesito dinero. No tengo tarifa, es espontáneo. A veces les digo, paga el hotel, invítame a cenar y dame unos 200 pesos. Yo no estoy en una esquina, me voy a la placita y me siento a platicar. Como todos ya me conocen hay quienes solitos se acercan y hacemos bisne, a veces solo me invitan a comer, no es necesario tener la relación, solo buscan compañía. Siempre me he cuidado, a todos mis clientes les exijo usar preservativo. Tenía clientes frecuentes, pero ya murieron, solo queda uno, pero a veces se desaparece y luego regresa. Yo creo que siempre va a haber trabajo para mí porque dicen que tengo carácter bonito.”

Magos estaba sentada frente a mí, debajo de su mandil color café portaba una blusa y pantalón pescador, ambos blancos, que hacían resaltar las sandalias negras de plástico que calzaba, cruzó sus piernas blancas y redondas, se acomodó el gorro del cual se asomaron algunas canas entre sus cabellos dorados.

“Hace un par de días enterramos a una compañerita, ya estaba enferma. A mí me da harto miedo morirme sola, por eso prefiero quedarme aquí, aunque luego se estén peliando. Ya si me pongo más mala pos habrá quién me acerque un vaso de agua y una cobija.” —Magos es tímida, pero también risueña y hasta tierna. Cuando sonríe muestra sus pequeños dientes gastados y amarillos, sus ojos están enmarcados por cejas pobladas y canosas que se pierden en un rostro que las arrugas aún no invaden por completo. Su ojo desviado es el izquierdo. Actualmente padece de insuficiencia cardíaca, un problema que tiene desde hace algunos años. Disfruta mucho escuchar música, dice que la pone alegre.

“Estoy contenta en este lugar, qué bueno que en algo nos haya ayudado el gobierno. En general nunca han hecho nada por nosotras; cuando pueden nos señalan y nos levantan para llevarnos a la cárcel; eso sí, cuando están en campaña nos llenan de promesas y ahí tá uno echándoles la firma, ya cuando están en el poder se olvidan de todo.

Como somos la escoria de la sociedá, solo se acuerdan de nosotras cuando les conviene. A mí me ha ido mal con la policía, cuando no tenía dinero para pagar la protetsión y me dejaran trabajar, pos me levantaban. Pero cuando salía a trabajar más chamaca me ponía mis chorsitos y me les pelaba, pocas veces me levantaron. Nunca me pinté. Ora salgo como me ves y no tengo bronca. La vida está re difícil allá ajuera, aquí como quiera solo hay aguantarse el carácter de las compañeras, prefiero eso que estar sola.”

[1] Nombre ficticio para proteger su identidad.

aleAlejandra Buenrostro. Chilanga de nacimiento, le gusta escribir y viajar. Ama la chela, los esquites y las películas francesas. Destesta el frío, las cosquillas y la televisión.

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