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Toltekayotl technotronic | Hysteria
Toltekayotl technotronic

Toltekayotl technotronic

imagen por Rurru Mipanochia

por Karla Hernández Jiménez

Se despertó luego de un sueño nebuloso que aún cubría su cerebro conforme sus ojos y pies de titanio se movían en todas direcciones, tratando de adaptarse a las configuraciones particulares de aquella mañana gris.

Tenoch se levantó, poniendo un pie delante del otro hasta llegar al baño. El rostro delante del espejo le devolvió una mirada triste. Aún así, conservaba cierto destello de esperanza.

Luego de terminar de asearse y tomar su ración de alimentos criogénicos, salió al pequeño terreno que colindaba con su jacal.

Como cada mañana, mientras el sol comenzaba con su recorrido en el cielo nublado, Tenoch observaba el terreno del que se había apropiado su familia, suspirando ante la tierra árida que se extendía desde su patio hasta donde alcanzaba la vista.

No era que no supiera la forma adecuada de sembrar. Sus abuelos se lo habían dicho tal y como los ancestros lo habían transmitido desde tiempos inmemoriales, el conocimiento para sembrar la tierra llevaba circulando entre su gente desde hacía milenios.

Después de todo, la milpa era un espacio sagrado para los indígenas de aquel valle, así había sido siempre hasta que llegó el fin del mundo tal como todos lo conocían, cuando la madre Tierra finalmente se decidió a echar a todos los que alguna vez decidieron subestimar el poder de la naturaleza. Lástima que su gente también había salido afectada por esa catástrofe.

Hacia mucho tiempo que el gobierno mexicano les había dado la espalda. Los elegidos ya habían sido llevados al espacio, no había un lugar para ellos más allá de las estrellas.

En su momento, ni siquiera habían sido aceptados en la colonia de semihumanos, los descendientes de aquellos a los que sus respectivos gobiernos habían dejado abandonados, orillados a sobrevivir a su suerte.

Los sobrevivientes se asustaban al verlos, muchos habían llegado a pensar que de seguro esa gente había perecido como tantos otros. Cuando llegaron de repente al campamento que tenían, su reacción natural fue la de expulsarlos de la poca normalidad que se habían construido a jirones.

Como si su raza los hiciera menos sobrevivientes, ¿o quizás menos semihumanos?, que aquellos que habían construido un refugio en medio de la nada.

Nadie los vió partir desde el enclave que se hallaba en la antigua frontera entre México y Estados Unidos, nadie los recibió cuando decidieron habitar los restos valle en el que alguna vez había florecido la civilización de sus ancestros, aquel valle que alguna vez había estado dominado por un paisaje de pirámides veía renacer una nueva faceta de los descendientes.

Y ahora, en esta tierra fría, dominada por los inviernos nucleares y las tormentas radioactivas, había probabilidades prácticamente inexistentes de que algún fruto pudiera germinar, como si las raíces se detuvieran al percatarse del pobre suelo que llegaría a albergarlas.

Tenoch sabía de sobra todo eso, pero se empecinaba en continuar con la tradición en la que había sido educado.

Muchas veces se preguntó lo que hubiera pasado si sus antepasados no se hubieran doblegado ante los conquistadores que llegaron del este, del imperio donde jamás se ponía el sol, quizás los acontecimientos hubieran sido más favorables.

Lo más probable es que hubieran desarrollado su propia tecnología que les permitiera vivir un futuro mucho más luminoso en comparación con los tiempos difíciles que le habían tocado a él y a los sobrevivientes originales de su comunidad. Una auténtica mejora en el campo agrícola mezclado con la sabiduría milenaria.

Pero ahora nunca podría saberlo.

A veces, se le aparecía en sus sueños una milpa verde y frondosa donde abundaba el maíz como la que comentaban los más ancianos que había existido hacía mucho tiempo. Se imaginaba que surgiría de aquel suelo contaminado que alguna vez tuvo vegetación abundante.

Tendría que seguir soñando con lo imposible, por ahora tendría que conformarse con la Milpa virtual que había diseñado unos días atrás utilizando piezas recolectadas entre la chatarra que había caído desde el espacio.

Karla Hernández Jiménez Nacida en Veracruz, Ver, México (1991). Licenciada en Lingüística y Literatura Hispánica. Lectora por pasión y narradora por convicción, ha publicado un par de relatos en páginas nacionales e internacionales y fanzines, pero siempre con el deseo de dar a conocer más de su narrativa.

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