Tinta Roja

"Tricéfala", Ilustración de Itziar Markiegi

“Tricéfala”, Ilustración de Itziar Markiegi

por Iván Landázuri

– Creo que mañana me baja – Pronunció Rebeca mientras se subía las pantaletas.

Fernando no dijo nada.  La miró vestirse a un costado de la cama. Siguió recostado, el tema recién le comenzaba a angustiar, pero no lo suficiente. A pesar de encontrarse en la etapa de retractación, su libido no disminuía. Hasta cierto punto, ver el cuerpo esbelto y juvenil de Rebeca le devolvía cierta vitalidad oxidada. La observó abrocharse el brassier y cómo desaparecían sus costillas bajo la blusa escolar.

– Vístete que me tienes que ir a dejar – Dijo planchando con la mano la falda beige del uniforme.

– Te dejo cerca de tu casa, así nos da tiempo quedarnos otro rato.

    Pero ella, hizo caso omiso al ofrecimiento. Se encontraba casi por completo vestida, a excepción de una calceta que se esforzaba por encontrar. Fernando se levantó con pesadez. Entonces apareció la media enrollada entre las sábanas del mismo color merengue. Se sintió ridículo siendo el único que aún permanecía desnudo. Se vistió con lentitud mientras ella entraba al baño. La cama quedó sin tender. Afuera era la rutina pactada de siempre. El salía primero y tras encender el motor ella lo alcanzaba con rapidez cerrando el zaguán oscuro tras de sí. El trayecto en auto era por lo regular en silencio. Encendían la radio y en cada semáforo él le tocaba la rodilla mientras ella sonreía en señal de aprobación. La dejaba en un cruce próximo a la preparatoria a la que ella asistía. En el mismo sitio, donde la había recogido la primera vez que se vieron en persona. Bajó del auto rápidamente. Fernando seguía mudo, Rebeca intuía el porqué. Arrancó el auto y se perdió entre el tráfico de la hora pico. Ella cruzó la calle y en lugar de doblar en la calle acostumbrada, siguió de largo por dos cuadras más. Tragó un poco de saliva y entró a la farmacia.

“**”

    Esa mañana Andrea amaneció con ciertos dolores debajo y a un costado del ombligo. Fue a la escuela con una sensación extraña en el cuerpo, la mañana le parecía más calurosa de lo habitual. Las clases de Matemáticas y Geografía fueron largas y extenuantes. Fue hasta el tercer módulo, con el profesor de Civismo que se animó a pedir permiso de salir a los baños. Algo extraño pasaba en ella, pues de ser posible evitaba acudir a ellos, sobre todo sola y durante clases. Atravesó el patio. Los del segundo F ocupaban gran parte del espacio, se encontraban en Educación Física. En los baños un par de alumnas se acomodaban el cabello frente al espejo. Vieron como Andrea se metía en el último cubículo. Las escuchó parlotear un rato más antes de que se marcharan y ella quedara sola. Con vergüenza se bajó la falda temiendo haber tenido un accidente. Palideció y tuvo que apoyarse bien para no desvanecerse ante la impresión de ver su calzón cubierto de sanguaza. La ansiedad incrementó al percatarse que aquellos puntos habían atravesado la tela y manchado la falda. Todavía sentía las punzadas en su vientre como si un alacrán la pinchara por dentro. Permaneció largo tiempo allí, sentada en el retrete con los calzones entre las rodillas, que no se percató del sonido de la campana anunciando el receso. Afuera toda una jungla de adolescentes corría, se empujaba y depredaba sin reparar en la ausencia de Andrea.

    Fue Tania quien casi en la recta final de la hora, asomó sus narices por el baño en busca de su amiga. Andrea estuvo tentada a no contestar ante el llamado de su compinche, pero no deseaba permanecer en el último cubículo del baño pese a lo vergonzoso que le resultaba su condición. A pesar de sus esfuerzos de explicarle lo ocurrido a Tania, no hubo forma en que Andrea articulara un enunciado completo y coherente que revelara lo acontecido.

– ¿Qué pasa Andrea? Ya toca clases con la de Inglés.

– ¿No hay nadie afuera?

– No

    Y dicho esto, la chica corrió el pasador de la puerta metálica. –Entra y cierra rápido– Lo primero que vio Tania fueron los calzones enrojecidos de su amiga a mitad ya de sus muslos. Hubo poco que decir. Por suerte para Andrea, a su amiga le habían explicado en casa el hecho de menstruar. –Es normal, es algo que…– Se detuvo al reflexionar lo ridículo que sería dar una explicación en ese momento.

    Andrea lloraba más por la vergüenza que por los cólicos. El plan era simple. Regresar al salón,  sacar disimuladamente las toallas sanitarias de su mochila, junto con la sudadera de su amiga, para que ésta tapara las manchas de la falda. Ambas estuvieron de acuerdo. Y quizá el plan hubiese resultado exitoso si la profesora de Matemáticas no hubiese entrado a los sanitarios tan silenciosa como un roedor y observando dos pares de piececillos en el último cubículo, situación que de inmediato reportó a la directora, quien a su vez se dirigió al lugar junto con la testigo y la prefecta en un tono casi inquisidor.

“**”

– ¿Dónde estabas? ¡Te he dicho que te vengas directo de la escuela! – Le recriminó su madre al llegar a casa.

Rebeca guardó silencio.

– ¿¡Eh!? ¿¡En dónde estabas!? – Volvió a preguntar.

Respondió con el mismo silencio.

– Ponte a limpiar la cocina.

    La manera hostil en la que fue recibida le indicó que más valía andarse con cuidado y pasar desapercibida por el radar materno lo que restara de la tarde. Fue a la recámara a quitarse el uniforme. Allí encontró a su hermana tendida boca abajo sobre la cama sollozando. Ambas compartían habitación. Asoció el hecho al humor de su madre. Otra disputa en la que ella pagaba los platos rotos de Andrea. Se cambió en silencio. Casi a hurtadillas lavó los trastes, trapeó el piso y acomodó la despensa. Al mismo tiempo su madre pegaba gritos en el patio trasero. Miró por la ventana cómo colgaba el uniforme de su hermana en el tendedero.  En el cuarto, aún lloraba Andrea. Nunca fueron muy unidas. En realidad, la mayor parte del tiempo su presencia le era intolerable. Pero sentía pena por ella. Se recostó en su cama.

    Quiso enviarle un mensaje a Fernando, pero no logró encontrar su página en Facebook. Reinició el móvil pero el resultado era el mismo. Marcó su número, pero una grabación le indicaba que el número no se hallaba disponible o se encontraba fuera del área de servicio. Sintió urgencia por salir a buscarlo. Temía que éste se evaporase como un fantasma. En realidad lo que conocía de Fernando era aquello que éste le había dicho sobre sí mismo. Lo que en resumidas cuentas era nada. Le entraron ganas de llorar. Sacó el pequeño empaque de su mochila cuidando que Andrea no se percatase. Ella seguía hundida en un hondo llanto. Lo escondió entre las mangas de suéter y salió del cuarto.

    Los pasos eran sencillos pero el nerviosismo le impedía concentrarse.  Tuvo que volver a leer el instructivo nuevamente. Desenvolvió la varilla de la envoltura. Notó que su mano temblaba. Se sentó en el inodoro y orinó sobre el extremo absorbente de la varilla. Lo más difícil era la espera que seguía. Los minutos parecían tardar horas en morir con una agonía que Rebeca experimentaba en carne propia. Un par de gotas se estrellaron sobre su pierna. Tardó en comprender que lloraba. Notó que el cesto de basura se encontraba lleno de papeles ensangrentados. Su mente jugó con ella por un momento, como si se encontrara ahí, no por un retraso de dos meses.

“*”

    Las pastillas que tomaba Su hermana no parecían surtir el mismo efecto que en ella. El dolor seguía allí y por si no bastara sabía que su padre la reprendería al llegar a casa. El citatorio con el que había llegado tenía un carácter de urgente y lo citaba como su responsable a compadecer frente a la directora. “Actos indebidos dentro de la institución” decía en letras grandes y subrayadas en tinta roja. Sin duda esta había sido hasta ahora el peor día de su vida. El escándalo suscitado por la tarde le carcomía además la mente. El regreso a su salón escoltado por las tres brujas de Macbeth, ante la mirada y cuchicheo de los del segundo F. El interrogatorio de la directora a ella y Tania. Las amenazas de expulsión. Además era seguro que mañana ya todos sabrían de lo ocurrido. Le parecía una carga difícil de llevar por los dos años restantes.

– ¡Andrea! –Gritó su madre llamándola desde la sala.

    Se levantó en silencio. Escuchó los resortes de la cama crujir con el peso de su cuerpo. Deseaba estar en una tumba y no en la recámara. Le resultaba tan incómodo portar la toalla entre las piernas. Una sensación de la que sabía debía habituarse en adelante. No reparó en que su hermana ya no estaba en la habitación.

Su madre veía un tele-drama recostada en el sillón. –Junta toda la basura y la echas en el contenedor–

    Andrea sacó una bolsa negra de las gavetas y vacío en ella el cesto de la cocina. Se dirigió al baño para hacer lo mismo. No podía apartar de su mente lo que le esperaba al día siguiente en la escuela. También pensaba en Tania. Esperaba no haberla metido en problemas aunque sabía que su madre era más comprensiva. Temía perder su amistad. Quizá le habría mandado ya un mensaje: “Lo siento Andrea, no podemos seguir siendo amigas o todos pensarán que sí somos lesbianas” pero su teléfono estaba decomisado como castigo. Tendría que esperar hasta mañana para saberlo y eso la consumía todavía más. Empujó la puerta del baño. Se sorprendió al ver a Rebeca llorando con las pantaletas en las rodillas y sosteniendo en la mano un extraño objeto. La escena le resultó genuinamente familiar.

-¡Cierra la puta puerta! ¡Salte!

– ¿Qué pasa allí? Gritó su madre desde la sala.

Andrea se quedó inmóvil en el umbral de la puerta sosteniendo una bolsa oscura.

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