Primeras veces hay muchas, y con el tiempo son mejores

Por Adriana Raggi

La primera vez que leí un texto feminista sobre el desnudo, me convenció de que las imágenes de mujeres hechas por hombres, eran violentas y denigrantes. La primera vez que dudé de esta afirmación feminista sufrí una especie de shock –o se puede decir que a consecuencia de un shock personal– tuve la suerte de darme la oportunidad de cuestionar, el dogma feminista de la agresión automática de los hombres hacia las mujeres.

La primera vez que pinté un cuadro de desnudo de un hombre, creí estar cuestionando el concepto tradicional de desnudo. La primera vez que me di cuenta de que en realidad de lo que quería hablar era del placer y no del desnudo, fue cuando comencé a leer el Testo yonki de Beatriz Preciado. El primer capítulo me iluminó, me dijo: a mí me gusta el sexo, lo disfruto y no se trata de cuestionar el concepto de desnudo desde la teoría, sino de hablar del placer.

Al placer– no la primera vez que lo viví, eso no lo recuerdo, sino la primera vez que lo puse como un lugar de análisis, de encuentro de mi pensamiento, de desarrollo de ideas– me enfrenté de una forma intuitiva. ¿Disfrutar? Esa era la pregunta, ¿por qué tendría que desterrar de mi ser el disfrutar, para en su lugar, encontrar una lógica que me encasillara dentro de lo políticamente correcto? Es difícil buscar un punto de vista diferente de las cosas, cuando uno está muy encerrado en los ideales obligados.

La primera vez que me di cuenta, de que el buscar el placer en los ideales que me habían llevado a lo “políticamente correcto”, no tenía sentido, perdí la orientación. Me quedé parada frente a una pared blanca que crecía hacia el infinito. Mi nariz pegada a la pared y con una gran incapacidad para voltear la vista.

Después de ver fijamente esa pared en blanco. Por horas y sin sentido. Giré mi mirada, después mi cuerpo y decidí que era la hora de tomar un nuevo camino. Por supuesto, eso no fue fácil. Pero, por primera vez, en mucho tiempo, me sentí independiente. Con esa independencia venía un gusto nuevo en mi boca, en mi cuerpo, en mis emociones y en mi piel. Busqué el placer de decir las cosas que antes, la corrección política, me lo impedía. Busqué el placer de ponerme los colores, los atuendos, las palabras, los goces que yo quisiera sin sentir culpa.

Por primera vez pude enfrentar mis dudas. Mis dudas vestidas en papel, en fotografía, en imagen. Me vestí y me disfracé de placer. Me enfrenté a mi propia imagen sin pensarla como una imagen de víctima. Y la utilicé para mostrarme a mí misma que el tema del placer, del goce, tiene muchas vertientes, muchas formas.

La primera vez que enfrenté mis dudas, después de la gran pared blanca, fue cuando las pude pronunciar en voz alta. Me paré enfrente de mi cómplice de pensamiento, y se las dije. Esa primera vez fue la más divertida. Nos reímos sin parar. Y pude ver que mis dudas se parecían mucho a sus dudas. Y compartimos nuestras preguntas, y nos carcajeamos de lo políticamente correcto. Del pensamiento que no deja espacio para el cambio, para las dudas, para el cariño entrañable entre amigos.

Así que después de la pared blanca he recorrido un camino de primeras veces, de encuentros y también de olvidos. Me acordaré siempre de quienes me dieron la espalda, me acordaré de ellas en el olvido. Porque cuando encuentras un nuevo camino, y te das cuenta de que no puedes clasificar o limitar tu pensamiento, siempre hay alguien que por primera vez te muestra su verdadera cara. Y te traiciona, te quiere obligar, te quiere ordenar. Entonces, por primera vez, la pones en el olvido y te volteas para poder ver el placer.

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