Pasiones, afectos, emociones y sentimientos como disputa ideológico-política

Ilustración de Grita Grieta (Liliana Chávez)

Ilustración de Grita Grieta (Liliana Chávez)

Por José Alejandro López Noguera (Presidente de ASSEX).

Desde Descartes (1596), la sociedad occidental ha separado lo que le es sustantivo a la mente, de lo que le es propio al cuerpo. Esta dicotomía cartesiana, ponía en evidencia, que en nosotros había dos esencias: la mente, dirigida por la razón, utilizada por el varón y; el cuerpo, movido por las emociones/pasiones, relegado a la mujer.

     La razón, era un constructo noble, usado por los hombres equilibrados. La emoción, esos irracionales deseos corporales a los que había que poner freno, reino indiscutible de las mujeres, desterradas al desprecio de la histeria (etimológicamente hystear significa útero).

     Tuvo que ser el filósofo Spinoza (1632), el que pusiera un poco de cordura ante esta sesgada separación. Este autor, afirmaba que mente y cuerpo, son partes no independientes de una misma unidad. Ambas vuelan activas al unísono. En la actualidad, el neurólogo Antonio Damasio (1944), intenta poner ciencia a la filosofía de Spinoza, pretendiendo demostrar, a través de sus investigaciones, que al filósofo no le faltaba razón. No podemos entender la razón, sin la emoción. Nuestras decisiones necesitan una mezcolanza de ambas. Investigaciones llevadas a cabo por Damasio, demuestran que personas con un daño cerebral en ciertas regiones, impide que las emociones entren en juego en la toma de decisiones, siendo está un posterior desastre, llevando al sujeto a cometer errores de bulto en sus decisiones. Este autor concluye que “necesitamos las emociones para tomar buenas decisiones”.

     Spinoza, no hablaba de emociones como tal, prefería utilizar el término: afectos. Estos podían ser pasivos o activos y con ambos podemos desembocar, o bien en la tristeza (tristitia) o, por el contrario la alegría (laetitia). Es la laetitia, la esencia que todo ser humano ha de buscar para prolongar y mejorar su supervivencia. Los afectos pasivos (pasiones para Spinoza) nos llevan a ideas equivocadas, pues su esencia es incompleta. En el amor, por ejemplo, nos lleva a la idealización del ser amado. Pensamos que es el cuerpo del amado, lo que nos produce la alegría. Lo dejaremos todo por estar cerca, desertaremos de otras actividades, nos abandonaremos al gozo placentero, pero vacio. Una postura enfermiza que nos aparta de otros alimentos necesarios para aumentar nuestro potencial. Sin embargo con los afectos activos, entendemos que hay algo más que la simple idealización. Comprendemos que, con el otro, alcanzamos un vínculo, encontramos algo que es común a ambos, una noción común y construimos la relación bajo esta senda común, donde cobra importancia el cultivo de la “amistad”. No nos abandonamos a un solo alimento, pues entendemos que podemos querer al amado/a y llevar a cabo otros proyectos, que amplíen nuestro potencial. Ante los afectos activos, somos conscientes (usamos la razón) de la causa que nos llevo a la alegría, con los pasivos, no sabemos que nos condujo a ella, nos dejamos llevar por la pasión. Comprobamos pues, que hay afectos unidos a la razón, los afectos activos y afectos que solo se basan en la pasión, afectos pasivos. Damasio, entenderá que los primeros, nos conducen a una toma de decisión adecuada, pues razón y emoción se conjugan para encontrar mejores soluciones.

     En cuanto a nuestras relaciones amorosas, Spinoza distingue entre “amor pasión” y “amor acción”. El amor pasión no nos conduce a la felicidad. Es un acto sesgado, incompleto, no determinado por la razón, que nos lleva a pensar, que la alegría que nos produce el otro, es, únicamente, debida a su cuerpo (su sola presencia) y no por la comunicación que surge entre ambos, esa noción común. Amor pasión es un afecto pasivo. El amor acción, por su parte, nos lleva a la alegría. Parte de la generosidad y la amistad. Somos conscientes de cómo hemos llegado hasta ahí. Cuanto más nos aproximemos a los afectos activos-amor acción, más cerca estaremos de gozo de la felicidad.

      Esto nos conduce a la idea de Theodore Zeldin (1933) de que, quizás, la humanidad sería más feliz si, entre las personas, alcanzáramos un conocimiento mutuo superior (nociones comunes), una aprehensión penetrante de la diversidad como inherente al ser humano: “Uno de los primeros pasos en la búsqueda de los placeres ocultos es encontrar vínculos insospechados entre individuos que no tienen nada que ver, entre opiniones en apariencia incompatibles y entre el presente y el pasado”. Propone ir más allá de la individualidad, del manido aforismo griego: “conócete a ti mismo” para pasar a preocuparnos por conocer y reconocer a los demás, como seres únicos, que nos pueden aportar nuevas ideas, visiones, conocimientos, pasiones, afectos, emociones y sentimientos. Ir más allá del propio ego, convertirnos en mediadores entre mentes. Dejarnos persuadir por las biografías de otros que han vivido antes que nosotros, de los que moran a nuestro alrededor, para, quizás, poder entender lo que nos deparará el futuro, un futuro posiblemente, más humano. Ese sentimiento que es el amor, puede que se componga, de afecto, comunicación, entendimiento, diversidad y nociones comunes.

      Hoy, a los sistemas educativos, no solo se les pide que a nuestro alumnado, se le pueble, sus cerebros, de conocimientos que enriquezcan su razonamiento. Se les empieza a solicitar, una educación emocional, hasta ahora relegada a un segundo plano, pues se le ha dado prioridad a la primera (la razón). Se ha argüido que las emociones no son dignas de estudio, que no han de adentrarse en el mundo educativo, pues de lo que se trata es de crear personas capaces de encajar en un puesto de trabajo, como si las emociones no condicionaran la calidad, la eficacia y eficiencia e incluso la productividad. Estos autores, menospreciando las emociones, alegan que lo que otros pretenden malintencionadamente, es una “feminización” de las escuelas, dando a entender que, si ponemos en primer orden, las emociones en el aula, la educación perderá calidad, pues la emoción es asunto femenino, es decir, un asunto secundario. La razón o la emoción, no pertenecen a un género, no hay tal disputa dicotómica. Ambos se alimentan de estos dos constructos, pues como acabamos de manifestar: es imposible entender la razón sin la emoción. Es imposible entender a un género sin ambas características. Las emociones, también son una disputa ideológico-política.

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