Notas sobre Feminidad Molecular

Ilustración: Mujeres grabando resistencias

Ilustración: Mujeres grabando resistencias

“‘Esto es mi cuerpo’ =aserción muda, constante, de mi mera presencia. Ella implica una distancia: ‘esto’, he aquí lo que pongo delante de ustedes. Es ‘mi cuerpo’. Dos preguntas se envuelven inmediatamente: ¿a que remite este ‘mi’? y si ‘mi’ marca propiedad ¿De qué naturaleza es ésta?¿Quién es, pues, el propietario y cuán legitima es su propiedad?”

                                                                              Jean-Luc Nancy

Alejandra Díaz Zepeda

Esta reflexión se centra en dos aspectos, por un lado, hablando del cuerpo femenino en relación a la feminidad, el primer aspecto tendrá que ver con cómo potenciar esto que ya poseo, considerando que desde lo que poseo estoy capacitada de experimentar mi feminidad; el segundo aspecto responderá a la consideración de algunas manifestaciones femeninas dentro del contexto de aquello que he llamado porno-transgresión, estrategia que articula la violencia, la transgresión, el cuerpo, el sexo y una fuerte presencia de lo femenino desarrollándose en el terreno de lo pospornográfico para poder desarrollar esta propuesta.

1.

Para Nancy, “mi cuerpo indica una posesión más no una propiedad, es decir, una apropiación sin legitimación”[1], pues en tanto que propiedad mi cuerpo es objeto de dominio y entre ambos, nosotros, mi cuerpo y yo, ninguno es el propietario, ambos nos poseemos, nos reclamamos, nos existimos, ninguno, solo está a cargo del otro. Intimar con el cuerpo implica, no solo el conocimiento de lo que me hace ser, no una mujer, si no experimentarme como femenina. El ejercicio de intimar Implica un desagrado, un rechazo, deslumbramiento, intolerancia, disgusto, asfixia, debilidad y que cuya fragilidad ha llevado a definir feminidad desde otros asuntos. Cuando hablamos específicamente sobre el concepto de lo femenino, hablamos de formas, constructos sociales, políticos, religiosos, culturales en los cuales no se ve emerger lo femenino sino una lucha. Es decir, se precisa de una individuación más allá de las de personas o sujetos para abordar singularidades que yo encuentro precisamente en los cuerpos. Cuando yo hablo de nuestro género, de nuestra política, de nuestra historia, de nuestra revolución estoy siendo propietaria de mí como sujeto,  incluso si lo hablara desde el cuerpo siendo este el motivo de mi cuestión, mi cuerpo desnudo llevado a la lucha, mi control decisivo sobre él, sigue posicionándome solo como sujeto y sujeto propietario. No puedo hablar aquí de lo que poseo sino de lo que tengo a cargo. Tras una confrontación entre el “Poseo mi cuerpo, lo trato como quiero, tengo sobre él el jus uti et abutendi”[2] y de lo que es poseer desde su espacio etimológico que se encuentra en la significación de estar sentado encima, donde, “Estoy sentado sobre mi cuerpo […]” y  “Mi cuerpo está sentado sobre mí, aplastándome bajo su peso.”[3] La decisión de detenerme frente a esto que poseo más allá de esto de lo que me apropio es aún más exhaustiva.

     Así, pensar el cuerpo como una unidad de afectación, lo vuelve espacio de conexiones continuas. “El cuerpo es para mí ex-tensión, esto es 1) superficie, anchura -2) tensión, proyección al exterior -3) ex-posición, ofreciéndose a la alteridad y que nunca regresa dentro.[4] Es decir, este cuerpo extenso, es el cuerpo que se despliega, se define y se siente desde su exterioridad, desde otros cuerpos; como es superficie y anchura se presenta a otros cuerpos, en ellos comienza y termina, “Un cuerpo empieza y termina contra otro cuerpo.”[5] Es extenso porque se proyecta más allá de su postura, se posa pero no se limita a la inercia. El corpus, siguiendo a Nancy, se presenta y se entrega al otro, es así que él es todo lo que lo rebasa. De esta forma el autor ha posibilitado una forma de cancelación de la clásica perspectiva binaria, interior y  exterior no se oponen, por el contrario, la corporalidad es, principalmente, continuidad. Es todo lo que de él sale y lo que lo toca.

     Dicho de otro modo, recordemos las dos dimensiones del cuerpo propuestas por Spinoza, latitud y longitud,  a partir de la cuales —dicen Deleuze y Guattari— se define un cuerpo, es decir, el cuerpo en tanto plano de consistencia será “[…]el conjunto de los elementos materiales que le pertenece bajo tales relaciones de movimiento y de reposo, de velocidad y lentitud (longitud); el conjunto de los afectos intensivos de los que es capaz bajo tal poder o grado de potencia (latitud).”[6] Más allá de la figura, el cuerpo es todo el conjunto de moléculas y partículas que lo forman, es todas las zonas y fragmentos que lo crean, su sentido de continuidad se extiende hasta el sujeto. Podríamos pensar entonces, que la feminidad es tan parte del cuerpo como lo es la piel, pero más que eso es una individuación, un momento, un momento del cuerpo que precisa ser reconocido para luego ser  potenciado, no todo mi cuerpo es índice de mi feminidad, esta tiene que ser separada escapando del orden del cuerpo. Podría explicarlo así, la feminidad son momentos del cuerpo que se manifiestan en la propia materialidad y su orden no necesariamente responde a la organicidad si no a nuestras relaciones con ellos.

    “Existe un modo de individuación muy diferente del de una persona, un sujeto, una cosa o una sustancia. Nosotros reservamos para él el nombre de hacceidad.”[7] Es decir, el cuerpo como unidad o extensión implica hacceidades que no son simplemente ordenamientos, así como un día  posee individuaciones tales como el clima, las horas, mis acciones, las de aquel. El cuerpo posee  individuaciones concretas, y dirán Deleuze y Guattari, “[…] las individuaciones concretas válidas por sí mismas dirigen la metamorfosis de las cosas y de los sujetos”[8], es decir, la evolución hacia lo femenino tendrá que ver con las hacceidades del cuerpo. En el terreno de los planos propuestos por Deleuze y Guattari, el cuerpo femenino, la “bio-mujer”[9] tomando el concepto de Beatriz Preciado, pertenecen al plano de estratificación, pues este plano “[…] es tanto de organización como de desarrollo, estructural o genético, y las dos cosas a la vez.” Por su parte, la feminidad pertenecería al plano de consistencia en el que  “[…] ya no hay en modo alguno formas o desarrollos de formas; ni sujetos y formación de sujetos. No hay ni estructura ni génesis. Tan sólo hay hacceidades, afectos, individuaciones sin sujeto, que constituyen agenciamientos colectivos.”[10]

En tanto hacceidades de este cuerpo nos detendremos en lo menstrual, en la orina, flujo, heces, sangre, saliva, vómito, lactancia, piel, carne como manifestaciones en potencia. Es desde el propio cuerpo autónomo y soberano que podemos experimentar la feminidad, antes del artificio social y cultural o el pensamiento político tenemos la carne.

Debido a que el plano de consistencia, en donde he posicionado lo femenino, es un medio de transporte, y retomándolo desde un terreno familiar en estos días, estaría hablando de una suerte de pasaje del cuerpo cerrado de la pornografía al cuerpo desplegado de lo pospornográfico. Ya que para Deleuze en este plano “Ninguna forma se desarrolla, ningún sujeto se forma, sino que afectos se desplazan y devenires se catapultan […].”[11] Será el cuerpo como materia bruta que nos permita desplazarnos de la bio-mujer a la mujer-femenina. El cuerpo pornográfico es terreno de enunciación, es el espacio político, es la hipérbole del sexo, cuerpo obstruido -no potenciado; por su parte, el cuerpo pospornográfico es el espacio del deseo, de la experimentación y, me parece, espacio de manifestaciones femeninas.

2.

Desde mis intereses sobre la feminidad, pienso que ésta escapa de los fundamentos y consiste, en un primer momento, en considerar la soberanía y singularidad de los cuerpos. En tanto femeninos, somos cuerpos que recorren toda extensión y longitud, más profundos que lo que la penetración pornográfica posibilita, cuya capacidad de flujo atraviesa, fragmentado y uniendo al cuerpo, una corporalidad cuya naturaleza es correr, que se corre por todos sus orificios.

     Partiendo de una experiencia mucho más virginal, hablo de cuerpos que contienen su delicadeza desde la propia vulnerabilidad, la delicadeza femenina no está en su debilidad corporal como suponemos, está en su potencialidad de eyección, cuya eyección deviene de un correr progresivo de sus flujos en curso, de un cuerpo que en todos los sentidos se dilata. Es por eso que su realidad se materializa, se manifiesta en sus olores, fluidos, excrecencias, carne, orgasmo, senos, boca, ano; el cuerpo femenino es el cuerpo que se goza, sin fundamentos, sin políticas, sin rebeldías o perversiones fármaco-políticas que lo niegan bajo una sugerencia de experimentarnos como otro-masculino, esto es la negación del cuerpo como una revolución, supresión del género como forma de empoderamiento, diría en todo caso como obsesión del empoderamiento parodiando la masculinidad y devolviéndole a la masculinidad su carácter fálico. Es entonces una alteridad vacía, pues lo masculino, como supresión, navegando por el cuerpo no define mi potencia femenina ni mucho menos me acerca a la masculinidad, lo único que procura es una atrofia que no es esto ni aquello, lo fármaco, fármaco-política sería tan solo un detenimiento del derrame de mi cuerpo.

     Cuerpos cuya subjetividad los violenta, no-sujeto, sólo objeto que es violentado desde lo ajeno. La feminidad es una potencia de la carne que no siempre se explota, y peor aún la feminidad cada vez es más velada por el poder. La potencia femenina, me parece, consiste en la agudización de lo propio, somos cuerpo que amamanta y secreta, vagina que se “penetra” y a la vez sangra y orina, boca que chupa, besa o come y a la vez vomita y escupe, ano que se penetra y a la vez excreta. Aquello que he llamado feminidad pospornográfica en tanto reapropiación del género, es el cuerpo que más allá de ser penetrado se expulsa y se muestra, define no sus entradas sino sus salidas para manifestarse.

     Y en tanto cuerpos penetrados, el cuerpo pornográfico subraya en sí su impenetrabilidad, el cuerpo es impenetrable, dirá Nancy, y para ser penetrado, la carne tiene que ser rasgada, pues de otro modo sigue siendo la misma piel, de ahí su carácter continuo. El cuerpo pornográfico es una construcción, una suerte de superficie por la que transitan gran parte de los discursos. Considero que una de las grandes participaciones  de lo femenino en el terreno de lo pospornográfico responde a la búsqueda de un cuerpo presente, creo que la soberanía  emerge cuando este cuerpo es exaltado, bajo la propia soberbia o altiveza del cuerpo, la celebración del cuerpo femenino, que en realidad pretende tocar lo real y lo interior.

3.

Según  Nancy, la exterioridad y la alteridad del cuerpo llegan hasta un punto tal que es insoportable, pues en esa condición de diferencia se encuentra el desperdicio, pero se encuentra sobre todo el estado vil del cuerpo, un cuerpo innoble y agresivo que nos muestra lo que somos y en lo que habitamos “[…] es necesario que el cuerpo saque afuera y separe de él el residuo o el exceso de sus procesos de asimilación, el exceso de su propia vida. Eso, él no quiere ni decirlo, ni verlo, ni sentirlo. A causa de eso siente vergüenza, y sufre toda suerte de molestia y apuros cotidianos”.[12] Ese proceso de asimilación nos puede conducir a varios aspectos del sujeto, evidentemente el que me interesa aquí es el de experimentar lo femenino, pero éste precisa, no de una separación de lo que suponemos desecho sino de una descripción de nuestro cuerpo a partir de lo que el mismo nos permite, pues en tanto que nos afecta, él es género.

     Devenir-mujer, pensar el cuerpo como espacio de intensidades (violencia, transgresión, apertura). La violencia y la transgresión al cuerpo no es más que la circulación de intensidades, un puñado de afectos que se desplazan y nos encaminan de un estado molar a un estado molecular, pues este plano como plano de consistencia implica una desestratificación, dirá Deleuze, “[…] incluso por los medios más artificiales.” Desestratificar el cuerpo es un ejercicio cabal, pues el organismo siempre aparece tratando de obstaculizar de “reestratificar, reconstruir en profundidad formas y sujetos.”[13] Esa es la debilidad del cuerpo pornográfico, del cuerpo discursivo, del cuerpo político, que su profundidad está a la deriva del organismo, y en este terreno el cuerpo femenino se ha dejado ver sólo de una forma, obstruido por el ano, la boca y la vagina, mientras más intenso sea su toque más fuerte es la obstrucción, el cuerpo es empujado pero jamás abierto. Su apertura está en la cancelación de dicha obstrucción. Pensaríamos entonces si el cuerpo debiera ser rasgado, perforado, en este sentido, habrá cuerpos que decidan ser abiertos, penetrados de una u otra forma por todos lados, violentar su piel, violentar su carne, su torso, sus extremidades, pero ese cuerpo habrá decidido y a este punto tendremos que aclarar lo siguiente. “[…] una vez más, cuánta prudencia es necesaria para que el plano de consistencia no devenga un puro plano de abolición, o de muerte. Para que la involución no se transforme en regresión, en lo indiferenciado. ¿No habrá que conservar  un mínimo de estratos, un mínimo de formas y de funciones, un mínimo de sujeto para extraer de él materiales, afectos, agenciamientos?”[14]

     Me parece que sí, más allá de experimentar la feminidad de mi cuerpo siendo abolido se trata de crear una mujer molecular. El plano de estratificación, el organismo que es el cuerpo femenino, nunca se separa del plano de consistencia, experimentar la feminidad es experimentar el cuerpo y de ahí la importancia de conservar afectos. La transición hacia lo femenino es progresiva, al decir de Deleuze, “Devenir es, a partir de las formas que se tiene, del sujeto que se es, de lo órganos que se posee o de las funciones que se desempeña, extraer partículas, entre las que se instauran relaciones de movimiento y de reposo, de velocidad y de lentitud, las más próximas, a lo que se está deviniendo, y gracias a las cuales se deviene. En este sentido, el devenir es el proceso del deseo. Ese principio de  proximidad o de aproximación es muy particular, y no reintroduce ninguna analogía.”[15] Atender al deseo de experimentar lo femenino no pretende diferencia, igualdad ni lucha alguna, pretende una reapropiación de lo que en lo femenino ya existe, siguiendo hasta el propio deseo de ser cuerpo penetrado y abierto. Evidentemente al de un progreso a lo femenino tendrá que ver con un devenir-mujer que no responde a la mujer como entidad molar, esto es, al decir de Deleuze y Guattari “[…] la mujer en tanto que está atrapada en una máquina dual que la opone al hombre, en tanto que está determinada por su forma, provista de órganos y de funciones, asignada como sujeto. Pues bien, devenir- mujer no es imitar esa entidad, ni siquiera transformarse en ella.”[16]

     El devenir-mujer como instancia femenina responderá a las hacceidades del cuerpo, a la individuaciones concretas, precisamente a lo que se refieren los autores, este devenir deberá entenderse desde otras cosas que no tenga que ver con el imitar, sino con el emitir partículas entrando en relación de movimiento y de reposo, o “[…] en la zona de entorno de una microfeminidad.”[17]

     Para Deleuze, el devenir parece darse en el terreno de la extrañeza que precisa franquear el umbral o los umbrales permitiendo así ciertas conexiones, de ahí la idea de emitir partículas entrando en relación, en este sentido, como cuerpos, lo ha dicho Nancy, “la exterioridad y la alteridad del cuerpo llegan a lo insoportable”, pues todo lo que sale de ellos es visto como desecho, de lo que hay que separarse, sin embargo, el cuerpo femenino se experimenta en la continuidad de nuestro cuerpo, en su despliegue. Ante un devenir-mujer ha dicho Deleuze, “Por supuesto, es indispensable que las mujeres hagan una política molar, en función de una conquista que realizan de su propio organismo, de su propia historia, de su propia  subjetividad: “nosotras en tanto que mujeres….” Aparece entonces como sujeto de enunciación. Pero es peligroso adaptarse a un sujeto de este tipo, que no funciona sin agotar una fuente o frenar un flujo. A menudo, el canto de la vida lo entonan las mujeres más secas, movidas por un resentimiento, una voluntad de poder y un frío materialismo.”[18] Sin embargo, ante esto yo me preguntaría, ¿ha sido el cuerpo sujeto de enunciación?, ¿ha sido el cuerpo obligado a la sequía?, ¿y es el resentimiento del cuerpo lo que incomoda, pues ha sido construido desde una exterioridad y una interioridad que lo separa? La feminidad, en camino a lo imperceptible, precisa de una política molecular, franquear el umbral entre el exterior y el interior, bajo la seguridad de que eso que sale de mí, mi sangre, mis excrecencias, mis flujos son una continuidad de mi cuerpo, una desterritorialización de la mujer molar hacia un devenir -imperceptible.


[1]Jean-Luc Nancy, 58 indicios sobre el cuerpo. Extensión del alma , La Cebra, Argentina, 2006, p.23.

[2]Ibíd. 

[3]Ibíd.

[4]Correspondencia personal con Jean-Luc Nancy Jul-Ago 2011.

[5]Jean-Luc Nancy, op. cit., p13.

[6]G. Deleuze, F. Guattari, Mil mesetas. Capitalismo y Esquizofrenia, Pre-textos, Valencia, 2006, p.264

[7]Ibíd. 

[8]Ibíd. 

[9]Cfr. Beatriz Preciado, Testo Yonqui, Espasa, España, 2007.

[10]Deleuze, Guattari, op. cit., p.69

[11]Ibíd., p. 271

[12]Jean-Luc Nancy, op. cit. p. 28

[13]Deleuze, Guattari, op. cit., p. 272

[14]Ibíd.

[15]Ibíd. , p. 271

[16]Ibíd.

[17]Ibídem., p. 278

[18]Ibíd.

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