Negras pordioseras que venden el sudor

Negras pordioseras que venden el sudor

Presentación del libro Pordioseros del Caribe del poeta dominicano Johan Mijail

Por Cristian Cabello

Activista feminista del Colectivo Universitario Disidencia Sexual (CUDS) y Magíster en Comunicación Política (Universidad de Chile)

Hoy la ciudad de Santiago es hostil para las mujeres dominicanas inmigrantes. Son devoradas por las miradas de un patriarcado neoliberal, se cobijan en sus peluquerías para soportar una ciudad que no acoge, sino que separa. “El sentido de gueto, la visión maniquea de la realidad donde sólo caben unos; o nosotros o los otros. La necesidad de cerrar la puerta a cualquiera que no pertenezca al colectivo”, así explica la activista feminista boliviana María Galindo la experiencia de división racial. ¿Qué tiene ese caribe que hace que unas caribeñas pordioseras viajen hasta la Patagonia de América para buscar “mejor suerte” y traer el calor de sus cuerpos a un sur con icebergs y esqueletos de una pre-historia[1]? ¿Qué hace el caribe que tantas cuerpos negros se le fugan, que tantas cuerpas migran para terminar saciando la erótica capitalista de chilenos y chilenas con cuerpos que ni se imaginaban que existían? ¿Qué sabemos del caribe sino sólo su olvido?

     Como frustrado de tanta espera y exhibiendo la violencia que supone imaginar un futuro -en unas islas que fueron saqueadas por colonizadores europeos y norteamericanos- un poeta performer dominicano pregunta a gritos al imperio “¿Cuándo vas a contestarme el teléfono? ¿Cuándo dejarás de hablarme en inglés? ¿Cuándo me darás la oportunidad de dejar de ser esclavo y ser amo”[2]. Una  feminista negra y transfronteriza describe ese clima poético como un infierno, como un territorio donde se sobrevive con la locura. Es cierto que a veces esta locura permite sobrevivir y eso lo sabemos los y las poetas: “Yo sé que la locura es un pretexto que han inventado algunos grupos para marginar a otros grupos que se están enterando de qué es lo que está realmente pasando en este presente”, dice la voz de Johan Mijail, para luego agregar  que la locura ya es un modo de vivir: “hace ya algún tiempo es fruto de la posmodernidad, donde la gente hace todo lo posible por parecer demente”[3]. Entre la figura de una negra loca, una escritura que va pa’ llá, viene pa’ acá, “Sí, señores, tó e’ ná, cuando se vive en esta hipocresía. En esta mentira travestida de verdad. Tó e’ ná, Ná e’ tó, Tó e’ coro’”[4].

     Como una filosofía del caribe el todo se vuelve nada y la nada todo, un modo de burlarse de un pensamiento que busca razones y explicaciones para estas vidas caribeñas precarizadas. Mijail no hace tomar conciencia de estos problemas de tercermundismo con razones, sino con fragmentos poéticos que presentan cómo el cuerpo caribeño es educado para soportar un no futuro[5]. Bourdieu en una conversación con Egleaton señala “las personas dominadas, las mujeres, adquieren el sometimiento a través de la educación del cuerpo. Podría dar algunos detalles: por ejemplo, las chicas aprenden a caminar de un modo determinado, a mover sus pies de una forma particular y a ocultar sus pechos” [6].

     La educación sobre el cuerpo, el cuerpo como un foco de aprendizaje del sometimiento que es precisamente un proceso que no es necesariamente asunto de la conciencia. La emancipación como una cuestión del cuerpo. ¿Cómo reconocer el lugar del sometimiento racial y sexual? Nos parece preguntar Mijail. Hay una insistencia por un cuerpo racializado que responde, un cuerpo caribeño que se emancipa, que es todo lo que nos queda. Como pequeñas acciones de performance se presenta este cuerpo negro: “lo primero que hago cuando despierto en las mañanas es ver si mis cejas todavía están sobre mis ojos”[7].

     En el texto la afirmación negra no aparece de modo identitario, no es una identidad caribeña solicitando aceptación desde un foco colonial que nomina la política de forma compartimentalizada, sino que se trata de una parodia poética de un texto que no parece poesía sino que más bien ocupa la forma del ensayo para escribir una poética pordiosera. “La queeridad deshace las identidades a través de las que nos experimentamos como sujetos, insistiendo en lo Real de un goce que ya ha sido clausurado de antemano por la realidad social y por el futurismo en que esta se basa” dice Lee Edelman (2014) poniendo atención en cual es el lugar del deseo de un cuerpo que no se hace Real sino sólo como rareza posible, alegando que no todos los cuerpos adquieren un territorio visible como ciertos sexos y la “raza”. Prestar atención en el color de la piel es de antemano un diálogo social y político negado, una negritud que no se piensa como parte de los relatos futuristas de la nación heterosexual donde vivimos. Para romper esta clausura contra lo negro la escritura de Johan Mijail es algo de lo que –ocupando palabras del dominicano Junot Díaz- “los muchachos no pueden parar de hablar (…) y cuya atracción todavía no entiendes”[8]. Como una rareza dentro de una ciudad como Santiago la escritura de Mijail toma  escena como una excepción dominicana, como una rareza dentro de ese estereotipo que piensa sólo como víctimas a los cuerpos caribeños.

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fotografía por Gonzalo Tejeda

     ¿Cómo tomar reconocimiento de este sometimiento racial? ¿Cómo se vive siendo un dominado en  un New York chiquito? Un Apocalipsis caribeño, ruinas y
desolaciones en el territorio donde llegó Colón y donde ahora después de 500 años la “estatua de Cristóbal Colón está sola” donde “ya no hay enamorados dispuestos a ir a besarse a los parques ” (pág. 41). Mijail pone un cuerpo isla, inserta corporalidad al territorio. Una isla donde sus habitantes originarios, los Taínos, se rebelaron contra los españoles y “comenzaron a asesinar a sus propios hijos y recién nacidos, a fin de que no sufrieran el destino que ellos debían padecer en carne propia” [9].

     Son esas violencias que educan al cuerpo racializado lo que se pone en escena en esta isla donde los relatos civilizatorios del progreso siguen siendo promesas válidas, tan válidas que inmigrantes dominicanos, quizás vecinas de Mijail, llegan a Chile con la información de que aquí en Chile se paga en dólares y de que hay trabajo e incluso cuando llegan aquí notan que no hay tantos negros[10]. Y es que ¿a quién le interesa pensar o hablar del problema social e histórico que se apega al color de la piel? Entonces son esas promesas de un neoliberalismo que genera promesas de un avance y un mejor desarrollo, son esos discursos los que Mijail parodia. Una poética política que derrumba estos sueños económicos civilizatorios y se arma sus propios afectos.

    “El mundo es una trampa donde van cayendo por un hueco enorme muñecos de plástico de todos los tamaños y colores para poder sobrevivir cuando se acaba la naturaleza o cuando comienzan a llover gotas de cemento y a veces piedras” (78).

     Esta ficción con la que se arma Mijail es para una resistencia, la resistencia a articular relatos no victimizarios de la negritud. Sino eso que no esperabas.

     Y debemos afirmar con Mijail como la razón es un lugar de instauración de colonialismos históricos que excluyen esa dimensión donde el cuerpo se articula y no necesariamente desde la razón. Así lo advierte Bourdieu “yo lo llamo una tendencia escolástica, una tendencia a la que todos estamos expuestos: la de pensar que los problemas pueden ser resueltos sólo mediante la conciencia”[11]. Y asimismo aparecen escenas donde las creencias expresan otros modos de habitar que han sido silenciados, donde aparecen fantasmas, espectros más que personas, donde el pan en la puerta servía para no “dejar entrar cualquier energía a la casa. Que lo malo andaba suelto y nuestra responsabilidad es alejarlo”(88). Esta es la voz de los padres del caribe, una que asusta, que reprime y que persigue.

     Politizar el color del cuerpo, no significa colorear o travestir superficialmente el cuerpo, sino reconocer los vínculos donde se reproduce la violencia racial. No es mera performance. La raza es una dimensión que no requiere sólo de un grupo humano o que describa a una minoría, sino que está fundada en dimensiones sociales como la familia. Familia, nación y raza es lo que se presenta en este ensayo poético de un cuerpo que se declara isla, donde no hay ninguna familia armoniosa sino que Mijail se enfrenta a los estereotipos de la negritud. “El tambor, la velas, el gagá. Cada una de esas características de nuestros ancestros parece le hicieron algo malo a los presidentes y a los que han tenido, desde siempre, el poder. Los vencedores” (89). ¿Por qué y para qué preguntarse por los ancestros? ¿Cuál es el lugar de lo hereditario en un régimen nacionalista sino sólo restituir el valor de lo sanguíneo de esas “primeras familias” originales? Y como afirma la feminista bióloga Haraway la raza se basa en una diferenciación de sangre, de quién pertenece a qué tipo de origen y a que por favor no se mezclan las sangres. “Los lazos sanguíneos eran los hilos proteicos expulsados por el paisaje físico e histótico de sustancia de generación en generación, formando los colectivos orgánicos altamente entretejidos de la familia humana. En este proceso, donde estaba la raza estaba también el sexo. Y donde estaban la raza y sexo, las precauciones en torno a la higiene, la decadencia, la salud y la eficiencia orgánica” (Haraway, 265). ¿Cuándo unos orígenes sanguíneos, es decir familiares, siguen constituyendo el relato del sujeto? Es decir, donde los orígenes siguen importando, la raza seguirá funcionando como un articulado de exclusión. Algunos tienen el honor de saber y hablar sobre sus orígenes familiares, conocen la herencia de su sangre, otros nos conformamos con imaginar una raza kiltra, una donde las violaciones entre españoles, indias y negras nos difuminaron un pasado biológicamente prístino[12].

     ¿Cómo se sobrevive siendo un pordiosero del Caribe? Esa es la pregunta que instala la posición crítica de Mijail resaltando ese lugar del pordiosero que imagina en qué basurero quiere pasar la noche cuando se acabe el mundo o que incluso ha pensado en vender su sudor “para darle tumbe a los extranjeros que todavía creen que somos únicamente palmeras y motoconchos y, del otro, enormes tiendas con ropa muy fea y cafeterías donde he pensado ir a vender mi sudor” (86). Y no es locura, pero también sí, y no es sólo una buena performance, pero también sí, sino que Mijail propone y sigue el juego de la imaginación neoliberal, ese donde un caribeño hace visible que quizás sea posible vender ese cansancio, ese gasto enérgico, ese sudor ya sea sexual o efecto de la explotación laboral, ese sudor que se pone a la venta y que no es visible en las vitrinas. Ese sudor invisible del inmigrante que tampoco sabía que en el sur hacia tanto frío y donde viven negros y negras atrapados en la isla que nos enseñan es Chile.

[1] Recomiendo revisar la investigación periodística sobre las trabajadoras sexuales dominicanas en la región de Magallanes de Chile. “Crece la violencia y los abusos contra mujeres migrantes en Magallanes”. En Ciper. Link: http://ciperchile.cl/2014/12/29/crece-la-violencia-y-los-abusos-contra-mujeres-migrantes-en-magallanes/

[2] Pordioseros del Caribe (2014) Johan Mijail. Editorial Desbordes: Santiago.

[3] Íbid. Pág. 85.

[4] Íbid.

[5] No al futuro. La teoría queer y la pulsión de muerte (2014) Lee Edelman. Egales editores: Barcelona.

[6] “Doxa y vida cotidiana: una entrevista” (2003) Pierre Bourdieu y Terry Eagleton. En Ideología: un mapa de la cuestión, Slavoj Zizek. Fondo de Cultura Económica. Pág. 300.

[7] Pordioseros del Caribe. Pág. 85.

[8] La maravillosa vida breve de Óscar Wao (2008) Junot Díaz. Editorial Mondadori, Barcelona.

[9] La invasión de Haití. La cara sucia de las razones humnitarias (2013) José Antonio Gutiérrez. Witrän Propagaciones, Argentina.

[10] Observaciones realizadas en el contexto de la investigación Fondecyt “Inmigrantes ‘negros’ en Chile: prácticas de racialización/sexualización” a cargo de la Dra. María Emilia Tijoux (2013-2015).

[11] Op.Cit.(2003). Pierre Bourdieu y Terry Eagleton. Pág. 300.

[12] Agradezco a Lucha Venegas, activista CUDS y huacha, esta reflexión.

Johan Mijail Castillo Guillén (Santo Domingo, República Dominicana, 1990) Periodista, escritor y performer. Ha publicado un poemario (Metaficción, 2011).  Ha presentado exposiciones fotográficas, performances y spoken Word. Trabaja gestión cultural y colabora para medios de comunicación de su país.

http://johanmijailcastillo.tumblr.com/

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