Las Crónicas Ecosexuales de Laura Milano

por Laura Milano[1]

 

Recuerdos ecosex

Hace cuatro años atrás, tuve la dicha de conocer y experimentar la  ecosexualidad a través de los talleres y bodas ecosexuales guiadas por Annie Sprinkle y Beth Stephens que realizaron en España. En estas pequeñas crónicas realizadas en las ciudades de Barcelona y Gijón en el verano de 2011, comparto esa experiencia transformadora, colectiva y pospornográfica; en la que muchxs entregamos nuestros cuerpos al goce con la Madre Naturaleza. Esta colección de crónicas es parte del libro USINA POSPORNO. Disidencia sexual, arte y autogestión en la pospornografía [2] (Buenos Aires: Títulos, 2014), que se presentaría en Ciudad de México y Querétaro a finales de julio de 2016.

La llegada a Catalunya y los talleres ecosex

     Verano en Barcelona. El primer evento posporno de la temporada ahí en la ciudad, fue la Boda ecosexual de Annie Sprinkle y su pareja Elizabeth Stephens en la cual la unión sería con las rocas. Las bodas ecosexuales son un ritual que Annie y Beth realizan desde hace años en distintas partes del mundo como parte del proyecto Love Art Laboratory, en donde exploran el nexo entre arte, sexualidad y naturaleza. En cada boda se busca afirmar la metáfora de la Tierra como amante más que como madre; desde esa visión se abre un mundo de erotismo a explorar que puede desafiar las prácticas sexuales del orden heterocentrado. Junto a esto, el aporte principal de las bodas ecosexuales es su llamado de atención sobre el deterioro ambiental y un llamado a la protección del medio ambiente. Un nuevo tipo de acción ecológica pensada desde la sexualidad.

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     En cada boda, ellas invitan a artistas y activistas a participar del evento para que armonicen la ceremonia con distintas expresiones artísticas. Claro, siempre respondiendo a la consigna de la ecosexualidad.  En este evento el desfile de performance fue inagotable: cuerpos cyborgs revolcándose a los pies del público y perfomateando el derrumbe de las rocas, sacerdotisxs dando odas a la Tierra como amante, novixs sacándose rocas de la vagina y gimiendo de placer, poetas oponiéndose a la boda con blasfemias contra el patriarcado, la Iglesia y la institución matrimonial.

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    Con este evento se dio por inaugurada la semana ecosexual en Barcelona signada por dos talleres en la ciudad.  Sin tener ninguna referencia más que la boda que acababa de presenciar, me anoté en los talleres que Annie y Beth realizarían durante el mes de junio. Si la asistencia a la boda marcó un acercamiento como observadora a la temática de la ecosexualidad, la participación en los talleres implicaba meterse de cuerpo entero en aquello estaba empezando a investigar.

     La propuesta de los talleres ecosexuales era muy simple pero el desafío implicaba algo sumamente complejo para nuestros cuerpos adoctrinados bajo la heteronorma y el coitocentrismo: erotizar nuestra relación con la naturaleza, encontrar placer en el contacto con un árbol, con una roca, con el mar, con el viento. Durante varias jornadas se trabajó la idea de la ecosexualidad y cómo conquistar ese universo mediante la meditación, el trabajo intenso sobre la respiración y la realización de ejercicios ecosexuales que nos pongan en un contacto más erótico con la naturaleza. Un ejercicio fue recurrente a lo largo de los talleres: nos recostábamos sobre la hierba, con los ojos cerrados y formando un círculo. Mientras algunxs estaban lamiendo la hierba, salivando hojas y raíces; otrxs frotaban sus genitales contra un árbol mientras un gemido escapaba por sus labios; otrxs buscaban puntos G entre las flores; otrxs penetraban con sus dedos la tierra fresca de modo tan intenso que luego quedan tiraxos boca arriba, agotadxs y sin aire, mirando el cielo.

     Los primeros encuentros se realizaron en Hangar – un centro abierto para la investigación y la producción de artes visuales ubicado en un antiguo galpón en el barrio de Poblenou- pero al paso de los días nos fuimos trasladando más hacia la naturaleza: primero fue un parque, luego en una playa en la ciudad y por último nos trasladamos a una playa virgen en las afueras de Barcelona. El escenario que se elige trata de ser lo más natural posible para poder soltarse y conectar más no sólo con la naturaleza sino con lxs compañerxs de taller. Mediante juegos y ejercicios lúdicos que Annie y Beth nos propusieron, se generó una complicidad grupal que habilitó a disfrutar, a jugar entre todos, a compartir fantasías, a improvisar pequeñas performances ecosexuales.

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    En el transcurso de las dos semanas que duraron estos tallares pude ir explorando en la experimentación de mi propio cuerpo en una expresión sexual que desconocía. Mi percepción sobre el contacto con la naturaleza iba tomando otros matices jornada tras jornada, ganando así en sensaciones, en olores, en excitaciones. A partir de esta experiencia corporal, pude compartir de una manera más próxima las sensaciones que cada uno de lxs participantes manifestaba. Algunxs decían que la experiencia ecosexual los hacía recuperar algunas prácticas eróticas de la infancia cuando vivían en ámbitos más rurales o alejados de la ciudad, otrxs decían que encontraban en la Naturaleza al amante siempre dispuesto, otrxs que por medio de la ecosexualidad podían reconciliarse un poco con el mundo que ya creían destruido y que sólo les despertaba ira, otrxs –como yo- confesaban tener poca vinculación con la Naturaleza en la vida cotidiana y que la propuesta de los talleres les había hecho retomar el amor por lo natural desde la experiencia erótica.

    Al término del segundo taller (realizado en una playa solitaria) Annie nos entregó el diploma de “ecosexuales”. El gesto se multiplicó en abrazos, besos, baños de barro, bacanales de ricas comidas y caricias grupales. Luego, llegó la hora del chapuzón colectivo y del encuentro eco-amoroso con el mar mediterráneo.

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fotografía por Carolina Checa Dumont

 La niña de flores y el carbón

El verano posporno en España empezó con una boda y terminó con otra. Dos eventos que ahora puedo unir en una cadena de situaciones que tienen como punto de partida y llegada un “sí quiero”. Unas semanas antes durante la última jornada de los tallares ecosex, Annie y Beth me propusieron que participe como performer en su próxima boda ecosex a realizarse en el norte de España hacia finales de julio. Tú podrías ser una perfecta niña de las flores, sería muy bueno que vinieras a Gijón”. El “sí quiero” ya estaba habilitado.

     La Boda Negra estaba programada para el 23 de julio en el marco de la Semana Negra de Gijón, un evento enorme que convoca a todo el pueblo asturiano. La convocatoria a participar en la boda estaba abierta por iniciativa de Annie, Beth y el Laboral Centro de Arte de Gijón. En esta ocasión la boda sería con el carbón y la elección de Asturias como escenario para este evento cobraba total importancia. La comunidad asturiana es la región española donde la industria minera arrasa indiscriminadamente contra el medioambiente.

    Artistas de distintas regiones de España se habían acercado hasta allí para participar de este evento. Junto con los talleres de ecosexualidad impartidos por Annie y Beth (donde se recuperaron muchos de los contenidos y ejercicios realizados en los talleres de Barcelona), la propuesta implicaba la producción total de la boda: preparación de los vestuarios y la escenografía, redacción de los textos que se leerían frente al público y creación de las performances que subiríamos al escenario.

    Las actividades ecosexuales que habíamos realizado durante las primeras jornadas habían calado hondo en el proceso de producción de cada artista. Algunxs retomaban las sensaciones que habían dicho experimentar con la naturaleza a través de la pintura, otrxs de la danza, otrxs desde la experimentación en videoarte, otrxs desde la palabra. Todoxs estábamos canalizando en distintas expresiones aquello que nos había movilizado en los ejercicios ecosexuales realizadas en el taller. Según lo que algunxs me contaban, habían encontrado su punto G ecosexual en la sensación del viento rozando su cuerpo, otrxs en el contacto con la tierra y la hierba, otrxs con los huecos cuasi clitorianos de los árboles. Yo podía comprender esos relatos porque también había encontrado mi punto G en el carbón, encontraba que el contacto con este elemento y el color negro que dejaba pegado en mis dedos me producía una sensación de placer que nunca antes había percibido. Comencé a tomar registro de estas sensaciones y a partir de allí me dispuse a trabajar sobre mi performance.

La boda negra

fotografía por Irma Collin

fotografía por Irma Collin

Como manda la tradición asturiana, la boda se inaugura al son de las gaitas. Los performers nos ponemos en fila abriendo el paso en plena feria. La caravana hacia la carpa principal nos encuentra con miradas desconcertadas mientras avanzamos al grito de ¡vivan las novias!

    “Hoy nos casamos con el carbón, porque amamos a la Tierra y agradecemos sus minerales. También deseamos llamar la atención sobre el dolor que causa en ella, la devastación socio-ecológica de la minería y el consumo salvaje de sus recursos. El carbón nos ha dado mucho, pero también nos ha quitado bastante. ¡Bienvenidos a la boda con el carbón, bienvenidos, bienvenidos!” dice Jordi Vall-Lamora, artista catalán que auspicia de maestro de ceremonia.

    El bloque de presentaciones se abre con un discurso a cargo de María Llopis sobre el carbón como hígado de la Tierra, como elemento que limpia y filtra las impurezas. Las palabras de María sintetizan el mensaje que la Boda Negra busca transmitir: crítica a la industria de la minería, a sus efectos nocivos sobre la sociedad y el medio ambiente pero también valoración del carbón puro como elemento mineral fundamental de nuestra Tierra.

     Comienza a escucharse luego un sonido confuso mientras la sala permanece a oscuras. Es el inicio de la performance en la que participo, la primera en la Boda y la primera de mi vida. El ruido se limpia en un sonido de pala picando en la piedra. Constante, reiterativo, asfixiante. Ingreso al salón cubierta por una túnica negra y un casco de minera en la cabeza. Al pisar el escenario dejo caer la túnica y el casco, para quedar desnuda frente al público y comenzar el juego ecosexual que iba a performatear. Unos días antes había experimentado una sensación erótica intensa con las piezas calientes de carbón y las manchas que deja en la piel, experimentación que me recordó mucho a las prácticas SM con las velas y el calor así que decidí encarar la escena desde ese estímulo. La llama de las velas negras ardía entre mis manos. No recuerdo haber sentido el más mínimo dolor, las quemaduras que la cera caliente provocaron en mis brazos y piernas fueron entregadas a los invitados con una sonrisa en el rostro. El juego sexual que estuve experimentando en los últimos días a raíz de lo explorado en los talleres ecosexuales lo hice público sin ninguna vergüenza, y con un goce nuevo en la exhibición de mi cuerpo. Dos colegas españolas completaron la escena: mientras una de ellas me untaba con líquido de abedul luego de mi experimento con las velas, la otra cantaba una típica canción asturiana sobre de la solidaridad entre los mineros. La performance terminó en un abrazo fraterno y erótico entre estos tres cuerpos que en escena recrearon una situación dolorosa pero resignificada desde el placer.

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fotografía por Irma Collin

     A continuación se presenta la performance de Diana Pornoterrorista: ella comienza a recitar sus poemas mientras se saca carbones de la vagina, los lame, los escupe, se masturba, eyacula, blasfema contra la minería y cae en el suelo extasiada. Pornoterrorismo que ataca el orden de las cosas, de los cuerpos, de las palabras políticamente correctas, de las prácticas sexuales normativas. Poesía corrosiva en cuerpo y voz, vagina parlante que grita como megáfono.

     El desfile de presentaciones continúa con danza, video-arte y otras performances. Luego de este bloque llega el momento de la homilía. El rol tradicional del sacerdote –interpretado por el artista escocés Graham Bell- recitando las palabras de unión del futuro matrimonio fue transformado para crear un discurso ecosexual acorde a la propuesta de la Boda Negra. Annie y Beth dieron el sí e intercambiaron sus anillos de carbón.  El beso negro y la consumación del matrimonio a la vista del público fueron el cierre de la Boda. Todos los acompañantes y espectadores salimos festivos de la sala, y continuamos la celebración entre sonidos de gaitas, sidras astusianas y cantos a Santa Bárbara, la virgen de los mineros.

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[1] Laura Milano: Argentina (1984). Comunicadora e investigadora. Graduada de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Doctoranda en Ciencias Sociales por  la Universidad de Buenos Aires. Colabora en medios de comunicación gráficos y digitales. Integró el staff organizador de la Muestra de Arte Pospornográfico de Argentina 2012 y 2014.  Ha participado en ciclos de arte en la ciudad de Buenos Aires, a través de la gestión y la realización artística. Ha realizado workshops sobre pospornografía, intervención erótica-sonora y clínicas de seguimiento de proyectos artísticos de acción en el espacio público. Web: www.lauramilano.com.ar

[2] Disponible online en: https://es.scribd.com/document/257788678/Laura-Milano-Usina-posporno

 

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