Idas y venidas de un placer en constante construcción

foto por Malicia
foto por Malicia Sabina

por Malicia Sabina

Crecí en los desiertos del norte de México, entre arena, un sol que perfora la piel y una familia que a la menor provocación hace reuniones con carne asada. A mis 4 años los susurros de las mojas ya me perseguían en los pasillos del colegio, en total 13 años de escuelas católicas, donde la santidad y el sacrificio eran parte del cotidiano, era mal visto comer de más, reír a carcajadas, tener una postura relajada, pensar en la sexualidad más allá de la procreación y el matrimonio hetero.

Procuraba portarme bien, sociable, pero bajo perfil. Hasta que fue insoportable, pasé de ser la niña que se callaba la inconformidad a la adolescente de mecha corta que tenía pleito con quien le dijera cómo se tenía que vestir, sentar, comer, caminar, reír, respirar, existir. Tal actitud fue una guerra declarada con las monjas. Entre las misas, algunas materias reprobadas y regaños silencié él afuera y empecé a descubrirme. Tenía sesiones de masturbación con un dildo compuesto de varios marcadores unidos por una liga, descubrí que la penetración vaginal por sí sola no me hacía sentir mucho en cambio estimular mi clítoris lo hacía todo, esto sin haberlo visto antes o saber su nombre porque la clase de educación sexual fue de un par de horas en las que nos hablaron de la menstruación como algo a esconder, de la importancia de la virginidad antes del matrimonio y un video de un feto ingeniero.

Rápidamente mi atención fue a lo sexual, me di cuenta de que no era «frígida», mi deseo estaba en otro lugar, no en el mismo de mis amigas quienes desde la primaria hablan de los niños o artistas que les atraían, a mí nunca me gustaron los hombres, mi niña se resignó a que el deseo no era para mí porque estaba descompuesta pero NO ahí estaba mi yo adolescente descubriendo el gozo en la masturbación y que quien le atraía era la hermana de su amiga. Busqué desesperada otros referentes más allá de los que me brindaban la tierra de la carne asada y los personajes bíblicos, encontrando páginas web de porno donde aquellos blancos tonos de piel, cuerpos llenos de silicona y dinámicas re-heteras me eran muy ajenos, pero eran preferibles al matrimonio católico.

La búsqueda de algo más fue por años, mi sol en tauro me dio la terquedad, cosa que agradezco porque sin ella no hubiera hecho lo que me da la gana dentro de un sistema que constantemente te dice que ser diferente está mal. La búsqueda tuvo frutos, Crash Pad Series, un proyecto de porno queer, mi primer referente de otros cuerpos, formas, identidades, placeres, fantaseaba con ser algunx de aquellxs performers. Vinieron otras cosas en la vida, elección de carrera universitaria donde no existía la carrera de puta ni de dominatrix. Por algunos años mi atención se fue al inmenso deseo de escapar del desierto, estudiar cine y vivir en sueño chilango. Una vez logrado lo anterior, porque tauro/terca, siendo estudiante de cine conocí el posporno en un festival feminista, me voló la cabeza, regresando tiré a la basura un guión en el que llevaba trabajando meses y en una hora escribí uno nuevo. El posporno me llevo a los activismos cuir, al transfeminismo, redes de amigxs lenchas, trans, discas, prietxs, negrxs, sudakas, a botar el deseo de trabajar en la industria de cine, a hacer cortos autogestivos, a la exploración con juguetes sexuales, al fisting, a tener una de las primeras sex shop con perspectiva feminista en el país , a crear dildos con formas galácticas, a ser dominatrix, puta cibernética y presencial , a hacer performance, a vencer mi fobia a las agujas, a los activismos gordos, discas y antirracistas. Fui invitada a múltiples proyectos, nombrada como activista del placer, como influencer por alguna gente, como celebridad queer por las terfas. A este punto me creía experta en sexualidad disidente porque había recorrido ya el camino que me alejaban de la heteronorma, porque conocía el cuerpo que habitaba y había sanado mi relación con él, mi trabajo me había constado llegar ahí. No había mucho nuevo para aportar a mi vivencia, pero sí para compartir.

Hasta que de manera inesperada hace 3 años tuve un accidente, fractura de costillas, cuidada por las siempre presentes amigas monstras en medio de una pandemia, después de mes y medio el accidente parecía algo anecdótico, pero al sanar se develó una inflamación en las sacroiliacas que acabó en algo crónico con lo que vivo día a día. Habité el dolor las 24 horas del día, siendo peor cuando estaba acostada, privándome del sueño supliendo el hambre por nauseas, manteniéndome alerta entre tristeza y enojo, desubicándome en el cuerpo que conocía, desconectándome de mi pelvis que era mi centro de fuerza, haciendo que cualquier contacto genital fuera doloroso, el deseo me abandonó.

Había creado mi vida entorno a la sexualidad: mi trabajo de foto, cine, performance, la sex shop, los dildos, el activismo, hasta la clase de yoga centrada en piso pélvico. A pesar del dolor, bruma de emociones y el constante sentir ajeno a mi propio cuerpo, había capitalismo afuera y tenía que seguir con los proyectos que pasé de tener una gran conexión a ser mera fuente de sobrevivencia, fuente económica para pagar rehabilitación, cajas de ketorolaco y taxis por montones ante la imposibilidad de moverme como antes. Seguí dando conversatorios, en los que lloraba al cerrar la sesión online y contantemente me sentí un fraude. Me tomó un año saber de qué parte específica de mi cuerpo provenía el dolor y un año más en que el dolor fuera algo más llevadero. Volví a espacios de activismo transfeminista llevada por proyectos a pesar de sentirme insegura de mis conocimientos y de cuestionar constantemente mi derecho a ocupar esos espacios, ahí se me movió el suelo nuevamente, me había aferrado tanto al dolor y a la imposibilidad que sólo escuchaba eso. En los Encuentros de Al Borde escuché a otrxs, marikas, trans, pansexuales de muchas partes de Latinoamérica con vivencias distintas a las mías pero que a la vez me reflejaba en algunos de sus sentires. Empecé a reconocer este nuevo cuerpo, a conocer sus ritmos, a cuidarlo, a volver el autocuidado algo cotidiano. A agradecer los esfuerzos que hacía, a apapacharlo, a conectar con el placer en masajes, la bolsa de agua caliente, música relajante, masajeadores de pies, aceites, humidificadores, sillas amplias, en las almohadas de memory foam, rutinas de movimiento, la comida, las tardes de hamaca. Me doy cuenta de que el camino no es lineal, porque ya lo sabía en teoría pero vivirlo es distinto, que el cuerpo y la vida está en constante tránsito y toca re-aprender, re-habitar, reconocer una y otra vez, que la escucha a otrxs ayuda en los procesos personales, que sin las amigas monstras y los espacios colectivos transfeministas no estaría aquí escribiendo esto, que el placer también tiene tránsitos y yo sigo reconociendo este
nuevo cuerpo, que en un año no será el mismo y esto me llevará a otros procesos y la búsqueda de otros placeres.

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Malicia Sabina originaria de Chihuahua, norte de México. Cinefotógrafa, activista transfeminista, educadora sexual. Enfoca su trabajo en la representación (foto, cine,
performance) de corporalidades e identidades disidentes. Es creadora de los proyecto Deseos Violeta, proyecto de tienda y talleres sobre sexualidad con perspectiva transfeminista y Lascivah, marca independiente de dildos hechos por mujeres y personas no binarix.
https://www.maliciasabina.com/
Redes: @Lascivah

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