“Feministlán” no existe

fotografía por Vanessa DeVilbiss

fotografía por Vanessa DeVilbiss

por Nat Saxosa (Feminista Incómoda)

Sé que esto decepcionará a más de una, Feministlán no existe.

No hay y nunca ha habido una isla tipo amazonas en donde se viva en el feminismo.

Se puede, como hemos visto, “Vivir del feminismo”, aunque no sé que tan ético ó congruente sea eso, tampoco voy a meterme a ese análisis. Si hay quienes venden y compran feminismo, siguiendo una lógica de consumo neoliberal … seguramente les funciona.

¿Pero ”Vivir en el feminismo? ¿Es esto realmente posible?

     Para comenzar habría que revisar a profundidad la historia de los feminismos, para saber si en algún momento existió algo como eso. No, jamás. Y lo más revelador y al parecer a ratos se nos olvida es: Nunca se ha podido centralizar al feminismo.

     Claro que se ha intentado homologar al feminismo y sus luchas, primordialmente por grupos y discursos adaptables, que sirven a algún sistema de opresión o provienen de los grupos dominantes de la sociedad.

El feminismo más que un árbol parece un jardín, o mejor dicho … una selva.

     Una selva en la que hay pequeños grupos de entidades vivas, organizadas, maleza, depredadores y un sinfín de variedades de flora y fauna; una selva en la que algunas de estas entidades han encontrado el modo de permanecer, de coexistir, algunas incluso han hecho alianza para subsistir. Una donde se comparte un piso fértil del que han germinado muchas luchas, muchas ideas y discursos, muchos movimientos.

     “Feministlán no existe ni podría existir.

     El más importante de los inconvenientes seria el hecho de que existen/existimos muchxs feministas que no están interesadxs en unirse”.

     Uno de los mensajes “subliminales” que manda esta nueva oleada de discursos feministas es: “unirnos por bien del feminismo”, algo así como un meta-feminismo buscando un solo objetivo … (inserte aquí signos de interrogación)

     ¿Cuando hemos buscado en los feminismos una sola cosa?

     No, no es lo mismo querer igualdad entre hombres y mujeres, primordialmente en un sistema jurídico, que dinamitar el género, ó derrocar al hetero-patriarcado capitalista y es evidente que entre todas esas búsquedas la radicalidad juega un papel primordial. Y yo iba a ser #FeministaRadical pero … (inserte aquí más signos de interrogación)

     Esta trivialización de lo radical no es casual. La radicalidad no está en las prácticas que se lleven a cabo; eso sería congruencia con un pensamiento radical (esa misma congruencia que a todas nos falta, unas más, otras menos, pero de donde siempre flaqueamos), la radicalidad está en la capacidad de hurgar en las entrañas del monstruo, de seguir/se cuestionando/se, odiar las simplezas de las dicotomías y rehusarse a los determinismos.

     Así que pensar que ser radical significa llegar a odiar a los hombres es a todas luces una idea sacada de un constructo patriarcal sobre las feministas y la radicalidad.

     Como si para odiar hombres fuera necesario ser radical, como si con ser culeros no se ganaran a pulso el odio que se les profesa. Quizás no todos sean así, quizás todxs seamos así, quizás… sea mejor dejar esa pregunta para después.

     Y entonces si #NoTodasOdiamosHombres, #NoTodasQueremosPerrear,  #NoTodasSomosLesbianas … entonces, esta no es nuestra revolución.

     Mejor dicho nunca: ESTA NO ES NUESTRA REVOLUCIÓN y el mundo no se acaba por ello. Porque las luchas, movimientos, colectividades y discursos de las feministas no tienen porque quedarnos a la medida; en todo caso, si no nos gustan, hagamos unos que si nos acomoden. Pero esa amenaza de, si tal o cual característica no me acomoda me voy, nos hace presuponer peligrosamente que somos necesarias.

     Así como hay quienes creen que los hombres son necesarios para los movimientos feministas y crean campañas como #HeForShe.

     No, no son necesarios; ni ellos, ni nosotras. Porque esas luchas y movimientos se mantienen de otras más, otras que NECESITAN DE ESOS MOVIMIENTOS, que necesitan como nombrar al mundo, como recuperar la fe en otros mundos posibles; otras que necesitan de esas luchas para sobrevivir. A esas no les importa si nos vamos o no; ya han caminado bastante sin nosotrxs, y sin nosotrxs lo seguirán haciendo.

     Esas (que también somos nosotras) son otras. Y si bien podemos ser sororas (esa tan mentada sororidad) es siempre una opción, que además no implica un vínculo, un acuerdo o una emoción… solo es una estrategia, una táctica para sobrevivir.

     Las otras y nosotras, esa delgada e indispensable línea que nos sirve de recordatorio constante de que no somos iguales, … pensaría incluso que no debemos ser iguales.

     ¿Quién nos retaría entonces a pensar en otras posturas?, ¿Quién nos confrontaría con nuestros propios discursos, ideas, acciones, posturas y creencias?, ¿Cómo colectivizar un movimiento, una lucha, si somos homólogas?.

     “Feministlán no es nada más y nada menos que una justificación que buscamos para que en pos de “ser parte” nos sea conferida una autoridad moral/ética para expresar nuestro sentir/pensar.

     Así, enunciado a “Feministlán podemos hablar de aquellas, esas que NO nos han pedido nuestras opiniones, las que no han querido hacer manada con nosotras, esas que se encuentran en el otro lado de nuestros códigos éticos. Nos permite hablarles a ellas para señalarles aquello que están haciendo mal y que evidentemente nosotras hacemos bien.

¿A qué se reduce eso? A un espacio imaginario.

     Si, imaginario, en el que existe algo como un carné feminista (que te acredita como feminista), vigilado por un “feministometro (que nos indica que tan feministas somos y en que “nivel” estamos) y que cuenta con su micro-farándula de las mejores feministas … estupideces en todo sentido.

     Porque en los espacios cotidianos, no importa que tantos libros de feminismo tengas o no en la biblioteca, cualquier día te arrinconan entre 3 para violarte. Estupideces, porque con todo el vello púbico que tenga ó no, en este mundo sigo siendo menos que cualquiera que nazca con un pene. No van a importar mis 200 pts. en el “feministometro” a quien quiera joderme fuera de ese imaginario de feministlán”, de todos modos sigo sin importar en este mundo y nos siguen matando todos los días.

     Quizás, ésta sea la trampa de feministlán. Hacernos creer que hemos llegado al punto en el que no tenemos suficientes problemas con vivir en un sistema patriarcal, hetero-normativo, capitalista, racista, gordofobico, etc., y que tan hemos superado esas opresiones que es hora de empezar a disputarnos el poder, un poder también imaginario.

     Y no, el llamado no es a que nos unamos por el “bien” del feminismo, quizás lo que este texto intenta es reiterar que a pesar de que se pueda disentir de las posturas y apuestas de otras, que desde nuestros marcos teóricos o experiencias de vida hay cosas que no se deben hacer y otras que si, que a pesar de incluso encontrarnos tajantemente desvinculadas de las apuestas de las demás, ellas no necesitan de nuestra aprobación. Que cada quien anda por los caminos que quiere, en los procesos que puede y las consecuencias de ello son enteramente responsabilidad de ellas.

     Llamémonos pues: violentas, incongruentes, problemáticas, jerárquicas, etc. y asumamos lo que tengamos/queramos asumir y trabajar. Y superemos de una vez por todas esa falacia “ad hominem” de demeritar lo que se dice solo por quien lo dice. O que a la inversa, le demos más peso a la “personalidad” o los “modos” que a las ideas.

El feminismo yo lo conocí como una teoría emancipadora, emancipémonos entonces.

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