Feminismos entre vecinas

Feminismos entre vecinas

por Cuerpos Parlantes

Los  feminismos no sólo son una mirada sobre el género como si éste se tratara solamente de una asignación injusta de roles e identidades basada en los genitales. Los feminismos son miradas sobre los problemas de nuestras comunidades, sobre la ciudad en que vivimos, dando cuenta también de que estas luchas son sostenidas y enarboladas en buena medida por mujeres que se rehúsan de múltiples maneras a asumir la opresión, la explotación laboral y el despojo de nuestros territorios como problemas individuales.

     El patriarcado consiste en colonizar las relaciones negando nuestra interdependencia, generando una separación entre nosotras que nos impide percibir que nuestra existencia se gesta en un mundo que nos es común, en el que todxs necesitamos agua, alimento, vivienda y transporte; espacios de esparcimiento y de trabajo donde no nos acosen, no nos violen y no nos maten.

¿Cómo se produce esta separación?

     Se logra, por una parte, mediante el ordenamiento del espacio urbano. En Guadalajara esto lo estamos viendo con el vaciamiento  del centro histórico a golpe de abandono, de obra pública y de desplazamiento. Gentrificación le llaman ahora: la pretensión de expulsar a vecinas y comerciantes de los barrios y de los mercados tradicionales porque las administraciones públicas y los capitales transnacionales han decidido que éste es el momento de revalorizar esta zona de la ciudad en franco deterioro después de tres décadas de olvido.

     Esto es lo que está ocurriendo en el barrio del Retiro que circunda el Parque Morelos, donde los gobiernos municipal y estatal, de la mano de la cámara de la industria electrónica (por cierto, una de las que más explota a las mujeres en maquilas) tratan de meter el acelerador a la Ciudad Creativa Digital, proyecto que promete empleos, innovación tecnológica y espacios amables, pero sin decir para quién, aunque es evidente que no será para quienes habitan y transitan la zona. Las vecinas, fieles a la práctica de conspirar por la que fueran perseguidas nuestras hermanas brujas, ya se organizan para resistir al despojo urbano, tal como lo hicieron hace cuatro años cuando el gobierno estatal pretendía construir las Villas Panamericanas en la misma zona.

     Unas calles más abajo, son las vecinas del barrio del Santuario las que se organizan para evitar que sus casas sean dañadas por las obras de la línea 3 del tren ligero, que se está haciendo sin que exista un diagnóstico claro de los riesgos que éstas comportan, y que han aniquilado a la mayor parte de los comercios del tramo de la av. Alcalde. A la organización de estas vecinas se suman también los comerciantes de la plaza del Santuario, espacio tradicional de convivencia, de baile, de paseo de habitantes de diversos puntos de la ciudad.

     El proyecto de gentrificación del Centro Histórico de Guadalajara realizó una movida estratégica con la que dio al traste con el Mercado Corona, también uno de los espacios más tradicionales de la ciudad, aprovechando un supuesto incendio accidental. En su lugar ahora tenemos la estructura de un centro comercial que ha puesto en conflicto a los locatarios del antiguo mercado, obligados a firmar un reglamento que les impide tener representación ante el ayuntamiento y la conformación de asociaciones. Un buen grupo de locatarias se organiza también para resistir a estas medidas de control y garantizar una justa reasignación de los locales en el nuevo edificio.

    El otro polo de este ordenamiento urbano que nos fragmenta es la brutal expansión de la ciudad hacia las periferias, en fraccionamientos que se erigen sobre terrenos malhabidos y que se ofertan sin contar con los servicios indispensables para habitar: agua potable, luz, transporte público. Las mujeres que por las noches regresan de sus trabajos a estas “ciudades dormitorio” se enfrentan diariamente a la amenaza de la violación, como si no fuera suficiente la explotación y el acoso que han sufrido en sus espacios de trabajo. Pero otras luchas y otras resistencias de mujeres se articulan también en estos espacios.

     Hace diez años compañeras trabajadoras de la industria electrónica -cuya mano de obra es 80% de mujeres, mientras que los puestos directivos son de hombres- se organizan para enfrentar no solamente las injusticias laborales de las grandes corporaciones, sino también la violencia cotidiana de sus jefes y compañeros de trabajo por medio del acoso sexual. Se proponen lograr un sindicato independiente que represente y defienda de verdad los intereses y derechos de las trabajadoras, a la vez que visibilizan las prácticas sexistas y violentas en los espacios de trabajo, promoviendo la conciencia del cuidado y apoyo entre ellas.

     Mientras, dos vecinas que habitan en fraccionamientos del municipio de Tlajomulco animan a otros vecinos a organizarse por tener esa vivienda digna que les han negado los desarrolladores urbanísticos con engaños. Agua potable y transporte público son algunas de las grandes carencias que sufren en la lejanía. Su acción política cotidiana consiste en acercarse a las vecinas, a los usuarios y a los conductores de transporte público, escuchar sus necesidades, hacer vínculos, buscar soluciones de manera conjunta.

     Como puede apreciarse, en las ciudades de nuestro país la colonización de los territorios es implementada ya no por países europeos, sino por transnacionales de todo el mundo. Colonizan territorios urbanos nuestros coetáneos, hombres de negocios que van erigiendo la ciudad de sus sueños a imagen y semejanza de su publicidad y sus negocios, por lo que los cuerpos que no encajan en ese sueño de ciudad son desechados. Las luchas por el espacio urbano se dan entre el estado, la ciudadanía organizada, los colectivos de clase media que impulsan su propia agenda política y corporaciones inmobiliarias y constructoras de todas partes del mundo. Un imperialismo económico y político liderado por capitalistas neoliberales.

     Si el feminismo es la sensibilidad y la acción ante el poder que nos construye a las mujeres como objetos dominados, mediante la articulación de nuestros cuerpos en los espacios de los que somos continuamente expulsadas, ¿qué acciones nos exige a las feministas esta situación de despojo de los barrios tradicionales y la violencia en las maquilas? A nosotras, que hemos defendido la autonomía y libertad de nuestros cuerpos en lo público y en lo doméstico. Como han dicho las compañeras feministas comunitarias, el cuerpo no termina en la piel. Defender el cuerpo es defender el barrio, defender las formas de vida que son amenazadas por el patriarcado capitalista, el cual niega a las relaciones sociales como sustento de esas formas de vida.

     Lo que hemos pensado en el espacio feminista de Cuerpos parlantes, tras más de tres años de encuentros, es en la necesidad de pensarnos, asumirnos y posicionarnos como VECINAS, antes que como activistas, académicas, artistas o gestoras. Dichas posiciones tienen sentido solamente en un esquema jerárquico que, en el mejor de los casos, nos organiza en gremios y redes según los méritos y el prestigio obtenidos, que mucho dependen también de la clase social y de los contactos con el poder. Ser vecinas, sin embargo, nos posiciona en el espacio de lo común: el barrio y la ciudad.

     Ser vecina no alude a una identidad, sino a una relación de proximidad. Se trata de una relación que no da por hecho la unión y tampoco niega los conflictos, al contrario; parte de la premisa de estar implicadas en un mismo territorio, de padecer las mismas problemáticas. Son estas problemáticas las que evidencian nuestra proximidad, la cual sabemos que genera fricciones y confrontaciones, porque nuestros movimientos más cotidianos se ven mutuamente afectados: sacar la basura, usar el transporte público, subir el volumen a la música, cerrar la calle, cortar el árbol…

     Por supuesto, nuestra lucha será más potente en la medida en la que ampliemos el diámetro de nuestra vecindad. En ese sentido, en Cuerpos parlantes entendemos el feminismo como práctica de vinculación de las distintas problemáticas y resistencias en el entorno de nuestra ciudad. Encuentros como las Jornadas Feminismos Entre Vecinas, los Diálogos Por un Transporte Digno y las Jornadas por la Defensa del Centro Histórico han sido puestas en común que han tenido como resultado, por un lado, una cartografía que nos permite hacer conciencia y visibilizar cómo y por qué están ligados la violencia de género y el transporte público; el nuevo Mercado Corona, las obras de la línea 3 del Tren Ligero y el proyecto de Ciudad Creativa Digital; el abandono del centro y la expansión hacia las periferias; el acoso sexual en el trabajo y la prevalencia de los hombres en los puestos de mando. Por otro lado, desarrollamos herramientas de forma colectiva en espacios como los talleres de Cine Feminista y de Defensa personal para mujeres para afrontar esas problemáticas, a la vez que nos aproximamos y reconocemos nuestra afectaciones comunes. También aprendemos mutuamente de nuestras formas de lucha.

     Sin embargo, sabemos que esto no es más que el comienzo. Pensamos que en la medida en la que asumamos la articulación entre nosotras más como una premisa que como un fin, nuestras posibilidades de vivir una vida digna y libre de violencias aumentan. Esto requerirá transgredir los cercos de clase y de edad que también nos separan, pero no obviándolos, sino cuestionando los privilegios y opresiones sobre los que se sostienen. Asumiendo que ahí donde hay privilegios para unas, hay derechos negados para otras. Tener acceso al conocimiento, a la teoría feminista, a espacios como éste, nos hace responsables de contribuir de forma específica en los procesos de formación, vinculación, comunicación y acción política de las mujeres que se organizan por aquello que es de todxs. De romper los techos y las paredes de cristal que nos limitan pero también nos protegen de los conflictos de clase, de la cruda violencia que sufren las mujeres que vuelven de noche en el camión y caminan solas hasta llegar a casa.

     Observamos con mucha alegría cómo las compañeras estudiantes están generando luchas muy potentes contra el acoso sexual en las universidades. Estamos convencidas de que en el momento en el que sus luchas se conecten con las compañeras obreras que combaten el acoso en el trabajo esa potencia alcanzará otros niveles.

     El proyecto de Ciudad Creativa Digital en su discurso de ‘regeneración’ del centro, lleva implícita una estrategia de limpieza social que contempla la expulsión de trabajadoras sexuales en la zona del Parque Morelos, donde actualmente laboran más de 200 mujeres. Esta estrategia forma parte de una racionalidad de doble moral que invisibiliza y niega los derechos de las trabajadoras sexuales a la vez que mantiene la explotación de sus cuerpos en tanto mercancía. Expulsar a las trabajadoras sexuales del centro de la ciudad es obligarlas a desplazarse a zonas más periféricas e invisibles de la ciudad, aumentando aún más los riesgos de su trabajo. Ellas también tienen derecho a una vida digna, y también se organizan. Y son nuestras vecinas.

     Los feminismos ponen en cuestión los estándares de normalización que patologizan, criminalizan y excluyen a los cuerpos diversos y disidentes: cuerpos migrantes, mestizos, indígenas, trans, cuerpos explotados a los que se llama ‘pobres’. Modelos como el de Ciudad Creativa Digital pretenden eliminar esta diversidad de cuerpos. En ese sentido el feminismo nos aporta herramientas para poner en cuestión la construcción de una ciudad que quiere planificarse a la medida de un cuerpo normativo de varón, profesionista, blanco y de clase media.

     Como afirma Chandra Mohanty, esto no significa que los feminismos apelen a “un objetivo político único, ni a un contrincante típico, ni un sujeto de lucha unitario. Implica trabajar en alianzas híbridas (…) para potenciar un movimiento feminista transformador que pueda contrarrestar con organización, solidaridad, y fortaleza la dramática incidencia del capitalismo neoliberal en la vida de las mujeres”. Tampoco supone la reificación de la unión entre “todas las mujeres” ni la superación inequívoca de todos los conflictos entre nosotras. Más bien apela a las prácticas del cuidado mutuo, que necesitamos más que nunca. Porque nos están matando. Nos están desapareciendo, nos están expulsando. Quizá el primer paso sea reconocer la proximidad que está ahí. Entender que las victorias del patriarcado sobre nosotras se dan allá donde prevalece la separación mediante los muros, las jerarquías, los privilegios y la competencia.

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