Existir sin afectos: un testimonio

Existir sin afectos: un testimonio

Ilustración de Maria Leubro

Ilustración de Maria Leubro

Para Guillermo y Ernesto

Fue a mis 21 cuando por primera vez me pregunté, ¿será que soy como mi hermanito?

     Unos años antes, me había mudado sola a un país extranjero por estudios. Allá, para los demás yo era “rara”. Podía hablar HORAS sobre la princesa Diana, me desaparecía por semanas por no quería salir de la cama, botaba la basura los jueves exactito a las 4.30am, tarareaba en la biblioteca solita y no me daba cuenta de qué hacían los otros alumnos… lo cual no era muy bueno porque trabajaba ahí. Mis compañerxs de estudios extrañaban a sus familias, exploraban la ciudad donde vivíamos, tenían novixs. Los acompañaba a fiestas; sólo luego de un año (a punta de alcohol barato y mucho merengue) es que me sentí cómoda yendo. Ellos me contaban de sus miedos, de los estudios, de sus futuros. Poco a poco, captaban chistes en el idioma local, formaban amistades, construían hogares adoptivos.

     En este ambiente, y aunque llegué a conectar mucho con un par de personas, yo paraba sola. Ante la volcadura de emociones que vienen acompañados de un momento tan liminal como el inicio de los estudios superiores, yo me mantuve estoica. No tenía nostalgia. Mi respuesta ante esto fue siempre muy racional: “no entiendo, si para venir acá estudié”. Cuando me cuestionaban si ocultaba estar triste, preguntaba el porqué. Nunca entendí.

      A los 23, tomé un examen con la doctora de mi hermano menor, quien fue diagnosticado dentro del trastorno del espectro autista desde chiquito. Presentaba rasgos de lo que se conoce como Síndrome de Asperger. Desde ese tiempo he asumido que hay muchas cosas que no comprenderé jamás. De niña debí aprender a serlo. Caminaba raro, hablaba “como robotito”. Era rápida al responder, mi lengua no lo era tanto como mi mente así que me trababa. Mi forma de hacer las tareas era otra. Toda yo, era otra. No sabía entender a los demás. Aquella misteriosa cualidad llamada empatía me resultaba ajena. Sólo lograba generar un mínimo lazo emocional si veía en alguien más algo de mí. Bueno, no algo, MUCHO de mí. Lo demás lo fingí para no hacerlos sentir mal. No me interesaban los demás. Después del examen, me cuestioné si realmente había conseguido preocuparme por alguien. Sentir afecto. ¿Qué es eso? ¿Lo he aprendido? ¿Se puede aprender?

     Muchas mujeres con TEA van acomodándose socialmente, y algo similar me pasó. Me obligué a descubrir lo que generaba afecto en mí. Quizá era que me ofrecieran cariño y cuidado sin pedir nada a cambio. O quizá era ver algo tan opuesto a mi forma de ser que me intrigaba y no quería que “eso” se fuese, para seguir estudiándolo. Estudiar a las personas. Formalmente, sólo empecé a hacerlo cuando me gradué de antropóloga. Sin embargo, siento que toda mi vida lo hecho. Para el mundo, dejé de ser “rarita”. Pasé a ser algo peor. “Crees que eres el centro del mundo”. “Pues cada uno lo es, en su propia mente”. Nunca entendieron.

     A los 31, me he mudado sola a un país extranjero por estudios. Por eso, me dicen egoísta. Que no pienso en la familia, que no quiero tener hijos. Yo, la que se pone como prioridad. Y no le veo nada de malo. Lo que me achacan es, más bien, el quiebre de obligaciones por ser hija, mujer, hembra. Haber roto relaciones de parentesco es algo imperdonable. Tú te debes a tus mayores. Callar porque los adultos hablan. No hablar mal de los muertos. Honrar el apellido. Nada de esto hago. Mi existencia será un hueco negro en el árbol genealógico, sin antes ni después.

     En parte, me alejé por no recibir ayuda cuando mi salud mental no era la mejor. Siempre estudié. Era una niña calladita y obediente. Sabía que “pasaba”. No tengo el rostro de los que salen en cine como “autistas” superdotados. No soy hombre. No soy blanca. No tengo tics evidentes. No me tratan de pobrecita como a mi hermano. Peor aún, al llegar mi pubertad tempranísimo, me volví deseable. Ser una chica con tetas, poto, con una chucha que lubrica, no encaja con la imagen social de “autismo” ni de “discapacidad”. Ante la falta de diagnóstico y con mierdas que la vida pone en el camino, mi historia psicológica contiene episodios de paranoia con alucinaciones, depresiones durísimas, desórdenes alimenticios, autoagresiones y estrés post-traumático, entre otras perlas.

     En mi cuerpo no se lee, e igual la siento cuando aplaudo fuerte si me emociono. Tira de mis párpados cuando me obligo a mirar a los ojos a los demás. Me hace reír solita al revisar mi colección de boletos de bus. Explica por qué he hecho todo lo que hice. Mi hermano y mi esposo me enseñaron la más valiosa lección. Yo pude entrar en sus mundos, y ellos en el mío. Aprendí que soy parte de la gran variedad de lo que somos en lo más primario, en lo que pensamos que nos hace humanos. Hay una lógica en lo que se presenta como indescifrable, en lo emocional. No estoy del todo sola.

Nombre: Andrea Gómez

Bio: Soy antropóloga y peruana, actualmente estudiante de doctorado en Ciudad de México. Feminista, con experiencia activista en salud sexual y reproductiva. He realizado investigación sobre género, cuerpo y antropología urbana.

Página web: http://andreagomez.pe/

TW: @andreacarolina

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