El cuento de la abuela

El cuento de la abuela

Paisaje por Elizabeth Ross

Paisaje. Elizabeth Ross

por Francesca Gargallo 

La abuela se puso mal tres semanas después de que el veterinario saliera del cobertizo en el fondo del estacionamiento del edificio. Con cara compungida les explicó a los niños que había debido poner a dormir a Pepa porque la vieja perra padecía dolores indecibles por una enfermedad de los riñones y era muy malo hacerla sufrir después de que les había brindado tantas alegrías. El veterinario ponía cara de perro y aullaba, los niños lloraban, pero también se reían porque el hombre ladraba, gruñía, se daba vuelta panza arriba en el piso de cemento manchado de aceite quemado y cuando se levantaba arrastraba una pata para explicarles todos los males padecidos por la perra. Cuando la niña le preguntó si al despertar Pepa ya no sufriría, el veterinario bufó y se enredó al explicar que poner a dormir a una perra quería decir haberla puesto a dormir para siempre, en fin, haber tenido que sacrificarla.

Sin Pepa la casa era más ordenada y también muy triste. Nadie los recibía al volver de la escuela. La abuela llevó a la mesa una caja repleta de viejas fotos y les mostró todos los perros que había tenido a lo largo de su vida: Carambolo, un enorme mastín de cuando todavía vivía en el campo, la más agraciada Grisú, de colochos sal y pimienta, y Cami, Flora, Vite, Lola, Rudo y Arturo. Todos habían muerto antes que ella porque así es la vida. Un hombre tres caballos, un caballo tres perros. La niña más chica hizo un rápido cálculo tras preguntar si la vida de un hombre y la de una mujer se equivalían. Abuela, nunca te vi un caballo, pero tú ya tuviste nueve perros, así que te vas a morir pronto.

Cuando la madre volvió a casa, su hijo mayor le anunció que la abuela moriría porque se habían acabado los perros de su vida. La madre buscó los ojos de la hija mediana, ella le sostuvo la mirada y se encogió de hombros. ¡Qué ocurrencias, muchacho!, dijo la madre antes de encerrarse a terminar el trabajo que se había traído de la oficina.

El tiempo después de la muerte de Pepa se ordenó en secuencia consabida: escuela, clases de natación, cine los sábados, domingos en el parque con los amigos. Si sobraban horas, la niña jugaba con sus legos, la hija de en medio pedía permiso para realizar experimentos de química con su amiga del segundo piso y el grande leía. La madre los llevaba a la escuela, regresaba con bolsas de comida del mercado y durante la merienda siempre hablaba con su madre de los problemas que tenía en el trabajo. Eran muy concretos, la empresa se iba a ir al carajo. Siendo la contadora, entraba en la oficina del patrón, le mostraba las cuentas y el hombre salía al pasillo. Miraba uno a uno a sus operarios y sacudía la cabeza. Ya no le alcanza siquiera para cubrirnos el seguro; le decía a su madre. No lo queremos joder, es buena gente, pero ¿qué va a pasarnos si alguien tiene un accidente en el trabajo?

Cuando la máquina del troquelado de lata para los adornos de zapatos, bolsos y cinturones se trabó, el patrón no permitió que ninguno de los trabajadores la arreglara. Los reunió y dijo: Voy a vender, muchachos. Pasen mañana por su liquidación. La madre pasó cinco días sin regresar a casa ni siquiera a la hora de la cena. Trabajó de sol a sol para calcular cuánto le correspondía al que había moldeado arandelas durante 24 años, al mecánico que reproducía tornillos milimétricos, a la acuñadora de medallas de alpaca, a los bañadores de cromo y a sí misma que entró a trabajar a la fábrica saliendo de la universidad y había tenido al patrón como testigo de boda y a su esposa como acompañante en las horas de espera en el hospital cuando su marido murió atropellado por un trolebús en contravía. Adiós señor, le dijo sin atreverse a abrazarlo cuando cerraron la puerta del galerón. Al hombre le pagaron su vieja maquinaria a precio de hierro viejo y se quedó sin casa, sin auto y a los cuatro días tuvo que enfrentar el suicidio de su esposa. La mujer ya no quiso lidiar con la depresión y se tiró de la ventana del comedor. Los obreros del marido habían sido como los hijos que no pudo gestar. Se sabía la fecha del cumpleaños de cada uno de ellos e invariablemente les llevaba pasteles caseros, interrumpiendo la rutina del trabajo con media hora de algarabía.  Había bautizado a un gran número de niños, pero no había preguntado por qué la contadora nunca le pidió ser su comadre. No todos son católicos en México, solía decir.

La madre, los niños, la abuela en efecto no profesaban religión alguna. No tenían memoria de rituales, sus emociones e invectivas no apelaban a ningún dios. No repintaban a la muerte con los colores de la esperanza ni pretendían separar lo verdadero de lo falso con una profesión de fe. Eran normales, sencillos, bastante justos en el trabajo, las compras y las relaciones con sus amigos. Fueron al funeral de la patrona y lloraron sinceramente sin arrodillarse, persignarse o suspirar por un futuro encuentro en un más allá improbable.

Cuando la abuela se enfermó de repente en la cocina tampoco pidieron que interviniera la buena voluntad de una fuerza espiritual. Llamaron a la ambulancia, maldijeron el tráfico porque se tardó cuarenta y cinco minutos en llegar y se angustiaron terriblemente al verla sacudir la cabeza contra el piso mientras su cuerpo saltaba cada veinte segundos, sacudido por unos espasmos que llegaron a percibir como muy dolorosos. Por un descuido del enfermero, los nietos y su hija subieron a la ambulancia. La sirena desplegada no les abría el paso, el tráfico prolongaba las sacudidas del cuerpo de la abuela. Un joven médico hizo a un lado al camillero. Amarró el brazo de la anciana a una barra de metal y le inyectó un sedante. Estoy durmiéndola, dijo sin esperarse que los niños se abalanzaran sobre él. No, gritaba la más chica, a mi abuela no le importa sufrir un poco. Suéltela, lo zarandeaba el mayor. La de en medio se abrazó al cuerpo de la vieja: No la toque, desgraciado asesino.

El joven doctor quien hacía su práctica de primeros auxilios en la ambulancia especuló que eran fanáticos de alguna secta contraria a la disciplina médica. Intentó explicarles que no le haría ninguna trasfusión de sangre, pensando que era testigos de Jehová o alguna cosa parecida. También les dijo que el sedante era para que no tuviera que tolerar dolores inútiles. A ella no le importa, gritó aún más fuerte la chica. Es que para ponerle una sonda debo sedarla. La madre intentó calmar a sus hijos. Tú dejaste que mataran a Pepa, no te dejaremos asesinar a la abuela. La perra, intentó decir la madre, pero el camillero había caído sobre los hombros de cada uno de los miembros de la familia con una inyección de diazepam.

Cuando el patrón llegó para sacarlos del hospital, la calma se había restablecido con dificultad. El viejo patrón era un hombre sencillo, de palabras pausadas, explicó que la familia era buena, que no iba a ser necesario llamar a las asistentes sociales y que la madre de los muchachos había cursado estudios universitarios. En el hospital los veían como bárbaros. El camillero al llegar culpó a la madre de haberse subido a la ambulancia sin permiso, la madre defendía a sus hijos de la acusación de golpes e insultos, los hijos gritaban que el médico intentaba dormir para siempre a su abuela para que no sufriera. La policía llegó para dilucidar si en el hospital regional se practicaba por culpa de ideas contrarias a dios y a la moral la eutanasia que el código civil prohibía enfáticamente. La enfermera del turno de la tarde imputaba a los neoevangélicos una obtusa propaganda anticientífica.

La abuela se restableció lentamente. El patrón iba a visitarla cada día, porque del hospital pidieron que la madre cuidara de sus peligrosos vástagos y que no se acercara a las instalaciones. De regreso de la escuela, los niños le exigían que pasara frente al nosocomio para ver la ventana tras la cual se celaba su cama. La cuenta de la hospitalización era impagable, vendieron lo que había en casa y de todas formas el hospital no soltó a la anciana que ya se sentía bien y deambulaba por los pasillos con ganas de volver a casa. El patrón la ayudó con lo poco que le quedaba, pero aun así no era suficiente.  Una tarde traslúcida el veterinario pidió ver a la vieja. Tenía el pase para las visitas, era un amigo de familia. ¿Puedo llevarla a su casa?, preguntó. Es una morosa, señor; no puede salir de las instalaciones hospitalarias. El hombre entonces sacó del bolsillo unas jeringas enormes con un líquido azul y amenazó a las enfermeras sosteniendo que era veneno para dormir a los perros. Como asaltabancos, metieron las pocas pertenencias de la mujer en un bolso negro y huyeron por las escaleras. Nadie los persiguió.

Cuando bajaron del bus, miraron a diestra y siniestra por si alguien los había seguido. Dieron una vuelta por el barrio. Se detuvieron frente a una vitrina oscura para descifrar en el reflejo si estaban siendo espiados. Luego aullaron como perros bajo la ventana del cuarto de los niños que bajaron corriendo a la calle y abrazaron a su abuela. La madre y el veterinario intercambiaron una mirada cómplice.

Una vez instalados en la cocina, llegó el patrón. Había pasado por la perrera municipal y por una pastelería. Aquí está, dijo poniendo un largo strudel de manzanas en la mesa y jalando a una perrita negra y flaca de la correa. Está vacunada y esterilizada. Su abuela va a tener su décimo perro, porque la vida de una persona no depende de ningún dogma.

Francesca Gargallo es una escritora, feminista y docente italiana que ha desarrollado su trabajo principalmente en México y el resto de América Latina desde 1979. Ha publicado su obra franprincipalmente en español. Ella se define como historiadora de las ideas.

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