El abandonado


La modelo Daphne Selfe en un diseño de Jean Paul Gautier

La modelo Daphne Selfe en un diseño de Jean Paul Gautier

Por AuraSabina

“Los voluntarios misioneros del pubis y el brassiere,
peregrinos de princesas sin castillo”
Anidando liendres, E. Bunbury

A Mariana no le conocí novio, amante o mano astuta que quisiera propasarse. El esposo quizá habría muerto o estaba a cientos de kilómetros de nuestro hogar. Me volví un adicto al calor y sudor de ella. Nunca encontré a los chicos que conmigo viajaron, mas cualquier indicio de soledad se curaba cuando Mariana volvía a utilizarme.

La acompañaba a sus comidas con las amigas, al teatro con su hijo o a andar en bicicleta. Leía poesía cuando se sentía sola; no se percataba que yo le hacía compañía. Mientras a los chicos blancos los usaba un día, a mí me requería hasta tres a la semana. Y por eso me buscó: yo era magnético y delicado a la vez: piel satinada, bien hechecito, joven y, por supuesto, negro. Dispuesto a enamorar sin enamorarme. Muchas mujeres, diariamente, me habían acariciado; algunas me pegaban a sus senos y me permitían sentir su cuerpo, aunque fuese sobre las ropas. Pieles firmes; otras más, flácidas; el chiste es que me encantaban, aunque quizá resultaba muy pretencioso y las chicas no llenaban mis requerimientos.

—Está genial, pero necesito un treinta y seis. Éste es muy grande.

Era la frase más escuchada. A la vez que me envidiaban, herían mi ego al despreciarme y llevarse al compañero de menor expectativa. Vi desaparecer a casi todos los que habíamos viajado desde el centro hasta aquí en la misma camioneta, mismo lote, pero el añejo era yo. Si en dos meses no me elegían, me trasladarían.

Era afecta al escote; esto me permitía, ocasionalmente, asomarme por encima de sus blusas para contemplar el panorama que le agradaba. Éramos uno solo; yo resaltaba y enmarcaba su belleza. Sus cabellos rizados y teñidos cada semana caían sobre mí. Solo yo sabía de las canas rebeldes que relucían, de las cremas que usaba antes de dormir y las proteínas que después del desayuno consumía. Señora mía, fruta madura de fragancia exquisita, qué dichoso siervo fui.

Todo comenzó una tarde de jueves, cuando llegó Mariana a recorrer absolutamente todas las texturas de mis compañeros. Nada la satisfacía, ni siquiera la de aquel cortesanillo de encaje, tan afortunado. La expresión altiva de ella, su voz ronca y el arrebato con que nos tocó, me conmovió. Me miró con simpatía, como se mira a los viejos amigos, y al acariciarme me dieron cosquillas. Me tomó con el más grande desenfado; pagó y me llevó, envuelto en papel china con el logo de la tienda.

Ya en su habitación, pude verla desnuda. Me dejó tirado sobre la cama mientras ella se duchaba. Su cuerpo ciertamente no tenía la lozanía de una adolescente: la zona abdominal tenía grasa acumulada, había ciertos pliegues en sus brazos que revelaban su edad; los senos pendían como gotas casi derramadas; me pareció hermosa. Después de secarse y untarse un bálsamo de leche y miel, me tomó con delicadeza y sonrió. Su aroma era sutil, y su voz se volvía dulce; incluso se atrevió a tararear una canción. Me apretó contra su cuerpo y entonces me estremecí. A medida que abrochaba mis ganchillos y adentraba sus senos en mis cavidades, comprendí la dicha de trabajar sosteniendo dos fragmentos sebosos y suavísimos de cuerpo femenino. Anonadado por la sensación de comunión con aquel cuerpo, hasta entonces, desconocido. Pronto se cubrió el pubis con un complemento de encaje, del que sentí celos porque el sí se impregnaba de su real esencia y yo sólo de su perfume.

Estábamos de viaje breve en Tepoztlan, en una cabaña rústica. Se había ido la luz y al poco rato la noche cayó irrevocablemente. Mariana se desprendió de mí, se puso el camisón y se introdujo en las cobijas; tan grande era su cansancio que me dejó tirado sobre la madera. Al amanecer se levantó excitada al contemplar el majestuoso paisaje verde con caminos y colores brillantes y, sin bañarse, acomodó su maleta y salió prácticamente corriendo; me dejó arrinconado, perdido y sin su calor. Imaginé que volvería o que reclamaría mi presencia. Nada. Después de varios días hicieron limpieza en ese lugar; me metieron a una bolsa negra de plástico. Aún estoy en ella y he caído en diversos contenedores de basura. El olor es insoportable. Perros y ratas a menudo rollen mi nueva habitación. Qué corta es la felicidad y que largo el olvido como diría un poema de Neruda que cada noche leía.

aurachicaAura Sabina. Poeta y periodista de a pie. Nació en el telúrico 85, bajo el signo del cangrejo. Jura que la Luna es su doble astral.  Estudió Ciencias de la Comunicación y se dizque especializó en Literatura Mexicana del Siglo XX.  Activista autónoma, indignada. Tiene complejo de fotógrafa, doctora corazón y antropófaga. No, no, quise decir, antropóloga.  Cree que los sueños son tan importantes como lo que se supone tangible. Como nunca puede estar quieta, escribe para varias revistas entre las que se encuentra Mujeresnet.

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