Editorial #25 “Mirando Nuestro Envejecer”

Fotografía Yolanda Relinque

Fotografía  de obra de Yolanda Relinque

Editorial, Parte 2

Viejos… los cerros

Con gran sorpresa y satisfacción nos encontramos con que la recepción del tema del envejecimiento, que pensamos sería difícil de abordar y que tendríamos pocas propuestas, ha superado nuestras expectativas y nos ha llegado tal cantidad de materiales que hemos decidido extendernos un mes más. Esto es: Hysteria! suele publicarse en dos emisiones y esta vez llegarán a tres, lo que se ha convertido en un ¡Hecho histórico! Que viene muy a tiempo para las pre-celebraciones de los 5 años de existencia de esta revistaza dirigida por Ivelin Buenrostro y Liz Misterio.

     Es cierto que el hecho de envejecer está siendo reformulado socialmente. Es ya casi una moda y cada día vemos en las redes sociales a mujeres y hombres en toda su potencia a pesar de sus cien años. Es buena esta moda en la que se resignifica la experiencia y juventud acumulada de la que habla Julia Antivilo. Creo que el cambio comienza con la percepción de lo que significa la vejez, tanto nuestra como ajena, y espero que se trasforme más bien rápido en verdaderos cambios sociales que lleguen a las políticas públicas y se coloque a las personas de la llamada tercera edad, que bien puede ser la quinta o sexta, en el lugar que merecen y no sean/seamos sólo carne de limosnas de sedesol o walmart.

     Esta vez les tenemos 19 artículos, entre los poemas de Magali Cid y Sergio Haro, un cuento de la escritora andaluza Josefina Martos Peregrín y la segunda parte del cuento de Adriana González Mateos y los textos de Julia Antivilo, Enrique Guerrero, Brenda Raya, Felipe Parra y Gloria Luz Rascón. En el terreno visual tenemos los videos de la artista finlandesa Helina Hukkataival y del colectivo veracruzano Espiral Creativa, además de la invitación a pasar a ver el de Evelin Stermitz, quien creó el primer archivo de videos feministas en ArtFem.TV. Rosa Borrás nos permite mirar y leer su hermoso diario y Marta Rial comparte un texto y las pinturas que dedica a sus abuelos. Sin desperdicio los varios ensayos fotográficos, comenzando con el de la grandísima Martha Wilson, la otra grande que es Ventiko, la colombiana Aleha Solano y míos. Y para terminar quisimos ver cómo es que los tatuajes envejecen junto a la piel que han acompañado.

Disfruten, asómbrense, reconfiguren.

Elizabeth Ross

Portada-#25-web

Mirarnos en los otros espejos

Editorial Parte 1

Existe en Estados Unidos, donde todo puede suceder, un grupo llamado inmortalista, surgido a partir de las teorías de Aubrey de Grey[i], que cree que la gente está en un “trance pro-envejecimiento”, una estrategia sicológica basada en la creencia de que envejecer es inevitable. Los inmortalistas pretenden no envejecer…o morir en el intento.

Es verdad que las ansias por la fuente de la juventud han sido globales y eternas, que ahora las esperanzas en las nanotecnologías y más allá se centran en que, finalmente, éstas puedan hacer que el cuerpo (que cuente con los suficientes recursos económicos) pueda mantenerse en un eterno estado rozagante, potente y aterciopelado. Se quiere desafiar al proceso vital intentando esquivar la decadencia de las células y la consiguiente flojera de la sinapsis neuronal. No es solo alargar la vida, sino la juventud-divino tesoro, a la vez que nos permitimos el exceso de los placeres posmodernos en un entorno que obliga a respirar, comer y utilizar mierda.

Es cierto que en el mundo hay personas centenarias muy sanas, que la dedicación de por vida a una disciplina como la danza, la yoga, las artes marciales o la gimnasia permiten un cuerpo ágil, flexible, saludable y de larga duración. Pero de la arruga nadie se salva a menos que pague por sus buenos liftings, corriendo el riesgo de convertirse en otra persona más cercana a la caricatura que a lo que se deseaba parecer, además de que se olvida que los liftings son  sólo externos. Sin embargo ni las disciplinas físicas constantes ni los buenos cirujanos plásticos están al alcance del 99% que somos, así que con o sin trance, y con la carga neoliberal y sus consecuentes males sobre los hombros, enfrentamos el envejecimiento de nuestro cuerpo, el cual utilizamos durante esa juventud tan adorada como si fuera el plástico de Barbie para experimentar toda clase de aventuras, sensaciones y vivencias que a la larga, maldita sea, pasan la factura.

La medicina moderna ha alargado considerablemente el espectro de vida. Ya no morimos a los 40 y los 60 dejaron de ser una grosería sexagenaria que carece de sexo y, al menos en Occidente, existe todo un movimiento del Orgullo Ruco que reivindica, dentro del arcoíris de reivindicaciones, el llegar a “avanzada edad “con pleno uso de las facultades consideradas patrimonio juvenil y el derecho al desbarre y el gozo. Claro que, como movimiento occidental, considera a quienes tienen el privilegio de no partirse el alma tratando de sobrevivir (usualmente blancos y/o ricos), excluyendo a ese gran segmento de la población (nuestro 99%) cuya esperanza de vida también es mayor – si es que logra seguir su curso natural-, y que se convierte en problema político-social al envejecer.

Desde los cuerpos diversos se vive el envejecer de manera distinta. La percepción del paso del tiempo se relaciona con la calidad de vida, los caminos elegidos o forzados, la propia conciencia del estar en esta Tierra. En algún momento –que puede llegar antes o después-,  inevitablemente nos damos cuenta de que la juventud es fugaz como la primavera y que la vida insiste en marcarnos por fuera y por dentro. Y aunque el envejecer es un metadato que nace con nuestro cuerpo y que cada año, cada día, va tomando preponderancia, la mayor parte de nuestro tiempo insistimos en hacer caso omiso, nos entretenemos en maquillarlo, negarlo y odiarlo, hasta que no queda más remedio que rendirse y aceptarlo: envejecemos y hay que ver qué hacer con ello.

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Es un lugar común pero verdadero decir que esta cultura es adoradora de la carne joven, sin embargo es imperativo que en verdad podamos mirarnos en los otros espejos tanto como en el nuestro para pensar y resignificar a la vejez, la nuestra y la ajena. Con este número 25 de Hysteria, hemos querido comernos este tema con todo y sus espinas. Lanzar una provocación intergeneracional con vinagre para liberar esos demonios contenidos y colectivizar lo que sentimos al respecto. Cómo nos vivimos, cómo nos imaginamos, cómo queremos y no vivir nuestra vejez  ( i n e v i t a b l e ).

Con gusto inmenso acepté la invitación a ser editora huésped, ya que es el tema que vivo e investigo como mujer y como artista. Invité a mi vez a otras artistas de aquí y de allá que, intuía, les interesaría colaborar con su reflexión, ya fuera visual o textual. Se abrió una convocatoria con alcance más allá del público asiduo de Hysteria! y el resultado ha sido más que espectacular. Las dos emisiones cuentan con un gran número de materiales de gran calidad, nacionales y extranjeros. Contamos con participaciones súper especiales como la de Martha Wilson, que generosamente concedió la utilización de varias de sus potentes obras,  o la de Sue Williams, a quien no podíamos mas que darle la portada: “ Deja de hablar como si la edad no te escuchara”.  Ellas, entre muchas otras personas reconocidas y emergentes, de ambos hemisferios e incluso del otro lado del mundo, colectivizan en Hysteria! su voz, su cuerpo, sus demonios y su espejo.

Algo de lo más interesante es que hay varios materiales enviados por hombres, la mayoría jóvenes, que abordan el tema de la vejez desde su persona y sin filtros. Este número doble contiene ensayos, cuentos, poemas, anecdotarios por un lado, y ensayos fotográficos, ilustraciones, fotografías, pinturas y videos por el otro, que enriquecen este diálogo colectivo que Hysteria! y esta su ruca favorita han procurado, en un momento en que en Occidente se reconsidera y reivindica la vejez, o la ruquez, como algo que aporta valor a la sociedad. ¡Vamos! Como en la antigüedad, donde se reconocía la experiencia vivida como un verdadero divino tesoro, el activo más valioso que permitía la supervivencia de su comunidad.

Bueno, lo aceptamos: somos rucas, somos rucos, ruques, o vamos a serlo en un momento dado. Es –tal vez todavía- inevitable. Está bien (nos decimos), aceptamos la decadencia corporal, pero eso no es una carga ni una desgracia, sino el orgullo de vivir. El orgullo ruco.

Elizabeth Ross

Aquí en la Ciudad de México

Enero del 2018 (quién lo creyera).

[i] https://es.wikipedia.org/wiki/Aubrey_de_Grey

Editora Invitada
Elizabeth Ross. Con más de 25 años de práctica, crea y colabora en proyectos artísticos y socialesElizabethlittleprivilegiando procesos participativos. Su obra ha tocado puerto y base en espacios cerrados, públicos y silvestres de las Américas, las Europas, en Turquía, Japón, Australia y China. Cree que todo lo que hacemos diseña la sociedad que somos y le interesa el devenir de las mujeres propias y ajenas. En su obra se avoca a lo cercano, porque sabe que todo cuenta en este hacer el mundo.
Artista en portada
Deja de hablar como si la edad no te escuchara

Sue Williams  (Nomorepink/Nomásrosa), nace en Cornwall pero vive en Gales, donde ha desarrollado su carrera. Con un reconocible cuerpo de obra y un historial de exposiciones en los 5 continentes, el trabajo de Sue es de un dibujo crudo, poderoso, desafiante y cargado que habla sobre la sexualización de la sociedad occidental, el feminismo, el género y la cultura de un mundo complejo y frágil.

nomorepink.com

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