De cloro y engrudo

por Omar Matadamas "Paělido rosa I"

por Claudia Salinas Boldo

ilustración: Omar Hdz. García (Omar Matadamas). De la serie “Pálido Rosa”

A mi Paulo

“Chorrea”, me dijo la doctora cuando me habló del sexo sin protección. Él había decidido que era hora de amar sin barreras, así que me llevó a que me recetaran unas pastillas. Yo no entendía mucho de todo aquello. A esa edad la cabeza da muchas vueltas.

    Aún recuerdo la cara de incredulidad de la doctora cuando le hablé de mis planes de salir corriendo al baño inmediatamente después de la eyaculación, para ganarle al medio litro de semen que seguramente se me iba a escapar de entre las piernas. Me dijo que no lo hiciera, pues corría el riesgo de arruinar un tal “momento especial” que en mi experiencia ciertamente no ubicaba, pero que tal parecía era muy importante. ¿Para quién?, no sé. Eso no me quedó claro entonces.

    La primera vez que lo vi fuera de un preservativo me pareció escaso y falto de color. Tantas veces había escuchado que se refirieran a él como leche, que así es como esperaba verlo. Pero no. Más bien parecía engrudo. Y con respecto al olor, un profesor que tuve en la especialidad le atinó al decir que huele a cloro. “¡Es verdad!”, recuerdo haber pensado. Huele a cloro.

    Y sabe a mocos. A mocos si el hombre es razonablemente saludable y a rayos si fuma.

    No, no me animé a probarlo a la primera. Lo observé durante toda mi juventud, antes de tomar la decisión de investigar por mi misma cual de todas esas diversas respuestas recibidas ante la pregunta de: “¿a qué sabe?” era la correcta.

     La visión de semen seco sobre la piel me remitió a mi infancia. En la escuela solía sentarme en la última fila porque me la pasaba jugando con mis amigas. Una de las cosas que hacíamos era untarnos pegamento blanco en los brazos, esperar a que se secara y después levarlo como si se tratara de una mascarilla. Las partes en las que la capa de pegamento nos había quedado más delgada, nos hacían sentir la piel tirante. Se rompían al tratar de levantarla, dejando ligeros pellejitos cuya lenta y meticulosa extracción constituía una tarea mucho más motivadora que la de  prestar atención a la clase. El semen cuando se seca en la piel queda justo así, como aquellas capas delgadas de pegamento blanco de mis juegos escolares.

    Previo a que me llegara el día de tragar completa la dosis de dos cucharaditas cafeteras que, en promedio, expulsa un hombre en una eyaculación, metí el dedo. Como quien comete la travesura de probar el betún del pastel antes de tener en el plato su rebanada. Antes de que se secara, mientras él corría a buscar una toalla húmeda para limpiarme los muslos y el abdomen, remojé el índice en uno de  esos charquitos de engrudo que me habían quedado encima para después llevármelo a la boca. “¿Qué haces?” preguntó él, con cara de quien está seguro de conocer la respuesta. “Considerando la posibilidad de alimentarme con las consecuencias de tanto amor”, pensé. “Nada”, le respondí, mientras lo miraba limpiar mi piel apenado, como si en vez de eyacular me hubiera vomitado encima.

    Me atrevería a decir que el semen es bienvenido en nuestras cavidades cuando nos enamoramos. Es en nombre de la pasión que se eliminan las barreras y el semen empieza a correr libremente por todos los orificios sin que plástico o coitus interruptus alguno pueda impedirlo. Así, libre, con su olor a cloro, su sabor a mocos y su cara de engrudo.

    “¿Qué significa para ti?”, me preguntas, haciendo alusión a ésta, nuestra primera vez sin más protección anticonceptiva que mi muy efectiva “T” de cobre intrauterina.

     Es estar más cerca, romper barreras, que les ocurra a nuestras humedades lo mismo que a nuestras almas y se mezclen llegando a ser uno, por esos breves instantes antes de que el aire las seque o las sábanas las absorban. Es decirte que estás invitado a ocupar espacios prohibidos y gozar de ellos. Es el deseo caníbal de conservar una parte de ti muy dentro de mí.

    Que así como tu olor me viste el cuerpo desnudo mucho después de la despedida, que la consecuencia líquida de tus placeres me recorra la cara interior de los muslos. Silenciosa y cálida, como lo hacen tus manos con el resto de mi piel. Como lo hago yo contigo cuando te abrazo en sueños. Como lo hace tu recuerdo cuando me refugio en él mientras espero a que el deseo te obligue a volver a mí, como vuelven las olas a la orilla de la playa, a bañar de sal y espuma a la arena que le espera como siempre, caliente y ansiosa, sedienta de mar.

ClaudiaClaudia Salinas Boldo. Licenciada en Psicología por el Centro Marista de Estudios Superiores;  Especialista en Sexología Educativa y Maestra en Sexología Clínica por el Instituto Mexicano de Sexología;  Maestra en Antropología Social por la Universidad Autónoma de Yucatán y egresada con honores del Doctorado en Antropología Social de la Universidad Nacional Autónoma de México. amplia experiencia como sexoterapeuta, docente a nivel universitario, conferencista e investigadora en torno a los temas de antropología y género. En su labor como investigadora y etnógrafa ha abarcado los temas de relación de pareja, sexualidad masculina, mujeres en prisión y salud sexual.

OmarIlustrIlustr.  Omar Hernández García (Omar Matadamas) estudiante de la licenciatura en Artes Visuales (FAD 2013-) donde se esta desarrollando en el campo del arte contemporáneo y los medios múltiples.

Sitio web: https://www.facebook.com/matadamasart

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