Asistencia sexual y prostitución inclusiva, herramientas para el empoderamiento

Por Antonio Centeno

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En las últimas décadas hemos acumulado evidencias empíricas de que los procesos sociales obtienen mejores resultados para el conjunto de la población cuando incluyen la diversidad humana en general y la diversidad funcional en particular. Ejemplos de esto último son el transporte, el urbanismo, la pedagogía, la arquitectura…Gracias a pensar en las diferentes maneras de funcionar del ser humano hemos conseguido un transporte más seguro y confortable, un urbanismo más habitable, una pedagogía con más y mejores herramientas, una arquitectura más amigable, etc. Estos beneficios son para todo el mundo, no sólo para las personas con diversidad funcional, pero es la presencia de estas últimas lo que ha constituido la inspiración y el motor para conseguir esas transformaciones sociales hacia un mejor vivir.

     Todo apunta a que debería ocurrir lo mismo en el ámbito de la sexualidad; si follamos todxs follamos mejor. ¿Se imaginan cómo sería incluir en los hasta ahora estrechos territorios del deseo y del placer todxs los cuerpos, todas las formas de moverse, sentir, entender? Ahí parece latir una revolución pendiente. Revolución porque dinamita el heteropatriarcado coitocéntrico que secuestra nuestros cuerpos y deseos al servicio de la reproducción capitalista. Y revolución porque reclama para el placer los cuerpos abyectos, los cuerpos improductivos para ese mismo sistema capitalista

     La asistencia sexual  es un apoyo para acceder sexualmente al propio cuerpo. Reconocerlo, explorarlo, masturbarlo, son acciones que habitualmente cada cual hace por sí mismx, pero algunas personas con diversidad funcional  requerimos el apoyo del asistente sexual para ello. De la misma manera que necesitamos asistentes personales  para otras tareas cotidianas que no podemos hacer por nosotrxs mismxs. En este sentido, la asistencia sexual puede proporcionar apoyos antes, durante y/o después de realizar prácticas sexuales con otra persona. El asistente sexual no es alguien con quien tener sexo, sino alguien que te apoya para tener sexo contigo mismx o con otra persona.

    ¿Por qué hasta aquí? Porque hasta aquí llega la materialización del derecho al acceso al propio cuerpo, éstas son las acciones que la persona con diversidad funcional podría hacer por sí misma en ausencia de diferencias funcionales. Nadie hace un coito o sexo oral consigo mismx. Ni las personas con diversidad funcional ni nadie tiene derecho al acceso a otros cuerpos. A los otros cuerpos se accede por acuerdo, no por derecho,ése es el espacio de la prostitución inclusiva (si el objetivo es el placer) o del surrogate (si hay una intención terapéutica)

    Así, si la asistencia sexual empodera rompiendo la barrera de acceder sexualmente el propio cuerpo, la prostitución inclusiva empodera facilitando la experimentación, el juego y el gozo de compartir sexo con otros cuerpos. Lo primero sólo es imprescindible para algunas personas con diversidad funcional y, por tanto, constituye un derecho fundamental que debe ser financiado por el Estado. Lo segundo , en cambio, no responde a las necesidades específicas que se derivan de las diferencias funcionales para ejercer un derecho, tiene que ver con la vivencia lúdica del sexo por parte de cualquiera y, en consecuencia,no genera obligaciones para los poderes públicos,  más allá de garantizar los derechos laborales. Son pues, trabajos sexuales diferentes en los roles, las expectativas, las prácticas posibles, las personas a las que se dirige y su configuración como derecho,  pero complementarios en el proceso de empoderamiento, de abrir un abanico de posibilidades para que las personas con diversidad funcional podamos vivir nuestro propio cuerpo y el vínculo con lxs demás desde el deseo y el placer.

    Por supuesto, igual que ocurre con la población en general, la vivencia de la sexualidad de las personas con diversidad funcional debería desarrollarse mayoritariamente más allá de los trabajos sexuales, en los ámbitos cotidianos de las amistades, las parejas, el poliamor, las relaciones esporádicas, etc  Sabemos que actualmente no es así, persiste una notable desigualdad generada por la barreras materiales y simbólicas. En este sentido, afirmaciones del tipo “hay personas con diversidad funcional que sólo pueden follar pagando”, resultan sesgadas (no son ni más ni menos ciertas que dichas de otros tantos grupos humanos) y juegan el triste papel de profecía autocumplida al reforzar ese imaginario colectivo que expulsa a las personas con diversidad funcional de los placeres en ámbitos cotidianos.

    De la misma manera, esgrimir una formación previa obligatoria como elemento para pretender que la prostitución inclusiva no es prostitución puede resultar estigmatizador para lxs trabajadorxs sexuales (son ignorantes y discriminan), para las personas con diversidad funcional (no pueden hacerse cargo de sí mismxs, están enfermxs) y alimenta tentaciones corporativistas (sólo puede hacer este trabajo quien sea formadx por mí). Cuanta más formación mejor, pero siempre como derecho a disposición de la persona trabajadora, nunca como filtro que secuestra el conocimiento y limita la libertad personal.

    Volviendo a las tareas propias de la asistencia sexual, hay que tener presente que masturbar a alguien o ayudarle a mantener relaciones sexuales con otra persona tiene una carga erótica importante. Las sensaciones y las emociones pueden ser intensas, eso dificulta la gestión del vínculo y mantener roles y expectativas. Como todxs estamos fuera de guión, y deserotizar la asistencia sexual no parece ni posible ni deseable, habrá que seguir aprendiendo, poniendo en común, compartiendo estrategias y pautas para facilitar los pactos y una buena armonía entre asistentes y asistidxs. El tener una definición clara de asistencia sexual es necesario porque ayuda a delimitar tareas, roles y expectativas, pero no es suficiente.

    Vinculado con el punto anterior, hay un problema económico de fondo; la exclusión del sistema educativo y del mundo laboral, junto a un sistema de pensiones raquítico, hacen que las rentas de las personas con diversidad funcional sean, en media, inferiores a las del resto de la población. Esto dificulta acordar precios que satisfagan a ambas partes. Vuelve a ser clave distinguir entre asistencia sexual y prostitución inclusiva, así como reconocer su papel complementario. Entendiendo la primera como herramienta para materializar el derecho al propio cuerpo es posible que  a medio/largo plazo se pueda conseguir que los poderes públicos asuman su responsabilidad en financiarla. Comprendiendo el papel complementario de la segunda, estaremos más cerca de garantizar derechos laborales para las personas trabajadoras.

Antonio Centeno. Nació en 1971 en Montcada i Reixac, vive en Barcelona desde 1999. Adquirió su diversidad funcional antonioa los 13 años. Licenciado en Matemáticas por la Universitat de Barcelona, ejerció como profesor de Matemáticas de Educación Secundaria desde 1998 hasta 2010. Activista del Movimento de Vida Independiente desde 2004.

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