Anormalopatía

Anormalopatía

Andrea Barragán

 

Para esta edición de Hysteria!, quise recopilar 4 trabajos en video que tengo sobre el tema “Los anormales” . Son ejercicios visuales que intentan reflexionar, hacer catarsis, redefinir, resistir, esquivar, dibujar, desdibujar mi experiencia en el paso por los psiquiátricos y la continua clasificación en la etiqueta anormal como lugar común, que no es tan reciente como mi diagnóstico, y me remite a esa inextricable sensación de sentir que: “No soy de aquí ni soy de allá”.

Este ejercicio de escritura, como el de la ejecución de las piezas audiovisuales, son un deseo de recuperar y empoderar la voz frente a estos sucesos que por su violencia me han reducido el aliento y la fuerza. Son además una deuda que tengo con mi locura y la de mis otros locos con los que he compartido en estos lugares, en donde miles de veces me he dicho a mi misma que un activismo de la locura es urgente.

 

Esa niña es rara, la categoría de lo inefable:

¿Qué es ser rarx? Es una categoría de alerta frente a una persona que excede la norma y deja sin palabras a quien intenta dar sentido a lo que ve, pero sobre todo busca disciplinar al/la raretx.

Para mí, no ha sido una gran proeza terminar siendo una rareza, no porque me sienta muy excéntrica, sino porque siento que la rigidez de las normas sociales es tan ridícula que lo más fácil es ser anormal y ser la excepción a la norma es de lo más convencional; de ahí el dicho popular que dice: “Normal es el ciclo de la lavadora”.

 En sí lo que resulta insoportable de devenir raretx es la regulación, segregación y formas de disciplinamiento, por lo tanto, planear la fuga y resistir el adoctrinamiento resulta necesario, para quitarle el valor negativo del señalamiento, del estigma, para convertirlo en un lugar de gozo y así celebrar la insurrección frente a la normalidad reclamando la locura tan necesaria para inventar otros mundos posibles.

 

“Sáquennos de aquí, van a hacer jabón con nosotros:”

 

La primera vez que yo llegué a un psiquiátrico o manicomio, como se les dice vulgarmente, coincidió con haber empezado a leer a Foucault juiciosamente para la tesis. No quiero decir con ello que por leer a Foucault enloquecí (risas), sino que tornó más difícil y confusa mi estancia allí.

 La visión de los psiquiátricos desde fuera son las imágenes del terror, como en “Asylum” la temporada que más me ha gustado de American horror story, en donde me gustaría preguntar ¿qué puede ser tan espeluznante de prescindir de la razón o perderla? Una paranoia estrepitosa y aterrorizante de una cultura en donde la razón como logos es uno de los pilares de este mundo occidentalizado del que hago parte.

 Pero en los psiquiátricos no hay camisas de fuerza ni aislamientos en cuartos con paredes acolchadas, más bien, como dice Marissa Wagner: “cada sociedad tiene el hospicio que se merece”, de esta manera estos lugares son un punto ciego, un no lugar de la razón, la esquina del ojo en donde lo que se ve no se entiende y como es un estado inteligible debe estudiarse con lupa y vigilarlo con estos panópticos extremos de paredes blancas y cámaras ocultas.

 

No hay camisas de fuerza, pero hay encierro y extrema vigilancia: un estudio 24 horas por una módica suma de 500 dólares al día que pagan los seguros médicos por una residencia mínima de 15 días en un hotel sin ventanas en donde se hace un sorteo de diagnósticos para dividir a los grupos de personas que allí están por actividades, y minimizar la claustrofobia y el adormecimiento de los sedantes.

 

En realidad, no he visto locos como los de las películas y series; he visto personas enredadas con sus vidas que en realidad no deberían estar encerradas, sino aguzando la vida para rehacer los pasos y seguir; los psiquiátricos son un recinto para esconder las impurezas de occidente, no porque considere que los locos somos un residuo humano que deba esconderse, eso es lo que piensan los psiquiatras, sino más bien considero que los diagnosticados locos somos uno de los nudos ciegos de los que esta sociedad no ha querido encargarse, la excepción a la regla de la razón como característica de los seres humanos.

Algo está mal planteado desde el inicio. La razón, no es la medida de los mal llamados humanos, y la medicina psiquiátrica es un fiasco como “ciencia que se encarga del estudio del alma”. Si es que existe el alma, yo prescindiría de ella si es lo que significa en términos médicos, mi alma enferma se rebosa. Según mi diagnóstico, hay una forma correcta de sentir, que a mí me excede y devengo loca en sus términos que por supuesto no son los mismos míos, porque como a cualquier paciente se le cura de manera velada, excusando la soberbia médica que impide explicar los diagnósticos a los pacientes y menos explicárselo a una loca.

 

“Sáquennos de aquí, van a hacer jabón con nosotros” gritaba don Álvaro en la UCI (Unidad de Cuidados Intensivos) el lugar a donde llegas cuando te encierran cuando llegas allí. El señor no estaba muy equivocado con respecto a sus percepciones; era claro que no estábamos en un horno del régimen nazi, pero sí en lo más parecido a un campo de concentración, el aislamiento necesario en nombre de la normalidad.

 

Creo que una sociedad en donde existan profesionales que cobren por escuchar y estandarizar el sentir debe estar muy mal, señores con bata blanca que creen que pueden reconocer la línea invisible entre lo normal y lo que no lo es, posicionándose como intermediarios en la relación con una misma, en vez de facilitar la distancia entre el espejo y una.

No necesito a alguien que me indique o aconseje cómo vivir, que señale cómo se debe vivir de manera estándar, cuando esas no son las normas para una vida fuera de las reglas; no siento que la vida se me salga de las manos por llegar allí, considero que la vida se me sale de las manos cuando alguien decide por mí lo que considera que está bien para mi, como cuando deciden que debo estar encerrada por x tiempo, porque en teoría no soy alguien apta para estar fuera de allí, y al estar enferma mentalmente pierdo cualquier potestad sobre mi misma que me impide decidir por mi y para mi.

 

“Ya sé que estoy piantao”:

 

Ahora que estoy diagnosticada, no me siento más cuerda, siento que tengo más problemas que cuando entré y no porque yo sea un mayor desastre, sino porque siento que se me ha expropiado de mí misma, como habitáculo de disciplinamiento funciona muy bien, me recuerda a los castigos de infancia que buscan crear tanto terror como promesa de no volverlo a hacer.

Las enfermedades psiquiátricas son incurables según la medicina, lo cual garantiza una dependencia a las medicinas o drogas lícitas y un pronto regreso a los psiquiátricos; 6 años de diagnóstico y sigo sin entender mi enfermedad, porque creo que la enfermedad no existe, pues no creo que exista una forma de sentir cercada a 2 únicos polos, binarismo inevitable para occidente. Por otro lado, las pastillas complejizan la existencia y su garantía de consumo consiste en su adicción en donde su ausencia en el cuerpo implica una desestabilización total que agita la mente y clínicamente induce al paciente a la crisis.

 

De resto mis espejos se opacaron ante la incongruencia de ser algo con lo que no me identifico y me sigo resistiendo al sonambulismo dócil de la psiquiatría, en donde se me enseñó a desconfiar de mí y creer u obedecerle a la ciencia, desvirtuarme a mí misma frente a mi entorno cercano, un sujeto peligroso que necesita del aislamiento para convivir. Y sí, estoy loca, pero todxs cabemos en el DSM (el manual de los diagnósticos psiquiátricos), finalmente alguien tiene que pagar la cuota de las farmacéuticas y los sujetos dóciles siempre son más fáciles de manejar.

 

¿Por qué no eres femenina? ¿O es que quieres ser hombre?

Reconstruyendo los pasos y reflexionando sobre mi devenir anormal, lo que siempre ha sido más visible frente al deber ser ha sido mi rechazo a lo femenino, que aprovechando esta edición decidí trabajar sobre esto y explorar cómo se nos enseña a ser mujeres y cuáles son sus implicaciones socioculturales.

En resultado expongo una feminidad monstruosa que pretende su huida y animar la desobediencia, pues si enuncio las etiquetas que me excluyen de la norma, la feminidad es sólo el inicio, por lo tanto propongo la anormalidad como una resistencia activa, que en el devenir otro fuera de la norma se convierta una estrategia subversiva para imaginar y construir otras posibilidades que inviertan los límites de lo mal llamado normal.

Andrea Barragán (Colombia) andreaBarragan

Artista visual y co-editora de la Revista Vozal. gusanandrea@gmail.com

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